La calidad de imagen y sonido (y el público a destiempo) no son de lo mejor. Pero resistí la tentación de ver otros: prefiero sorprenderme el 14 de diciembre en la Bombonera.
Igual, va a ser difícil escuchar en silencio, me parece.
jueves, agosto 30, 2007
Joaquín Sabina y Joan Manuel Serrat
sábado, agosto 25, 2007
Putas

Sobre la magra cifra de las no profesionales no abundaré en detalles: básteme decir que he ganado y perdido parejamente, y que no está tan mal si se lo mira con cierta esperanza de futuro venturoso.
Pero el revival pasó rápida y astutamente por los amores finiquitados y me dejó, en cambio, regocijarme justamente con algunos efímeros pero intensos contactos con chicas de la vida. Casos un tanto fuera de lo común.
Recordé, por ejemplo, a Betania, una puta que ejercía (y espero que lo siga haciendo) en el barrio Pelourinho de Bahía: hablo de muchos años atrás, cuando no estaba lleno de policías, ni arregladito a expensas del patrimonio de la Humanidad, y a Michael Jackson no se le hubiera ocurrido jamás poner uno de sus delicados pies en esa especie de Babilonia morena. Hablo de cuando había que ser guapos para pernoctar en el hotel Colón y convivir con las ratas de la habitación, y dejar la puerta abierta para que las artesanas francesas o los suecos que hacían música afro (¿en Suecia?) y se drogaban mucho, entraran cuando quisieran. En realidad, creo que nadie cerraba las puertas de las habitaciones: le teníamos mucha más desconfianza al gordo y negro conserje que todo el día cambiaba dinero o compraba oro a personajes más atemorizantes que él, lo cual era decir bastante.
Pero volviendo a Betania: el Peló era en sí un mercado. Apenas pisabas el empedrado te ofrecían artesanías, droga, cambio, amuletos de Iemanjá, acarajés con langostinos…y sexo. Nosotros éramos cuatro, en dos habitaciones, y una noche llevamos a Jacqueline y Betania, con la sana intención de compartir entre amigos. No recuerdo exactamente qué suerte corrió Jacqueline, pero Betania y yo fuimos inseparables. Cuando terminamos mi cajita de tres profilácticos (insisto: hablo de muchos años atrás, y además no hay nada más excitante que una puta excitada), ella sacó otra cajita, y seguimos hasta el amanecer y rehusé la idea de Betania de volver a enrollar alguno de los forros porque estaba exhausto, no porque me faltaran ganas.
Cuando tuve que pagarle ella no tenía cambio, y se ofreció a traérmelo más tarde.
Y esta es realmente la parte interesante del relato: no sólo volvió como a las 10 de la mañana con el vuelto, que yo daba lógicamente por perdido, sino que lo hizo acompañada de varias colegas. Me invitaron a desayunar (recuerdo que aún desconfiaba y que pensé: “Ah…ya sé quién va a pagar el desayuno de todos…”) y fuimos a la Cantina da Lua en alegre grupo, total el cambio me favorecía y las chicas parecían buenas.
Y allí, en el centro mismo de Pelourinho, en la parte exterior de la Cantina da Lua, desayuné con siete u ocho putas, ante la mirada entre atónita y temerosa de turistas y lugareños, porque las chicas resultaron buenas pero un tanto escandalosas.
Y pagaron todo ellas, y no me permitieron que las invitara ni que las tocara ni un poco, aunque creo que esto último era por respeto a Betania, que me tenía dulcemente tomado de la mano.
El otro caso digno de mención es el de Gimena, de la época en que vivía solo en Belgrano y estas chicas, para mi mal, aceptaban Visa y así me sumergí en una deuda con la tarjeta con Veraz incluído de la que salí años después, cuando senté definitivamente cabeza o cuando mi ex esposa directamente me obligó a hacerlo, no recuerdo bien.
Gimena era una muñequita preciosa, bajita, morocha y delgada, de unos 20 años, con los mejores senos que he visto en mi vida, y también el primer tatuaje al final de la espina dorsal que vi, y no usaba bombacha. Lo primero que dijo fue: “¡Qué bueno que sos joven!”, dado que yo no llegaba a los 30 y las chicas eran Nivel Ejecutivo y debían estar acostumbradas a carcamanes adinerados bastante mayores. Claro: después vino el quilombo con Visa, etc., pero Gimena no tenía por qué saberlo.
