viernes, diciembre 29, 2006

Glíglico (*)

Querido herflico Raúl:
Soy un gaucho entonecido, hijo de esta tierra grala.
Me serelo ante la catricidad, pero no ando flegonando el mapuquete, que no es de garto enclero andar arsubiando la galemba. Nunca me han visto regelar el plonto ni ante las serticiones más deleras; antes bien, cualquiera puede nuciar las veces que he adelido por otros, y me he jugado las tarrecas en telembranzas guateras. Pero hay serticiones que me dejan yuvo, como la que usté me grimerea. Que mi reña me esté catriendo con un jurco nerbolado, me trica de renteza. Que me derme así, sin flasia, me concalena los esbiombos de tarleza.
Vaya nomás, desviolingue la pelca, y flúrese. Yo me he de empirtar solo, no me peñice la galta ni me bionga el terefleto. Que no es lomoro tibliar carrujas, y cubó menos olista en ferfo teñero, que piscata machungue en sersa trijonera.
Así jurbiamos los entonecidos, hijos de esta tierra grala.
Buenas tergas.


(*) Lenguaje creado por
Julio Cortázar y presente en su novela Rayuela.
Comienzo del capítulo 68 de Rayuela
"Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. ..."

lunes, diciembre 25, 2006

La Guerra de un Día

por "Sultán"

Todavía hay escaramuzas en los alrededores, pero mi experiencia me indica que son solamente eso, escaramuzas: la Guerra de un Día ha finalizado.
Ahora que soy casi un anciano (cumplo 11 años en agosto) puedo reconocerla y hasta preverla con bastante exactitud. Sé que unos cuantos días antes de la Guerra se producirán algunos cambios en los humanos de la casa. Hay un nerviosismo patente, que se va incrementando ante la inminencia de la conflagración; hay muchos llamados telefónicos, hay acopio de comida, hay escondimiento de paquetes secretos que luego se entregan unos a otros en el momento en que la Guerra está en su apogeo.
Sobre este punto aún no he podido aclararme lo suficiente, porque no me explico cuál puede ser el sentido de tan incoherente accionar, salvo que sean órdenes importantes para el caso de que alguno fallezca, pero no veo por qué lo hacen en el preciso instante en que todos deberíamos ponernos a cubierto.

Supongo que es una más de las incoherencias que provoca la Guerra de un Día, como la de aceptar refugiados que en general no son bienvenidos. La madre de mi ama, por ejemplo, provoca siempre un pésimo humor en el amo (y ahora no es la excepción), y sin embargo la cobijan durante el conflicto a cambio de unas fuentes de comida y otros de los paquetes secretos.
Durante todo el episodio, creo que para darse valor, ingieren líquidos variados sin solución de continuidad, hasta que el paroxismo bélico los enloquece y empiezan a golpearse las copas unos a otros y a besarse como poseídos, además de entregarse por fin los paquetes. Supongo que todo es parte de una despedida ante la posibilidad de la muerte, pues toda esa ceremonia coincide con el Gran Ataque del enemigo y la munición gruesa.

Hemos tenido mucha suerte durante todos estos años, pues no han matado a nadie. El tío del amo intentó suicidarse cobardemente una vez, encajándose un corchazo en el ojo izquierdo. Fue severamente amonestado y no le permitieron acercarse a las botellas durante el resto de esa guerra. Salvo ese inconveniente, nunca hemos tenido que lamentar heridos, salvo los tradicionales vómitos de la nonna, que sólo en esa ocasión abandona la dieta de puré Cheff, y parece que le hace mal.

Luego del fuego a granel, y siempre que estemos todos ilesos, se produce el alivio general. A veces llegan algunos vecinos a comprobar que estemos bien y entonces vuelven a abrir botellas para los recién llegados y les ofrecen el Pan de la Tregua, que casi siempre es rechazado porque ya han venido aceptando treguas por otras casas. En ocasiones algún vecino que acepta el Pan, luego tiene que acompañar a la nonna en sus regurgitaciones, y eso no es bien visto porque la nonna merece cierta exclusividad y cada uno (dice el amo) debería hacer sus ofrendas de Paz en su propia casa, que joder.

