lunes, febrero 01, 2016

Te digo más...!


Te digo más: los invito a conocer mi nuevo blog, con lo último en decoración de tortas, la verdad del caso Matías Alé, y todos los temas que le interesan al ciudadano mediopelo como vos.

Pasen y vean.




miércoles, enero 27, 2016

Baby Shower

Este blog no está abandonado ni mucho menos, pero está grande, canoso y con serios problemas de erección: cuesta levantarlo después de muchísimos meses sin publicar nada por acá.

Lo bueno de la medicina moderna es que le permitió a este viejo blog conservar algunos embriones en sofisticadas cámaras de temperatura regulada (también conocidas como libretas de apuntes), los cuales han sido colocados en diversos vientres de alquiler, y como los alquileres aumentan hubo que sacarlos medio a las apuradas. 

Como sea, uno de esos embriones prendió, nació bastante bonito y será presentado en sociedad el Primero de Febrero de 2.016.

Te digo más: ya te dije el nombre. Pero el lunes hacemos acá el baby-shower  y damos bien la dirección, el número de celular, el CBU, y por ahí vienen a bailar las empanadas en la calle, así que no estacionen cerca. 

¡Hasta el lunes!










domingo, mayo 17, 2015

Fuera de juego



Lo sucedido el jueves en cancha de Boca es tan inaudito que abarca casi infinitas interpretaciones. Todas equivocadas o parciales o decididamente tendenciosas, y seguramente la mía también caerá en alguna de esas categorías.

Pero déjeme exponer mi caso, señor Juez, si total ya ha escuchado tantas boludeces...

Antes, a modo de ejemplo de lo mencionado, déjeme señalar:

Que fue lamentable lo de algunos periodistas, como el caso de Leo Farinella de Olé. Este gordo pelotudo (disculpe lo de "este", señor Juez), pésimo periodista  y peor redactor, es uno de esos mediocres reporteros que intentan compensar sus falencias haciéndose los fanáticos, los loquitos de los colores. Sobre el tema que nos ocupa, señor Juez, este estúpido prefirió opinar lo que opinaría el más descerebrado barra de River: que en Boca (todo Boca, todos los hinchas al unísono) decidieron suspender el partido porque estaban seguros de perderlo.

Ya sé, señor Juez, tiene usted razón: es un pelotudo.

Yo ya se lo había anticipado, recuérdelo Su Señoría.
El tipo no solo ficciona que es un hincha, sino que ni siquiera trata de hacerse el hincha medio, el casi normal.
Ni hablemos de la responsabilidad que le cabe como comunicador social: el imbécil ve fuego y agarra el bidón de nafta... Total, llegado el caso hablará de lo enferma que está la sociedad, toda la sociedad y nada más que la sociedad. 

Ni vale la pena mencionar que el partido estaba 0 a 0, y faltaba todo el segundo tiempo. Lo menciono porque Usted lo dijo, señor Juez, o me pareció que lo dijo o tal vez lo pensó.
¿Lo dijo Usted, Su Señoría? 
Okey, disculpe. Continúo.

Por otro lado, me he peleado en estos días con los que estaban indignados por la poca solidaridad de los jugadores de Boca para con sus colegas de River: en vano he intentado llevarlos a  lo que yo consideraba (hasta ese momento) como el meollo del asunto: que esto no hubiera pasado si no existieran los barrabravas, y sobre todo si no existieran los políticos y demás figurones siniestros que los utilizan y protegen.

También he desesperado, Usía, al encontrar tan pocas opiniones afines a la mía en el sentido de que, existiendo esta mafia y existiendo una nula decisión de combatirla (muy por el contrario, se la apaña desde los más altos niveles) los jugadores son rehenes, y si no se "comportan" después se la tienen que bancar solitos.
Ni siquiera los dirigentes tienen ganas de intentar algo.
¿Se acuerda de Cantero, señor Juez? ¿El presidente de Independiente que intentó terminar con los barras?
No, claro...ya casi nadie se acuerda...

Pero al margen de todo ésto, señor Juez: Lo que vengo a exponer es una epifanía que me acaba de llegar en esta madrugada del 17, justo cuando estoy cumpliendo mis primeros cincuenta y un años.
Sí, gracias. 
Es muy amable. Continúo.

Al margen de estas cuestiones, lo que vengo a exponer es que me han dejado completamente fuera de juego.

Hasta ahora yo era uno de los que aceptaba que adentro de la cancha nos transformábamos, pero para bien.
Yo era (o soy todavía, por lo menos hasta que  amanezca y el sol obligue a comportarse) uno de los consideran al fútbol como el más grandioso juego de roles, además de un deporte hermoso.

Yo era de los que entendía cabalmente el juego, eso de que nosotros somos los buenos y tenemos una mitología que nos respalda, y además tenemos que defenderla y acrecentarla. Y, por lógica, si nosotros somos los buenos, ellos son los malos, quienquiera que sean los ellos de turno.

