martes, enero 16, 2007

Lo que viene

Me llegó otra carta de Adulfo Pistarino. Nunca es claro para explicar, pero no voy a discutirle justamente a él.
Parece que me confirman la inscripción en el Primer Campeonato iberoamericano de Discusiones Bizantinas.

Ya mismo me pongo el jogging y empiezo a entrenar.

Artistas callejeros

Para Fontanarrosa, humildemente


De los artistas de la calle Florida, pocos han gozado de la popularidad de Juan Carlos Pacheco, “El hombre del pene de acero”, y ninguno ha tenido un final tan trágico.
Artista dotado, Pacheco ejecutaba un acto de alto voltaje erótico realizando pruebas increíbles con su órgano viril. El espectáculo se anunciaba como no apto para menores de 18 años con reservas, aunque era tal el virtuosismo de Juan Carlos que muchos padres llevaban gustosos a sus hijos pequeños, y hasta a sus hijas educadas en colegios como el Sagrado Corazón, a que contemplaran las acrobacias fálicas del artista de San Fernando.
Hijo del cantor de tangos Eusebio Pacheco y de la artista circense Miriam Ayala, Juan Carlos mamó desde chico, además de la lactosa tradicional, el gusto por las pruebas riesgosas y la actuación en vivo. En algún momento del destape fue que decidió experimentar con su pilín, y rápidamente saltó a la fama.
Originalmente intentó realizar su acto totalmente a la vista del público, cubriendo apenas su falo con un delicado tul amarillo. Pero diversas Asociaciones primero, y la policía después, lo convencieron de trabajar detrás de una sábana iluminada, de modo que sólo su sombra era visible para el público que, cada vez en mayor número, se amontonaba para presenciar su show.
Tras un comienzo algo dubitativo, Juan Carlos fue agregando pruebas cada vez más asombrosas, obteniendo lo mejor de su pequeño instrumento, como un músico que extrayera las mejores notas de un violín ordinario. Porque en aquella primera época, y por lo que podía apreciarse al contraluz de la sábana, Pacheco no contaba con un miembro superdotado; en realidad se lo veía concentrarse tenazmente antes de la función, y en ocasiones hojear una revista supuestamente erótica, para que su disoluto partenaire cobrara un tamaño tal que le permitiera ejecutar la rutina.
Con el correr de los meses, sin embargo, fue notorio para los habitués que el miembro de Pacheco había crecido y era capaz de realizar pruebas donde se le exigía una fuerza y destreza muy considerables. Por ejemplo: había comenzando haciendo jueguito con una pelotita de tenis, y ahora ya andaba por una de vóleibol La explicación más aceptada era la que adjudicaba el crecimiento al ejercicio constante a que lo sometía el artista, aunque se comentaba también acerca del uso de cierta pomada china, y de un brebaje correntino con propiedades casi milagrosas.
Es decir, que al público tradicional que iba a ver el acto de Juan Carlos, pronto se le sumó otra especie, conformada por hombres y mujeres que aspiraban sobre todo a descubrirle el secreto del desarrollo peneano. Cada acto empezó a convocar una multitud, y Pacheco redujo las presentaciones a una función diaria más dos de los sábados, y desestimó los pedidos de shows particulares, bar mitzavs y festejos de divorciadas que le llegaban a montones, aunque aceptó el auspicio del Boston Medical Group.

Para la gente de los comercios aledaños al lugar donde actuaba, se hizo notoria la presencia diaria de cierto caballero de edad, un arreglado evidente pero carismático que a veces usaba anteojos y a veces tenía barba o bigotes, pero que siempre llevaba la voz cantante en las expresiones admirativas hacia Juan Carlos, y era el primero en poner plata cuando Pacheco pasaba la gorra. Algunos hablaban también de cierta dama que solía acompañarlo hasta unas cuadras antes del “escenario”, aunque nunca se la veía durante el show. El misterio crecía en torno a la figura del artista, casi en la misma proporción que su pito.

Durante la etapa final de su corta carrera, el acto duraba una media hora, y ya tenía una producción considerable: la humilde linterna original que remarcaba su figura sobre la tela había sido reemplazada por un reflector de cuatro colores; había una máquina de humo y un minicomponente Aiwa que reproducía lo mejor de Vangelis. De una gran caja a sus pies, Pacheco iba extrayendo la pelota de vóleibol, un pequeño hula-hula, ladrillos que luego eran partidos con su miembro, un oso de peluche para hacer equilibrio y un gong bastante considerable.