Con el correr de los años he suavizado mis alertas para esta fecha. Antes me desgañitaba ladrando y corría hasta que se me acalambraban las cuatro patas. El cuñado del amo invariablemente me pateaba y la esposa intentaba sobornarme con una pata de pollo. Ahora apenas si chumbo un rato, pero más que nada para que sepa el enemigo que en esta casa no estamos indefensos. Evito de esta manera las patadas del cretino y de todas formas la mujer me sigue tirando algo del pollo que prepara mi ama: es evidente que detesta el pollo, porque jamás me ha revoleado el vittel toné, por ejemplo.

De modo que espero a que todo se calme mientras voy lamiendo del suelo todo el líquido que derraman, pues he comprobado que me ayuda a dormir, aunque a veces tengo sueños extraños. Necesito descansar bien, porque en una semana exacta sé que vendrá la contraofensiva, con la variante de que no habrá intercambio de paquetes y de que la nonna cambiará los vómitos por una diarrea impresionante.

jueves, diciembre 21, 2006

Encuestame que me gusta




Una que no quiero nombrar, pero que aparece sólo para ésto, me mandó otra de esas encuestas sobre muchas cosas, que te dejan con la sensación de haber aprobado un examen porque te dejaste tocar.

Porque las respuestas las sabés, y eso ya de movida es un alivio, pero invariablemente hay preguntas sobre sexo, amor, u otras cosas igualmente horribles. Y como venís entusiasmado contestando, sos capaz de confesar que debutaste a los 4 años con una muñequita que hiciste con Plastilina y que se parecía un poco al Hada Patricia.

Esa mezcla fatal de sordidez y de cosa trivial hace que inmediatamente a continuación de responder cuál es tu color favorito (¡Azul!, escribe el encuestado, y se pone de buen humor como un salame), te sientas en la obligación de ser sincero, para especificar en la siguiente respuesta que hace 7 meses que no tocás una teta.

Es que en el revoltijo temático apelan astutamente a desarmarte haciéndote nombrar cosas que te gustan, para después ensartarte como Chirino a Moreira.
A ver si nos entendemos: a nadie le importa cuál es tu comida predilecta, lo que nos interesa saber es si estás trincando con alguien de otro blog.

Y eso de que las encuestas fortalecen las amistades que se lo cuenten a otro. Mirá si Starsky iba a andar pensando qué puso Hutch en la encuesta para ver si le cubría la espalda o no. Hice como diez de esas encuestas y mis amigos se siguen equivocando con mi postre favorito, y está muy bien que así sea: quiere decir que les importan otras cosas de mí.

Vagos para leer como somos, hacemos votos para que las próximas encuestas vayan directamente al grano y pregunten lo que de verdad importa. Nada de andarse por las ramas para terminar averiguando por la frecuencia intestinal del vecino.

Apelando al sistema “Una de cal y una de arena”, podríamos aprovechar las encuestas para despertar algunas conciencias con preguntas intercaladas de este estilo:

1. ¿Pensás que los políticos son corruptos?
2. ¿Y los que se cuelgan del cable como vos?


Otro ejemplo:

17. ¿Darías la vida por un amigo?
18. ¿Y por qué no lo ayudaste con la mudanza, que era mucho menos, pedazo de hipócrita?

Y así sucesivamente, cuidando de no exagerar porque tampoco queremos que el encuestado se suicide, ni tampoco que nos olvide olímpicamente para las Navidades o para la próxima encuesta, cuando, con un poco de suerte, habremos enganchado algo y podremos por fin responder con orgullo que sí, que la hemos colocado recientemente.

lunes, diciembre 18, 2006

Una receta para Simón (Parte Final)