Y por sobre todo, tenemos (teníamos) un enemigo ancestral y completamente diferente a nosotros: River Plate. Sólo mencionar el nombre odiado hace que mi sangre fluya más rápido...

Pero de jugando, señor Juez, ¿entiende?

Ni por putas lo creíamos en serio, era solamente para disfrutar más el juego, para inventar mejores cargadas para el lunes. En el fondo somos todos casi amigos, si no el juego no se puede jugar, no existe.
Es decir: nosotros sabemos que ellos sienten lo mismo pero al revés, y que su obligación es odiarnos minuciosamente. Estamos todos de de acuerdo, y a todos nos parece bien, y lo disfrutamos muchísimo.

Pero la revelación que vengo a exponer esta noche, y que anula las otras consideraciones (salvo la de  que Farinella es un pelotudo) es que algunos, cada vez más numerosos, le han agregado el odio genuino al juego, han cambiado radicalmente la esencia del juego y lo han transformado en otra cosa. 
Y ya no importa que inicialmente hayan sido mercenarios (les cantábamos: "Vos / No tenés verguenza /Por la plata, no se alienta"...Y con eso casi que los anulábamos. Nos sentíamos tan distintos, tan superiores...), o que vengan de donde sea que vengan, o a qué círculo del poder responden.

Ellos, señor Juez, odian realmente. Y van a matar a alguno pronto.
Se los comió el personaje, como quien dice. O tal vez nunca entendieron lo del juego, pero ahora  es grave en serio.
Ahora vamos a ir a la cancha a ciegas, sin poder determinar quién sigue queriendo jugar y quién pasó completamente al lado oscuro.

O, en el peor de los casos, señor Juez, solamente irán los malos, y el resto habremos quedado definitivamente fuera de juego.

jueves, mayo 03, 2012

El asunto del socio adherente


Como siempre, cité al probable cliente en el bar de Tony. El bastardo llegó evidentemente disfrazado, con peluca y bigote y un impermeable en una noche sin lluvia. Estaba nervioso y sudaba como un cerdo. Le indiqué con la cabeza que tomara asiento.
-      Buenas noches, señor Flanagan – dijo el imbécil.
-      ¿“Señor Flanagan”? Esa es buena…
-      ¿Bill? ¿Puedo llamarle Bill?
-      Déjese de estupideces, amigo. Bill Flanagan no es mi nombre verdadero, jamás le diría mi nombre a un desconocido. Si me interesa el negocio puede llamarme Marilyn, si quiere. De lo contrario, nunca sabrá mi nombre.
-      De acuerdo, no se excite, es que no estoy acostumbrado a estas cosas.
-      Al grano. ¿A quién quiere que liquide?
El sujeto pareció a punto de desmayarse y se encogió como si le hubiera gritado. Confieso que lo disfruté por un momento: detesto trabajar para novatos, para gente que no pertenece al mundo del crimen. Se asustan con facilidad y complican todo. Pero el intermediario me había hablado de mucho dinero y el dinero es mi dios.
-      Por favor, Bill, hable en voz baja. De lo contrario creo que prefiero retirarme.
-      Tranquilo, en este lugar cada quien se mete en sus propios asuntos.
-      Bien. Esto es bastante simple. Represento a un grupo que necesita deshacerse de al menos 10 personas…
-      ¿Al menos…?  
-      Podría haber más, muchos más. Todo depende de cómo haga usted los trabajos.
-      ¿Representa una especie de secta? ¿Quieren que mate homos o judíos?
-      Nada de eso…
-      Igual, no tendría problemas…
-      Nada de eso, ni siquiera odiamos a los tipos. Más bien somos casi hermanos…
-      Ah, comprendo. Son casi hermanos, pero ellos tienen el dinero.
-      En absoluto, no se trata de dinero. Si tuviera que definirlo, Flanagan, diría que serán crímenes pasionales ciento por ciento.
-      ¿Representa a un grupo de cornudos?
-      Oiga, Flanagan, ¿quiere escuchar o va a seguir diciendo estupideces?
Bueno, al parecer el asunto lo volvía valiente y ya no era el sujeto tímido que había entrado. Este tipo quería sangre, y mucha. Calculé que 10 asesinatos podrían adelantarme el retiro a Colombia. Si querían matar a sus familias, yo no iba a oponerme.
-      Le escucho, amigo.
-      ¿Le gusta el soccer, Flanagan?
-      Me encanta el soccer - dije sin entender. Por algún motivo el asunto me daba mala espina.
-      Bien, en ese caso tal vez comprenda a mis amigos y a mí. Somos un grupo de fans que injustamente tiene vedado el acceso al estadio…por ahora…
-      ¿Ahá? - una luz de alarma se encendió en mi interior - ¿Están en listas de personas no gratas?
-      No.
-      ¿Los busca la policía? ¿Tienen antecedentes?
-      Nada de eso. Simplemente, no somos socios.
-      ¿Y por qué no se hacen socios?
-      No podemos. No cabemos.
-      ¿Un estadio demasiado pequeño?
-      Habla como una maldita chicken, Flanagan. El estadio no es pequeño: nosotros somos demasiados.
-      Entiendo, continúe.
-      Pero ahora…ahora tenemos una esperanza, una oportunidad. El nuevo presidente del club ha abierto la inscripción de "socios adherentes" (sin derecho a ir al estadio), y ha prometido pasar 2000 adherentes por año a la categoría de “Activos”.
-      Entonces,  parece un problema solucionado, sólo deben esperar un poco.
-      Flanagan, yo soy el socio adherente 9.327. Eso quiere decir que tengo que esperar al menos 5 años para volver a ir a la cancha. Y hace al menos 8 que no voy…
-      Bueno, si ha esperado tanto puede esperar un poc…
-      Mire – dijo el tipo. Y me mostró el carnet de socio adherente. La cara de la foto era como la de un niño con un pastel de cumpleaños demasiado esperado. Y el número 9.327 eran como los años de una condena – Mire, Bill: me llegó hace una semana por correo, casi al mismo tiempo que a mis amigos. Hicimos una celebración y alguno dijo que seguramente el proceso se aceleraría si unos cuantos socios activos se fueran al infierno. Reímos un rato, y luego ya no reímos, Bill…
El hombre estaba casi implorando y me compadecí de él. Confieso que me supo mal decirle que no.
-      Lo siento, pero no acepto el trabajo.
-      ¿Por qué? No se preocupe por el dinero o por la cantidad de víctimas. Si 10 tipos le parecen muchos, al menos máteme uno…
-      No es eso.
-      ¡Se lo suplico, Bill!
-      Lo siento, no puedo hacerlo. Iría contra mis propios intereses.
Y le mostré mi carnet de socio activo de Boca Juniors. Ni siquiera me importó que viera mi verdadero nombre. Al fin y a cabo, ningún cliente rechazado sale con vida del bar de Tony. 