El 7 de julio de 1986 tuvo una tarde por demás ventosa y marcó el fin del mito de Juan Carlos Pacheco. En un alarde de superación constante, el artista callejero se hallaba haciendo malabares con una Tango número 5, cuando un ventarrón violentísimo voló la sábana que lo cubría y dejó el fraude en evidencia: escondida en la gran caja, Miriam Ayala, la madre de Pacheco, manipulaba entre las piernas de su hijo una especie de títere con inequívoca forma de pene. Resultó evidente que el viejo de la voz melodiosa no era otro que Eusebio el cantor, y la gente arrinconó a los 3 en cuestión de segundos.
La policía consiguió evitar milagrosamente el linchamiento que quisieron hacerle los admiradores estafados, las esposas desencantadas y la gente del Boston Medical Group.

lunes, enero 15, 2007

Tango

Mientras hablo con un compañero de trabajo, otro, de unos veinte años, me observa asombrado y me pregunta si yo iba a esas milongas que menciono, si lo conocí a Virulazo. Le digo que no, y me quedo pensando por qué me pregunta esas cosas, qué clase de despiste tiene este pibe como para suponer que yo, con cuarenta y dos años, pueda haber pertenecido a los habitués del Marabú o del Chantecler. Cómo puede ser que me confunda con alguien que podría ser mi viejo, si en la música que sale de mi pc lo que predomina siempre es el rock, y de pinta tan avejentado no estoy. Me indigno un poco, de verdad, y me prometo dejar de usar esos términos antiguos que tanto me gustan, no sea que los otarios como éste me empiecen a espiar a ver si uso polainas.
Considero también si debiera dejar de pasar algún tanguito de vez en cuando, pero eso está fuera de discusión. Qué le voy a hacer: me gusta, no desde siempre, pero me gusta.

Los domingos de mi infancia amanecían con tangos y milongas, y yo los detestaba. Hice cuanto pude por despegarme de ese lastre que, según yo, me querían imponer a la fuerza. Me reía de algunas letras para molestar a mis viejos, que hacían lo propio con las de Sui Generis, y así todo iba perfectamente, cada generación con lo suyo y nada en común.
Prescindí del tango hasta los treinta, más o menos, hasta la Década Infame II. En tiempos del uno a uno me fui a Brasil, y antes del viaje pasé por Florida y me compré una remera con la cara de Gardel. No necesité pensar por qué lo hacía.
En el tiempo que va desde que odiaba el tango hasta el día que compré la remera, habían pasado algunas cosas, aunque en ese momento no me diera cuenta. Había crecido, Baglietto había empezado con tangos y folclore viejo, yo había empezado a pensar y a sentir este país de otra forma, hasta el Diego reconocía que le gustaba esa música, y descubrí a Goyeneche y a otros de esos tremendos corazones, y todo encajaba armoniosamente.

Mi banda es Pink Floyd, me crié con Serrat y con Charly, etcétera; nací cuando ya a la Mireya nadie le formaba rueda pa’ verla bailar, y el lenguaje está cambiando siempre, como el mundo, y ahora le pusimos muchos términos cibernéticos. Sin embargo se me transparentan cada vez más los bandoneones y Homero Manzi, y no me suena para nada mal decir que un soft es berreta, me sale decirle berreta y no otra cosa.
Creo que somos, todos nosotros, inexorablemente tangueros aunque no lo llevemos en ningún iPod. Ni falta que nos hace.

Por eso entiendo que a estos chicos medio se le quemen los papeles cuando digo cosas como si hubiera vivido esa otra época, y sospecho que a ellos les irá pasando lo mismo: un día se sorprenderán silbando una melodía distinta o leerán algo que les entrará por el pecho sin esfuerzo, como por un camino natural, y lo reconocerán como propio aunque a palabras conocidas como “cana” y “reo” le agregue otras no tan conocidas como “shusheta” y “mishiadura”.
Será gracioso para mí (y penoso para ellos pero por un tiempo, nomás) que los inevitables tarambanas que tendrán alrededor les pregunten si iban a las milongas esas, o si lo conocieron al Polaco.




Muchas gracias a todos los que contestaron algunas preguntas sobre el particular. Forman parte de un trabajo más largo sobre la misma idea, y me han sido de gran utilidad.

domingo, enero 14, 2007

Que lo parió


Lo veníamos temiendo desde hace algún tiempo: Fontanarrosa está enfermo y justo le tocó una enfermedad que afecta su inmensa capacidad de ilustrador. Hoy, en la revista Viva, apareció una carta del Negro anunciando que finalmente la mano derecha claudicó, y que van a dibujarlo Crist y otros. Me imagino lo que debe sentir un dibujante cuando le pasa algo así, y no necesito imaginarme lo que sienten los que lo admiran desde hace tanto tiempo.

Conociéndolo, es casi seguro que haya intentado dibujar hasta con las patas, pero se ve que es patadura como todos los Canallas. Así que habrá que resignarse a que ya hemos visto los últimos Inodoros dibujados por su creador, y sumarnos con justicia a la frase del Mendieta.

miércoles, enero 10, 2007

No legalicen la infidelidad

Ahora, que teníamos el proyecto abrochado, que finalmente habíamos redondeado la idea y habíamos podido transmitirla con la claridad necesaria; ahora que por fin lo había aceptado mi pareja actual, justo ahora, ya no sé si quiero que me dejen ser infiel.

Después de años de juntar argumentos en contra de la fidelidad, de hablar hasta por los codos de la utopía de la monogamia, de proclamar que ir en contra de la naturaleza es suicida, después de todo eso me agarran las dudas.
Después de convencer: a los cultos con historias de Grecia, a los formales con la posibilidad de diversión, a los conservadores con la promesa de que no sería obligatorio, y a los creyentes con los ejemplos nefastos de la abstinencia, ahora comprendo que estábamos equivocados.

