martes, marzo 10, 2009

Carne y uña


Cuento

Llegaron a la cabaña cuando empezaba a nevar. El caballo de Marcos resoplaba ruidosamente y estaba cubierto de un sudor espeso y blanco, lo que le valió las bromas de los otros tres. Pobre tordillo, cargar con semejante peso. Para la próxima le alquilarían una vaca: si de todas formas era insuficiente, por lo menos harían una bonita pareja. Enorme y congestionado, Marcos los aguantaba estoicamente. Se apearon y entraron en la caballeriza. En realidad, los cuatro caballos estaban agotados y los rodeaba una nube de vapor propia a cada uno. El que mejor se veía era el de Claudio, pero eso porque no era alquilado. Lo había comprado de potrillo y se lo cuidaban en Quillen. Además, el alazán tostado conocía el camino a la cabaña a la perfección.
- Mierda... qué frío hace...
- Pero valió la pena ¿o no? ¿Te gusta, Toto?
- Muy lindo, Claudito. Espectacular.
-¿Y a vos, gordo?
- Al que no le gustó un carajo fue al tordillo... – interrumpió Fabián y los demás rieron.
- Gordo, te van a denunciar a la Protectora de Animales.
-A mí me defiende Greenpeace, boluditos – dijo Marcos y los toros lo miraron sorprendidos – Y claro: ¿no defienden a las ballenas esos?
Bromeando, entraron a la cabaña. No siempre había sido así, pensó Toto. El Gordo Marcos seguramente había pasado una infancia difícil, por decirlo en forma delicada. Ser obeso desde los cinco años no era chiste. Y peor en la adolescencia, cuando se conocieron. Marcos ya era una especie de fenómeno en primer año, el blanco de las cargadas menos inspiradas. Lo había tratado de resolver primero con la introversión y después a las piñas. Hasta que aparecieron los que iban a ser los amigos de siempre, los que lo aceptaron como era, con los que se permitía bromear sobre el tema.
Una lástima que el físico le jugara tan en contra, a Marcos, con lo buenazo que era. Uno esperaba mejor suerte para los amigos, alguna compensación que hasta ahora, a los 37 años, no había aparecido.
En ese momento empezaron los relinchos del tordillo.


-¿Está lastimado? ¿Qué tiene?
- Qué sé yo... no se puede parar.
Por la forma de quejarse, algo le dolía mucho al caballo. Se había echado muy derecho, y parecía hundir el lomo. Claudio intentó pasarle la mano por la zona y los lamentos aumentaron y el animal hasta intentó pararse, sin conseguirlo. Se veía una gran mancha oscura en el lugar que ocupara la silla.
- Toto, lo quebró...
- No, ¿qué decís?
- Te digo que este animal tiene el espinazo partido, Toto. Qué hijo de puta...
Fabián y Marcos se habían quedado encendiendo el hogar. Claudio era el dueño de casa y el único que entendía algo de caballos. Por otra parte, era el responsable de los animales: los había alquilado por siete días a nombre suyo.
-¿Y qué hacemos?
- Con esta nevada, nada. Le voy a meter hielo para que calme un poco y trataremos de que se pare. Mañana veremos.
-¿No tendrá algún problema de antes, Claudio?
- Toto, ¿vos escuchaste cuando le pregunté al gordo cuánto estaba pesando? Doscientos veinte kilos, Toto. Lo mató. El problema es que si no para de relinchar, van a empezar a bajar los gatos. Andan cagados de hambre...
- No me jodas.
-¡Vengan a comer, che!
El que gritaba era Marcos, por supuesto.


