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jueves, octubre 06, 2011

Gordo de Dios

Mi obesidad es una cuestión de fe. De fe y de lógica pura, también.

Hace años entendí que, al igual que mi alma, mi cuerpo también era sagrado, por ser creación de Dios y guarida necesaria de aquella: razoné que (al menos durante mi estadía en estos valles) mi alma no podía vagar libremente, que imperiosamente necesitaba de un cuerpo que la albergara y protegiera. Y entendí que cada una de mis células, cada uno de los átomos que componen mis células, también son sagrados, y prolongación de Dios.

Esos gozosos descubrimientos me llevaron a inferir que, si cada célula de mi cuerpo es una prolongación de la obra de Dios (o mejor debería decir: prolongación de Dios mismo), a mayor cantidad de células le corresponde una mayor proporción de Dios en el individuo, y una casa mejor y más amplia para el alma.

De ahí a comenzar a engordar hubo apenas un paso.

Descarté de plano el pecado de gula, porque yo no comía para saciar mi apetito humano, sino para tener más Dios en mí, para satisfacer mi apetito insaciable de Dios. Me consagré devotamente a engrosar mi cuerpo, y con cada kilo me sentía más cerca de la Gloria (tan férrea e incontrastable era mi lógica, que ante algunas observaciones acerca de mis ingestas, simplemente respondía “Ah, ¿y quién creéis que puso este lechón sobre la Tierra?” o “Las papas y el aceite de freír también son del Señor”. Todo me llevaba a Dios, todo era un beatífico círculo sagrado, y yo engordaba feliz)

Llegar a los 200 kilos fue para mí el equivalente de 10 peregrinaciones a Luján. En efecto, creí haber encontrado la correspondencia exacta entre el sacrificio del cuerpo y la exaltación del mismo, entre las ampollas en los pies y los centímetros en las caderas, digamos.

Solo que mientras los maratonistas, sin saberlo, dejaban escapar de sí una parte importantísima de Dios (la parte tangible) en forma de sudor, yo la aumentaba ex profeso, la retenía celosamente y la incrementaba en forma de lípidos e hidratos de carbono. Cada Mc Nífica que engullía, era como maná sagrado que el Señor me enviaba, y que yo aceptaba con regocijo. Algunos se sorprendían de que (a veces) me persignara ante una hamburguesa, de modo que en general oraba en silencio, y agrandaba el combo por 3 pesos, siempre.

Las gentes de mi feligresía estaban al tanto del motivo de mi nueva gordura, y me apoyaban fraternalmente, y cuando llegué a los 300 kilos se hizo una pequeña celebración en la iglesia. Incluso comulgué con 7 hostias unidas entre sí por dulce de leche Chimbote, que el Padre Mario en persona se ocupó de untar y pegar.

El sermón de ese día alertaba sobre los peligros de la anorexia diabólica, y yo me sentí cabalmente reivindicado, y en la senda correcta.

Luego empezaron los problemas coronarios, las advertencias de los médicos y las dudas de la comunidad en general, hasta esta última internación que será la definitiva.

Nada me importa ya, porque me he dedicado en cuerpo y alma y he triunfado. Y a propósito: si algunos calculan el peso del alma en 21 gramos, la mía debe andar en el kilo y medio.

Alabado sea el Señor.

lunes, septiembre 12, 2011

Gritos en la oscuridad



La idea fue de Daniel. Pasábamos unos días en su casa del río, éramos cuatro parejas amigas, aunque las amigas de toda la vida eran las mujeres. Nosotros nos habíamos ido conociendo durante los últimos tres o cuatro años más o menos, pero nos llevábamos muy bien, éramos casi tan amigos como las chicas, y bebíamos mucho más que ellas. La primera noche, después de cenar, a los hombres nos dieron ganas de pescar en el muelle, sobre todo porque había un Etiqueta Roja a estrenar y una luna amarillenta y enorme. La verdad es que habíamos estado tomando todo el día, sobre todo en la cena, y lo más probable era que en vez de pescar alguno se cayera del muelle, pero estábamos tan contentos, casi eufóricos, y además las chicas querían ver una película horrible, de George Clooney, así que hasta los mosquitos del Tigre eran preferibles.
Nos reíamos de cualquier cosa, no pescábamos nada y el whisky caía y caía.

Alguno dijo, en medio de las carcajadas, Bueno, listo.
- Listo, listo - dijo Daniel. Se paró, se agarró con las dos manos de la baranda y le gritó al río:
- LIS-TOOOO.
Fue un grito muy bueno, redondo, con una pausa justa después de lis, para juntar aire pero que le dio al grito una cualidad como de orden militar. Me encantó el grito, pero sobre todo me dio mucha risa.
Daniel gritó listo dos o tres veces más, la última fue directamente un alarido, y Mariela le gritó desde la casa que se dejara de gritar como un pelotudo. Nos doblábamos de la risa.

- Está buenísimo - dijo Daniel. - Te liberás. Tenés que hacer de cuenta que no hay nadie en el mundo, yo recién, ¿sabés qué?, era como si no hubiera nadie en el mundo. - Tomó aire de nuevo:
- LIS-TOOOOOOOOO.
-¡Daniel!
-¿Qué, mi amor?
-¡Callate, pelotudo! ¿Por qué gritan así?
- ¿Cómo "por qué gritan", che? - dije yo sin gritar - Si el único que grita es tu marido...
- CUUUUUULO - gritó a su vez el Tano, como para desacreditarme.

Mariela dijo déjense de joder o algo así, y cerró la ventana, pero ya no nos importaba. Lo interesante era conocer la opinión del tano Marcelo, que ya nos estaba confirmando que gritar estaba buenísimo y nos instaba a Walter y a mí a probarlo.
- Pero sin pensarlo - explicaba el Tano. - Lo primero que te venga a la cabeza.
- Se va a enojar Mariela - dijo Walter.
- LIS-TOOOOOOOOOO - Daniel
- CUUUUUULO - Marcelo
- JESICACIRIOOOOOOO - yo.

- No, qué idiota.
- Es lo primero que me vino a la cabeza.
- Pero Claudia te va a cagar a trompadas.
- Así no sirve - dijo el Tano, categórico -, no tenés que pensarlo, no importa lo que digas, tenés que abrir la boca y dejar que salga. Si no, no tiene efecto terapéutico.
- Tal cual - dijo Daniel, que veía que el Tano le quería robar protagonismo con la idea de los gritos - No tiene que ser gracioso ni nada. Olvidate del mundo, dale.
- Pero yo quiero gritarle a Jesica Cirio, ¿por qué no me dejan? - ya medio enojado, yo, ya con ganas de pelear.
- ¡Porque estás pensando! ¡No lo pienses!
- LIS-TOOOOOOOOOOOOOO -como para demostrar, Daniel.
- Ah, pero no puede ser que siempre te salga "listo" - dije yo con impecable lucidez - ¿No estás pensando ahí? ¿No estás pensando que tenés que gritar "listo"?
- Má no grités nada, pelotudo. Jodéte.
- Che, parecemos pendejos, gritando como unos boludos - dijo Walter.

- Ay, él...
- ¿No podemos charlar en silencio, como gente grande?
- Walter, los que charlan en silencio no son grandes, son telépatas.
- TELEEEEPATAAAASSS -grité yo.
- Pará, tarado.
- Adem...ás - explicaba el Tano, que es médico alergista y habla muy bien, por lo menos cuando no está ebrio-, además que yo no creo que lo que uno grita sea totalmente inconexo. Además.
- ¿Además de qué?
- No, estaba pensando algo pero se me fue... Pero no creo que sea totalmente espontáneo, más bien tiene que ver con la asociación libre y esas cosas.
- Yo lo único que sé - dije yo compungido - es que no les gusta nada de lo que yo grito.
- Ahora no gritamos porque a Walter lo hace sentir mal. Vení a sentarte.
- No estés mal, Waltercito - emocionado, yo.
- Sentate o tratá de caer para este lado...
- Eso está interesante - dijo Walter. - ¿Vos decís que hasta lo supuestamente espontáneo, cuasi salvaje...
- ¿Cuasi?
- ..., incluso hasta algo que pretende ser gracioso tiene algo más meditado por debajo?
- Más meditado, no creo. Pero es algo que uno quiere transmitir. Como una declaración, sí.
- Todo lo que uno dice es porque lo quiere decir - Daniel.
- Y, sí - dije yo, que no estaba entendiendo mucho.
- Por ejemplo, el grito de Daniel - elaboraba el Tano -: Daniel quiere declararle al mundo que está listo. Listo para algo, no importa qué, pero él se siente listo. O el mío: yo debo querer un culo, o estoy declarando que tengo un culo. No importa mucho, pero se quiere transmitir un mensaje.
- Y, al contrario... - Daniel -. Yo creo que cuanto más supuestamente inocente la ocasión, cuanto más descolgado el mensaje, al contrario de lo que parece es tanto más fuerte el contenido.
- Exactamente, porque lo de la liberación no es verso. Como justamente te sentís liberado podés expresar lo que querés.
- Y aunque te olvides del mundo, en realidad le estás gritando al mundo.
- Le estás diciendo exactamente lo que querés decirle.
- Para que todo el mundo se entere.
- Qué lindo - dijo Walter - qué lindo que ahora salió ésto, porque yo estuve a punto de gritar PAZ, no lo hice porque me dio cosa, pero me salía PAZ, entonces eran unas ganas enormes de gritarle PAZ al mundo.
- Tal cual, y deberías haberlo hecho.
- LIS-TOOOOOOOOOOOOOOOOO
- PAAAAAAAAAAAAAAAAZZZ
- TELEEEEEPATAAAAS

- ¡CORNUUUDOS! - gritaron las 4 chicas desde adentro, a coro.

Y ése fue el final de las reflexiones serias de esa noche. Por lo menos en voz alta.


jueves, julio 14, 2011

Casi decidido

Estela, nuestra relación es insostenible, creo que debemos separarnos tipo 10 de Octubre, más o menos.