- Fue tan lindo, Simón.
- ¿Y que soñaste?
Pero ella se rió y arrancó con Aznavour la canción que seguía y él se le unió sin taparla para nada y ella pronunciaba muy bien el francés y era gracioso oírla con su voz menuda y su entonación perfecta.
El sol empezó a calentar temprano y Marta vio por la ventana a un casal de torcazas bañándose en el bebedero del jardín, y se lo mostró a Simón.
- ¿No tenés hambre, piba? – dijo él a su lado.
- Casi nada.
- Yo sí tengo. Anoche no tenía, qué sé yo.
- Estabas preocupado, amor.
- Sí, y estaba solo. No me gusta comer solo.
- Voy a empezar enseguida con el almuerzo.
- Estaría bueno.
Marta dijo que necesitaba hacer unas compras y que iría sola; Simón podía aprovechar para arreglar el buzón en lugar de querer acompañarla como a una nena. Dijo que se sentía bien, en serio, y que quería darle una sorpresa con la comida. Así que Simón tuvo que quedarse y ponerse a trabajar en el buzón desvencijado.
Se conformó pensando que comería algo más temprano que de costumbre, pero cuando pasó media hora larga desde que Marta volviera, Simón empezó a rondar la cocina y no reconoció ni el aroma ni los preparativos que hacía su esposa. Ella lo miraba de vez en cuando y advertía el aire interrogante de Simón, pero había códigos acerca de las sorpresas gastronómicas y los respetaban. En todo caso, luego de probar la comida, Simón podría hacer las preguntas que quisiera. Cuando pasó una hora, supo que en realidad iba a comer más tarde que nunca, pero decidió no hacer ningún reclamo; al fin y al cabo su mujer se veía mejor, y le estaba preparando algo especial. Lo que más le molestaba, en realidad, era no poder dilucidar qué se estaba gestando en su cocina, y la curiosidad lo hacía sentir directamente famélico. Era una mezcla de olores penetrantes, embriagadores por momentos; Simón reconoció el vino blanco y el comino, y le pareció que flotaba el perfume de algo dulce también, batatas o zapallo azucarado. Y no podía descifrar mucho más que eso: una mezcla nueva, algo denso pero que confundía el sentido con toques sutiles de apariencia inocente. Una especie de juego delicioso, sin duda. Sintió la boca llena de saliva y un extraño bienestar del cuerpo, una liviandad no exenta de cierta carga nerviosa, como si se hubiera desperezado largamente.
Por fin, Marta apagó las hornallas y dijo que en quince minutos estaría listo, luego de reposar. Simón dejó el grisín y el libro con los que estaba distrayéndose y fue a sentarse a la mesa como si Marta le hubiera indicado eso. Ella lo acompañó, divertida, y le preguntó si tenía apetito.
- Sí. - dijo él - Lleva su tiempo esa cosa, ¿no?
- Sí – dijo ella, y su sonrisa se amplió –. Querido, fuiste muy dulce con tus cuidados, no quise preocuparte. Pero el médico no era necesario, yo lo sabía.
- No puede saberse, Marta. Hay que hacer esos estudios…
- No me parece. En serio, Simón. Vas a ver que después de comer voy a sentirme muy bien. Y vos también…espero.
- Yo seguro que voy a sentirme bien, estoy muerto de hambre, piba.
- Pero vamos a comer livianito, pá.
- Bueno – dijo él, y se sintió invadido por una gran ternura. Ella volvió a tomarle las manos como en el desayuno y a él le pareció más linda que nunca. Tal vez fuera la luz, o la voz aniñada, o esos olores incitantes que venían envolviéndolo hacía dos horas. - ¿Y qué soñaste?
Pero ella volvió a reír al irse a la cocina, aunque dijo “ahora te cuento” mientras se alejaba.
El plato en cuestión no le despertaba mucha confianza a Simón, sobre todo cuando Marta le dijo el nombre larguísimo que tenía. Olía en forma extraña, y era una porción raquítica con un nombre pretencioso.
Pero en cuanto lo probó era delicioso, y sintió un calor reconfortante, más en el pecho que en el estómago. Y no se advertían picantes, de modo que el calor era de la pura cocción, de la carne que se le deshacía en la boca como un caramelo recio, de la mezcla de las hierbas amargas y de las dulces y del fondo profundo y rojo que todo eso tenía, una especie de fuego intrínseco que a Simón le hacía arder las orejas. Y al rato notó que tenía los pies calientes y que su porción había disminuido drásticamente. Y que ninguno de los dos había hablado.
- Es muy interesante – dijo Simón-. El nombre ese…
- “La pasión de tu pecho te encenderá los pies para que corras hacia mí”.
- Sí. Bueno, pareciera que el calor se me fue del pecho a los pies.
- ¿En serio? – dijo Marta con interés.
- ¿A vos no?
- A mí no…pero es lo correcto – dijo ella enigmáticamente. – Se supone que con las mujeres tiene un efecto distinto.
- Pero te sentís bien…
- Muy bien. El sueño de anoche… - Y antes de contarle el sueño le dijo que al principio no sabía por qué se había sentido triste y desganada, y sin apetito. Pero que la sensación era de pérdida, como acordarse de una fogata cuando se tiene frío, o mejor, como si se añorara la fogata desde una sala entibiada a gas, pero a la que le faltaran el crepitar de los leños y el perfume de las resinas. Simón iba comiendo muy lentamente lo que quedaba en su plato, y Marta le contaba cómo había recordado cosas, y no olvidó mencionar esa frase venenosa que habla de la comida y el sexo de los viejos, y luego sin dolor ni transición le hablaba de cosas de la juventud y él sentía que algunos de sus músculos vibraban. Ella probaba un bocado de vez en cuando, pero parecía que lo hacía más para incitarlo a que él comiera que por su propio apetito. Y finalmente ella le habló del sueño, y de cómo se habían amado en él después de comer muy poco, porque habían reemplazado las delicias de los platos por besos amarillos y después naranjas, y además el amor de ellos estaba intacto, sólo había que saber soplar el rescoldo para que se transformara otra vez en brasas. Y le contó de recetas que guardaba, como ésta del nombre larguísimo que era más largo aún de lo que ella le había dicho.