El primer encuentro fue muy bueno, pero el segundo fue mejor.
Juro que había alegría en la carita de Gimena cuando bajé a abrirle por segunda vez, y que empezamos en el ascensor, y que entramos a mi departamento rodando por el piso, y que es mentira que las putas no dan besos de verdad.
Esa noche Gimena se olvidó del reloj, y hasta aceptó un whisky (ninguna tomó jamás nada que yo le ofreciera, ni agua de la canilla) y tomó un poco, pero terminó tirándoselo encima con hielo y todo, y alguien debiera decir alguna vez que el blend exacto no se obtiene de maltas escocesas, sino de una dura y enhiesta cola veinteañera.
Así que, a juzgar por cómo se manejó mi memoria, me veo en la necesidad de hacer un nuevo recuento y de incluir con alegría algunas verdaderas artistas del viejo oficio, aunque mi corazón vuelva a sangrar copiosamente al acordarme de Visa, otra puta pero de las malas.
martes, agosto 21, 2007
Colectividades
De un tiempo a esta parte, las empresas han optado por encender sólo algunas (o ninguna, como el 430, aunque en este caso es para que no se pueda comprobar el calamitoso estado de las unidades de 1947), en muchos casos mortecinos fanales de color azul o rojo, y tampoco todas las lámparas: más bien una sí, dos no. Lo que confiere al colectivo un aspecto de disco mal iluminada y peor musicalizada: el método que utilizan los micros de larga distancia para que te duermas y, si es posible, ni te pasan la película de Jean Claude Van Damme.
“Dormite, que el viaje se te pasa más rápido”, parece ser la consigna.
A mí se me pasa más rápido si puedo leer, y si me duermo puedo terminar en Claypole, y para los estudiantes puede ser fundamental para un último repaso al examen que van a dar en un rato, pero eso no lo tienen en cuenta.
Ponele que en los micros esté bien, y que seguramente vas a despertarte en la Terminal (en todas las terminales, en realidad) y que a lo mejor ni querías ver la película, y que en las largas distancias puede justificarse o priorizarse el descanso.
Pero hoy por hoy por, a la noche, resulta prácticamente imposible leer en los colectivos. Aficionados a la lectura descartan tenebrosos asientos vacios y se mantienen de pie junto al único asiento sobre el que pende una lamparita de 20 watts cagada por las moscas, lo que genera miradas desconfiadas por parte de la vieja ocupante del mismo, y apresuras agarradas de carteras y otros enseres.
Los aficionados a la lectura colectivesca hemos pasado a ser sospechosos, y además nuestras posibilidades de viajar sentados se han reducido un 75 porciento por esto de buscar los escasos asientos apenas iluminados. Esto afecta también a la vieja si el asiento es doble, porque si se desocupa el de al lado e, inmediatamente al acomodarnos, rebuscamos algo en el portafolios, es probable que la señora se asuste y cambie de asiento o por lo menos contemple con terror nuestros movimientos hasta que vea aparecer un simple libro, por ejemplo Sexus de Henry Miller (bueno, no es el mejor ejemplo: ahí seguro que se muda de asiento a toda velocidad)
En la última reunión del grupo (1), se trató el tema de la falta de luz, y de la casi exclusividad de Ricardo Montaner en un sitio que solía ser como un anexo de biblioteca popular. Estelita la Bomba Formoseña no es de leer mucho, pero se ofreció a darle charla y a convidar con mate dulce al conductor, en tanto el resto de los muchachos subiremos munidos de libros y pequeños faroles de noche, que en época invernal, se ocultan fácilmente bajo los abrigos.
Estelita (estamos seguros) convencerá rápidamente al chofer de que baje la musiquita, cuestión de poder hablarle de cosas más interesantes. En ese momento, casi simbólicamente, el autotransporte se verá invadido de luz, doblemente iluminado por los farolitos y por ejemplares de Borges, de Unamuno, algo de Ray Bradbury a exigencias del Pollo, y sonará brevemente en la voz del Guille una frase de los “Twist” que dice “Estudiantes, estudiantes a estudiar”, con lo que se alentará a los jóvenes a que saquen sus apuntes bajo la radiante iluminación de los 16 farolitos. Convertiremos a ese colectivo en un pozo de luz y sabiduría, incluso se armarán charlas debate en los asientos del medio a cargo de Miguelito Lezama, se analizará “Rayuela” de punta a punta, y los estudiantes deberán dejar sus conclusiones antes de que se les permita bajarse.