Te imaginarás que no voy a estar solo en mayo que es mi cumpleaños, ni me parece correcto en junio, que es el tuyo. Julio son las vacaciones de los chicos, mejor hacerlo cuando estén entretenidos con la escuela. También está el casamiento de tu hermana, y realmente tu familia no merece que le demos semejante disgusto. Además, sé que te querés estrenar el vestido. No es que dilate la cuestión con boludeces, sé lo mucho que esperaste estrenar ese vestido en el casamiento de tu hermana , y realmente te merecés una gratificación: a fin de cuentas ya tengo decidido dejarte.

Para agosto ya pedimos el tiempo compartido y no es cuestión de quedar mal con esa gente; después de todo, cuando nos separemos alguno puede seguir con eso, ¿para qué sentar un mal precedente?

En septiembre es nuestro aniversario, y seamos coherentes: no tengo tanto morbo como para pedirte la separación el mes de nuestro aniversario. Y septiembre siempre es complicado en mi trabajo, voy a estar con la cabeza en otro lado.
Me parece que en Octubre podría ser. Si surje otra cosa lo veo de nuevo, pero me parece que está casi decidido.
¿Cuándo era la operación de tu abuelo?

lunes, junio 20, 2011

Cenizas

Uno



Es casi imposible encontrar el tono adecuado para contar ésto, así que lo mejor será hacer de cuenta que se trata simplemente de otro relato, que bien puede comenzar así: cuando murió mi madre, hace casi tres años, decidimos cremarla con la idea de llevar en algún momento sus cenizas a Córdoba, porque mi madre amaba profundamente esa provincia. El plural nos implica a mí y a mi hermano, y como él vive en Brasil, el viaje a Córdoba siempre se postergó para un mejor momento, cuando ambos dispusiéramos del tiempo necesario.
La urna con las cenizas quedó provisoriamente en la casa de mi madre y, cuando se vendió esa casa, me la llevé a la mía.

Puede parecer medio raro. A mí ya no me lo parece, y además la idea sigue siendo hacer ese viaje, hacer alguna especie de ceremonia íntima y respetuosa, algo entre mi hermano, mi madre y yo. De manera que tener las cenizas en casa es solamente algo lógico y temporal, y privado.
Sobre todo, privado.
La urna, por supuesto, no está a la vista, y no le cuento estas cosas a nadie.

Si lo cuento ahora acá es porque nadie de mi familia me lee, y porque las cosas cambiaron, las cenizas volvieron a cambiar de ubicación y ahora puede parecer un relato si uno lo cuenta.


Hace unos meses mi hermano decidió que vendría con su familia a pasar sus vacaciones de invierno en Buenos Aires. Arreglamos que se quedaran en casa y que yo me mudara por una semana a casa de mi novia (mi departamento es muy chico, y ellos son tres, y sobre todo queremos que mi sobrinita de once años esté cómoda)

Justamente, en algún momento salió el tema de mi sobrinita y de las cenizas y de lo chiquito que es mi departamento, y mi hermano me pidió que las ocultara bien o, si fuera posible, las retirara por un tiempo.

Pensé que para una nena curiosa, de vacaciones y por primera vez en casa del tío, mis escasos metros cuadrados no ofrecían ninguna posibilidad de esconder nada. Y pensé que tampoco podía caerle a mi novia con el bolso en una mano y las cenizas en la otra. Por lo menos, no sin impresionarla un poco. Y tampoco podía intentar ingresarlas de contrabando en casa de mi novia, porque he leído mucho a Stephen King y sé que esas cosas terminan de manera horripilante.

De manera que las guardé en el único lugar que todavía me garantiza cierta privacidad: el baúl de mi auto.

Las cenizas están ahí desde el viernes, y todavía no he tenido que decírselo a nadie. No me ha parado la policía ni nadie quiso guardar un bolso por su cuenta, por lo que creo que fue una buena decisión.

Ayer fue un día feo, y mi hermano y su familia se la pasaron encerrados en Unicenter, de manera que hoy, en cuanto vimos que hacía buen tiempo, decidimos ir todos a Temaikén. En mi auto, por supuesto.

A la vuelta pasábamos cerca de la que fue la casa de mi madre y a mi cuñada se le ocurrió mostrársela a la nena. Los llevé, estuvimos unos minutos viendo la casa desde el auto, y comprobamos que le están haciendo muchas reformas.

Cuando nos íbamos, mi cuñada comentó en voz muy baja:
- Ah, cómo extraño a tu madre...

Yo no dije nada, pero mentalmente empecé a tomar notas parecidas a ésta.

jueves, marzo 10, 2011

El Maestro

Al maestro Bermúdez lo apreciábamos por muchas cosas, pero sobre todo por su proverbial inocencia, por su absoluta falta de malicia y dobles sentidos. Lo valorábamos, por supuesto, por su prosa elegante, por ser el escritor insigne de Lugano, por su ya legendaria obra poética y por su enorme capacidad pedagógica; buscábamos siempre su mesa en el bar, o lo invitábamos a la nuestra, y el maestro accedía siempre con la humildad de los grandes. Pero nunca dejaba de asombrarnos que un tipo tan inteligente y culto fuera a la vez tan simple, tan pajarito como para no ver una segunda intención que a veces era directamente alevosa. Nos asombraba pero nos encantaba que el maestro fuera así, tan angelical, tan sano. Alguien decía, por ejemplo:

- Hoy voy a tratar de darle de comer a la nutria, hace como un mes que no prueba nada, pobrecita.

Y el Maestro preguntaba:

- ¿Usted tiene una nutria? ¿Y aguanta tanto tiempo sin comida?

A veces era desesperante, el Maestro. Algunos no le creían cuando preguntaba cosas así, o cuando era él mismo el que relataba cosas desopilantes y todos tratábamos de descubrirle una media sonrisa, una señal de que estaba jodiendo o buscando complicidad. Como cuando contó que fue a verlo la Cinthia Goretta con unos poemas eróticos que había escrito ella misma. Y todos la conocíamos a Cinthia, sabíamos lo atorrantita que era y cómo se vestía, y que tenía más puestas de espaldas que el Caballero Rojo. Más perforaciones que Texas, decía Luisito, y el Maestro lo miraba sin entender y nos seguía contando que no solamente la hizo pasar y obviamente le escuchó los poemas, sino que le parecieron bastante buenos, muy osados pero bien escritos, intensos.

- Movilizadores – decía el Maestro, y todo el bar contenía la risa, tentadísimos de agregar por lo menos 20 opciones de cosas que podía movilizarnos la Cinthia a cualquiera de nosotros. Pero al maestro Bermúdez no. El Maestro había escuchado de boca de la propia autora que la Cinthia quería que la poseyera un unicornio lúbrico, que quería desintegrarse en un orgasmo como de lava precámbrica, que por las noches gritaba en silencio tu nombre y no sólo con la boca sino con los orificios más diversos y dispuestos. Nos imaginábamos, por supuesto (y el ambiente sórdido del bar ayudaba bastante), a la Cinthia arrebujada en el viejo sofá de Bermúdez, en minifalda y descalza, declarando con evidente emoción que quería cantar a dúo la inefable sinfonía de los cuerpos desnudos.

La ilusión se derrumbaba inexorablemente cuando nos imaginábamos, también, que el Maestro la había escuchado sin que se le alterara el pulso, sin que las imágenes irremediablemente se le transformaran en una invitación, sin verla como a una atorrantita que muy probablemente se le estaba ofreciendo; atento, en todo caso, a una aliteración mal formulada o a una metáfora deslumbrante. Bermúdez nos demolía cualquier ilusión degenerada, pero al mismo tiempo lo admirábamos más.

Porque no era un viejo chocho, lo del Maestro no era reblandecimiento ni cosa por el estilo. Andaría por los 60, pero era un tipo fuerte, de campo, bien cuidado. No era por senilidad o tontería, era inocencia genuina y falta de maldad. En todo caso al Maestro no podía verle otro lado a algunas cosas. No le salía, ni lo divertían esas cosas, y había que aceptarlo así.

- El tipo es un poeta - razonaba Marinelli -, anda siempre en su nube de pedos. Se cuelga de los heliotropos, ¿me entendés? Capaz que se queda extasiado con cosas que para nosotros son pelotudeces, y se le escapan las pelotudeces que a nosotros nos divierten.

- Pero no son cosas tan excluyentes, che. Podés ser poeta y entender los chistes.

- Y además es un tipo de barrio, Marinelli, no es un Lord Byron como para no seguir una conversación de café.

Al final siempre lo justificábamos de alguna forma, porque lo queríamos al Maestro y además porque nos dolía pensar que en otros ambientes tal vez fueran menos piadosos. Porque hay que reconocernos que jamás, en los años que frecuentamos al maestro Bermúdez, jamás alguno de nosotros le faltó el respeto o se abusó de su inocencia o lo tomó de punto. Y nos imaginábamos que no en todos los grupos le harían esa deferencia, menos todavía en algunos círculos intelectuales donde tal vez lo vieran como a un inferior o como una vieja reliquia que convenía descartar. Entonces lo analizábamos a veces mientras él no estaba, lo criticábamos un poco, pero en cuanto lo veíamos aparecer le dábamos el lugar que se había sabido ganar, a pesar de la ingenuidad del Maestro.

Contemporizábamos, y hacíamos bien. En el fondo nosotros nunca lo vimos como a un boludo, y yo creo que por eso nos sentimos tan contentos al final de esa noche que había empezado tan mal. Ni me acuerdo quién lo trajo a Goretta esa noche, porque realmente no era amigo de ninguno: lo más probable es que no haya venido invitado, que Goretta anduviera de casualidad por el bar y como era el mecánico de los autos de varios, simplemente habrá saludado y se quedó en la mesa. El Maestro llegó más tarde ese día, como todos los jueves, y estaba particularmente distraído, contento por algún motivo desconocido, soñador. En su nube de pedos, digamos.