Y cuando a Simón finalmente el calor lo abrasó donde debía la hizo levantar de la silla dulcemente, pero con urgencia y el calor de él llegó hasta ella y casi completaron a dúo el nombre de la comida, que incluía la palabra sexo y no olvidaba la palabra amor.
Fin

sábado, diciembre 16, 2006

Monedas y papeles

Resulta que andaba preparando la ropa para mandar al lavadero, y era una pila grande porque hacía como tres semanas que no llevaba nada. Había ropa en el piso de la habitación, sobre las sillas, en el baño, por todos lados. Como hago siempre, empecé a separarla según la simpatía que le tenga a la prenda, y así las camisas de laburo fueron amontonándose sin ninguna gracia y las camisas de salir fueron dobladas con amor y apiladas en grupos de no más de tres, y estacionadas a 45º al lado de los pantalones que cumplen el mismo propósito y que ostentan pequeñas etiquetas de papel que dicen “Cena con Fulana”, “Primer beso a Sultana”, etc.
Al doblar una bermuda con un papelito azul que decía “Paseo por el Tigre con Aníbal”, noté un bultito en el bolsillo derecho que resultó ser un billete de 5 pesos arrugado y unas monedas chicas y pegoteadas (recuerdo que Aníbal compró helados, y que ese día el sol derretía la brea de las calles). Desarrugué el billete y lo puse sobre la mesita de luz, y seguí ordenando. En el bolsillo de una camisa encontré 20 pesos y en un short 35 doláres.
Y así sucesivamente, fui armando una pila grandecita sobre la mesa de luz, porque encontré ropa debajo de la cama con etiquetas de la época del 1 a 1, “Praia Dos Ingleses” y esas cosas.
Australes, Patacones serie B, Reales, Pesos Uruguayos, Dólares y, debajo de la toallita de un slip que decía “Ruta Hotel con Katsumi”, 200 yenes.
Decidí buscar en la ropa limpia también, por supuesto.

Así llegué a juntar casi 700.000 pesos y estaba pensando en llamar a mis amigos para ir a festejarlo, cuando llegué al vaquero Wado’s que tenía la etiqueta roja de las malas salidas.
Estaba en lo más profundo del cajón de abajo del placard y decía simplemente “BB”. No recordaba a nadie que tuviera un nombre con esas iniciales, ni un lugar, y con Brigitte Bardot nunca salí, así que metí la mano confiado y saqué un papel amarillo con olor a farmacia.

Ahora voy a ver qué hago con la guita. Si me compro algo, o invito a mis amigos o la vuelvo a meter en la ropa y hago de cuenta que nunca revisé nada y que las cuentas están saldadas, porque no me alcanza todo lo que junté para deshacer la letra retorcida del ginecólogo que decía que todo había salido bien cuando justamente todo había salido tan mal y yo no podía ni mirarte a la cara cuando te dije que ya estaba y que tus padres jamás iban a enterarse.

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* Esto es un borrador, y adolece terriblemente de tener un (proyecto de) final que no tiene nada que ver con el desarrollo suelto y casi fantástico, un abrupto cambio de rumbo a partir de que escribí "bebé". Pero eso es lo que pasa cuando uno escribe al garete o anda revisando bolsillos como si fuera inocente.

jueves, diciembre 14, 2006

El show de los Muppets

Cuatro de la tarde.
Pablito se apura con un laburo que hasta ese momento venía haciendo a media máquina. Nelly interrumpe sus excursiones al baño por lo menos por una hora. El señor Cañete le mete presión a una reunión y azuza a sus muchachos para que entreguen lo que les pueda quedar en el tintero.