El gordo lo había tomado muy mal. Claudio no había puesto ninguna sutileza al decírselo. El caballo estaba roto y no había vuelta que darle. Los problemas que se venían eran varios. Habían dejado los autos en Quillen y se habían llegado hasta la cabaña a caballo. Ni siquiera se les ocurrió llevar uno de repuesto. La idea era pasar una semana pescando y haciendo cabalgatas. Nada de celulares ni motores ruidosos.
Si el caballo no se componía, alguno tendría que hacerse los 15 kilómetros hasta Quillen. Habría que aguantar al dueño y pagárselo. Era el problema menor.
Si la nevada arreciaba, no iban a poder ir a ningún lado. Para colmo el tordillo no paraba de quejarse.
Si aparecía algún puma, la cosa se iba a poner muy brava.
El único que tenía un arma era Fabián. Podía usarse con algún animal chico, pero contra un felino grande era inservible.
Y cabía la posibilidad, también, de no encontrar un caballo que aguantara a Marcos. Habría que modificar todos los planes.
- Soy un monstruo... – la frase sonó tan desubicada que los otros tres se callaron al mismo tiempo.
- Qué decís, Marcos. Ahora el problema es otro, vamos a resolver esto y después te hacemos terapia de grupo.
- Pará, Claudio... – dijo Toto.
- Loco, está bien. Mirá, Gordo, nadie te culpa por lo que pasó. Pero la situación es así de clarita.
- Partí un caballo al medio, ¿te das cuenta?
- Probablemente estaba medio débil del lomo. Son caballos de alquiler, andá saber cuántos tipos... grandes lo montaron antes. – la intención de Toto era buena, pero la pausa contribuyó a que sonara a acusación directa.
- Una vez casi mato a una mina. No me dí cuenta, estaba caliente. Casi muere asfixiada... – el Gordo seguía hablando como para sí mismo, perdido en una laguna de tristeza.
- Marquitos, pará. Nadie quiere hacerte sentir mal. Esto es un accidente... o algo así, pero no es tan grave. Si llega a aparecer un puma, trataremos de espantarlo. Y si no, que se coma el matungo y listo. Acá no va a entrar, quédense tranquilos. ¿Vos tenés la escopeta, no, Fabi?
- Si, pero...
- Es para asustarlo, nomás. Nadie habla de cazarlo. Mañana a la mañana, de última, nos corremos hasta Quillen y listo. Traemos los autos, compramos una Itaka, lo que sea.
Comieron con mejor ánimo y mucho apetito: algunas latas y un hermoso jamón que Marcos insistió en llevar desde el pueblo. Lo trajo todo el camino a la espalda, en bandolera, y Claudio lo había comparado con aquel compañero gordo de David Crockett que andaba siempre con el banjo a la espalda. Eran apenas las seis de la tarde, pero la cabalgata les había dado hambre. Y además, había que hacer algo para cambiar el espíritu. Y comer como lobos seguía siendo una de las mejores expresiones de camaradería entre hombres. Además, un poco de vino del valle hacía milagros cuando un grupo de amigos se juntaba. La nieve caía, había oscurecido y el hogar crepitaba exquisitamente. Marcos quiso ponerle palabras al sentimiento reconfortante que lo invadía.
- Ustedes son lo mejor que me pasó en la vida...
- Callate, Gordo... Ahora sí que no te salva ni Greenpeace: te estás morfando a tus semejantes.
Marcos acompañó discretamente las risas, mirando pensativamente el trozo de cerdo en la punta de su cuchillo.
- Por la amistad – dijo Claudio levantando de la mesa la botella de vino. Y soltó un estruendoso pedo.


Pobre Gordo. Capaz que en serio el matungo estaba jodido de la espina y justo se lo dieron a él. Me acuerdo la vez del banco de gimnasia. Un armatoste viejo que tenía rajaduras por todas partes. Si en el Moreno lo venían usando desde que estudiaba mi hermano mayor... “Toto”, me decía el Gordo, “lo único que me sale bien es el banco, no entiendo”. Y tenía razón. Había algo en los ejercicios que hacíamos ahí o en la plataforma que usábamos que le venía muy bien a Marcos. El Gordo era torpe para los deportes, pero corría bastante rápido y cuando llegaba hasta el impulsador, se acababan los problemas. En el aire, el Gordo se volvía un atleta consumado. Le encantaba.
Se le podía haber roto a cualquiera, pero le tocó a Marquitos. Para colmo ese día estaban las chicas haciendo handball en el patio de al lado. Clara también estaba y Marcos lo sabía. Estoy seguro de que le dolió más eso que el porrazo que se dio.
Qué joda. Estoy seguro de que la vida de Marcos debe estar llena de bancos que se le desbaratan por culpa del físico. A cualquiera le pasan esas cosas, pero cuando le pasan a alguien como él, se suma a tántas otras...
Y claro que me acuerdo lo de la mina que casi se muere, si lo llevamos nosotros a Marcos. Se armó bastante revuelo porque la tipa le dio un ataque de histeria o algo así. Habrá querido intentar ir arriba él, pienso. Esa vuelta arreglaron todo entre Fabián y Claudio. A los del cabaré se les pasó rápido, pero al Gordo hubo que reflotarlo durante una semana entera.
Por suerte, mientras comíamos nos olvidamos un poco de todo. Esperemos que el tordillo se la banque piola y mañana caminaremos o no sé.