El mecánico lo sacó de entrada a Bermúdez, le advirtió la ternura y en cuanto pudo lo cacheteó. El Maestro dijo en un momento "Qué linda noche, ¿no?" y Goretta dijo muy bajito: "Pa' culearlo". Alguno se rió inevitablemente, pero sólo hasta que cayó en la cuenta de que era Bermúdez el destinatario, y al maestro no se le hacían ni siquiera esos retruques de primaria. Al rato Marinelli contaba que le habían pasado un dato para la cuarta de Palermo, pero no tenía mucha confianza, decía, porque el datero era una máquina de generar sapos, pero Marinelli nos avisaba de todas formas por si alguno quería jugar unos boletos. Él mismo iba a anotarse con 50 nacionales, porque si el burro llegaba a ganar y él no se había prendido iba a tener que cercenarse la poronga a la altura del codo, más o menos. Unos cuantos dijeron que querían participar y Marinelli los anotaba en una libretita.

- A mí me gustaría prenderme, Marinelli - dijo el Maestro.

- Cómo no - dijo Marinelli - pero mire que no hay garantías, maestro. El último caballo que me datearon todavía está corriendo...

- Y bueno, pero el que no arriesga no gana, ¿no?

- ¿Cuánto le anoto, maestro?

- ¿Cómo se llama el caballo?

- Se llama Blue Insider, es un nieto de Potrillazo...¿le interesa el pedigree, Maestro?

- No, es que si no me gusta el nombre le juego poquito.

- Ah, no, es un boludo importante - dijo el mecánico y después directamente le gritó a Bermúdez:- Señor, acá hay otro que se llama Mitripazo, ¿le gusta?

- Bueno, sí...

- ¿Le gusta Mitripazo? - y se cagaba de risa Goretta, se le saltaban las lágrimas y le decía al de al lado: - ¡Es un tarado!

- Pero igual - le explicaba el Maestro - ya me comprometí con el señor Marinelli, y entonces...

Lloraba de la risa, el mecánico, y nos hacía sentir bastante culpables.

Muy pronto, antes de que verdaderamente la sangre llegara al río, los poquitos que todavía le hacían un coro mínimo al mecánico se llamaron a silencio, y el mecánico debe haberse aburrido. En cuanto llegó la noticia de que el caballo de Marinelli había entrado noveno, Goretta se levantó para irse.

- ¿Se da cuenta? - le dijo al Maestro al saludarlo- tendría que haberse prendido de Mitripazo.

- La verdad que sí - dijo el Maestro con tristeza, y el otro se fue aguantando la risa.

El Maestro preguntó al rato quién era este muchacho que se acababa de retirar, y le dijeron que era Goretta, el mecánico.

- Es el padre de la Cinthia, Maestro, ¿se acuerda? ¿La chica que le fue a leer poemas aquella vez?
- Ah - dijo el maestro, y enseguida empezó a reírse. Trató de contenerse un momento y después estalló en carcajadas enormes, incontenibles - Sí, sí, ¿cómo no recordarla si viene todos los jueves a casa? Por eso llego más tarde los jueves.

- ¿Le sigue llevando poemas?

- No, le viene a dar de comer a mi nutria - dijo el Maestro estrenando una sonrisa cínica - Y hay que ver el cariño que le ha tomado.



lunes, noviembre 01, 2010

Entreteniendo a papá

Entretener a papá es un problema.

Está solito, está grande, está medio choto, y yo no quiero que se me venga abajo, pobre papá, porque se me aburre mucho el viejo. Tiene tanto tiempo al pedo, se pone a pensar en Salgareda Vecchia, el pueblo de él, o en cosas tristes, en mi vieja...a veces se me pone a llorar...Hay que bancarlo, por supuesto, hay que mantenerlo entretenido, hacerlo hacer mandados, cualquier cosa. Boludeces para que se entretenga mi viejito querido.


Él era jardinero, pero cosas de jardín no te quiere hacer, está repodrido de las plantas. A mí me vendría bárbaro porque en casa ninguno quiere cuidar el jardín, y un jardinero te arranca la cabeza. Me podría ayudar mi viejo, la verdad, con todo lo que uno hace por él...

Pero el viejo no te toca un rastrillo, se emperró con eso, y hay que entenderlo, hay que tenerle paciencia y entonces darle otras cositas, pobre.

Algo que lo haga sentir útil, ¿no?, como para que no se tire al abandono ni le vengan ideas tristes. "Ah, ¿no querés hacer el jardín? Enseguida te lo soluciono", me acuerdo que pensé.


Lo bueno es que es obediente, y bastante hábil: vos le das un par de indicaciones y todavía algo te entiende y más o menos te lo hace. No te va a hacer un gran laburo, pero te saca del apuro.

Y uno se alegra, ¿no?, de poder entretenerlo a papá y hacerle más llevadera la vejez, pobre papá.


Eso sí: tenés que cagarlo a pedos. Como a los chicos, exactamente, porque si no, no te da bola. Tenés que ser firme igual que con los pibes, pensar igual que con los pibes que es por su bien, y no aflojarle porque si no se te desbanda, se te tira al abandono, y yo eso no lo voy a permitir. Que papá no se me tire nunca al abandono, le digo siempre a la Gorda, y ella piensa igual y también le da cosas para que papá le haga, y también lo caga a pedos.

Y algunos vecinos también: macanudos, los vecinos, comprensivos. Le buscan cositas para hacer.

Y lo recagan a pedos.


Papá resultó ser buen albañil y se da mucha maña con la electricidad y la pintura. Me conmueve tanto verlo activo, ver que no se tira al abandono, y uno se siente tan bien de ayudarlo, ¿no?, de hacer todo ésto por él.

A veces siento un poco de culpa por retarlo o por dejarlo sin comer, pero la Gorda me dice que es por su bien, para que no se tire al abandono, y entonces voy y le anoto 3 o 4 cosas en la lista de papá. Lo de la lista fue una idea de la más chiquita. Cuando vimos que papá tenía posibilidades, armamos una listita de las cosas más necesarias. Tampoco es cuestión de hacerlo entretener al pedo, ¿no?

De paso, que haga cosas que sirvan.


Le respetamos lo del jardín. De eso ahora nos ocupamos nosotros.

Todo el resto se lo damos a papá para que se entretenga, para que no se tire al abandono. Entre nosotros y los vecinos, papá ya tiene una lista como para 3 años de entretenimiento, 3 años más sin tirarse al abandono.


Lo que no terminamos de entender es por qué no se lo ve más contento. Está muy bronceado (muy) y bajó de peso (mucho), está hecho un galán y según el médico, de salud todavía está bastante bien, y del jardincito nos ocupamos nosotros, pero igual no se lo ve más alegre, al contrario.

A veces nos mira como con odio.


Qué cosa terrible es la vejez, pobre papá.

Menos mal que nos tiene a nosotros para entretenerlo.







domingo, septiembre 26, 2010

Mi madre lavaba dinero



No es algo de lo que me enorgullezca, ni es que haga apología de un delito, pero, que yo recuerde, mi madre siempre lavó dinero, y nosotros, aún sin intención y amparados por la minoridad, fuimos cómplices y actores necesarios en concurso real agravado por el vínculo (creo).

Nuestra asociación ilícita funcionaba de la siguiente forma: mi hermano y yo, inexorablemente, dejábamos siempre algunos billetes de escasa denominación olvidados en los bolsillos de los vaqueros o de las camisas, y mi vieja siempre los lavaba en el Drean semiautomático.

Aunque sea por vagos y desbolados, éramos una eficiente célula criminal que operó durante muchos años en un rincón de Villa Adelina del que omitiré la dirección exacta porque el Drean sigue ahí, se lo dejamos a la familia que compró la casa.

Y bien sabe Stephen King que los objetos empleados para hacer el Mal pueden conservar sus propiedades maléficas y atraer nuevas víctimas inocentes que los manipulen.
Atención: no niego nuestro accionar delictivo ni pretendo salvaguardar el buen nombre de mi madre, pero convengamos que tal vez el lavarropas tenía algo que ver.

Es decir: supongamos que no es tan extraño que mi hermano y yo dejáramos unos billetes en los Levi's, pero que mi vieja religiosamente los hiciera pasar por el programa 4 (con suavizante incluido), eso ya es medio sospechoso...

Como sea, nuestra labor al margen de la ley se cumplió sin sobresaltos durante años, sin una fisura en la Banda del Drean, hasta el día que mamá decidió unilateralmente diversificar el negocio y le lavó a mi hermano un par de naipes pornográficos que se ve que él apreciaba mucho.

No digo que finalizáramos completamente la limpieza ocasional de divisas, pero ya mi hermano se había convertido en un soplón insoportable, que revisaba sus bolsillos a conciencia antes de entregar la ropa, y eso le sacó casi toda la adrenalina a los lavados de mamá.

sábado, julio 24, 2010

Música para conocernos


Alguna vez fue parte de un ritual más inocente, apenas música de fondo o el preludio auditivo de otros placeres sensoriales: mi acompañante o yo escogíamos un disco casi al azar, para amenizar la velada o para iniciar cabalmente el ya dicho preludio, para estimular obedientes membranas con el viejísimo argumento de la música.

Alguna vez hubo celebradas coincidencias en la elección, y también hubo desilusiones que pudieron soslayarse, y por supuesto hubo cosas directamente inaceptables, como una nota (justamente) demasiado discordante en una melodía que empezábamos a armar juntos y que requería que no hubiera notas demasiado discordantes.

Digo alguna vez, porque con el tiempo intercambiar canciones dejó de ser, para mí, preludio o fondo o simple decorado, para convertirse en una forma fidedigna de evaluar acompañantes, en un método sutil pero férreo de evitar inversiones destinadas al fracaso.
¿Hubiera tenido sentido insistir, si a mi Gershwin le respondían las Spice Girls?

Alguna vez la canción elegida por alguna determinó que me retirara inmediatamente y sin mayores explicaciones, que dejara a mi acompañante como naufragando sola, a la deriva de una marea musical inaceptable y que la hacía a ella inaceptable, mientras mi proa (digamos) enfilaba inexorablemente hacia la puerta de salida, y el gesto de calzarme los auriculares antes de salir era como desplegar todas mis velas en un gesto definitivo de adiós.