jueves, febrero 16, 2012

Peleas de vestuario

Hace muchos (muchos) años la octava división de River Plate presentaba estos 11 titulares: Curti; Nomeacuerdo, Iasge, Nicosia y Feo; Dalla Líbera, Pipo Gorosito y Adrián De Vicente; Muzzio (yo), Troche y Fittipaldi. “Nomeacuerdo” creo que se llamaba Perucca, pero no importa mucho: lo que es evidente para cualquiera que tenga memoria es que los tres del medio después fueron jugadores de primera división. Dalla Libera fue figura en Huracán, Gorosito debutó en River y después fue ídolo de San Lorenzo y Adrián jugó en Racing y lo hizo muy bien, pobre Adrián. En aquella época los tres se destacaban mucho del resto y hoy un periodista diría que eran los “referentes” del equipo. El Loco Dalla Líbera era el capitán, además.

Tengo que aclarar que algunos me decían “Muti”, no sé si porque entendieron mal mi apellido o porque Ornella Mutti estaba de moda o qué. Pero tengo que aclararlo por lo que viene.

Una tarde perdimos. No me acuerdo contra quién, pero sé que perdimos y que yo no anduve bien. En realidad creo que ninguno anduvo bien: lo que sé con seguridad es que no perdimos por culpa mía. Es muy difícil adjudicarle esa culpa a un delantero, ¿no? Pero a nadie le gusta perder y jugar mal, y a un chico de 14 años, menos. Sé que cuando terminó el partido yo estaba bastante mortificado. Dalla Líbera llegó al vestuario puteando y puteándonos, pero no le presté atención hasta que dijo:

- - Y vos, Muti, mejor dedicate a jugar a las bolitas.

- - ¿Qué te pasa, pelotudo?

Pum, pum, el me dio una o dos, yo lo agarré justito en el labio, y chocolate para todos. Mucha sangre, el labio inferior sangra mucho. Nos separaron justo cuando entraba Martín Pando, el DT. Nunca había habido piñas, a veces discutíamos un poco, y además Dalla Líbera era un pendejo insoportable, muy gozador, muy de agarrar a uno de punto. Se merecía la piña, pero no sabíamos cómo iba a reaccionar Pando, que era un viejo buenísimo.

- ¿Qué pasó, David? (en aquella época, además, Dalla Líbera se llamaba David: no sé cuándo empezó a llamarse Mariano…)

- Nada…

- Pando –dijo Marcelito Troche, que ya se había peleado una vez con el Loco -, este tipo es un pelotudo, viene a putear a todos…

- ¿Vos que te metés?

- Sos muy forro, David…

- Bueno, se sientan y se callan todos – dijo Pando.

A continuación hizo salir al preparador físico Rubén Diez, al utilero y a los viejos de la Comisión que siempre nos acompañaban. Después tuvimos una charla de no más de 10 minutos, donde Pando nos habló muy tranquilo de un montón de cosas del fútbol y de la vida.