Es probable que la movida nos tome varias vueltas del mismo colectivo, pero Estelita ha estado practicando el arte de la oratoria y el baile del caño de colectivo, así que no prevemos un problema con el chofer, que seguirá vendiendo boletos, pero solamente al que porte al menos un diario. De lo contrario, que el despreciable sujeto espere el próximo bondi en tinieblas y no joda.
Sobre el final, entonaremos todos juntos “Dónde iremos a parar si se apaga Valderrama” y bajaremos con los faroles aún encendidos, y tal vez el Guille declame algo de Bécquer mientras el colectivo se aleja, ahora sí con todas las luces encendidas, e inexorablemente ganado para la causa.
Sobre este punto, Estelita ha sido explícita y aclaró que si le va la bocha, ella sigue con el colectivero hasta la terminal y no se baja nada.
(1) Ver otros asuntos candentes sobre el particular cliqueando en la etiqueta pertinente.
viernes, julio 27, 2007
Desembarco
Lo sabía porque mamá estaba distinta, y porque a veces la sorprendía mirándome con preocupación. Cuando la pescaba así yo le sonreía o le decía algo muy dulce, para que volviera a alegrarse, y entonces ella se sacudía como si tuviera frío o como si recién se despertara, y volvía a mirarme con la ternura de siempre. Mamá siempre se preocupaba, y yo también, cuando algo cambiaba y ella sabía que iba a tener que ponerme al tanto; tarde o temprano yo tenía que enterarme, porque así nos manejábamos en casa, no había secretos entre nosotros. Estábamos solos hacía mucho tiempo, ella y yo, y por eso teníamos ciertas complicidades que tal vez iba más allá de un vínculo entre madre viuda joven y su hijo chiquito cada vez más grande.
Porque cuando vos apareciste yo ya no era un nenito, y por eso justamente creí que podía hacerte frente. Justamente lo que después comprobé que no podía.
El término desembarco lo usó un día mamá hablando con la abuela, mientras le contaba que su amiga Mónica había comenzado a convivir con el novio, en casa de ella. A mi se me grabó la frase, porque me imaginaba al pobre hombre llegando con todo su equipaje. Y porque antes de eso seguramente se había producido como un viaje, una travesía durante la cual uno corre el riesgo de equivocar el rumbo o de no saber capear los temporales y naufragar.
Pero estos son conceptos que le fui agregando con el tiempo. En aquel momento me quedé con la imagen del novio de Mónica llegando con todas sus valijas y ese aire un poco desorientado de los recién arribados.
Para la época en que debía producirse tu propio desembarco en nuestra casa, yo ya me había dado cuenta de que antes había esos preavisos extorsivos, un cepillo de dientes distinto o el pulóver como al descuido sobre mi cama, una gigantesca araña negra invadiendo mi cuarto infantil. Yo ya sabía que en realidad se empieza a desembarcar de a poco, que hay preliminares, y me imaginé que podía hacer el papel de Oficial de puerto, que de alguna forma tus anuncios estaban reclamando mi opinión. Así que un día, cuando comprobé que el famoso cepillo de dientes grande había aparecido, me lo llevé a mi cuarto y lo dejé expuesto arriba de mi escritorio. Y puse en su lugar el mío, chiquito. Empezábamos un diálogo que no necesitaba de palabras, y fue el peor momento para mamá. Lo del cepillito pasó sin pena ni gloria, y yo me enojé mucho. Mamá lo devolvió a su lugar sin más trámites y yo me sentí defraudado, como si me hubiera cerrado la puerta en la cara. Imaginé que tal vez mi madre tuviera como una orden de comportarse así, de imponer las cosas sin dar demasiadas explicaciones, con un silencio que en realidad era como un duelo de gritos de guerra.
En ese momento decidí que te odiaba y que no iba a aceptarte nunca. Pensé en mi madre y yo como antes y lo fijé como una meta. Nadie iba a imponerse a la fuerza en mi casa, aunque mamá sufriera.