Desempolvamos esa vieja teoría que se llamó “la nueva fidelidad” y cuyos principios básicos eran Libertad y Sinceridad, y que tenía bastante que ver con lo que nosotros impulsábamos hasta ayer mismo, aunque esa palabra, Sinceridad, expuesta así, en forma tan impúdica, nos hacía imaginar a los integrantes de la pareja contándose qué habían hecho y con quién, y no nos cerraba. Lo nuestro era otra cosa: enaltecíamos el respeto por el otro, pero más bien desde el “ojos que no ven, pero saben”.

Lo que prometíamos era vedarnos las aventuras con gente conocida y en lugares conocidos; garantizábamos la prohibición de usar el lecho conyugal para los encuentros, jurábamos inmunidad para los familiares y por sobre todo abolíamos cualquier tipo de interrogatorio.

Queríamos dar rienda suelta a nuestros instintos, pero aspirábamos a la comprensión y aprobación de la sociedad toda, y en nuestro fuero íntimo soñábamos con que el ejemplo cundiera y suponíamos que el incremento de actividad sexual nos beneficiaría a todos. Y, al haber más gente probando nuevas experiencias, sería más fácil evitar los casos que mencionábamos antes: nada de mirar con ganas a la cuñada, para qué, si el río abundaría en peces. Queríamos descriminalizar la infidelidad.
Estábamos tan equivocados.

Ahora, que el Proyecto cuenta con media sanción en la Cámara Baja, que los diarios hablan de esta verdadera revolución cultural, ahora que había ajustado mi agenda para festejar con todas mis amantes, me doy cuenta de que hemos aniquilado el componente principal: el sabor de lo prohibido.

Ya no será peligroso quedarse después de hora con la secretaria nueva, ya será legal que salgamos con otras mujeres, ya no necesitaremos inventar partiditos de fútbol y ellas de paddle. Ya nunca nos provocará vértigo percibir en nuestra ropa un perfume delator.
Habremos por fin reconocido nuestra naturaleza juguetona y sensual, nuestra imperiosa necesidad de seducir y ser seducidos constantemente, nuestras urgencias hormonales y nuestros deseos de probar todo lo que se pueda antes del fin.

Habremos reconocido todo eso, pero también habremos clausurado definitivamente nuestra producción de adrenalina, de sudor frío y de saliva espesa, habremos sepultado nuestra capacidad inventiva y de asombro, habremos perdido el miedo en definitiva, y con él nuestras mejores posibilidades de supervivencia.

sábado, enero 06, 2007

Los potables

(Fragmento)