Que no pienso contar, porque la anécdota alcanza y sobra con eso. Conté y revelé que sí, que hubo piñas. Que después tuvimos una charla que nos vino bien a todos.

Diré, sí, que en ese grupo no hubo más piñas, aunque sí discusiones.

Y éramos pendejos de 14 años que jugaban por nada, por el honor, digamos. Que el episodio nos sirvió a todos para crecer un poquito, incluso que nos unió como grupo. Que la figura irremplazable de un DT mucho mayor fue clave para que diéramos vuelta la situación, incluso la futbolística.

Al final de ese año salimos campeones, y dimos la vuelta en un River-Boca que terminó empatado con gol de Randazzo.

Ah: tremendo todo lo que te puede tirar la 12 si le das una vuelta olímpica, aunque tengas 14 años…

Ah: habíamos varios hinchas de Boca, y algunos dimos la vuelta con la camiseta de Boca debajo de la River…Eso me armó otro quilombo, pero no lo voy a contar ahora, porque no tiene ninguna enseñanza.

Lo que quería contar es que las peleas de vestuario son de todas las épocas y de todas las edades, y ni siquiera es necesario que haya un mal ambiente previo o que se juegue por la Libertadores: cualquiera que haya jugado al fútbol sabe que en caliente podés hacer o decir cosas incorrectas. Que todos lo sabemos desde siempre, y que después no pasa nada y jugamos para el mismo equipo y queremos que al compañero le vaya bárbaro. No existen los rencores dentro de un mismo equipo, una vez que salís a la cancha.

En Boca todo se magnifica hasta niveles absurdos. Y si parece que anda Riquelme en el medio, mucho más. Cosas que genera este capitán.

Ahora (son las 2 y cuarto de la mañana) parece que Falcioni no renuncia y parece que finalmente Riquelme no tenía nada que ver.

Yo casi lamento que no haya habido piñas ni sangre: salíamos campeones seguro, y se lo dedicaría al puto de Dalla Líbera, que es gallina mal.

jueves, diciembre 15, 2011

La artista del lavadero o Diferencias con la gente de Ballester

El lavadero de Matheu y Guemes, en San Martín, ofrece, sin ofrecerlo, un invalorable servicio a sus clientes: le cambia la ropa con la de otros clientes, de acuerdo al infalible criterio de la dueña del lavadero. En efecto: no debe extrañarse uno si lo que recibe difiere sustancialmente de lo que llevó a lavar, y si lo mira con atención, llegará a la conclusión de que el cambio es altamente positivo.

Yo lo noté, al principio, con las medias. Si hay una prenda a la que le resto importancia es a las medias y los zoquetes, y las que llevaba al lavadero (a veces ni siquiera en dúos correctos, a veces apareada una gris oscura con rayitas con otra gris más clara y sin rayas) seguramente eran lo peor de mi bolsa. Con innegable sapiencia, por ahí comenzó su trabajo mi silenciosa asesora de vestuario, a la que yo ingenuamente llamaba la chica del lavadero. Comencé a notar que recibía no sólo pares correctos, sino hermosas medias que por primera vez coincidían con el color de mis trajes, y además no estaban agujereadas como las que yo habías llevado. La primera vez hasta pensé que tal vez sí eran mías y yo no las registraba; la segunda pensé que se trataba de un error comprensible; después entendí.

Fue al notar que me faltaba una remera roja hermosa, pero que a mí me quedaba un poco chica. Me di cuenta como al mes, cuando me crucé con una vecina que llevaba mi remera roja. Y le quedaba mucho mejor que a mí.

No sé si la gente se acuerda de toda su ropa siempre, o si hacen una lista de lo que llevan al lavadero. Yo no, ni lo uno ni lo otro. Tengo cariño por algunas prendas, pero uso la ropa más bien impulsivamente, y nunca sé con exactitud qué llevé a lavar o cuándo desapareció una camisa, o si realmente desapareció o está en casa de mis hermanos o la tiré a la basura o la dejé en una bolsita aparte por si a alguien le sirviera.

Yo vivía, y le daba a mi indumentaria una pelota ínfima. Pero lo de la remera me sorprendió, y que le quedara tan bien a la vecinita, más. Lo relacioné con mis medias nuevas y descarté cualquier tipo de connivencia entre la dueña del lavadero y mi vecina. Supe que había una artista en el barrio de San Martín, una voluntariosa artista silenciosa que velaba por que todos sus clientes nos viéramos cada vez mejor vestidos. Y gratis, además, o casi. Tenemos una asesora de vestuario por el escueto pago de unas fichas de lavarropas. Eso no pasa en Villa Ballester, por ejemplo, que siempre nos miran a los de San Martín como a los primos pobres del campo. Gente abyecta y sin fantasías, que seguramente exige que le devuelvan exactamente lo mismo que entregaron para lavar.

Volviendo a nosotros: algunos crápulas, enterados de la movida, comenzaron a llevar al lavadero su peor ropa, en un intento ruin de sacar ventaja, de cambiar espejitos de colores por oro, digamos. Justicieramente, lo que retiran es la misma porquería que llevaron. Lo sé porque lo he intentado.