Entonces empezaron a aparecer pelos, por ejemplo. Era una cosa muy desagradable que se quedaran en el jabón: sentía que tu desafío ya era insultante. Me demostrabas que cada vez te adueñabas más de la situación, pero tus pruebas eran crueles y asquerosas. Me preguntaba llorando si cabía como antes la posibilidad de que fueran casualidades, cosas pasajeras que terminarían de un momento a otro, y me respondía que no, que todo era parte de un proceso que ahora se me antojaba también sucio. Alegué que yo necesitaba otro jabón y durante un tiempo hubo dos en la jabonera del lavatorio y también en la bañera. A mamá la afectó bastante esto, y terminó de complicarla con un jabón exclusivo para ella, y muy de mujer. Al principio me alegré, pero enseguida comprendí que nunca más iba a usar el mío, que ya no habría uno nuestro. Y eso en el fondo me demostraba que ya no me era incondicional, lo que equivalía a decirme que estaba de tu lado. Saber que ya no podía confiar ciegamente en mamá me hizo sentir aún más desvalido.
Creo que sobre todo por eso me enfermé, increíblemente a veces me orinaba en la cama y mamá me llevó al médico. A mí me hicieron esperar afuera después de revisarme y el doctor habló un rato largo con ella. Cuando salió, mamá se esforzó por asegurarme que todo iba a estar bien y yo supe que se había hablado del invasor y que el doctor Mario le había hecho entender por fin cuál era la causa de mis molestias. Era como una compensación que el médico estuviera de mi lado ahora que mamá se comportaba como una enemiga. Volví a casa con el ánimo renovado y hasta le pedí a mamá que me dejara dormir en su cama como antes; hacía mucho tiempo que no dormía ahí. Ella me dijo que no, y estuvo durante toda la cena como contenida, como si quisiera decirme algo y no se animara. Yo suponía que sentía culpa, y estaba listo para perdonarla, pero no sabía cómo planteárselo. Fingí que no me importaba que no me permitiera dormir con ella y estuve bromeando hasta que finalmente me fui a mi cuarto y durante unos días me sentí mejor.
Algunas noches después volviste a aparecer en nuestra casa.
Me indignó que te infiltraras así, como un ladrón, como la rata inmunda que en realidad me parecías. Y esta vez dejaste una marca indeleble, en las sábanas, y más sucia que todas las anteriores. A la mañana pude comprobar con asco que el proceso de desembarco seguía y que parecía estar en su fase final. Decidí acudir a medidas extremas y lo hablé con mamá.
Y ella, sorprendentemente, lo tomó con bastante calma. Y usó términos y frases que seguramente le había sugerido el doctor Mario. Me habló casi poéticamente de la vida y sus fases, y de las necesidades del cuerpo, y de lo mucho que ella desearía que papá todavía viviera, pero que lamentablemente no era así. Y que ella también lo necesitaba.
Sobre toda para que me explicara lo que estaba pasando: para que me hablara casi de hombre a hombre y me ayudara a comprender los cambios que estaban por ocurrir, que ya estaban ocurriendo. Para que me explicara bien cómo era eso de dejar de ser un nene para convertirse en adolescente y para que no me dieran miedo ni vergüenza los cambios que no paraban de producirse en mi cuerpo, y las nuevas pulsiones que sentía, y mientras mamá me decía esas cosas yo retorcía el borde de mis pantalones cortos y veía casi por vez primera cómo se habían ido poblando mis piernas flaquitas de unos pelos largos y oscuros y hasta los sentía escocerme y arder en otras partes de mi cuerpo, en todas partes, y sé me puse colorado y casi tuve que rascarme, y supe que el desembarco se había completado y que un hombre había entrado definitivamente en casa, y me había desalojado para siempre.
Nota 1: Yo quisiera que las etiquetas aparecieran arriba, aunque alerten de antemano al lector. Y hasta estoy tentado de separar los cuentos en "humorísticos" y "serios" o algo así. Pero creo que no vale la pena, y cada uno interpreta lo que lee como le parece, o tal vez prefiere leer sin saber cabalmente y de movida de qué se trata.