El plan era bastante simple, según el Rengo. Y así no le hinchaban las bolas con que los funcionarios son simplemente un producto de la sociedad, y como la sociedad está enferma etcétera, porque así no vamos a ningún lado. Eso lo apoyó el tano Citracca y le agregó que también los que empezaban quejándose de la pesada herencia recibida, mejor se iban a la casa: si no tiene idea de cómo resolver los quilombos, señor, mejor se queda mirando la televisión y Anita dijo eso, eso, y no viene a seguir postergándonos a los que queremos etcétera, que del potencial ya estamos hasta acá, a ver si hacemos algo, che, dijo la Cordobesa.
El Rengo explicó que a la población de funcionarios (entendiendo por funcionarios a todos los que de alguna forma trabajaran para el estado; quien más quien menos, toda la caterva de aspirantes a puestos intermedios no necesariamente políticos, tipos llenos de buenas intenciones y con un potencial pero cuando dijo un potencial la Cordobesa abrió la boca y entonces dijo ideas, ganas, che, lo que en definitiva hace falta para que empecemos a cambiar en serio. Bueno, todos esos y los políticos, claro, aunque el plan del Rengo prescindía de los últimos: los políticos de carrera iban a decantar solos un poco más adelante, siempre según el Rengo, que tenía la palabra por un rato, antes de que Citracca se aburriera y empezara a joder con la revolución), a la población de funcionarios sin aspiraciones a diputados y por ende potables para el Plan no le hacía ni fu ni fa lo que pasaba en la sociedad, porque los tipos entraban para quedarse, duraban un montón de años, toda la vida a veces. El problema era que, si bien se desintoxicaban de los vicios que pudieran traer de la sociedad y mantenían las ganas de hacer, empezaban a caer en las redes de los políticos más o menos de la siguiente manera (Citracca bostezó, y el Rengo supo que tenía que apurarse): se convencían unos a otros de que “para hacer” era necesario el aparato político, que incluía a los sindicatos y los gremios, y (entiéndase) al peronismo sí o sí porque de esos no zafás. Anita la peronista amagó a decir algo, pero Julio el carnicero puteó a Perón como hacía siempre que podía y entonces Anita se quedó en el molde, y el Rengo pudo seguir.
Por la ventana rota de la verdulería empezaba a colarse un viento frío y entonces el chico de Citracca se trepó a dos cajones de manzanas para acomodar una tabla.
- Porque si no caemos siempre en la misma trampa, la “huella mental” como dice Sábato: hay que pensarlo distinto porque esta sociedad así no va a cambiar ni en tres siglos, ya lo sabemos, no somos de participar, nos gusta un papá para después quejarnos, o nos adaptamos al “Roba, pero hace”, en fin… Y los políticos que ya están adentro, menos. Yo ni contaría con esos, por lo menos por ahora. Ese pibe se va a matar, Tano…
- Bajate de ahí, pelotudo – le dijo Citracca al hijo, que se descolgó en el acto dejando la tablita más o menos funcional pero torcida.
- Entonces – siguió el Rengo – olvidate de los políticos de cartón y de la sociedad indiferente: lo que te quedan son los potables, los que por ahora no saben cómo canalizar las inquietudes sin que los chupe el aparato.
- ¿Hago mate? – dijo la Cordobesa en voz baja y Anita dijo sí con la cabeza y le pasó todos los elementos.
- Y por supuesto que trabajaríamos sin presupuesto, lo que importa es que no se apague esa llamita y que no se la fagociten los piolas de siempre. Hablo de las ciento de Secretarías y botonerías intermedias, de las Direcciones llenas de pibes profesionales o no, pero con la cabecita bien puesta por un tiempo, y pensando en la sociedad, pensando tanto en la sociedad que al rato la tienen que poner en una hojita cuadriculada para los políticos parásitos y ahí dejan de entenderla, y entonces tienen que recurrir a los políticos hijos de mil putas para que se la expliquen. Hay que agarrarlos antes de que les pase eso, los que hacemos política desde afuera, desde esta verdulería, desde cualquier lado, tenemos que juntarnos de alguna forma con los potables, porque nosotros somos la otra pata de los potables.
- Tomá el mate, Rengo -dijo el pibe de Citracca.
- ¿Cómo “Rengo”, che?
- Dejalo, este pibe me encanta – el Rengo le acarició la cabeza a Carlitos – Hablo, ustedes saben, de los que entendemos que todo acto del hombre es político, y entonces que se metan los Ateneos y las Marchitas en el orto, que no me vengan a afiliar para salvarse en esta vida cortita, si yo ya entendí que al país hay que pensarlo a la larga, ni siquiera para Carlitos, para los nietos de Carlitos puede ser…
- Eh, che, a mí me gustaría verlo también.
- Nosotros apenas si vamos a ver el comienzo. Tenemos que juntarnos con gente como Silvana, que está fresca, tenemos que juntarnos y sacarle la hojita cuadriculada antes de que vaya a preguntarle a un diputado. Tenemos que darle aire y que ella nos dé aire también, que lleve las cosas que pensamos y se las plante en los escritorios de los que laburan con ella. Que los pibes que están dudando entre aceptar lo que les ofrece el mafia del Sindicato o seguir en el llano, se queden en el llano. Que se queden porque vean que puede haber otro camino, que le muestren los dientes a los mafiosos, que se salgan de la huella mental.
- Bueno, ahora sí largá el mate.
- Yo creo – dijo la Cordobesa – que lo más probable es que te digan que entres a un partido político o que hagas una oenegé, o que a gatas nos tomen alguna idea si les parece buena y se la terminen presentando a una diput…
- No, pero no lo pienses así. No te olvides que el objet…
- ¿Y no será – dijo Anita – que vos lo que querés es salvar a la tal Silvana del escarnio a que la someteremos cuando final e inexorablemente se termine postulando a senadora?
- Acá las chicas – intervino el Tano – ya lo están haciendo muy personal. Yo entiendo la idea del Rengo, que tiene que ver con la grandeza, con Nietzsche, con…
- Con la pija, tiene que ver – dijo la Cordobesa y la abrazó a Anita y hasta Julio se rió, aunque enseguida miraron a Carlitos - . Vos no escuches, nene.
- Esto no es nada definitivo, apenas son ideas sueltas, pero la gente no participa porque invariablemente le meten el dedo en el orto.
- Che, está Carlitos…
- Pero si yo te entiendo – dijo Anita – : vos querés usar la fuerza y los recursos de los potables de adentro como disparador social, para que los potables de afuera se enganchen y entre todos le hagan pito catalán al aparato político inmundo y a la sociedad inerte.
- Qué claridad, linda – dijo Julio
- Gracias, mi amor.
- Mejor que siga exponiendo Ana, ¿no? – dijo la Cordobesa.
- Che, qué frío está haciendo.
- Lo verdaderamente complicado – dijo el Rengo – es armar el nexo, el canal que nos permita llegar a los potables sin interferencias. Y eso no es fácil, porque nadie sabe quiénes son en definitiva.
- Los políticos sí saben…
- Claro que lo saben. Ellos sí, y andan a la pesca de los mejores.
- Yo me acuerdo – dijo Julio – cuando andaba en las marchas de los Deudores, por el quilombo del 2001. Andábamos por el Congreso, por el Anexo, todos los miércoles durante dos meses. Apenas dos meses y apareció entre nosotros el secretario de no sé qué diputado por Tucumán, y enseguida nos metió en el Anexo. Hacíamos las reuniones en el despacho del diputado, y el secretario éste nos conseguía al toque reuniones con Gioja, con Zamora. Un llamado telefónico y estábamos con los tipos. Y enseguida aprendimos el chamuyo que nos convenía…
- ¿Qué tiene que ver…?
- Perá: les decíamos a los políticos que teníamos 7000, 10000 tipos atrás, que se los estábamos conteniendo para que no los caguen a trompadas. Y nos daban bola, Rengo, nos atendían, fuimos a la tele. Yo entraba con uno que se llamaba Alcides y otro Pettinaro. Empezamos a ir casi todos los días, no sólo los miércoles. A la semana ya nos saludaban en el Anexo, algunos.
- Mate.
- Dale con el mate.
- Lo que quiero decir es que nos gustaba eso de ir y decir “Nos espera el diputado”, y esas cosas. Alcides enseguida se la creyó, empezó a hablar en la jerga, “la mesa chica” y todo eso. Y Pettinaro se enganchó con el diputado de Tucumán. Nos deglutieron en un mes.
- Sí, y a la salida del Congreso ya te sentías un poco más que tus compañeros de marcha, ¿no?
- Exacto. Los miraba y pensaba “es que no entienden cómo son las cosas”. Lo que quiero decir en definitiva es que puedo entender la cornisa por la que caminan los potables. Y no se dan cuenta, van mimetizándose tan sutilmente que no se dan cuenta. Y cuando se quieren acordar, o cuando en la propia familia los putean, se encuentran pensando también que los otros son los que no entienden.
- Que claridad, mi amor.
- Gracias, Anita, cosita peronista.
- ¿Quieren pasar al reservado, che?
- Yo tengo una idea muchísimo mejor – dijo el tano Citracca.
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lunes, enero 01, 2007