Alguna vez me he quedado, a pesar de todo, y he soportado estoicamente un Luis Miguel, por ejemplo.
Lo he soportado porque mi acompañante ofrecía muy buenas compensaciones, pero al mismo tiempo la colocaba en una categoría distinta, inferior, precisamente la de las apenas soportables por las compensaciones, pero alejada definitivamente de cualquier categoría superior.

Advierto críticas en el ceño de los lectores, o tal vez descreimiento. ¿Abstraen ustedes del gusto musical a la hora de elegir acompañantes? ¿Les parece poco importante?
Pues allá ustedes.
Comprobarán más temprano que tarde que hubieran debido prestar más atención a esas cosas, y se hubieran evitado "inexplicables" desencuentros.

Por mi parte, tal vez he consentido un Luis Miguel, pero nada más allá, y mi vida sentimental no ha cesado de mejorar.

martes, octubre 27, 2009

Tradiciones

Acá Argentina lindo. Gente y lugares, mucho lindo. Comida también. Macanudo.
Pero yo extraña cosas.
"Ojo" (dice yo ahora): asadito va como trompada, jaja. Gusta café con leche y medialunas, también, pero extraña cosas de país. Fideos con aguérquipes, torta rusalda, pastelitos de koki. Lédumbrams. Albóndigas de chámiek.
Ah…

Pero comida argentina macanuda, no problema con eso. Extraña más otras cosas. Tradiciones.
Mujeres de país mío.
Uy…

Argentinas muy lindas, sí señor, clarro que sí. Teribles.
"Ojo": haber argentinas feas también (dice yo, que aprender "ojo" hace poquito)
Pero argentina fea compensa con algo, porque haber mucha competencia. Argentina fea cariñosa, inteligente, o buena en katrera, entusiasta.
Cocina o toca guitara.
Limpita.

Extraña mucho mujer fea de país, señor.
Bueno: mujer de país.
Porque feas ser todas, señor, sin compensar.

Uy, delicia...

Mujer horible, señor. Pata sucia. Horible.
Ellas maleducada, señor. Enojarse. Golpear chabón.
Ellas hablar mal, comerse las "k".
No pintarse, no arreglarse. Gorda mucho, no depila. Horible, señor.
Pero…

Ellas autentík, señor.
No linda, no importa compensar. Ellas ser así nomás.
Prepara molotóv, maneja cuchillo así de larga. Todo.
Después prepara torta rusalda, pastelitos de koki, lédumbrams...toda mano sucia. Comida horible.
Agarra chabón de los pelos y mete en katrera.
Putea chabón todo tiempo.
Ah…

Yo quiere volver a veces.
Tradiciones, ¿no?

martes, octubre 13, 2009

El señuelo

En San Martín, en la esquina de Matheu y Ballester, hay un quiosco para no vender.
No es que esté siempre cerrado, al contrario: los dos engendros que lo atienden (siempre juntos, hombre y mujer, siempre entreteniéndose con la tele o con algo, pasando el tiempo, porque vender no venden nada, jamás) cumplen puntillosamente un horario para decir casi con alegría, inexorablemente, que no tienen nada de lo que uno busca.

La zona en que está ubicado el quiosco es un filón: a la vuelta del Bingo, casi enfrente de la Corporación Médica, al lado de las varias remiserías 24 horas que están precisamente ahí por el Bingo y por la Corporación. Es un lugar ideal para vender a lo pavote, para cobrar más caros los mentoliptus, para no dar ningún vuelto, para atenderlo bien un par de años y comprarse un campo en Santa Fé, vacas y peones incluidos.

¿Cómo puede ser – me pregunté muchas veces – que estos tipos nunca tengan Marlboro? ¿Cómo puede ser que no tengan Coca-Cola, Rhodesias, pomada Wasington, papas fritas, Beldent de cualquier sabor?
¿Cómo puede ser que los productos por default de cualquier quiosco normal en este antro no existan?

Pero ojo: no te dicen jamás que no traen esas marcas. En el poco probable caso de que te hablen, te dicen (muy mal, con inexplicable rencor: te lo dicen como haciéndote un favor especial) que se les terminaron, que les están por traer, o que no les están entregando en este preciso momento.

Confieso que nunca me detuve a preguntar qué alternativas tenían, y además cada vez entro con menos expectativas y quiero irme más rápido. La razón de no averiguar nada es sencilla: en ese rincón tan propicio hay por lo menos 3 quioscos más, uno a escasos metros del otro.

Recién doblé justo por Ballester para ir a mi casa, y necesitaba cigarrillos. Resignadamente, entré en la tienda maldita.

Ellos se reían a carcajadas, estúpidamente, mirando la televisión. Casi no llegué a terminar la frase “Marlboro box”: ambos la estrangularon a dúo, giraron altivamente los cuellos para decir “No” con asco, con desprecio, con infinita maldad. Y volvieron inmediatamente los ojos a la pantalla, como si en esa misma negativa me hubieran hecho desaparecer.

Los odié.
Los maldije no tan silenciosamente y salí casi corriendo a buscar otro quiosco. Me sentí tan conmovedoramente feliz de obtener los cigarrillos sin tener que vender mi alma al demonio ni rebajarme en forma alguna, que además compré un chocolate, una tira de Cafiaspirina, una cinta para atarme el pelo, cera para depilarme y unas cuantas cosas más.
No es que haya dejado de ser pelado de repente (ni mucho menos que me depile): es que estaba feliz, y hasta resigné las 25 guitas que aún me quedaban de vuelto.

Antes de salir me percaté de que la señora del quiosco tenía la tele sintonizada en el mismo programa de los otros estúpidos.
Bajé la vista a mi bolsita llena de cosas innecesarias y comprendí cabalmente la oscura relación: el otro quiosco es un señuelo, un cazabobos que actúa en connivencia con éstos, un policía malo destinado a lograr el efecto que precisamente lograron en mí, que al toparme con un policía bueno no solamente deje para el café, sino que le pague la cena en Puerto Madero.

Indignado, pero no sin admiración por la jugada, volví sobre mis pasos al quiosco de la Eterna Negación. Antes de que los íncubos detectaran mi presencia observé qué producto asomaba en inocultable cantidad: caramelos “Media hora”.
Cuando el macho de la pareja dirigió su torva mirada hacia mí, señalé los caramelos.
- Todos éstos – arriesgué.
- Están vencidos – intentó.
- Me los llevo igual – dije triunfal.

Mañana voy por los palitos de la selva.

viernes, julio 31, 2009

Sí, era yo

Ahora ya prescribió, y además ya no hago más esas cosas, pero en alguna época, si podía, salía con chicas del blog, con chicas que conocía a través de éste mismo blog, tan inocente y poco visitado que parece. Ahora ya prescribió, pero de todas maneras tal vez no debería contarlo, por discreción, por modestia, porque los caballeros no tenemos memoria. Sin embargo voy a contarlo, porque uno de los participantes de la historia (el otro hombre) merece conocer la verdad, y de paso, si lee ésto, me compensa por el susto que me dio.

En realidad no merece una poronga, se lo voy a contar por maldad, porque me hizo cagar en las patas y estuve tentado de gritarle lo que ahora escribo apenas me subí al colectivo y no lo hice solamente porque soy cobarde. Si vamos a decir la verdad, digámosla toda. Bien. Adelante.

Ahora apenas intercambio mails con el Gringo, o con Laurita Beilin. Con el Gringo estamos laburando en unos cuentos gauchescos de ambos que van a quedar buenos cuando finalmente nos dediquemos a escribirlos y dejemos de hablar tantas pavadas. Y con Laurita, que me dice que está en New York paseando y que le dan mucho miedo los aviones, y me dan ganas de decirle que venga a laburar ella y me deje viajar a mí, la puta que te parió, Laura. Apenas con ellos, y nada de chat, mails y sólo mails.

Un mail del Gringo hablando de lo lindas que son las cordobesas me hizo acordar de todo ésto...

En otra época de mi vida, sin novia, se daba más eso de tener largas charlas por messenger, de contarse cosas íntimas y qué casualidad y a mí también y qué lindo es hablar con vos, igualmente, y no me prenderías la camarita, y vos no te vendrías a pasear a Córdoba, y cómo no voy a ir si está acá nomás.

Acá nomás.

Es curioso cómo cambian las percepciones de distancia de acuerdo a la situación personal en que nos hallemos. Son como ochocientos kilómetros hasta Córdoba, no es acá nomás, es lejos. Pero la cordobesa era muy linda, era muy simpática y además justo tenía unos días sin los hijos. Entonces le pedí que me alquilara algo en un hotel, y mirá lo que son las cosas, cuando yo ya tenía el pasaje resultó que no había nada en los hoteles, y tuve que ir a la casa de ella. Algo había mencionado de un ex novio de Buenos Aires, pero lo contaba como algo de hacía mucho tiempo, cerrado. (Nota: si por casualidad estás leyendo esto y sos la otra cordobesa, la que sí consiguió un cuarto de hotel y no tenía un ex novio porteño sino un marido cordobés, y creíste que hablaba de vos y hasta te decepcionaste cuando viste que no, entonces mis disculpas por anticipado, pero ya dije que hubo varias, aunque solamente dos cordobesas. Y vos viniste después. Bien. Sigamos)

(Voy a terminar contando más de lo que quería, pero ya todo, todo, todo prescribió, todo pasado tan pasado que es casi ficción.

Ficción, la poronga.)

Decía que finalmente llegué a casa de la cordobesa, y era más linda que en las fotos y la camarita. Era de mañana muy temprano, y estuvimos tímidos como hasta después del mate. Después, no. Después fue genial, y me acuerdo que actualicé este blog desde la casa de la cordobesa, en bolas y con la hermosa preparando la cena. Hasta me acuerdo de lo que puse, pero ya serían como demasiados datos. Después me volví a Buenos Aires, y ahí empezaron los quilombos.

En cuanto llegué reanudamos las sesiones del chat, y estábamos bastante entusiasmados con la posibilidad de volver a vernos, de que yo viajara cada quince días y ella me pagara parte de la estadía o el pasaje, cosas así. Ella estaba un tanto preocupada porque el ex novio porteño la había estado medio hostigando por el chat, pero al parecer no había por qué alarmarse demasiado.