A las cuatro de la tarde se produce un giro dramático, casi grotesco, en la trama oficinesca. Es demasiado tarde para dar vuelta el día por completo, pero demasiado temprano para darlo por terminado. Por espacio de más o menos una hora, hay un movimiento parecido al trabajo a conciencia. Los jefes vuelven a ejercer por un rato (se relajan después del menú ejecutivo y la copa de Valmont bautizado) y entonces las caretas deben reacomodarse y sostenerse un rato más.
En una oficina que trabaja hasta las seis, a las cuatro pasa eso, se realiza el Maratón de los sesenta minutos; a las cinco eso está terminado, y la inercia manda hasta las seis. Pero las cuatro de la tarde son milagrosas. Uno podría pararse a contemplar la hora camaleónica como si fuera el cambio de guardia en Buckingham, y no saldría defraudado.
Es la mejoría de la muerte, el último manotazo del ahogado, la recta final sin ganador visible todavía, cuando el pelotón entero cobra vida de pronto por lo menos hasta que uno saque cuatro cuerpos y todo esté definido.
A las cinco se les agota el aire, se cortan los piolines al unísono y las caretas empiezan a rodar y a entrechocarse en el suelo. Pablito manda a la bandeja más oculta lo que le queda pendiente y Nelly vuelve al baño aunque sea a mirarse las uñas. El señor Cañete, súbitamente tiene una visión de su flamante cuarta esposa y quiere terminar ya con una reunión lánguida y frustrante, donde ha comprobado una vez más que está rodeado de inútiles.

A las ocho del día siguiente volverán a intentarlo, renovarán el drama que irá haciéndose comedia hacia el mediodía, caerá en el absurdo en varios momentos y alcanzará su apogeo a las cuatro, cuando un mamarracho de cucú grandote como el de Carlos Paz les indique que es la hora del grotesco.

miércoles, diciembre 13, 2006

Échale la culpa a La Volpe

Lo siento.
Tenía un post buenísimo para festejar los 100, y pensaba engancharlo con el tricampeonato. Había fotos de Ramírez y un gran danés arlequín, otro poema de jmslayer al ventilador de Gutiérrez, en fin, cosas hermosas.
Pero lo de esta tarde acabó con cualquier ánimo festivo que existiera en mí por varias décadas.
Es de esperar que venga rápido el post 101, y que coincida con el anuncio de la violación alevosa, masiva y reiterada, de La Volpe.
Sean benévolos con los comentarios, porque el fútbol siempre da revancha, porque sé dónde viven y porque mi psiquiatra se rió mucho cuando le pregunté por el alta.

martes, diciembre 12, 2006

Post número 99

Una receta para Simón (Primera Parte)