Cuarenta y cuatro

Trastornado, empapado, sofocado, malhumorado, picado por los mosquitos, sediento, dudando del desodorante, embotado, mal dormido, con ganas de irse a la mierda, Gómez llegó a su trabajo en “TonyTur”.
Le encargaron el texto para un folleto sobre el Perito Moreno. Las fotos ya estaban.



Del aire acondicionado salía un airecito tibio y Gómez tuvo que ir a comprobar que estaba al máximo para indignarse de veras, adónde carajo estamos, en Buenos Aires o en el Sahara, a la final. Fue a lavarse la cara por tercera vez, sacó una Coca casi congelada de la heladera y se puso a mirar las fotos del glaciar.
Empezó a escribir el texto. Un gota de sudor cayó sobre el teclado.

Esta excursión es una de las más impactantes de toda la Patagonia. Al comenzar el trayecto usted irá bordeando la Bahía Redonda del Lago Argentino y tendrá la oportunidad de ver la Isla Solitaria. Recorrerá la estepa patagónica con su hábitat natural de especies tales como guanacos, ñandúes, zorros, etc.

Vio que la Coca se le había calentado y quiso apurarse a tomarla, pero como no hay nada más feo que una Coca caliente la dejó con una mueca. El aire acondicionado hizo un ruido cómico (Ka-krunk-krip-krip) y dejó de funcionar. Gómez lo miró con la boca abierta hasta que una gota salada le cayó de la ceja al ojo.
Volvió al teclado con resignación, pero un poco sacado.

El glaciar Perito Moreno es una hermosura, señora, pero sobre todo está muy lejos. Y es una suerte porque en esta puta ciudad duraría lo que una billetera en la Isla Maciel. Usted puede ir hasta el Parque Nacional y disfrutarlo, y yo me iría con usted con todo gusto a ver si deja de traspirarme por un rato la entrepierna. Vivo en Villa Crespo, señora, y el sábado 31 de diciembre (¡31 de diciembre!) me tuvieron 11 horas (¡¡once horas!!) sin luz, me sudaban las uñas, señora, me insolé en el living, mi hija se bañó con el agua mineral que teníamos en la heladera y la tuve que fajar, señora, le pegué como quien ajusticia a un asesino serial. El Perito Moreno es apto para caminatas, le sale unos 150 mangos y usted se sube y va. Lo que no le recomiendo es que se haga la caminata de 8 cuadras con 44 de sensación térmica que me hice yo hasta la YPF, señora, porque le puede pasar que no tengan más bebidas frías ni Rolitos y usted puede venirse loca. El hotel tiene calefacción, claro, y usted va a estar lo más chota. Yo espero sinceramente que se le descomponga y se congele el culo, vieja de mierda, qué me viene a hablar de glaciares con esta calor.

Gómez sintió que algo se hinchaba de pronto y reventaba (¡Klump!) como había reventado el aire acondicionado, pero adentro de su cabeza y su último pensamiento fue que era muy injusto, era grotesco que le diera un ataque por el calor y la rabieta, y que se muriera estrujando la foto del Perito Moreno con la mano transpirada.

domingo, diciembre 31, 2006

Gerez

o El íncreible poder de la palabra (de Kirchner)