Era un puma viejo y famélico. Bajó la sierra a los tumbos, oyendo los relinchos lastimeros como si fuera música de ángeles. Les olfateó el miedo a las yeguas en cuanto empezó a cavar en una esquina del galpón. La tierra estaba ablandada por la nieve que no había parado un minuto. Uno de los alazanes había destrozado a patadas su corral y ahora la emprendía contra la puerta, que cedía. Los hombres debían estar sordos como para no asomarse con el escándalo. O no eran cazadores.
Por fin, entró a la caballeriza.
Por el boquete de la puerta, se escapó el alazán y una de las yeguas. Ya se dedicaría a ellos, o tal vez los topara la hembra que lo seguía a distancia prudencial. La petisa luchaba con su corralito y lo estaba astillando. Se abalanzó sobre ella.
El tordillo consiguió pararse y tuvo la suerte de que no le hubieran cerrado el corral. La petisa casi acierta al puma con una tremenda coz y el repliegue del gato les dio el hueco justo para dispararse los dos.
El tordillo consiguió hacer unos treinta metros antes de que el puma lo alcanzara, justo cuando llegó el disparo de Fabián.


“Nos va a matar a todos, esto es una ratonera”, piensa Claudio mientras oye al puma desde la curiosidad, muy lejos de las balas de Fabián.
- Que mierda va a asustarse, está con hambre.
-¿Cuántos son? ¿Viste algo?
- No sé, no sé...
Después de un rato interminable, vuelve el silencio apenas roto por la nieve que cae acompasadamente.
De par en par los ojos, Toto se percata del olor que viene de sus pantalones.


La playa era el peor lugar de todos. Porque en cualquier otro lado, siempre hay una sombra que justifique la remera. Pero en la playa era donde se sentía más expuesto. Extraño que sueñe ahora con Mar del Plata, horas después de lo del puma. Marcos se revuelve en su cama, inquieto.
Revive aquella vez en el mar, junto a los muchachos. Un par de rubiecitos, en la loneta de al lado, lo miraban y se reían, le hablaban al oído a las chicas que los acompañaban. De vez en cuando le llegaban nítidas algunas palabras.
Elefante marino, gordo...
Solloza Marcos y patea las frazadas. El hacía como que no escuchaba, pero se le habían coloreado las mejillas. Al final, Toto había encarado al rubio que más se reía. El otro cometió el error de decirle “No es con vos la cosa...”. Ahí se pararon también Claudito y Fabián. No le explicaron a los rubios, mientras los golpearon, que lo que hacían a uno de ellos se lo hacían a todos. Sobre todo si se lo hacían al Gordo Marcos.