Nota 2: Yo también quisiera dejar de sentir la necesidad de escribir notas aclaratorias, y ser más coherente con eso de que cada uno interpreta etc.
jueves, julio 26, 2007
Besos y puñales

Pero los hombres adultos, en general, ponían como sin ganas la mejilla para que los saludáramos. No tengo memoria exacta de cómo actuaban con las nenas (hablo de más de 35 años atrás), pero me parece que ellos, los hombres, se permitían un poco más de afectuosidad con las niñas y hasta les daban más de un beso, incluso fuera de la ocasión del saludo.
A los varoncitos no: a nosotros nos dejaban darles un beso, y medio de lejos. Y a veces, sobre todo con algún abuelo, atrás del beso venía un: “¿Cómo anda, m’hijo?”, así, con voz más grave de lo habitual, con tono gauchesco y sin tutearnos, supongo que para reafirmar que lo del beso se concedía a duras penas.
Y entre ellos se saludaban con un apretón de manos entre los de edades parecidas y realmente no me acuerdo cómo se comportaban, por ejemplo, con el mencionado abuelo, es decir el padre de alguno de ellos. Pero supongo que le darían la mano o se repetiría el acto a la inversa: el anciano pondría la mejilla y ellos le aplicarían un respetuoso ósculo.
Y no es que yo viviera en el seno de una familia puritana, o que no nos tuviéramos afecto, o que fuéramos del campo: es lo que realmente recuerdo de mi familia. Y me parece que algo similar pasaba en todos lados.
Lo que no recuerdo es cuándo empezó a modificarse todo eso.
Lo cierto es que en algún momento la onda cambió, y ahora todos los hombres conocidos nos saludamos con un beso, seamos familiares o no. Y los ya viejos hacen lo mismo y se deja el saludo de mano para los que recién se conocen, o para el ámbito laboral (y hablo entre hombres: a veces en el laburo conocés a una mujer, por ejemplo de otra empresa, y ya hay un beso, aunque eso lo deciden ellas, como siempre).
El beso (en la mejilla, digo) entre hombres, abarca desde lo familiar hasta las amistades, algunos compañeros de laburo y por ahí hasta alguno que recién te presentan en una reunión.
Pero eso pasa acá: hace muy pocos años tuve ocasión de trabajar esporádicamente con mejicanos y, cuando entramos un poco en confianza, me contaban del rechazo que les producía ver cómo nos besábamos entre hombres al saludarnos.
- ¿Qué, todos son “puñales” (putos)? – decían con sorna.
De manera que esta forma de saludarnos que hoy por hoy ya no sorprende a nadie acá, no está tan universalmente difundida como pudiéramos pensar.
La verdad es que lo nuestro no es tradición, no está en nuestro acervo cultural (creo que los rusos se daban o se dan un beso en la boca, aunque no sé en qué contexto), ni nada de eso: es más bien una moda que llegó para quedarse y hasta ha tenido la variante del pico ocasional (como los de Maradona y el Cani, o los de Fontova a Guinzburg, etc.)
Y tal vez luego sí se convierta en tradición, con los necesarios toques de aggiornamiento de vez en cuando.
Pero todo formará parte de una evolución, de un largo trecho de salutaciones mutadas, y sobre todo de cómo sepamos aprovecharlo.
Y ahí sí me gustaría ver la cara de mis amigos mejicanos cuando la costumbre sea saludar a las compañeras de trabajo con un buen beso de lengua y un apretón de nalgas…
martes, julio 24, 2007
Pastillas
Yo desde pibe que tenía problemas para tragar pastillas, fueran del tamaño que fueran. Grandes o chiquitas, no te las podía pasar; sentía que me iba a atragantar, o que me iban a raspar y me iba a dar arcadas, no sé lo que sentía, pero no te podía tragar ni una aspirineta. O sea: después partía las pastillas o las disolvía en una cucharita con agua, o las envolvía en una miga de pan y me las terminaba tomando, no es que estuviera loco y no pudiera tomarme un remedio. Lo que no podía es tragar entera ninguna pastilla.
Probé de todas las formas que se te ocurran, porque quería sacarme ese trauma de la cabeza: mandarlas a lo cowboy de un saque, hacerme como un buche, concentrarme hasta que estuvieran en la posición más apropiada, etc.