Detesto coincidir en cualquier cosa con el PRO, pero ¡qué raro lo de Gerez!
Y para peor, algunas explicaciones que quieren darle contribuyen a aumentar las dudas. No pudieron mantener la bocota cerrada y dar gracias al cielo por la aparición con vida de Gerez (mientras López sigue desaparecido hace 100 días y cada vez parece más lejano que lo encuentren alguna vez): en lugar de eso, desde el gobierno salieron a decir que fue el discurso de NeKi el que hizo que lo soltaran. Mirá vos, reíte de los gallos de NeKi cuando habla: te convence a un salmón de que mejor vaya para el otro lado.
Todo raro, todo burdo, todos interpretando lo que se les canta el orto. Como los que hablaron de simulacro de fusilamiento porque Gerez dijo que lo habían "matado 30.000 veces", y en realidad se refería a los desaparecidos.
El gobierno le apunta a Patti; Patti le apunta al gobierno, y se la hacen fácil. El jefe de gabinete Alberto Fernández se hace el Sherlock y manda: «Hay un principio rector de la novela policial que dice 'dime quién se beneficia con el crimen y te diré quién es el asesino'», supuestamente por Patti.
Pero como lo que pasa no es una historieta del pinguino NeKi (aunque parece, por lo simplón de algunos personajes), resulta que ese mismo "principio rector" se le puede aplicar al gobierno. ¿Quién se benefició, en definitiva? Hasta que no aparezcan los culpables del secuestro (entre paréntesis: si fue tan grosso el operativo en Escobar, ¿cómo mierda lo sacaron a Gerez y lo llevaron a Garín?) no me parece conveniente que ya lo estén acusando a Patti. Patti es un torturador, sí, y está siendo juzgado. Pero podrían esperar a tener agarrado a alguno para hablar, no me hacen sentir muy seguro haciéndose los pesados y jetoniando a lo matón de unidad básica.

En fin, si entre los inútiles de Arslanián, la bonaerense y los servicios, no agarran a nadie, ahora tenermos el recurso de que les hable Kirchner y los convenza de que se entreguen. Y eso no la hacía ni el pinguino de la historieta de mierda esa.

viernes, diciembre 29, 2006

Glíglico (*)

Querido herflico Raúl:
Soy un gaucho entonecido, hijo de esta tierra grala.
Me serelo ante la catricidad, pero no ando flegonando el mapuquete, que no es de garto enclero andar arsubiando la galemba. Nunca me han visto regelar el plonto ni ante las serticiones más deleras; antes bien, cualquiera puede nuciar las veces que he adelido por otros, y me he jugado las tarrecas en telembranzas guateras. Pero hay serticiones que me dejan yuvo, como la que usté me grimerea. Que mi reña me esté catriendo con un jurco nerbolado, me trica de renteza. Que me derme así, sin flasia, me concalena los esbiombos de tarleza.
Vaya nomás, desviolingue la pelca, y flúrese. Yo me he de empirtar solo, no me peñice la galta ni me bionga el terefleto. Que no es lomoro tibliar carrujas, y cubó menos olista en ferfo teñero, que piscata machungue en sersa trijonera.
Así jurbiamos los entonecidos, hijos de esta tierra grala.
Buenas tergas.


(*) Lenguaje creado por
Julio Cortázar y presente en su novela Rayuela.
Comienzo del capítulo 68 de Rayuela
"Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. ..."

lunes, diciembre 25, 2006

La Guerra de un Día

por "Sultán"

Todavía hay escaramuzas en los alrededores, pero mi experiencia me indica que son solamente eso, escaramuzas: la Guerra de un Día ha finalizado.
Ahora que soy casi un anciano (cumplo 11 años en agosto) puedo reconocerla y hasta preverla con bastante exactitud. Sé que unos cuantos días antes de la Guerra se producirán algunos cambios en los humanos de la casa. Hay un nerviosismo patente, que se va incrementando ante la inminencia de la conflagración; hay muchos llamados telefónicos, hay acopio de comida, hay escondimiento de paquetes secretos que luego se entregan unos a otros en el momento en que la Guerra está en su apogeo.
Sobre este punto aún no he podido aclararme lo suficiente, porque no me explico cuál puede ser el sentido de tan incoherente accionar, salvo que sean órdenes importantes para el caso de que alguno fallezca, pero no veo por qué lo hacen en el preciso instante en que todos deberíamos ponernos a cubierto.

Supongo que es una más de las incoherencias que provoca la Guerra de un Día, como la de aceptar refugiados que en general no son bienvenidos. La madre de mi ama, por ejemplo, provoca siempre un pésimo humor en el amo (y ahora no es la excepción), y sin embargo la cobijan durante el conflicto a cambio de unas fuentes de comida y otros de los paquetes secretos.
Durante todo el episodio, creo que para darse valor, ingieren líquidos variados sin solución de continuidad, hasta que el paroxismo bélico los enloquece y empiezan a golpearse las copas unos a otros y a besarse como poseídos, además de entregarse por fin los paquetes. Supongo que todo es parte de una despedida ante la posibilidad de la muerte, pues toda esa ceremonia coincide con el Gran Ataque del enemigo y la munición gruesa.

Hemos tenido mucha suerte durante todos estos años, pues no han matado a nadie. El tío del amo intentó suicidarse cobardemente una vez, encajándose un corchazo en el ojo izquierdo. Fue severamente amonestado y no le permitieron acercarse a las botellas durante el resto de esa guerra. Salvo ese inconveniente, nunca hemos tenido que lamentar heridos, salvo los tradicionales vómitos de la nonna, que sólo en esa ocasión abandona la dieta de puré Cheff, y parece que le hace mal.

Luego del fuego a granel, y siempre que estemos todos ilesos, se produce el alivio general. A veces llegan algunos vecinos a comprobar que estemos bien y entonces vuelven a abrir botellas para los recién llegados y les ofrecen el Pan de la Tregua, que casi siempre es rechazado porque ya han venido aceptando treguas por otras casas. En ocasiones algún vecino que acepta el Pan, luego tiene que acompañar a la nonna en sus regurgitaciones, y eso no es bien visto porque la nonna merece cierta exclusividad y cada uno (dice el amo) debería hacer sus ofrendas de Paz en su propia casa, que joder.