Dicen que la comida es el sexo de los viejos; tomando eso en cuenta, podría afirmarse que la casa de los Martínez era como un templo consagrado al Kamasutra, aunque el libro de cabecera fuera el de Doña Petrona, edición de 1.962.
Tanto Marta al mediodía como Simón para la cena, solían consultar el voluminoso manual que ahora estaba lleno de anotaciones marginales y con señaladores de colores por todas partes. Y no oficiaba sólo como el Kamasutra: en ocasiones , sobre todo Simón con su voz de barítono, lo usaban como si fuera un tomo de poesía. Él a veces, con la excusa de confirmar un preparado con su mujer, le leía de pie cosas así:
Lengüitas de Cordero a la Rusa: Limpiar las lengüitas pasándolas por la llama, y cocinarlas con abundante agua con sal y verduras; dejar enfriar en su mismo jugo.
Y Marta, pícara, podía responder al rato y de memoria con otra receta:
Se cortan los pomelos por la mitad y se les extrae la pulpa, que se usará para rellenar las cáscaras mezclada con azúcar negra. Rociar con crema de leche cada mitad y colocar unos minutos en horno caliente.
Y así andaban, rehogados todo el día, almibarados, adobados, salpimentados, salteados, untados, eligiendo martinetas gordas para hacerlas a la “Bellavista”, atándoles las patas, cubriéndolas con tiras de tocino y mandándolas al horno que siempre estaba caliente. Se prodigaban toda clase de atenciones a través de las comidas, se enviaban caricias con aroma y sabor, y en ocasiones casi las corporizaban: a veces, después de un plato especialmente sabroso a Simón le daban ganas de besar a Marta. O era ella la que invitaba un licor con las mejillas arreboladas y a Simón le parecía que volvía a verla de 15 años, cuando él tenía 22 . Sobre todo con los licores, Simón sentía que volvía el tiempo atrás. Porque esa era la especialidad de Marta desde siempre. Los hacía casi desde niña, enseguida había superado a su propia madre, y eso no era un mérito menor. Preparaba un licor de duraznos al coñac que le demandaba más de 5 días, pero Simón caía a sus pies cada vez, invariablemente. La ventaja de ese licor era que también le servía para perfumar cremas y postres y Simón lo reconocía al instante y entonces la retribuía de forma similar. Él tenía muchas especialidades, pero cuando le ofrecía a Marta unos buñuelos de Viento los presentaba como “su especialidad”, y Marta creía que era porque le encantaba el nombre. Pero los buñuelos también llevaban coñac en el almíbar final y así quedaban empatados y había que desempatar , y eso les gustaba a los dos.
Todo se iba dorando armoniosamente, con toques de calor precisos y espolvoreos de coco no tan precisos a causa de la artrosis, hasta el día en que Marta perdió por completo el apetito.
Simón la vio venir del Banco preocupada y supuso que algo había andado mal con la jubilación. Siguió preparándole el café como a ella le gustaba, sin que hirviera el agua pero muy caliente, y esperó a que Marta le contara. Pero ella se demoró en el baño y al salir sólo rechazó el café y se puso a leer una revista cualquiera. No era común verla a Marta tan callada, y sobre todo verla rechazar el cafecito de la media mañana, que era apenas un dedal bien acompañado. Simón se tomó su café con roscas de maicena y estuvo pensando. La última vez que había visto así a su mujer había sido por un problema de salud, y algo más que eso. Porque el médico le había encontrado el colesterol alto y había pretendido ponerla a dieta. Fue tanta la impresión que a ella le produjo la idea de una vida escueta de milanesas de soja y verduras al vapor, que a la semana se había regularizado milagrosamente, y sin privarse ni siquiera del locro de Simón.
Le preguntó cautelosamente si se sentía bien, y ella dijo que le dolía un poco la cabeza y que iba a recostarse. Simón tuvo que prepararse el almuerzo, porque Marta le aseguró que era cansancio y que durmiendo se sentiría mejor. Así que después de mucho tiempo él había cocinado al mediodía, y la comida le pareció sosa y la mesa le pareció muy grande.
Al segundo día de ayuno de su esposa, él insistió en llamar al médico, y ella había acatado distraídamente, entre suspiros. Mientras lo esperaban, Simón apeló a los violines gitanos para ver si la música le despertaba el apetito, pero Marta apenas si aceptó un té cargado y los suspiros se incrementaron.
Por las dudas él dejó abierta la puerta de la cocina mientras repasaba los ingredientes para una bouillabaisse y se los comentaba entre el clamor de la música, allí donde a las cuerdas de los violines se le sumaban las de unas guitarras apasionadas y Simón se quejaba porque no había camarones y así la sopa no era lo mismo.
El doctor la revisó y no encontró nada significativo, y hasta alentó la idea de la dieta, pero recomendó descanso y análisis de sangre y uno espantoso que incluía la búsqueda de parásitos y que Marta intentó rechazar. Los líquidos se permitían en todas sus formas y Simón decidió interpretar que eso incluía a los licores. Por la noche volvió a comer solo, y ni siquiera la bouillabaisse con su merluza, su lenguado, su corvina y su brótola pudieron hacerlo sentir mejor. Ni los mejillones ni los langostinos le devolvieron el entusiasmo, y media cacerola fue a parar a la basura.
En el amanecer del tercer día Marta pareció más animada y se tomó una hora larga para arreglarse el cabello, pintarse las uñas, elegir la ropa y maquillarse. Preparó un desayuno liviano, pero se tomó una taza de café con leche y le volvieron los colores a la cara y le mejoró el pulso. Simón la acompañó con creces y puso muy alto un disco de Aznavour, y hasta cantaron juntos un rato. Sobre el final de una canción, ella cruzó un brazo a través de la mesa y lo tocó. Se tomaron de las manos y ella le dijo que se sentía mejor y que había soñado.
- Fue tan lindo, Simón.
- ¿Y que soñaste?
.
.
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(Continuará)