Me he pasado hasta 25 minutos con la boca llena de agua y un Estreptocarbocaftiazol que no podía tragar. Eso fue en un cumpleaños de mi sobrina, y mis familiares me decían que no sea tonto, que la mordiera y listo. Y yo con la cabeza les decía que no, y con la mano les hacía que tranquilos, que un rato más, que me dejaran intentar sin joderme. Porque si no podía hacerlo así, rodeado del afecto de mi familia, ¿cuándo iba a poder? Es un papelón que un grandote tenga que andar disolviendo una pastilla para tomarla. Es más: hasta diría que no es muy de macho disolver o partir una pastilla.
Yo lo veía así, y me jodía.
Así que en el cumpleaños que te decía, yo seguí como si nada, me reía de lo que contaban mis cuñados, hacía señas con la cabeza, todo con la boca llena de agua. La verdad es que ya me había olvidado de que tenía la pastilla en la boca. A los diez minutos más o menos ya ni me acordaba, ya participaba de las conversaciones y todo. Con gestos, obvio.
Es increíble como se adapta uno a las circunstancias, hermano: era como si fuera mudo de toda la vida.
O sea que el efecto de distracción estaba completamente logrado: hubiera sido lo más lógico que en cualquier momento tragara sin darme cuenta y resolviera el tema.
Pero no pasó eso. Pasó que a los 25 minutos mi mujer me dijo que me dejara de joder y tragara la puta pastilla de una buena vez, y ahí me acordé y cuando quise hacerlo me atraganté.
Un fracaso y una vergüenza.
Una vergüenza doble, encima. Porque la pastilla de carbón era porque…y con las arcadas y el esfuerzo…
Me tuve que ir a cambiar, me prestó ropa mi cuñado, un desastre. Encima después no querían reírse, pero se tentaban y contaban cualquier boludez para justificar las carcajadas. Decían “¿te acordás de aquella vez en Córdoba?”, y se tiraban al suelo de risa; cualquier cosa decían, lo primero que se les ocurría.
Se retorcían de la risa, y yo de la bronca.
Hasta que me pasó algo que solucionó el tema.
Yo siempre tuve una conducta, siempre me porté como un duque. Por mi señora y porque donde se come no, ¿no? O porque eran feas. Báh, la mayoría eran bagayos.
Así que siempre Lord Cheseline; simpático, pero hasta ahí. Jamás avancé con una clienta. Tuve algún rebusque por otro lado, alguna vez, no te niego, pero en el laburo jamás.
Pero hará cosa de tres meses apareció por la mercería una pendeja, hermano…infernal. Estaba más buena que el dulce de leche, por donde la mires. No sé si llegaba a los veinte. Rubiecita onda Brisni Espir. No ahora, claro: cuando la loca esa estaba buena, ahora se fue a la mierda…Pero una cosita, hermano. Ni me acuerdo lo que compró la primera vez, pero cuando volvió al día siguiente en minifalda yo empecé a transpirar, porque me la veía venir. Ese día justo no entraba nadie y se quedó como media hora. Yo le hablaba giladas, si era una nena. Pero ella me seguía la corriente y se reía encantada como si estuviera hablando con Bras Pit.
No: debe tener más de veinte, che.
O demasiada experiencia, qué sé yo. Los pibes vienen muy acelerados, pero me parece que debe tener más de veinte. Veintidós tiene, por ahí. No le pregunté.
Igual era una pendeja, no me aparto.
Y estuvo mal lo que hice y todo lo que vos quieras. Pero qué hembra, hermano. Al tercer día vino con un chupetín en la boca y justo había gente en el negocio, incluso entró una vieja después de ella. Cuando le tocó el turno me dijo “No, atienda primero a la señora”. Yo estaba idiotizado, la atendía a la viejita y la miraba chupar el coso ese, y ella me sonreía, hermano…de una forma…
Pero me di cuenta de algo extraño. Tenía el cerebro a mil, pero el compañero estaba como desatento. Ni un reflejo, un cabezazo. Nada.
Claro, yo estaba atendiendo el negocio y estaba la vieja, pero era raro, ¿o no? Si yo le miraba las gambas y tragaba saliva, y la cabeza se me iba pensando lo que debía ser esa bestia en bolas. Era raro que ahí abajo no pasara nada de nada. Me puse a pensar si los días anteriores había pasado algo y no, tampoco. Me preocupó en serio.
Es más: mientras le buscaba unos botones a la vieja (que no se iba nunca) me concentré un poquito. Y respiré aliviado, hermano, porque hubo como una sacudida, un estiramiento. Lento pero seguro.