Con el correr de los años he suavizado mis alertas para esta fecha. Antes me desgañitaba ladrando y corría hasta que se me acalambraban las cuatro patas. El cuñado del amo invariablemente me pateaba y la esposa intentaba sobornarme con una pata de pollo. Ahora apenas si chumbo un rato, pero más que nada para que sepa el enemigo que en esta casa no estamos indefensos. Evito de esta manera las patadas del cretino y de todas formas la mujer me sigue tirando algo del pollo que prepara mi ama: es evidente que detesta el pollo, porque jamás me ha revoleado el vittel toné, por ejemplo.

De modo que espero a que todo se calme mientras voy lamiendo del suelo todo el líquido que derraman, pues he comprobado que me ayuda a dormir, aunque a veces tengo sueños extraños. Necesito descansar bien, porque en una semana exacta sé que vendrá la contraofensiva, con la variante de que no habrá intercambio de paquetes y de que la nonna cambiará los vómitos por una diarrea impresionante.

jueves, diciembre 21, 2006

Encuestame que me gusta




Una que no quiero nombrar, pero que aparece sólo para ésto, me mandó otra de esas encuestas sobre muchas cosas, que te dejan con la sensación de haber aprobado un examen porque te dejaste tocar.

Porque las respuestas las sabés, y eso ya de movida es un alivio, pero invariablemente hay preguntas sobre sexo, amor, u otras cosas igualmente horribles. Y como venís entusiasmado contestando, sos capaz de confesar que debutaste a los 4 años con una muñequita que hiciste con Plastilina y que se parecía un poco al Hada Patricia.

Esa mezcla fatal de sordidez y de cosa trivial hace que inmediatamente a continuación de responder cuál es tu color favorito (¡Azul!, escribe el encuestado, y se pone de buen humor como un salame), te sientas en la obligación de ser sincero, para especificar en la siguiente respuesta que hace 7 meses que no tocás una teta.

Es que en el revoltijo temático apelan astutamente a desarmarte haciéndote nombrar cosas que te gustan, para después ensartarte como Chirino a Moreira.
A ver si nos entendemos: a nadie le importa cuál es tu comida predilecta, lo que nos interesa saber es si estás trincando con alguien de otro blog.

Y eso de que las encuestas fortalecen las amistades que se lo cuenten a otro. Mirá si Starsky iba a andar pensando qué puso Hutch en la encuesta para ver si le cubría la espalda o no. Hice como diez de esas encuestas y mis amigos se siguen equivocando con mi postre favorito, y está muy bien que así sea: quiere decir que les importan otras cosas de mí.

Vagos para leer como somos, hacemos votos para que las próximas encuestas vayan directamente al grano y pregunten lo que de verdad importa. Nada de andarse por las ramas para terminar averiguando por la frecuencia intestinal del vecino.

Apelando al sistema “Una de cal y una de arena”, podríamos aprovechar las encuestas para despertar algunas conciencias con preguntas intercaladas de este estilo:

1. ¿Pensás que los políticos son corruptos?
2. ¿Y los que se cuelgan del cable como vos?


Otro ejemplo:

17. ¿Darías la vida por un amigo?
18. ¿Y por qué no lo ayudaste con la mudanza, que era mucho menos, pedazo de hipócrita?

Y así sucesivamente, cuidando de no exagerar porque tampoco queremos que el encuestado se suicide, ni tampoco que nos olvide olímpicamente para las Navidades o para la próxima encuesta, cuando, con un poco de suerte, habremos enganchado algo y podremos por fin responder con orgullo que sí, que la hemos colocado recientemente.

lunes, diciembre 18, 2006

Una receta para Simón (Parte Final)