Un poquito antes de viajar, yo había entrado en tratativas con otra lectora, una arquitecta muy bonita (era muy ganador en esa época…iluso de mí…), y si bien esta última era medio rompebolas porque parecía intuir que algo pasaba con la cordobesa, ya habíamos arreglado un encuentro, así que yo estaba más feliz que la mierda.

Mientras esperaba a ver qué pasaba con la cordobesa, fui a encontrarme con la de acá, a la que en algún momento estuve tentado de decirle que sí, que había tenido una historia con la cordobesa. Era muy rompebolas esta mina, casi le cuento eso para que diera vuelta la página, si total yo no tenía nada que justificar con ella. Por suerte no lo hice…

Esta mina me había citado a la tarde en un bar de Olivos, cerca de la quinta presidencial. Como llegué temprano, me quedé a esperarla afuera, entre otras cosas para tener un primer panorama a la luz del sol, de cuerpo entero, etc. Yo casi ni me di cuenta, mientras esperaba, de que había otro tipo al parecer en las mismas circunstancias, esperando a alguien. Yo vi que había alguien dando vueltas, un tipo de sobretodo negro y cara de loco, pero pensé que pasaba de largo, o que iba a entrar al barcito. En todo caso, yo estaba impaciente por ver a la mina, qué me importaba un tipo boludeando por ahí. Cuando me encaró me agarró en frío.

- ¿Vos sos Sergio? – dijo el tipo. Tenía ambas manos en los bolsillos, y lo primero que pensé fue que el bolsillo derecho abultaba demasiado para mi gusto.
- Sí – dije yo como un pelotudo, a pesar de las manos y el bulto, y me arrepentí en el acto.
- Tengo algo para vos…

Antes de que sacara la mano del bolsillo, recuerdo que pensé:
"Este es el ex de la cordobesa…"
"La mina de acá me hizo una cama…"
"Este pelotudo me va a cagar de un tiro…"

Lo que sacó el tipo fue un manojo de papeles revueltos, de los que extrajo penosamente uno, rosadito, que decía algo así como "Disculpame, mi amigo te va a explicar todo. Alejandra".
- No entiendo…- dije yo, aunque entendía más de lo que hubiera querido. Para algo sirve escribir historias, al final.
- Sí, mirá, Alejandra te pide disculpas, ella va a venir después porque en serio te quiere conocer. Pero en realidad te hicimos una cama porque yo soy amigo de ella y…

Y me contó la historia que yo ya había imaginado. Y por supuesto yo negué cualquier contacto con la cordobesa y dije que yo estaba esperando a una tal Alejandra y nada más, aunque transpiré frío cuando me dijo que él había ido a Córdoba…un día de los que yo estaba allá. Me dio un poquito de miedo porque el tipo hablaba rápido, y me quería contar a pesar de mis negativas, y me decía que lo había hecho, lo de irse a Córdoba y lo de este encuentro, por recomendación del psiquiatra (y tenía mucha cara de loco), porque él se había obsesionado conmigo y estaba convencido de que la cordobesa lo cagaba conmigo (y seguramente la amiga arquitecta contribuía en la manija), y el pelotudo del psiquiatra le dijo que lo mejor era ir a hablarlo con ella, o buscarme a mí.

(¿Le habrá dicho el psiquiatra que no le avisara a la cordobesa que iba a ir? ¿Ni a mí? ¿Le habrá dicho que mejor una mina intentara sonsacarme datos, y si no lo conseguía que me citara y entonces apareciera él con el papelito rosa? ¿Con quién estudio psiquiatría ese boludo, con Jorge Rial? Y además sin tener en cuenta que, según la cordobesa, la historia estaba terminada hacía meses…Y yo me había andado paseando con la cordobesa por el barrio…Dios mío… Un lío en el que yo no tenía nada que ver, lo mío era un delivery de amor surgido de la afinidad literaria. Algo así)

Ignoro qué pasó que el fulano no se apareció en la casa de la cordobesa, o por lo menos no tocó el timbre, o por lo menos no nos vio paseando de la manito. Ignoro si realmente fue o no fue a Córdoba, a pesar de la sabia recomendación del pelotudo del psiquiatra. Ignoro qué hubiera hecho el tipo de encontrarme allá, o de confirmarlo y encontarme acá, solito y en babia.

Ignoro qué hubiera hecho si yo no me hubiera indignado como el caballero que soy y le hubiera dicho que no pensaba esperar a la tal Alejandra, esa ingrata, y me hubiera tomado el primer bondi que pasó y que me dejó en cualquier lado, lejos del loco y de las otras locas de mierda.

Ignoro por qué al rato todo me pareció tan trivial a pesar del cagazo, y por qué al poquito tiempo agarré viaje con la otra cordobesa, la que sí consiguió lugar en el hotel y se escapaba del marido a la mañana y a la tarde, y con la que anduve incluso paseando por otra plaza de Córdoba como si los locos no existieran, y los psiquiatras pelotudos tampoco.

Pero sí, Sobretodo Loco.
Sí, Arquitecta del Orto.

Sí, era yo.
Te lo quería contar.

lunes, mayo 04, 2009

Crítica algo confusa

Es cierto que la mayoría de los críticos ya opinamos unánimemente que “Alguien que anda por ahí” es el peor libro de Cortázar, pero seguimos descubriendo incoherencias.
De ese conjunto de relatos desarticulados yo apenas rescato “Reunión con un círculo rojo”, porque me parece que se ha manejado bien el suspenso (que en esta historia de vampiros no es, tampoco, el típico suspenso deslumbrante del mejor Cortázar, sino un muy tradicional pero efectivo suspenso de Transilvania) El resto de las historias naufraga lamentablemente en extravagancias huecas y vacías y sin contenido, en torpezas increíbles para un escritor del tamaño de Cortázar.

Y hasta en la historia que mencioné hay un detalle estrafalario: está dedicada “a Borges”, sin más aclaración. En un relato de cualquier escritor argentino esa dedicatoria remite automática y justificadamente a Jorge Luis Borges. Pero no en este caso: al final nos enteramos que la referencia alude a Jacobo Borges, pintor venezolano.
Por lo menos no se la dedicó a Graciela, pero…

Yo imagino a Cortázar ya afectado por la leucemia, o preparando el viaje a Nicaragua; en todo caso distraído, sacándose de encima “Alguien que anda por ahí” como quien espanta una mosca menor, ni siquiera una avispa. Tengo que imaginar algo de eso para creer que “Taxi para tres” es un cuento de Cortázar y no de Belén Francese; imaginar a Cortázar muy disminuido intelectualmente como para expeler esa suerte de rimas pueriles e irritantes: “El taxista como la modista necesita que Dios exista”, dice Cortázar-Francese, y continúa en ese estilo a lo largo de dieciséis larguísimas páginas.

Hay un cuento casi en la mitad del libro que parece funcionar como la noche 500 de Scherezade, pero mal: a partir de ahí las historias se repiten, pero no por un artilugio del autor sino (tengo que creer) por genuina falta de creatividad.
Así, el tema del doble ya abordado en el primer cuento (“El otro”) aparece de nuevo en “No soy yo” y con el mismo exacto tratamiento; así, la copia infiel de “La perseguidora” (la novia que envenena a sus novios) aparece dos cuentos más adelante en “Queremos tanto a Sylvia”. Salvo por los nombres ambas narraciones parecen calcadas, además de ser muy malas.

Y hay un cuento hacia el final que merece la categoría de hito de la chantada: en “Un señor verde y viscoso” , Cortázar junta 2 relatos ya aparecidos en “Historias de cronopios y de famas”, les cambia algunos adjetivos y les deja el mismo final (que ya era el mismo para ambos en “Historias de cronopios y de famas”, libro que convendría examinar en detalle para, seguramente, hallar otras patinadas del otrora gran escritor argentino)

Más allá de los evidentes autoplagios, los cuentos de "Alguien que anda por ahí" son apenas pasables, y las historias son huecas y vacías y sin contenido.
Más bien negligentes, como repetir dos veces “huecas y vacías y sin contenido”, o hacer crítica de relatos mediocres que nunca existieron y, con un poco de suerte, nunca existirán. *



* Crítica apócrifa y envidiosa, especie de homenaje que mezcla algunas verdades con muchas macanas, escrita a la sombra de los textos inéditos de Cortázar a punto de aparecer, y con la baba por los tobillos.

Y por supuesto, “El otro” es de Borges
(Jacobo no: el otro).

martes, marzo 03, 2009

Apuntes de Bazán

Lo que sigue son apuntes para una novela, que en principio sería como "Diario de la guerra del cerdo", pero al revés: acá los atacantes son los viejos. La idea es que la organización (y sobre todo los métodos) que van a usar los viejos me permita incluir buenas dosis de humor, aunque sea negro. Pero la verdad es que todavía no salió ni un poco de eso. Quedan advertidos.

(Bazán en el club, al grupo de viejos, olores)
Para odiar bien no hace falta tener razones altruístas, lo que hay que tener es odio. Mucho odio, y tan en estado puro como sea posible.
Hay que odiarse uno mismo, para empezar. Odiarse por haber envejecido, por encontrar chotos e insoportables a los de la misma edad, porque la pija no se te para más, porque a cada rato se suma una razón para volarte la cabeza.
Sentir un odio redoblado por cosas como ésta; esta me pasó a mí mismo, señores Viejos de Mierda que me escuchan: hacía un tiempo que todo olía mal, había un olor feo en el aire, flotando, y yo fruncía la nariz y me preguntaba cuándo iba a caer por fin el aerolito purificador, cuándo el Angel de la espada de fuego iba a terminar con esta porquería de mundo, si ya se percibía el hedor de la carroña.
Y era yo, señores. Era mi propio olor a rancio el que sentía, era mi propio halo podrido el que me envenenaba el aire. ¿Cómo no odiar con toda el alma, entonces? Con estas cosas, ¿cómo no salir a matar, señores? ¿Cómo no querer reventar al primer guacho que se cruce?
Ese es el Odio Primero, del que tenemos que partir: un odio sin más explicaciones que el habernos dado cuenta de que la vejez es una estafa, una tortura insoportable para los que ni siquiera tenemos el consuelo de habernos vuelto idiotas; un castigo innecesario y alevoso, desmedido, una burla, una justificación para el suicidio en masa apenas cobrada la primera jubilación. Hay que irse, señores.
Entender esto y no irse es prestarse para la joda, es hacerle el caldo gordo al que te quiere seguir humillando. Hay que irse, viejito.
Pero hay que irse bien. Antes de irnos…hagamos lo que tengamos que hacer.
O mejor: hagamos lo que se nos cante.
¿Quién puede decirnos nada? Yo no voy a escuchar a nadie. A la mierda los audífonos, señores.