Creo que terminé de atender a la vieja medio al palo, pero me importaba un carajo.
Cuando nos quedamos solos, la pendeja me avanzó. Te lo juro por Dios que me avanzó ella: me dijo que hoy estaba más lindo que nunca y qué bien peinado y que sé yo. Entendeme: me lo decía lambetiando el chupetín. No podía echarme atrás, era como un regalo de Dios, así que después de un rato de charla franela le dije si podríamos vernos y, por supuesto, dijo que le encantaría y que hasta tenía el departamento de una amiga. O sea: más claro que eso…
Nada de que íbamos a tomar algo ni nada de eso: a un bulo, directo.
Era sábado y quedamos para el lunes, porque yo, el domingo, imposible, imaginate.
Pero cuando se fue me di cuenta de que otra vez el amiguito se había mantenido dormidísimo. Yo mayormente nunca tuve problemas con eso. Alguna vez sí, como todos. Pero nada grave. ¿Y con semejante mina? Era rarísimo y me entró miedo de que me pasara lo mismo el lunes.
Calculá que para mí iba a ser una única vez, no pensaba que pudiera tener mucho changüí con la pendeja: para mí era una cosa pasajera de ella, como un capricho. Si duraba más de una vez, bárbaro. Pero si no por mí estaba bien; yo podía ir caminando descalzo hasta Luján por una sola vez con ese minón.
Pero ¿y si yo no funcionaba? Olvidate de esa vez y de cualquier otra, me la tenía que cortar con un Tramontina oxidado, por lo menos.
Así que el domingo con la excusa de comprar cigarrillos me fui a ver a Enrique, que una vez me había dicho que él usaba el Ayudín y que le iba fenómeno. No le expliqué mucho, y además el Enrique es discreto y me dijo “Pará un cachito” y al rato volvió con un papelito envuelto y yo me lo metí en el bolsillo y me fui.
Guardé ese pantalón dobladito debajo de la cama, ni quise probar a esconder el paquetito: a ver si se me armaba el gran quilombo. Y el lunes, mientras mi mujer preparaba el mate lo saqué y me lo puse. Medio arrugado, pero lo importante era que no quedara arrugado lo otro…¿no?
Habíamos quedado para vernos al mediodía, así que yo dije en casa que tenía que ir a consultar unos precios, que ni me esperaran a almorzar.
Llegué al edificio, ella me abrió por el portero eléctrico, tercer piso, puerta entreabierta, musiquita suave. …y yo más blando que el algodón, hermano.
Así que, antes de entrar, saqué el paquetito sin dudarlo.
Y recién ahí, cuando abrí el paquete, vi que era una sola pastilla. Yo pensaba que Enrique me había dado un montón…
¿Vos viste el tamaño del Viagra?
Es un yoyó Russell, hermano, un alfajor Fantoche de cinco tapas, y yo estaba a un paso de la puerta entreabierta y ella sabía que yo estaba ahí, así que me lo metí en la boca y entré.
Ella apareció desde la habitación, con un camisón transparente y nada más, entre la música, y ese olorcito a cosita de papi, y una sonrisa de turra…y dos copas llenas de champán.
¿La verdad? Ni necesité el champán, me tragué la pastilla como si no existiera. ¡No sabés lo que era esa mina, hermano!
Yo no sé si fue el Viagra, o la piba esta, o la alegría de haber podido tragarme semejante ladrillo en seco y como si nada, pero la verdad es que anduve hecho un tigre esa tarde, Tarzán y Sandokán juntos, y Darío Grandinetti que decían que…
Nota 1: Estaba terminando un cuento de hondo contenido humano, con sentimientos desgarradores por doquier y metáforas implacables, pero por suerte apareció éste antes.