- Fue tan lindo, Simón.
- ¿Y que soñaste?
Pero ella se rió y arrancó con Aznavour la canción que seguía y él se le unió sin taparla para nada y ella pronunciaba muy bien el francés y era gracioso oírla con su voz menuda y su entonación perfecta.
El sol empezó a calentar temprano y Marta vio por la ventana a un casal de torcazas bañándose en el bebedero del jardín, y se lo mostró a Simón.
- ¿No tenés hambre, piba? – dijo él a su lado.
- Casi nada.
- Yo sí tengo. Anoche no tenía, qué sé yo.
- Estabas preocupado, amor.
- Sí, y estaba solo. No me gusta comer solo.
- Voy a empezar enseguida con el almuerzo.
- Estaría bueno.
Marta dijo que necesitaba hacer unas compras y que iría sola; Simón podía aprovechar para arreglar el buzón en lugar de querer acompañarla como a una nena. Dijo que se sentía bien, en serio, y que quería darle una sorpresa con la comida. Así que Simón tuvo que quedarse y ponerse a trabajar en el buzón desvencijado.
Se conformó pensando que comería algo más temprano que de costumbre, pero cuando pasó media hora larga desde que Marta volviera, Simón empezó a rondar la cocina y no reconoció ni el aroma ni los preparativos que hacía su esposa. Ella lo miraba de vez en cuando y advertía el aire interrogante de Simón, pero había códigos acerca de las sorpresas gastronómicas y los respetaban. En todo caso, luego de probar la comida, Simón podría hacer las preguntas que quisiera. Cuando pasó una hora, supo que en realidad iba a comer más tarde que nunca, pero decidió no hacer ningún reclamo; al fin y al cabo su mujer se veía mejor, y le estaba preparando algo especial. Lo que más le molestaba, en realidad, era no poder dilucidar qué se estaba gestando en su cocina, y la curiosidad lo hacía sentir directamente famélico. Era una mezcla de olores penetrantes, embriagadores por momentos; Simón reconoció el vino blanco y el comino, y le pareció que flotaba el perfume de algo dulce también, batatas o zapallo azucarado. Y no podía descifrar mucho más que eso: una mezcla nueva, algo denso pero que confundía el sentido con toques sutiles de apariencia inocente. Una especie de juego delicioso, sin duda. Sintió la boca llena de saliva y un extraño bienestar del cuerpo, una liviandad no exenta de cierta carga nerviosa, como si se hubiera desperezado largamente.
Por fin, Marta apagó las hornallas y dijo que en quince minutos estaría listo, luego de reposar. Simón dejó el grisín y el libro con los que estaba distrayéndose y fue a sentarse a la mesa como si Marta le hubiera indicado eso. Ella lo acompañó, divertida, y le preguntó si tenía apetito.
- Sí. - dijo él - Lleva su tiempo esa cosa, ¿no?
- Sí – dijo ella, y su sonrisa se amplió –. Querido, fuiste muy dulce con tus cuidados, no quise preocuparte. Pero el médico no era necesario, yo lo sabía.
- No puede saberse, Marta. Hay que hacer esos estudios…
- No me parece. En serio, Simón. Vas a ver que después de comer voy a sentirme muy bien. Y vos también…espero.
- Yo seguro que voy a sentirme bien, estoy muerto de hambre, piba.
- Pero vamos a comer livianito, pá.
- Bueno – dijo él, y se sintió invadido por una gran ternura. Ella volvió a tomarle las manos como en el desayuno y a él le pareció más linda que nunca. Tal vez fuera la luz, o la voz aniñada, o esos olores incitantes que venían envolviéndolo hacía dos horas. - ¿Y qué soñaste?
Pero ella volvió a reír al irse a la cocina, aunque dijo “ahora te cuento” mientras se alejaba.
El plato en cuestión no le despertaba mucha confianza a Simón, sobre todo cuando Marta le dijo el nombre larguísimo que tenía. Olía en forma extraña, y era una porción raquítica con un nombre pretencioso.
Pero en cuanto lo probó era delicioso, y sintió un calor reconfortante, más en el pecho que en el estómago. Y no se advertían picantes, de modo que el calor era de la pura cocción, de la carne que se le deshacía en la boca como un caramelo recio, de la mezcla de las hierbas amargas y de las dulces y del fondo profundo y rojo que todo eso tenía, una especie de fuego intrínseco que a Simón le hacía arder las orejas. Y al rato notó que tenía los pies calientes y que su porción había disminuido drásticamente. Y que ninguno de los dos había hablado.
- Es muy interesante – dijo Simón-. El nombre ese…
- “La pasión de tu pecho te encenderá los pies para que corras hacia mí”.
- Sí. Bueno, pareciera que el calor se me fue del pecho a los pies.
- ¿En serio? – dijo Marta con interés.
- ¿A vos no?
- A mí no…pero es lo correcto – dijo ella enigmáticamente. – Se supone que con las mujeres tiene un efecto distinto.
- Pero te sentís bien…
- Muy bien. El sueño de anoche… - Y antes de contarle el sueño le dijo que al principio no sabía por qué se había sentido triste y desganada, y sin apetito. Pero que la sensación era de pérdida, como acordarse de una fogata cuando se tiene frío, o mejor, como si se añorara la fogata desde una sala entibiada a gas, pero a la que le faltaran el crepitar de los leños y el perfume de las resinas. Simón iba comiendo muy lentamente lo que quedaba en su plato, y Marta le contaba cómo había recordado cosas, y no olvidó mencionar esa frase venenosa que habla de la comida y el sexo de los viejos, y luego sin dolor ni transición le hablaba de cosas de la juventud y él sentía que algunos de sus músculos vibraban. Ella probaba un bocado de vez en cuando, pero parecía que lo hacía más para incitarlo a que él comiera que por su propio apetito. Y finalmente ella le habló del sueño, y de cómo se habían amado en él después de comer muy poco, porque habían reemplazado las delicias de los platos por besos amarillos y después naranjas, y además el amor de ellos estaba intacto, sólo había que saber soplar el rescoldo para que se transformara otra vez en brasas. Y le contó de recetas que guardaba, como ésta del nombre larguísimo que era más largo aún de lo que ella le había dicho.

Y cuando a Simón finalmente el calor lo abrasó donde debía la hizo levantar de la silla dulcemente, pero con urgencia y el calor de él llegó hasta ella y casi completaron a dúo el nombre de la comida, que incluía la palabra sexo y no olvidaba la palabra amor.
Fin