Con las primeras luces se animaron a salir. De la caballeriza a los restos del tordillo había huellas de un puma. En el lugar del festín, por lo menos de dos o tres. La nieve nueva aún no cubría enteramente las manchas de sangre. No había marcas de que hubieran arrastrado gran parte de la presa.
Era una mala señal. Si los pumas se habían sentido seguros como para quedarse a comer ahí, iban a volver.
-¿Andarán por acá todavía?
- Quién sabe... Lo más probable es que se hayan hartado con lo de anoche y no vayan a intentarlo tan rápido. O por lo menos, no de día. Pero si el olor de la cacería les llegó a otros allá arriba, quién sabe...
-¿Qué hacemos?
- Hay que irse a Quillen ya mismo – dijo Fabián.
- No creo. Ir a pie nos puede tomar muchísimo tiempo.
- Y no te olvides de los pumas.
-¿Entonces?
El que preguntaba ahora era Marcos. Sabía que había algo más que los otros tres no decían. El mayor problema de la caminata era él mismo. A ninguno se le escapaba que no iba a resistirla. O que iba a ser un estorbo.
Por el lado del río, vieron aparecer a Catriel, el alazán de Claudio, al trote rápido. Traía los belfos dilatados y ojos de loco. Seguramente había andado espantado toda la noche y en cuanto se orientó enfiló hacia la cabaña. Lo llamaron a los gritos y vino. No muy lejano, escucharon al rugido.
- Lo meto a la casa, ya – Claudio tiraba de las crines del tostado, que se movía nervioso.
- Claudio, se nos van a querer meter los pumas, están cebados.
- Sin caballo, no vamos a salir nunca de acá. Adentro todos.
Catriel se resistía a entrar, pero al final consiguieron meterlo. Claudio le daba palmadas mientras Marcos y Toto buscaban una soga para tenerlo. Si había roto la puerta de la caballeriza, podía hacer lo mismo con las de la casa. Fabián se apostó cerca de la ventana, con la escopeta en el regazo.
- Ahí vienen... tres.
Los pumas avanzaban despacio, olfateando el aire de la mañana y gruñendo bajito. Cuando estuvieron a 20 metros de la cabaña, Fabián les disparó. Saltó la nieve cerca del grupo, y los pumas se separaron.
A Claudio se le ocurrió pensar que si alguien oía los disparos, a lo sumo iba a suponer que los citadinos se estaban divirtiendo a lo cosaco. El alazán forcejeó violentamente cuando escuchó los zarpazos de la puerta de atrás.
-¡Hijos de puta!
- No tires, Fabián, no va a atravesar ni la madera. Guardá algo por si entran...
Toto no podía creer lo que había dicho Claudio. Si los pumas entraban, se acababa todo. A lo mejor, si les soltaba el alazán...
La voz del Gordo les llegó, glacial, desde el otro lado de la habitación.
- Claudio, subite al caballo y preparate para salir al galope.
-¿Estás loco? Me agarran en dos trancos...
- Vos, Toto, vas a cerrar la puerta en cuanto salga Claudio. Fabián te cubre.
Marcos se había llegado hasta la puerta del frente.
- Tienen que aguantar hasta que Claudio vuelva con ayuda. Tranquen las puertas con cosas. Tírenles con lo que puedan...
-¡Marcos!

Con las manos en el picaporte, el Gordo parecía buscar palabras. Al fin pareció encontrarlas:
- Ustedes son lo mejor que me pasó en la vida.
Cuando terminó la frase, ya estaba del lado de afuera. Comenzó a llamar a los pumas a los gritos y corrió para alejarlos todo lo posible de la puerta por la que debía salir Claudio.
Cuando por fin llegó el primer zarpazo, se sintió casi dichoso.



Nota: Este también es de "La timidez y otras cosas". Lo leo 3 años después, y justo después de los apuntes para Bazán, y me parece casi naif, además de muy mal escrito. Pero es el camino recorrido y está bien reconocerlo, y además es una oportunidad para que si alguno de los que compró el libro quiere que le devuelva la guita, me escribe y listo.

14 comentarios:

El Dandy dijo...

Que lo parió, venía a comentar el tema pesado del día (la renuncia de Riquelme) y me encontré con este lindo cuento. Me gustó.

Sergio Muzzio dijo...

Qué lo parió, Dandy. Entre uno bocón y el otro caprichoso no sé en qué va a terminar ésto. Hablo de ellos, no de nosotros, que somos gente correcta.
Un abrazo.

Luz María dijo...

A mi me pareció buenísimo el cuento Sergio, aunque el final me causó impresión eh!.
No creo que alguien le pida la devolución de la guita, pero si llegara a pasar, yo se lo compro ;)
Un beso

Sergio Muzzio dijo...

Luz María: ¡Muchas gracias! El final es así porque es de la época efectista (digo, como si la hubiera superado)
Beso!

solohonestidadbrutal dijo...