La chica del lavadero no solo mejora nuestra vestimenta, también nos mejora como personas.

Preparar la bolsa para el lavadero se ha convertido en una experiencia inédita para nosotros. Nos obligamos a enviar toda la ropa, aún sabiendo que alguna no volverá. Es una mezcla de tristeza y conciencia social, de renunciamiento histórico y de sabernos por una vez mejores a los de Ballester.

Pero en el fondo sabemos que no hay pérdida, que es todo ganancia. Sabemos que el ángel del lavadero obrará a conciencia y nos devolverá algo mejor de los que llevamos, más acorde a nuestras necesidades e idiosincrasia individual. Entonces vamos y venimos del lavadero contentos, y en algunas de nuestras casas humildes se organizan pucheros y reuniones de amigos, nos ponemos de acuerdo entre varios y vamos a retirar las bolsas todos juntos, y después de comer las abrimos y es como una Navidad textil, y mentalmente elegimos lo mejor para ir el sábado a pasear por Ballester, a lo de esos mierdas que jamás soportarían un lavadero como el nuestro.

A veces hay coincidencias, a veces en estas reuniones se da que la ropa que era de uno aparece en la bolsa de otro. Nunca, pero nunca, se ha producido una devolución. Nadie pidió nunca que por favor le permitan retener la chomba amarilla porque era un regalo de la tía, por ejemplo. Muy por el contrario, a lo sumo celebramos la previsión de la tía, que la compró demasiado grande para nosotros y exacta para el feliz nuevo poseedor.

Todas las tías lo entienden y ninguna se ha quejado de que nos desprendiéramos de un regalo. Salvo la tía de Enrique, una vez, pero porque es de Ballester.

jueves, octubre 06, 2011

Gordo de Dios

Mi obesidad es una cuestión de fe. De fe y de lógica pura, también.

Hace años entendí que, al igual que mi alma, mi cuerpo también era sagrado, por ser creación de Dios y guarida necesaria de aquella: razoné que (al menos durante mi estadía en estos valles) mi alma no podía vagar libremente, que imperiosamente necesitaba de un cuerpo que la albergara y protegiera. Y entendí que cada una de mis células, cada uno de los átomos que componen mis células, también son sagrados, y prolongación de Dios.

Esos gozosos descubrimientos me llevaron a inferir que, si cada célula de mi cuerpo es una prolongación de la obra de Dios (o mejor debería decir: prolongación de Dios mismo), a mayor cantidad de células le corresponde una mayor proporción de Dios en el individuo, y una casa mejor y más amplia para el alma.

De ahí a comenzar a engordar hubo apenas un paso.

Descarté de plano el pecado de gula, porque yo no comía para saciar mi apetito humano, sino para tener más Dios en mí, para satisfacer mi apetito insaciable de Dios. Me consagré devotamente a engrosar mi cuerpo, y con cada kilo me sentía más cerca de la Gloria (tan férrea e incontrastable era mi lógica, que ante algunas observaciones acerca de mis ingestas, simplemente respondía “Ah, ¿y quién creéis que puso este lechón sobre la Tierra?” o “Las papas y el aceite de freír también son del Señor”. Todo me llevaba a Dios, todo era un beatífico círculo sagrado, y yo engordaba feliz)

Llegar a los 200 kilos fue para mí el equivalente de 10 peregrinaciones a Luján. En efecto, creí haber encontrado la correspondencia exacta entre el sacrificio del cuerpo y la exaltación del mismo, entre las ampollas en los pies y los centímetros en las caderas, digamos.

Solo que mientras los maratonistas, sin saberlo, dejaban escapar de sí una parte importantísima de Dios (la parte tangible) en forma de sudor, yo la aumentaba ex profeso, la retenía celosamente y la incrementaba en forma de lípidos e hidratos de carbono. Cada Mc Nífica que engullía, era como maná sagrado que el Señor me enviaba, y que yo aceptaba con regocijo. Algunos se sorprendían de que (a veces) me persignara ante una hamburguesa, de modo que en general oraba en silencio, y agrandaba el combo por 3 pesos, siempre.

Las gentes de mi feligresía estaban al tanto del motivo de mi nueva gordura, y me apoyaban fraternalmente, y cuando llegué a los 300 kilos se hizo una pequeña celebración en la iglesia. Incluso comulgué con 7 hostias unidas entre sí por dulce de leche Chimbote, que el Padre Mario en persona se ocupó de untar y pegar.

El sermón de ese día alertaba sobre los peligros de la anorexia diabólica, y yo me sentí cabalmente reivindicado, y en la senda correcta.

Luego empezaron los problemas coronarios, las advertencias de los médicos y las dudas de la comunidad en general, hasta esta última internación que será la definitiva.