(Bazán a Bernardo, mujeres)
Cuando yo era muy chiquito miraba a las nenas y pensaba con horror que iban a crecer y se iban a deformar. Estaban tan lindas, yo en ese momento las hubiera dejado así para siempre, como muñequitas. Me gustaban las nenas de mi edad, más o menos hasta los 7 u 8 años.
A esa edad me empezaron a gustar más grandes que yo, de 13 o 14, ya con proyectos de tetas. Me parecían perfectas en ese estado larval, previo a la maduración definitiva. Pero ya intuía que las minas más grandes estaban mejor que las de mi edad, y me generaba cierta ansiedad. Siempre me apasionaron las mujeres, vos lo sabés bien.
A los 20 más o menos descubrí que las de mi edad estaban buenas, pero también me gustaban las de 40, o más. Y me sentí casi feliz, Bernardo, porque mirá la conclusión que sacaba: Cuanto más grandes, mejor.
Sostuve esa pelotudez un buen tiempo, porque a los 20 no existe la vejez, hay como la idea de una vida más o menos igual pero con más años, no se pueden imaginar todo el cansancio, todos los dolores...
A los 20 se es un ignorante completo de estas cosas, Bernardo. Y entonces yo andaba contento, casi tranquilo porque la principal razón de mi vida siempre fueron las minas, y creía que tenía el rubro asegurado hasta que me muriera. Un disparate absoluto, obviamente.

(Bazán y Bernardo - el robo al banco)
- Vos te acordás, Bernardo. Si lo planeábamos por lo menos una vez por trimestre. Y nunca lo hicimos. Pero cada vez que lo analizábamos, entendíamos que no estaba mal asaltar el banco. Y no éramos delincuentes, ni tampoco jóvenes idealistas ni esa poronga. Nosotros queríamos la guita, pero al mismo tiempo sabíamos que afanársela al banco no podía estar tan mal, ¿no?
- Tendríamos de habérsela afanado, pienso.
- ¡Y eso es lo que te digo, beninún!
- Flor de turros, los bancos.
- Pero había una gran diferencia, Bernardo: en ese momento teníamos cosas que perder. Podíamos ir en cana o podían matarnos. O podía salirnos bien y pararnos para toda la cosecha, pero nos teníamos que ir del país.
- A Paraguay – dijo Bernardo y se le llenaron los ojos de lágrimas.
- ¿Te acordás? A vos te hubiera gustado irte a Paraguay, ¿eh?
- Eh, claro.
- ¿Por qué no lo hicimos, hermano? ¿Por qué no te fuiste con la paraguaya? ¿Para qué nos quedamos, me querés decir?
- Yo me casé – dijo Bernardo pero como si no quisiera decirlo.
- Sí, te casaste. Dejáme de joder, Bernardo.
- Eh, las obligaciones.
- Por eso, las obligaciones – dijo Bazán y se quedó mirando el piso.
- Tendría de haberme ido, ¿no?
- Pero por eso te digo que esta es otra oportunidad, ¿entendés?. Distinta, pero otra oportunidad. El amigo de tu nieto…
- Ese es un sorete, Bazán. Y mi nieto también.
- Pero el pendejo, el amigo de tu nieto…
- ¿Qué hay?
- Nada –dijo Bazán y se le iluminaron los ojos-. Pero labura en un banco, ¿no?
- Sí…me parece que sí.
- Creéme, Bernardo. Ese sorete va a afanar el banco para nosotros.

miércoles, febrero 11, 2009

Pause y después Play


(Imagen que apareció en "Orsai" el 17 de febrero)


Esto es así.
A veces se escribe mucho, y a veces no tanto. A fin de cuentas este blog no es un diario (Dios me libre), y uno también es de la opinión de no apurar nunca la escritura, de dejar decantar bien las ideas y mientras tanto ir juntando material casi sin darse cuenta, de ir apuntando en la libretita, de tentarse a veces con empezar algo y después tentarse con dejarlo en reposo un rato más, y todo eso sin que le dé angustia.
Pero uno también sabe de la inercia, y sabe que los cuerpos en reposo tenderán a permanecer en ese estado y los que se muevan harán otro tanto, y ya entregados al lanzamiento de frases hechas es muy fácil decir que para escribir hay que escribir, justamente; diez porciento de inspiración y noventa porciento de transpiración, y si las musas vienen a visitarme que me encuentren trabajando; y doble cabezazo en el área es gol, además. Eso significa que para justificar la larga ausencia es posible decir vacaciones (un cabezazo) y después acopio de material (golazo).
Y para vencer la inercia, o para cambiarle el sentido, bien puede escribirse sobre el particular. Hay novelas de 600 páginas y manuales de autoayuda con menos argumento que ese.

Una anécdota: en el último post de Hernán Casciari en Orsai (blog que leo con invariable placer) hablaba de algo parecido, y el de él es del 20 de diciembre y todavía no lo actualizó, y como el último mío es del 22 de diciembre hasta ahora yo sentía que Casciari me estaba justificando ampliamente, que hasta que él no actualizara yo todavía tenía tiempo. Al fin y al cabo él es un profesional, cada post tiene como 400 comentarios y seguramente hay gente esperándolo ansiosamente.
Excusas, en definitiva. O pautas que uno se pone como jugando, y que llegado el caso pueden pasar abruptamente de justificación a acicate, de tiempo extra a ultimatum.
Por ejemplo, hoy me desperté casi asustado de que Hernán ya hubiera actualizado y me hubiera puesto en vergonzosa evidencia (ante todos los que conocieran la pauta, o sea: nadie), y decidido a escribir lo que saliera, y a postearlo cuanto antes.
Es más: estoy escribiendo muy rápido, no sea cosa que actualice Orsai antes de que yo termine esto...

Por lo pronto, bloqueo, lo que se dice bloqueo, no hay. Ideas tengo, y algunas me gustan bastante. Por lo menos lo bastante como para intentar desarrollarlas y ver hasta dónde pueden llegar, que es lo que hago habitualmente. Hay una que me gusta particularmente, y que tiene que ver con las frases hechas del fútbol, como la del doble cabezazo, técnico que debuta no pierde, etc.
Hay una que reza “Equipo que gana no se toca”. Basado en esta última, imaginé un equipo que no perdiera nunca, y por lo tanto no fuera cambiado. Así, hasta que los jugadores son ya prácticamente ancianos, aburridos de jugar siempre con los mismos compañeros, con achaques de la edad, y hasta asustados del estigma de no poder perder ni a propósito e intentando como locos quebrar la maldición.
Otra, de un tipo que se pelea con su propio perro por la demarcación del territorio. Y claro, lo hace con el mismo método que (dicen) usan los perros: esparciendo orina sobre la zona reclamada. El problema básico es que el perro incluye en el territorio demarcado, siempre, a la mujer del tipo. Y ella parece que se siente halagada, la muy idiota.
Otra, que no sería un cuento sino más bien un artículo y por qué no una denuncia, acerca de una tendencia notoria y alarmante de que los hombres, cuando se deciden a convivir, se están mudando siempre para el barrio de la novia y no a la inversa, cuando antes sucedía exactamente lo contrario. Para mí tiene que ver con los metrosexuales y esas modas raras de depilarse, etc.
Y tengo una joyita basada en una historia real de una amiga cubana, acerca de cómo velaron a su padre mientras asolaba la isla el huracán Charley en agosto de 2004.
Y una idea (aunque bastante verde) para una novela al revés del “Diario de la guerra del cerdo” de Bioy: en este caso, los viejos atacan a los jóvenes. Y razones no le faltan, según yo…

Así que, por lo expuesto y por varias cosas más, el problema es sobre todo de decisión.
Yo ya tomé la mía de volver a escribir y a postear.
Decídanse ustedes a leer y comentar (pueden poner: “¡Pri!”, “¡Segundo!”, y esas boludeces), y robémosle el espacio al puto de Casciari de una vez por todas.

lunes, octubre 20, 2008

Mi novia Ann


Esta es una foto de mi novia Ann. Seguramente se la saqué en Mar del Plata, aunque no me acuerdo ni me importa.
Porque así son las cosas con mi novia Ann: no le damos importancia a los recuerdos (más bien nos gusta inventarlos) ni a cosas que para otras parejas pueden ser fundamentales. Como el sexo, por ejemplo: nosotros no tenemos sexo, más allá del virtual, obviamente.
La conocí hace un año a través de Internet y al principio no me gustó mucho: ella es rubia y yo prefiero las morochas, y además habla todo en inglés. Así que al principio medio que la ignoré, y además en ese momento yo estaba de novio con Angelina Jolie y estaba muy enamorado…
Pero Ann insistió: cada vez que yo engañaba a Angelina y navegaba por otras páginas (en general los jueves, día de navegación más bien pirática) ella se me aparecía. De a poco, su aspecto sencillo y desenfadado, de verdadera chica next door, me fue convenciendo. Había algo en esta petisa de ojos claros y cola renacentista…o tal vez fundamentalmente eso, una cola gorda y bastante atrevida, aunque siempre dentro del softcore, sugiriendo mucho pero sin llegar jamás a mostrar todo: tal y como hacían las novias decentes de antes. Me volvió completamente loco, y nos pusimos de novios.