lunes, diciembre 11, 2006

Indioteces


El peyote

Casi tan importante como el de la taplán es nuestro vínculo con el peyote, aunque con él es un vínculo de amistad.
El peyote, peyazo o peyo grande, es una figura tradicional de nuestro acervo popular. Hasta tenemos un dicho: El peyo es el mejor amigo del indio.
Usted habrá visto la cantidad de peyos que andan por acá, coyeteando por todo el teyitorio; y habrá observado nuestra preferencia por los grandes. No encontrará aquí ni chihuahuas ni pequineses: sólo peyotes onda Yotgüáiler.
Como decía, el vínculo es amistoso: a diferencia de la taplán, no lo consideramos un guía. Salvo en el caso de los cieguitos...


Nota para turistas extranjeros: el presente escrito adquiere sentido y hasta cierta gracia si se lo lee en porteño, es decir pronunciando la “y” como “sh”.
Pero también habría que aclarar que se apela al conocimiento del regionalismo que pronuncia la “rr” como “y”, es decir como “sh”.
Es bastante complicado, así que, mejor, si usted no es porteño no lo lea.
Porque puede ser argentino y provinciano, y ne fregarse en porteñidades, y haber leído de entrada “peiote”, en cuyo caso habrá entendido casi tanto como un neozelandés.

Nota innecesaria pero nunca se sabe: la raza canina a que se alude es Rottwailler. Y acá sí me encantaría saber cómo la compilaron, pero eso es una cuestión de maldad mía, propia de la típica soberbia porteña que ejerzo con soberbia típica. (N. Del A.)

sábado, diciembre 09, 2006

Los taplanes


¿Alguien puede criticar a los esquimales por comer pescado? ¿Qué van a comer, camellos? ¿Se puede decir algo de los incas porque comían maíz? Si estaban rodeados de maíz, ¿qué iban a comer, señor?
Eso es lo que nos pasa a nosotros. Acá hay muchísima cannabis, que nuestros ancestros llamaron taplán. Se da solita, en toda la región. Y la comemos, claro. Y la usamos como medicina y hasta la fumamos.

La taplán forma parte de nuestras vidas por una inevitable cuestión de cercanía. El que nos conoce, sabe que nosotros no la iríamos a buscar ni la sembraríamos. Somos un pueblo tranquilo, de no salir mucho. Un poco vagos, también eso es cierto. ¿Para qué andar yendo de un lado para el otro, si acá estamos bien?
La naturaleza nos proveyó de la taplán en abundancia, y acá nos quedamos, y bien contentos. ¿Molestamos a alguien, señor? ¿A quién molestamos?

Sepa que para nosotros la taplán es sagrada. Eso se lo digo de entrada, no porque me quiera atajar, pero es así. Usted pregunte lo que quiera, pero la verdad es que es sagrada y tenemos nuestras razones secretas. Hay secretos, señor, y esos no se los voy a contar. Usted pregunte, y si la respuesta es una cosa secreta, yo se lo digo y me hace otra pregunta.

¿Usted la probó? Digo: ¿la comió? Porque ustedes los gringos son de fumársela y nada más. Con eso adquieren parte del secreto ese que le digo, pero una parte ínfima. A la taplán hay que ingerirla preparada, casi en un ritual. Una ensalada está bien para empezar. O mejor: un tecito de taplán a la mañana. Un sedante natural, y un laxante magnífico, señor. Usted empieza la mañana maravillosamente. Y le abre el apetito, señor; es buenísimo para los chicos que no quieren comer nada.
Después puede hacer unos buñuelos, o usarla en lugar del orégano, o unas empanadas de vigilia distintas y mucho más propiciatorias: capaz que ve a su Dios y todo, señor.

A nuestros animales también les encanta. Vacas, perros, quirquinchos, a todos les hace bien la taplán. Bueno, a los quirquinchos los altera un poco. Por lo general son bichitos tranquilos, pero si comieron brotes de taplán enseguida se les nota, por la velocidad. A veces organizamos carreras de quirquincho y, por supuesto, los entrenadores les dan brotes tiernitos antes de la carrera.

A las mujeres especialmente les cae bárbaro. Les deja la piel sedosa y el pelo brillante, y mejor predispuestas para el amor.
Pero ahí casi me estoy metiendo de lleno en el secreto, así que pregunte otra cosa.