Nada me importa ya, porque me he dedicado en cuerpo y alma y he triunfado. Y a propósito: si algunos calculan el peso del alma en 21 gramos, la mía debe andar en el kilo y medio.

Alabado sea el Señor.

lunes, septiembre 12, 2011

Otro Oblogo

Salió la Oblogo 64, con más sangre, más mujeres desnudas, más moldes para tejer y confeccionar la ropa que te gusta, más denuncias de inseguridad en el conurbano y los consejos de Sergio Muzzio para una vida más saludable.


Gritos en la oscuridad



La idea fue de Daniel. Pasábamos unos días en su casa del río, éramos cuatro parejas amigas, aunque las amigas de toda la vida eran las mujeres. Nosotros nos habíamos ido conociendo durante los últimos tres o cuatro años más o menos, pero nos llevábamos muy bien, éramos casi tan amigos como las chicas, y bebíamos mucho más que ellas. La primera noche, después de cenar, a los hombres nos dieron ganas de pescar en el muelle, sobre todo porque había un Etiqueta Roja a estrenar y una luna amarillenta y enorme. La verdad es que habíamos estado tomando todo el día, sobre todo en la cena, y lo más probable era que en vez de pescar alguno se cayera del muelle, pero estábamos tan contentos, casi eufóricos, y además las chicas querían ver una película horrible, de George Clooney, así que hasta los mosquitos del Tigre eran preferibles.
Nos reíamos de cualquier cosa, no pescábamos nada y el whisky caía y caía.

Alguno dijo, en medio de las carcajadas, Bueno, listo.
- Listo, listo - dijo Daniel. Se paró, se agarró con las dos manos de la baranda y le gritó al río:
- LIS-TOOOO.
Fue un grito muy bueno, redondo, con una pausa justa después de lis, para juntar aire pero que le dio al grito una cualidad como de orden militar. Me encantó el grito, pero sobre todo me dio mucha risa.
Daniel gritó listo dos o tres veces más, la última fue directamente un alarido, y Mariela le gritó desde la casa que se dejara de gritar como un pelotudo. Nos doblábamos de la risa.

- Está buenísimo - dijo Daniel. - Te liberás. Tenés que hacer de cuenta que no hay nadie en el mundo, yo recién, ¿sabés qué?, era como si no hubiera nadie en el mundo. - Tomó aire de nuevo:
- LIS-TOOOOOOOOO.
-¡Daniel!
-¿Qué, mi amor?
-¡Callate, pelotudo! ¿Por qué gritan así?
- ¿Cómo "por qué gritan", che? - dije yo sin gritar - Si el único que grita es tu marido...
- CUUUUUULO - gritó a su vez el Tano, como para desacreditarme.

Mariela dijo déjense de joder o algo así, y cerró la ventana, pero ya no nos importaba. Lo interesante era conocer la opinión del tano Marcelo, que ya nos estaba confirmando que gritar estaba buenísimo y nos instaba a Walter y a mí a probarlo.
- Pero sin pensarlo - explicaba el Tano. - Lo primero que te venga a la cabeza.
- Se va a enojar Mariela - dijo Walter.
- LIS-TOOOOOOOOOO - Daniel
- CUUUUUULO - Marcelo
- JESICACIRIOOOOOOO - yo.

- No, qué idiota.
- Es lo primero que me vino a la cabeza.
- Pero Claudia te va a cagar a trompadas.
- Así no sirve - dijo el Tano, categórico -, no tenés que pensarlo, no importa lo que digas, tenés que abrir la boca y dejar que salga. Si no, no tiene efecto terapéutico.
- Tal cual - dijo Daniel, que veía que el Tano le quería robar protagonismo con la idea de los gritos - No tiene que ser gracioso ni nada. Olvidate del mundo, dale.
- Pero yo quiero gritarle a Jesica Cirio, ¿por qué no me dejan? - ya medio enojado, yo, ya con ganas de pelear.
- ¡Porque estás pensando! ¡No lo pienses!
- LIS-TOOOOOOOOOOOOOO -como para demostrar, Daniel.
- Ah, pero no puede ser que siempre te salga "listo" - dije yo con impecable lucidez - ¿No estás pensando ahí? ¿No estás pensando que tenés que gritar "listo"?
- Má no grités nada, pelotudo. Jodéte.
- Che, parecemos pendejos, gritando como unos boludos - dijo Walter.