Ingenuamente alegarán algunos que nos separa una abismal distancia. Se equivocan: estamos más cerca que muchas parejas que conozco, y muy estrechamente conectados siempre. Siempre que yo quiera, para ser más exactos. A cualquier hora del día o de la noche, desde cualquier lugar (siempre que medie una computadora), puedo ver a Ann, y ella siempre está dispuesta a que la vea, siempre está deseosa de mostrar, permanentemente busca nuevas formas de tenerme contento. Maliciosamente agregarán los detractores de mi amor que debo pagar por esas delicias, pero, ¿quién no? Señalen ustedes a un novio, y estarán señalando a un comprador compulsivo de entradas de cine para dos, a un pagador de cenas con el único aliciente de elegir el vino…aunque también con la obligación de hacerlo. Indiquen un marido, y encontrarán hechos parecidos, acaso exacerbados y elevados a potencias ridículas en el caso de una prole numerosa. La patria potestad es compartida; no pareciera ocurrir lo mismo en la compra de la indumentaria de los retoños, por ejemplo.
Y está muy bien: el amor exige, entre otras cosas, un aporte pecuniario mayor de parte del varón. Y algunos lo asumimos con felicidad.

Ann tiene todo lo que puede pedírsele a una novia. Es hermosa, y muy discreta. Jamás llama al trabajo, ni a ningún otro lado. Jamás cuestiona una cena de hombres o un partido de fútbol. Jamás le duele la cabeza. Le aporta belleza, erotismo y misterio a mi vida. Cuando tipeo temblando la dirección de su site seguramente estoy más cerca de la felicidad que muchos que pueden tocar diariamente a sus novias.
Qué nuevas formas de seducción, me pregunto mientras se abre su página, habrá encontrado mi novia para seguir construyendo nuestro amor. Y su respuesta es siempre sublime. Y suficiente, con el agregado sutil de ser suficiente pero dejarme con más ganas que antes.
Vean de nuevo su foto: imaginen lo que imagino. O elaboren sus propias fantasías.
A propósito: Ann me es absolutamente fiel.

Lo comento para los palurdos que aún, con todos los argumentos que he dado, pretendan menoscabar mi noviazgo o denostarlo con el recurso fácil de que Ann no me otorga exclusividad. Adelante: recorran todos los links que quieran y muéstrenme una sola foto de Ann con otro hombre. Para mí es demostración suficiente de que soy el único en su vida, y que puedo ilusionarme.
Hallarán, justo es advertirlo, a mi prometida con otras mujeres…en algunos casos con más de una a la vez.
Adivinen quién se lo pidió, y lo que me costó convencerla.
Bueno, no tanto. Repito que Ann siempre está dispuesta a complacerme, al menos mientras esté dentro de las posibilidades de mi tarjeta.

De manera que creo haber expuesto claramente que mi relación con Ann es (o era) plena, excitante y absolutamente sana.
Ella es perfecta, aunque yo no lo sea.
Menos que eso: estoy a un paso de lo patológico, y temo que eso signifique el fin de mi relación con Ann.
Sucede que conocí a otra persona, muy distinta de Ann.
Esta otra chica dista mucho de ser perfecta, e ignoro cómo puedo hacerle esto a Ann, pero la verdad es que estoy teniendo una relación paralela.
Sé que sonará enfermizo, pero creo que me enamoré de una mujer real, de carne y hueso, y más cerca de mi barrio.
Sabrán disculpar el exceso de sinceridad: hasta he mantenido relaciones sexuales con esta señorita.
Ignoro lo que pueda acontecer de aquí en más.
Seguramente, en caso de persistir esta conducta abyecta, consultaré a un profesional, a través de Internet.

martes, agosto 19, 2008

Sexo débil


Que conste que yo con mi pareja busco, fundamentalmente, crecer, ser una mejor persona. Por eso las elijo pletóricas de virtudes, arquetipos de la femineidad y del ser humano ideal, dechados de inteligencia, adalides de las buenas costumbres, y tetonas, dentro de lo posible.
Las elijo lo más cercano a la perfección que puedo.
Que al cabo de pocos meses se degraden de ninguna manera puede achacárseme a mí, sino a la debilidad propia del sexo femenino.
Yo reconozco mis defectos, y hasta los declaro de movida, junto con mi promesa fehaciente de trabajar duramente para corregirlos, de ser posible en compañía de tan brillante ejemplar.
Muchas veces aceptan, y después resultan peores que yo. Ejemplos son los que abundan.

* Yo bebo socialmente, apenas una copa de vino en alguna cena, y jamás solo. Disfruto de un buen vino, tengo siempre algunas botellas para mis amigos, pero sólo en ocasiones especiales he superado mi límite de una copa.
Cuando la conocí, Aldana sólo bebía gaseosas dietéticas, jamás había probado el vino (sólo una vez media copita de "New Age", según me contó, y no le había gustado), y el tinto le causaba directamente asco. En nuestra segunda cita la llevé a cenar, y aceptó probar el vino tinto, y le gustó. Luego incorporamos el vino a todas nuestras comidas, incluso Aldana se servía unas copas antes de la comida. Ya diferenciaba entre cepas, y al mes se agarró la primera curda grave. Después de eso llegaba siempre borracha, y solía vomitar justo en la alfombrita de mi baño.
Yo la hubiera acompañado en la rehabilitación si no me hubiera afanado las 3 botellas de Rutini que reservaba para el cumpleaños de mi amigo Claudio.
Y la bodeguita de pino chileno.
Y el sacacorchos.

* Fumo desde los 15 años.
Cecilia detestaba el cigarrillo, era partidaria de la prohibición completa de la venta de tabaco, y nuestra relación estuvo a punto de no iniciarse nunca por culpa de mi adicción. Prometí dejarlo, y empezamos a salir a prueba. Un día encendí un cigarrillo en el baño, y lo apagué enseguida, pero se ve que el olor perduró hasta que Cecilia entró a hacer algo y se percató de inmediato. Salió del baño hecha una furia, y me hizo una escena de que lo mío era suicida y que si a mi me gustaría que ella hiciera lo mismo, y para demostrarlo encendió un cigarro, y después otro y yo realmente no podía controlarla. Terminamos a los besos, y para celebrar nos encendimos un pucho cada uno.
Cuando se pasó a los habanos consideré realmente hacerle una escena similar, pero a esa altura el humo en mi departamento era tan denso (siempre) que no me hubiera visto, y así mi arenga perdía fuerza. Murió tratando de fumarse una planta de malvón, y yo lloré bastante. Por el humo.

* Ocasionalmente juego unas monedas en las máquinas del Bingo, más que nada porque me queda de paso hacia mi casa. La primera vez que fui con Sabrina, yo perdí enseguida los 10 pesos que siempre llevo para jugar y me quedé acompañando a Sabri, que ganó 50 pesos en un rato, y nos fuimos muy felices. En ningún momento pensé en sacar más dinero para recuperar lo perdido, ni nada de eso. La segunda vez ganamos entre los dos unos 70 pesos, y nos fuimos.
Pero la tercera vez Sabrina perdió todo enseguida.
Se quedó viendo cómo jugaba yo…tres minutos. Después sacó otros 20 pesos y volvió a perder. Y otros 50.
Amenacé con irme y dejarla ahí, y Sabri dijo que mejor, porque le parecía que era yo el que le traía mala suerte, y que de paso me fuera a la concha de mi hermana.
Ayer cuando pasé por el Bingo ocasionalmente entraba alguien y pude espiar hacia adentro, y vi que estaba Sabrina jugando.
Me alarmó un poco que llevara la misma ropa, y que a sus pies un cartelito ofreciera sexo por dinero, y que ya hubiera dos tipos haciendo cola.
Ojalá que tenga suerte, sobre todo para que pueda ir a pegarse una ducha y cambiarse la ropa mugrienta.

***


Ignoro realmente si este comportamiento de ir siempre por más tiene que ver con una inclinación femenina, si lo hacen por competir o qué.
Pero otros vicios y costumbres los mantengo celosamente ocultos de mis chicas.
Por ejemplo: me gusta ver cuánto aguanto abajo del agua, y no quisiera que me pese en la conciencia una novia ahogada.

Y en algún semáforo me he sacado un moquito, como todo el mundo.
Sería espantoso ver cómo la persona que amás se practica una lobotomía a través de las fosas nasales, y encima te mancha todo el tapizado.




viernes, enero 25, 2008

Titanes en el swing


Nosotros éramos muy profesionales: nada de meter cualquier musiquita que total es pa’ los pibes. No, señor. Nosotros tratábamos de reflejar la idiosincrasia del luchador, le hacíamos un tema que fuera la esencia misma del tipo, o más.
Acordate:
La momia…Lu-cha-dor-sordo-mú-do…
¡Ya se te ponía la piel de gallina antes de que entrara la momia!
Caballeeeero, caballero roooojo… Casi que lo veías entrando a caballo al caballero, con la capa al viento. Reforzábamos la imagen del titán, eso hacíamos.
Trabajábamos mucho los jingles, le poníamos amor. Bueno: hacíamos música, en el fondo. Como si fuera una película.

Es Pepino un gran payaso,
quiere mucho a todos los niños…

Con esa música de organito, ¿no? Cómo no lo iban a querer a Pepino.
Yo creo que en parte era por nosotros, por las canciones que le hacíamos.
Y a los malos también, ¿eh?:
Viene del desierto, trae mucha arena…Tufiiiiiii… Me-méth
Lo odiaban antes de verle la cara, al turco.
Y la del Gran Martín ni te cuento, era un himno directamente.

Pero todo fue decayendo. Todo.
Era lógico que afectara también al catch. Y a las músicas.
Entre que el Ancho Rubén Peucelle apenas si cabe en la malla de luchador, y la invasión de la cumbia, te juro que da pena.
Un espectáculo que era más vistoso y mucho más sano que el box, un show mágico y sin consecuencias nefastas para los luchadores (salvo el odio de la gente, porque eso era verdadero), en definitiva, una obra de arte bastardeada como tántas otras en estos tiempos…

Ru-lo-ver-de te da para que tengas
Ru-lo-ver-de te baja el comedor…

¿Qué es eso, por Dios?
A veces pienso que se tendrían que juntar Yolanka, El Caballero Rojo, El Hippie Hear, y hasta los malos como Tufí Memeth y Benito Durante, todos. Una especie de Los Superamigos o La Liga esa.
Juntarse todos, entrenar un poco (no hace falta que entrenen mucho), y caerles a los nabos éstos de ahora.