¿Venderla? No, señor. Le dije que es sagrada, ¿ustedes venden sus cosas sagradas? A lo sumo si usted quiere un poco yo le puedo obsequiar, pero venderla no. Además hay como un equilibrio natural entre nosotros y la taplán. Si la vendiéramos nos veríamos obligados a cultivarla, a producirla. Alteraríamos el orden natural. Y además ya le dije que no somos muy afectos al trabajo, señor.

Cuando nos agarran ganas o nos viene la idea de trabajar, lo consultamos con la taplán. La fumamos un rato y oímos sus consejos. Hasta ahora a nadie la taplán le dijo que sí, que empezara a trabajar. Todos tuvimos revelaciones que más o menos decían que nos quedáramos en el molde y no jodiéramos.

¿Mi acento? Es porque vienen muchos turistas argentinos, son los que más vienen. Y están más abiertos espiritualmente: enseguida entienden la parte sagrada y se hacen devotos. La alaban como a su propio Dios, o más.

No me vuelva a preguntar por las mujeres porque ya le dije que eso no, eso es secreto. En todo caso después lo hablamos, ahora tómese el té que se le enfría. Si lo hubiera tomado al mismo tiempo que yo, ahora usted no estaría sentado en ese elefante celeste, señor.
¿Cómo llegó ese elefante hasta acá?

viernes, diciembre 08, 2006

Beta test

Estamos como "en construcción".
Migramos a la versión Beta (lo que permite publicar directamente, clasificar las entradas y agruparlas, etc y por eso al pie de cada post aparecen ETIQUETAS, aunque todavía no clasifiqué todo) pero vamos descubriendo errores con los acentos y con las eñes, y hay que corregirlos.
Seguramente habrá más errores, sepan disculpar y agradecemos si nos avisan de otras fallas. Como dice mi hermano brasilero "Quem avisa nao é traidor"
Obrigado.


miércoles, diciembre 06, 2006

(capaz que es un country)

(ojo. a lo mejor termina siendo un country o la mismísima buenos aires,…
en todo caso ejercicio muy libre, del estilo “escribí que algo sale”, pero bastante prometedor, si se me permite)

La gran cabeza de vidrio domina todo el área, que incluye a la pequeña ciudad y a la selva que comienza más allá. Está suspendida en el aire, veinte metros por encima del edificio más alto. Es blanca, traslúcida, con vetas azules y con hilos rojos que la surcan como una monstruosa red sanguínea. Tiene unos cuarenta metros de altura y no tiene rasgos muy definidos: podría ser una mujer de pelo corto. En la ciudad futurista llueve casi permanentemente y los rayos le dan a la cabeza un aspecto sobrecogedor. La boca de la esfinge es lo único que presenta detalles, aunque no tantos como para determinar su género . Es una boca grave, abierta, donde se advierten los caninos enormes y los colmillos agudos, la lengua, y la bóveda hendida del paladar. Los labios están ligeramente alargados hacia adelante: la boca forma una “O” gigantesca.
La gran cabeza mira hacia la selva, atravesando con la vista la ciudad de metal de este a oeste, y la nuca da sobre el río oscuro y caudaloso, donde las nubes sulfurosas cubren franjas de peces muertos. La figura tiene la apariencia de estar viendo algo que se acerca desde la jungla, y de espantarse con lo que ve.
Los incendios de la selva se ven primero en la cabeza. En esas ocasiones, las lenguas de fuego la encienden como si saliera el sol, y es un astro pavoroso e inmóvil que puede durar días enteros. A veces, cuando la gran cabeza de vidrio se llena de fuego, se oyen tambores. Pero los habitantes de la ciudad metálica no reconocen el sonido lejano ni saben nada del rencor de los parches, y lo atribuyen a la tormenta perpetua. De todas formas los haces de neón verde atraviesan la ciudad y las alarmas hacen que los peatones se refugien aterrados. Las puertas se cierran herméticamente mientras la cabeza arde, y no vuelven a abrirse hasta que el vidrio se calma.
Nadie se pregunta cómo se sostiene la cabeza mineral, ni qué significan los incendios. La aceptan como aceptan el dorado de sus calles y las fuentes de ambrosía, como parte de un orden divino que puede mantener esa luna de vidrio suspendida para siempre: un ídolo misterioso y un vigía para la barbarie circundante. Si la cabeza de los largos colmillos no estalla (y a veces parece temblar con los tambores) los de la ciudad estarán bien.

Fe de erratas: Caninos y colmillos son lo mismo.