- Ay, él...
- ¿No podemos charlar en silencio, como gente grande?
- Walter, los que charlan en silencio no son grandes, son telépatas.
- TELEEEEPATAAAASSS -grité yo.
- Pará, tarado.
- Adem...ás - explicaba el Tano, que es médico alergista y habla muy bien, por lo menos cuando no está ebrio-, además que yo no creo que lo que uno grita sea totalmente inconexo. Además.
- ¿Además de qué?
- No, estaba pensando algo pero se me fue... Pero no creo que sea totalmente espontáneo, más bien tiene que ver con la asociación libre y esas cosas.
- Yo lo único que sé - dije yo compungido - es que no les gusta nada de lo que yo grito.
- Ahora no gritamos porque a Walter lo hace sentir mal. Vení a sentarte.
- No estés mal, Waltercito - emocionado, yo.
- Sentate o tratá de caer para este lado...
- Eso está interesante - dijo Walter. - ¿Vos decís que hasta lo supuestamente espontáneo, cuasi salvaje...
- ¿Cuasi?
- ..., incluso hasta algo que pretende ser gracioso tiene algo más meditado por debajo?
- Más meditado, no creo. Pero es algo que uno quiere transmitir. Como una declaración, sí.
- Todo lo que uno dice es porque lo quiere decir - Daniel.
- Y, sí - dije yo, que no estaba entendiendo mucho.
- Por ejemplo, el grito de Daniel - elaboraba el Tano -: Daniel quiere declararle al mundo que está listo. Listo para algo, no importa qué, pero él se siente listo. O el mío: yo debo querer un culo, o estoy declarando que tengo un culo. No importa mucho, pero se quiere transmitir un mensaje.
- Y, al contrario... - Daniel -. Yo creo que cuanto más supuestamente inocente la ocasión, cuanto más descolgado el mensaje, al contrario de lo que parece es tanto más fuerte el contenido.
- Exactamente, porque lo de la liberación no es verso. Como justamente te sentís liberado podés expresar lo que querés.
- Y aunque te olvides del mundo, en realidad le estás gritando al mundo.
- Le estás diciendo exactamente lo que querés decirle.
- Para que todo el mundo se entere.
- Qué lindo - dijo Walter - qué lindo que ahora salió ésto, porque yo estuve a punto de gritar PAZ, no lo hice porque me dio cosa, pero me salía PAZ, entonces eran unas ganas enormes de gritarle PAZ al mundo.
- Tal cual, y deberías haberlo hecho.
- LIS-TOOOOOOOOOOOOOOOOO
- PAAAAAAAAAAAAAAAAZZZ
- TELEEEEEPATAAAAS

- ¡CORNUUUDOS! - gritaron las 4 chicas desde adentro, a coro.

Y ése fue el final de las reflexiones serias de esa noche. Por lo menos en voz alta.


viernes, septiembre 09, 2011

La felicidad es una calco pedorra


La última tontería para arruinar autos (y otras cosas) son unas calcos que deben llamarse "Esta es mi familia" o "Mi familia está re-feliz como siempre" o tal vez "Así me gustaría que fuera mi familia si no fuera la porquería que es". Son unos dibujitos de tipo infantil que se adquieren por separado para que uno arme el grupo familiar primario (o sea), y no solamente viene la figura de un papá sonriente sino que muchos dibujitos sugieren alguna actividad, casi siempre papá con caña de pescar, nene con pelota de fútbol, etc.
Una basura de lugares comunes y felicidad de propaganda de Cepita que hasta hace que ahora mire con cierto cariño las de "Gauchito Gil en vos confío" o las de Robert Powell haciendo de Jesús, que por lo menos están serios y sufriendo.

En este punto tengo que aclarar que (seguramente) mi disgusto tiene que ver con no haber sabido formar una familia como las de las calcos (seguramente) producto de mi maldad intrínseca, mi proverbial estupidez, mi odio hacia la sociedad, mi nulo atractivo sexual y mi falta de aseo personal.
Todo lo que quieras, pero igual las calcos son una mierda.

Alejandro Dolina decía (y sugería) desconfiar de los pasacalles que prometían amores grandilocuentes. Decía que le daban mala espina esos amores a los gritos y sobre todo indiscretos, a la vista de todo el mundo. Decía que le parecía que querían impresionar al resto más a que a la persona supuestamente amada. "Miren cómo nos amamos la Gladys y yo, giles" era lo que realmente se quería proclamar.
Y decía también que ciertos mensajes era preferible transmitirlos en voz baja, si es posible al oído, y en la intimidad más cuidada. Para que lleguen mejor y para preservarlos de miradas indiscretas y tal vez envidiosas.
Exactamente al revés de los pasacalles y las calcos pedorras.

Reconozco también (si quieren) que debo ser un asco de persona para que me molesten estas cosas, un ser solitario y triste, envidioso como el de Pecados Capitales y con menos sexo que Gollum. Pero la verdad es que no, la verdad es que me encanta el amor y que la gente se quiera y las familias numerosas y los afectos y los amigos y mis sobrinitos y los hijos de mis amigos, y también me encanta retozar con mi negrita, ambos en pelotas.
Todas esas cosas me encantan.

Es la hipocresía y la banalidad lo que me jode, es el casette demasiado casette de la familia feliz para mostrar, es la moda, es el adivinar cierto aire de superioridad en el que pega esas calcos para mostrárselas a los que ellos imaginan que son Gollums disfuncionales como yo. Es la indignación de no haber visto un sólo viejo en esas calcos, pero sí perros y gatos y hasta canarios y hasta skates y baterías, pero ni un puto abuelo con su chata correspondiente.