Y sobre el final, cuando los viejos, los verdaderos titanes, les estén dando la salsa a estos mamarrachos menemistas (¿?), entonces, como hacía el Superpibe, entraremos los músicos de antaño y agarraremos a patadas a los compositores de estas mierdas.
A patadas voladoras, digo.

jueves, diciembre 20, 2007

Sed


Alguna vida anterior en el desierto, o de esclavitud, aunque más seguro de esclavitud en el desierto, han hecho de mí una persona sedienta. No permanentemente, pero con extraordinaria urgencia luego de un viaje, por ejemplo. Mis amigos y mis novias (1) saben que en cuanto llego deben ofrecerme algo de tomar. Aclaro: no hablo de alcoholismo ni mucho menos. Agua es suficiente, aunque me he levantado muchas veces de madrugada para ir a comprar Coca-Cola. Con la Coca tengo, a veces, una necesidad parecida a la adicción, pero ese es otro tema.
Al margen del producto, soy alguien con el temor permanente de no disponer de líquido cuando la sed lo atormente.

El hambre no me preocupa ni remotamente como la sed. Y es curioso, porque he pasado hambre en algunas ocasiones, pero no recuerdo haber desfallecido de sed nunca. El miedo (¿la fobia?) es más bien a nivel genético, ancestral. Por eso, como si de verdad lo creyera, aventuro lo del desierto y la ración de agua siempre escasa.
Dice Borges que Averroes en España (o mejor: algo en la sangre de Averroes) agradecía la presencia cercana del Guadalquivir, y el rumor de un aljibe oculto entre el follaje de un patio casi selvático.
Lo mismo me ocurre cerca de un cauce de agua dulce. Me serena, me alegra, me deja respirar tranquilo. Es algo en la sangre, entonces.

De la misma forma, supongo que al viajero que llega hasta mi casa le pasa algo similar, e inmediatamente le ofrezco bebidas. Algunos dicen “más tarde” y los admiro.
Pero me generan ansiedad y tengo que servirme algo para mí mismo. Más tarde, para mí, puede significar demasiado tarde. Imaginar la muerte por falta de líquido es una tortura recurrente.

Me veo perdido en un desierto infinito, y cuando la locura me alcanza, trago desesperadamente la arena que he juntado en el cuenco de unas manos destrozadas.
Y no es el peor final que se me ocurre: a veces, en el último instante, recupero la razón y ya es demasiado tarde, ya tengo la boca llena de piedras, abrasada más allá de mis límites, y mi garganta abierta de par en par, preparada para un festín que nunca llegará.
No muero por asfixia: ese don no me es otorgado. Todavía estoy plenamente consciente cuando el último estertor de la sed se está preparando. Mi mente, inevitablemente, lanza imágenes de cascadas, de altos cócteles, de jugos de colores; fragancias y perfumes de bebidas que he probado con deleite.
Las imágenes de mi vida, esas que se supone que desfilan ante los ojos en los últimos momentos, tienen que ver con el goce por los líquidos que me salvaron hasta ahora.
Supongo que moriré cuando llegue al último tinto descubierto; es decir, si me tocara hoy, pasaría a mejor vida mirando una copa de Alamos de Catena Zapata.

Realmente no envidio a los que por última visión tienen un juego de Rasti, o una muñeca Pepona.


(1) Cada una en su época, se entiende.

miércoles, noviembre 28, 2007

Festejos 2.012


Antes era un lío combinar para las reuniones de fin de año. Entre ponerse de acuerdo con el lugar, con la fecha, y conseguir algo que no esté reservado ni te mate con los precios, era un lío.
Además de que nunca es una sola reunión: entre la gente del laburo, los amigos, los compañeros de cerámica fría, los del fútbol, etc., se te hacen como 6 o 7 reuniones. Andá a combinar todo eso…
Hasta el 2.009, más o menos, nos arreglábamos adelantando las reuniones para noviembre, a veces octubre derecho. Y claro: esa tendencia creció. Empezamos a hacer las reuniones de fin de año a partir de abril…Cualquier época del año es buena para reunirse, pero es medio bizarro andar deseándonos suerte para el año que viene cuando faltan como 7 meses para que termine éste.
Pero las modas tienen eso de no respetar lógicas, y entonces la gente adelanta también la Navidad en familia para, por ejemplo, no quedarse sin lechón, y andan (una familia de mi barrio, sin ir más lejos) a los cuetazos en julio. Estos son bien molestos, porque no se conforman con hacer la Nochebuena en su propio patio y dejarse de joder, sino que después les da por ir a saludar a los vecinos, y no les podés decir que son las dos de la mañana de un martes de agosto y vos tenés que levantarte a las cinco para ir a laburar.
En el barrio ya los conocemos, y cuando vemos que andan colgando guirnaldas de papel y poniéndole lucecitas al pino del jardín, llamamos al laburo para avisar que andamos con síntomas gripales. Si se van temprano, vamos a trabajar. Pero si los adelantados se tomaron la molestia de comprarte un regalo y además traen Fresita, hasta las 5 no los podés echar: al contrario, les tenés que alabar la ocurrencia y la previsión.

Navidad zafa bastante bien. Es una fiesta más bien invernal, y las garrapiñadas, los piononos, los budines, los turrones y todo eso que tan mal nos caía en diciembre ahora nos fortifica para el duro invierno. Pero la onda trascendió las fiestas, y ahora es común que la gente adelante los cumpleaños, los bar mitzavs y hasta el viaje de egresados: mi prima Vanesa se fue a Bariloche en cuarto grado de la primaria, una cosa de locos considerando que el viaje incluía entradas a Cerebro, Grisú y show de strippers en las habitaciones… Allá ellos.
También están los piolas que pretenden, en una sola fiesta de cumpleaños, celebrar los 35, 36, 37 y 38. Y te exigen 4 regalos para entrar…
Hay gente que adelanta el matrimonio, reserva la Iglesia, contrata al del órgano y el salón para la fiesta, y después se dedica a buscar consorte por Internet.
La cuestión es no dormirse con los festejos, ser más vivos que los demás, y agarrar los descuentos de adornos para el arbolito de marzo/abril.

Este 2.012 me tocó organizar la de fin de año del trabajo a mí. Y se me pasó, no me lo agendé, etc. Con resignación empecé a averiguar recién el 18 de diciembre…y resulta que está todo libre, podés ir incluso sin reserva hasta el 24 a la noche y tenés canilla libre gratis de lo que quieras…cosa que no voy a decir en el laburo ni en pedo: ya avisé que ese día, por ser el organizador, también festejo desde mis 32 hasta los 40 inclusive (con los regalos pertinentes o no entrás).
Pero que pongo la bebida, dije.

miércoles, septiembre 19, 2007

Interruptus

Entonces entro con mi cuaderno abierto y le digo que no me interrumpa, porque usted siempre me interrumpe y las ideas se me van, le digo. Sí, buenas noches, pero no me interrumpa ni me pregunte nada, porque lo tengo todo escrito, me parece que logré escribirlo todo y así ganamos tiempo, le digo.
Él medio se sonríe y dice como usted prefiera en voz muy baja y me hace un gesto para indicarme la silla, pero yo continúo de pie y dispuesto a leerle, desde el principio, mis escritos, desde la mitad casi exacta de un cuaderno usado que comencé a rellenar hace una semana, desde que tuve la última sesión con él, que ahora se acomoda como quien se resigna pero sin nada de ganas.
Medio cuaderno de los grandes he llenado en estos siete días, pero creo que está todo. No tuve tiempo de revisarlo porque acabé de escribirlo cuando venía para acá en el 343, me quedaba media página y era como una señal de que me faltaba agregar algo, así que en el colectivo la completé. Y ahora, o desde que apreté con violencia la birome sobre el punto final, tengo la sensación de tenerlo todo acá en el cuaderno, todo lo que vengo queriendo decirle a este joven profesional que me escucha desde hace seis meses, pero que siempre me interrumpe, o se empeña en que haga asociaciones en mitad de una frase y yo no funciono así. Me corta el hilo de lo que venía diciendo y me hace asociar y yo digo siempre cosas como pito, tetas, pero ni sé por qué lo digo, no estoy asociando nada, me parece: lo que quiero es que me deje seguir con lo que estaba diciendo.

Así que busco la página marcada y comienzo con un estimado doctor dos puntos. Y explico a continuación que me veo en la necesidad de volcar en el papel algunas cosas, o todas las cosas, que con sus interrupciones no puedo decirle durante la sesión. Culo.
Por ejemplo, hace unos meses le hablaba de unas vacaciones en Azul que me marcaron, cuando ví a mi prima nadando desnuda en el tanque australiano, y usted me preguntó algo y esa pregunta derivó hacia otro tema y el tiempo corre y usted es sumamente estricto con eso. Concha. Así que he empezado a registrar en este cuaderno las ideas que verdaderamente (teta), me gustaría que trabajáramos. Pija. Concha. Aquella vez en Azul yo me toqué, doctor, viendo a mi prima, pero apareció mi madre, que por suerte no llegó a advertir nada, pero yo me quedé muy mal. Paja. Y después vino el problema que le mencioné (tetas), doctor.

Y mientras estoy leyendo advierto que el psiquiatra se está cagando de risa y decido que ya no es una interrupción (concha), es una falta de respeto (pija) y decido no venir nunca más a ver a este pelotudo, pero él hace como que no escucha mi adiós definitivo y cree que voy a volver pronto, porque me saluda con un Hasta los huevos, Pérez.




Nota del 20/9:

Hay un precioso librito de Ariel Arango (que alguien me afanó) llamado "Las malas palabras - Virtudes de la obscenidad" o algo muy parecido a eso. Lo recomiendo encarecidamente. Pérez no lo leyó y así quedó...