"...Una vez casi mato a una mina. No me dí cuenta, estaba caliente. Casi muere asfixiada... "

Que comico me pareció esa parte.

Esas partes divertidas no me dejaron imaginarme un final así.. que macho el gordo...

No sabía que estos cuentos eran de un libro suyo..

Sergio Muzzio dijo...

¿Ah, vio? Eso hago también con los acreedores, justo antes de decirles que no les puedo pagar.

Los cuentos del libro son 13. Los que ya puse completos están ahí abajo, a la derecha, donde dice "Algunos cuentos del libro". Y hay fragmentos de otros entre abril y mayo de 2006, pero mejor quédese por acá nomás, no pierda tiempo.
Saludos.

Apa dijo...

Hola Sergio: Al fin me hago tiempo para devolver tu visita, porque hay que tener tiempo para hacerlo ya que los cuentitos tienen su extensión.
Me gustó el cuento, y no me parece que esté mal escrito, está escrito según tu estilo de esa época.

¡Saludos!

El Profe dijo...

Es un buen cuento, sencillo y con fuertes imágenes; sí, está bien escrito y está bien transcrito —apenas dos pequeños errores de tipeo, "llegada" por llegado y "suene" por sueñe— quizá tenga la impronta juvenil pero es bastante verosímil. Muy bueno, Sergio. Un abrazo.

Sergio Muzzio dijo...

APA: Bueno, lo imporante es que le gustó. A mí ahora se me da por hacerme el crítico retrospectivo, pero me acuerdo que en su momento también me gustó.
Besos!

PROFE: Ah, encima le mandé errores de transcripción... Y bueno, rescatemos la impronta juvenil, Profe.
Gracias y abrazo.

Barbi dijo...

Ayer le habìa pegado una ojeada y no tuve tiempo de ponermelo a leer, pero hoy me hice de diez minutitos y acá.
Muy natural el cuento, con el final adecuado y justo(no es que el gordo mereciese ser comido por los pumas, pero creo que entenderàs).

Podrìa leer un libro compuesto de cuentos de este tipo con gusto. Si alguien pide la devoluciòn y devuelve el libro avisame.

Sergio Muzzio dijo...

Barbi: Muchas gracias! Creo que ninguno de los que lo compraron leyó lo de la devolución, pero cualquier cosa le aviso.

Cesar dijo...

Bueno, déle. Mañana paso por la oficina. Veinte pesos.
Ah, consígame monedas, eh?

Sergio Muzzio dijo...

¿Me trae el suyo o el dedicado a Vanesa? Porque son precios distintos, le aviso...

Gringo dijo...

Mil quinientos años después:
(contextualizo)
Yo soy de los que ando con una mochila siempre cargada de mil cosas que no sirven para nada pero que potencialmente pueden salvarte la VIDA, como una bandita elástica, cinta, 7 lapiceras, una servilleta, una pila usada a medias y papeles, dos kilos de papeles.
Además trabajo (y trabajé) en una fotocopiadora entonces reproduzco todo lo que leo y lo que escribo. Entonces ando con un montón de papeles, entonces ya no sé qué tengo y por qué.
Hace unos días me agarraron repentinas ganas de ir al baño a cagar. Y empecé a correr, abrí la puerta del baño y "ay, no, pará, algo para leer, rápido". Agarré el cuaderno (que ya no tiene ninguna hoja para usar, pero adentro de él hay cientos de fotocopias) Y ahí encontré un cuento: este.
Lo leí y me preguntaba de dónde carajo lo habría sacado. Después le di cuerda a la memoria y recordé que había guardado este cuento y el de la noche del cantor para leerlos en otro momento y sin el monitor de por medio.
Bueno. Lo leí.
No es algo grandioso; es un buen cuento, pero creo que he leído cosas más ingeniosas, precisas y divertidas tuyas. Me gustó la relación entre los personajes y la imágen del final. Me pareció buenísimo el final. Las sensaciones que me produjo (o seas las sensaciones del gordo)
No quería dejar de decirlo. Siempre trato de responder cuando le leo algo a alguien.
Un abrazo:

gringo