Es la comprobación de que aparecieron los matrimonios y las familias "distintas" (y las enormes posibilidades que eso trae) y como contrapartida aparecen por todos lados las calcos de las familias "tradicionales", las verdadera y justicieramente felices, con el skate y el canario y la puta que te reparió.

Es el no poder controlar mi propia imaginación, y ver como en una película a papá Cepita tapando las calcos antes de llevarse a la amante a un telo en el auto de la familia Ingalls. O imaginar el desconcierto de la nona cuando ve las calcos sonrientes y no reconoce a ninguno de los que van a visitarla al geriátrico 10 minutos y con cara de orto y sólo para Navidad.
"¿Quiénes serán los de los dibujitos?", debe pensar la vieja.

Obviamente, ya sé que son solamente cosas para pegar en la parte de atrás del auto, cosas que quieren ser simpáticas porque justamente son para mostrarle al que viene en al auto de atrás, y que a nadie se le ocurriría (porque no es simpático) pegar una calco donde está golpeando a la esposa o a los hijos, o colgándose del cable o espiando a la vecina, y por eso tampoco aparece el abuelo con la insulina aunque lo amen desmesuradamente. Ya sé que no son ni pretenden ser la imagen real y única de esa familia, que son solamente una moda boludita para decorar el auto.

La pregunta es: ¿lo saben ellos?
¿Saben ellos que lo sabemos...?

sábado, agosto 13, 2011

Basta de campañas

Harto y repodrido de las campañas. Así estoy.
Cansado de las propagandas y los afiches, de los grandes discursos llenos de promesas (siempre incumplidas), del fanatismo de unos y de otros, de las agresiones infinitas, de que me toquen el timbre para intentar convencerme de las bondades de tal o cual candidato; de que me quieran tomar por boludo, en definitiva.

Harto y repodrido, de que la mayoría elija por algún espurio interés personal, que el bienestar general o las condiciones del candidato no les importe nada, de que lo hagan para tratar de acomodarse. O por miedo, lo cual es mucho peor, porque entonces el candidato, ¿qué clase de malvado es...?

Harto de los que ni siquiera eligen, de los que obedecen ancestrales mandatos familiares o simplemente costumbres; los que jamás cuestionan nada ni son capaces de considerar otras alternativas.

Cansado, en fin, de escuchar siempre lo mismo, con sutiles variaciones: que los candidatos ofrecen supuestos paraísos pero a precios altísimos y con escasas garantías. Con ninguna garantía.
Los elegís o te los imponen, y después te los tenés que aguantar aunque sean deplorables, aunque nunca cumplan nada de lo que prometen, o mejor dicho, de lo que prometen otros en su nombre.

Porque eso es lo que más me pudre: que los candidatos nunca den la cara ellos mismos. Siempre hablan los intermediarios, jamás hay un debate público con Chiche Gelblung de moderador, por ejemplo.
Debería ser obligatorio un Gran Debate Público, con la presencia obligatoria de los principales candidatos.

Nada de que venga el Papa en representación de uno, y un Rabino en nombre de otro, un Dalai Lama y Tom Cruise (ponele) por el lado de los cienciólogos.
No.
Que vengan los candidatos en persona, y que pelen.
En persona o en lo que sean, se entiende.

En un banquito Jesús, en otro Buda, en otro más grande el elefantito Ganesha, y así sucesivamente.
Y que pelen, que se saquen los ojos adelante de todo el mundo, que aclaren bien sus plataformas (pero bien bien) y sobre todo a cuánto se nos van a ir los impuestos a la larga, porque estamos hartos de que al principio parece gratis y después nos rompen el culo.

Y demostración fehaciente de lo que alardean, y comprobada in situ por Chiche Gelblung o el que sea (yo creo que debería ser Chiche, o Anabela Ascar: más Chiche porque tiene el Detector de Mentiras)
Que yo te resucito un muerto. Okey, le traemos un muerto y que lo demuestre.
Que yo te reencarno como 10 veces. Lo hipnotizamos, le hacemos una regresión, y que lo demuestre.

Y nada de que resulten 9 las reencarnaciones o que el resucitado vuelva pero sordito, ponele, porque ahí ya vemos que hay mala leche, o que prometen más de lo que pueden.

No, que mirá que el Nirvana, que Visnú, que Víctor Sueiro, que después te lo hago... No, señor: demostración en el propio debate o estás nominado. A lo sumo un salvataje teléfonico de parte del público, pero la final es a muerte súbita: o demostrás o quedás eliminado.

Debate público obligatorio, como hacen en los países serios como Estados Unidos, así podemos elegir mejor al candidato, o no elegimos a nadie, votamos en blanco y que ninguno se haga nunca más el pistola si durante el debate Chiche le prendió la luz roja esa de la mentira.

Y, sobre todo, nos salvamos de las malditas campañas, de los militantes que gritan en las plazas, y de los que tocan el timbre los sábados a la mañana.