Nota 2: El autor alega desconocer el tamaño real del Viagra y se ne frega si el dato es inexacto.
jueves, julio 19, 2007
19 de diciembre de 1971
Sí, yo sé que ahora hay quienes dicen que fuimos unos hijos de puta por lo que hicimos con el viejo Casale, yo sé. Nunca falta gente así. Pero ahora es fácil decirlo, ahora es fácil. Pero había que estar esos días en Rosario para entender el fato, mi viejo, que hablar al pedo ahora habla cualquiera.Yo no sé si vos te acordás lo que era Rosario en esos días anteriores al partido. ¡Y qué te digo “esos días”! ¡Desde semanas antes ya se venía hablando, del partido y la ciudad era una caldera, porque eso era lo que era la ciudad! Claro, los que ahora hablan son esos turros que después vos los veías por la calle gritando y saltando como unos desgraciados, festejando en pedo a los gritos y después ahora te salen con que son... ¿qué son?... moralistas... ¿De qué se la tiran, hijos de mil putas? Ahora son todos piolas, es muy fácil hablar. Pero si vos vieras lo que era la ciudad en esos días, hermano, prendías un fósforo y volaba todo a la mierda. No se hablaba de otra cosa en los boliches, en la calle, en cualquier parte. Saltaban chispas, te aseguro. Y la cosa arrancó con el fato de las cábalas. O mejor dicho, de los maleficios.—Hay que entender que no era un partido cualquiera, hermano, era una final final. Porque si bien era una semifinal, el que ganaba después venía a jugar a Rosario y le rompía el culo a cualquiera. Fuera Central como Ñul, acá le hacía la fiesta a cualquiera. ¡Y cómo estaban los lepra! ¡Eso, eso tendrían que acordarse ahora los que hablan al reverendo pedo y nos vienen a romper las pelotas con el asunto del viejo Casale! ¿No se acuerdan esos turros cómo estaban los lepra? ¿No se acuerdan ahora, mi viejo? Había que aguantarlos porque se corrían una fija, pero una fija se corrían, hermano, que hasta creo que se pensaban que nos iban a llenar la canasta. No que sólo nos iban a hacer la colita sino que además nos iban a meter cinco, en el Monumental y para latelevisión. ¡Pero por qué no se van a la concha de su madre! ¡Qué mierda nos van a hacer cinco esos culosroto! ¡Así se la comieron doblada! ¡Qué pija que tienen desde ese día y no se la pueden sacar!Pero la verdad, la verdad, hermano, con una mano en el corazón, que tenían un equipazo, pero un equipazo, de padre y señor mío. Hay que reconocerlo. Porque jugaban que daba gusto, el buen toque y te abrochaban bien abrochado.
domingo, julio 08, 2007
Dos o tres grados
Él le hizo un último llamado, supuestamente de confirmación de horarios y de sala, pero en el fondo de su corazón y de su piecita tibia (imposible describirla como “cálida”), esperaba que a ella le sucediera algo, un contratiempo u otro corte de luz de los que venía padeciendo, pobrecita, y tenía que bancarse, encima, el frío polar y los monzones nocturnos entre velas tétricas.
Ella lo atendió con alegría (con una fría alegría, podría decirse) y hablaron de lo feo que estaba el día, de lo horrible que había estado todo el día, gris y helado, sin un mísero reflejo de sol que justificara medianamente a Marilina Ross.
Ella le confesó que ni había averiguado los horarios de la película, pero como él ya lo había hecho, después de un rato se pusieron de acuerdo: tempranito, eso sí, porque con este frío, claro, y además que vivimos tan lejos uno del otro y sin auto y vos con esa tos, bueno yo también ando como con gripe, pero está okey, el centro es como un punto intermedio y me voy con una petaca de whisky, que se lleva muy mal con el pochoclo acaramelado pero levanta la temperatura y mejora cualquier película.
Abrigate bien, dijo ella con acento maternal y como para que quedara claro, mirá que hace mucho frío. Y él dijo que sí y cortó.
Afuera debían hacer dos o tres grados, pero la sensación térmica de viajar una hora hasta el centro y después tener que volver… Volver era para alpinistas, para gente muy preparada y muy loca, que arriesgaba la vida y pasaba frío porque seguramente de chiquitos los habían tratado muy mal y les había dicho que debían llegar a lo más alto cueste lo que cueste o porquerías de ese estilo. La cuestión es que la sensación térmica de él con ese panorama le aseguraba que, vieran la película que vieran, para él sería “El milagro de los andes” y hasta le daría por la antropofagia con su amiga, pero no por hambre ni deseo sexual, sino de bronca, sobre todo cuando la petaquita estuviera por terminarse.
Antes de que se decidiera a entrar en el baño helado, sonó el teléfono.
Era ella:
- Che, negro, está horrible…
- ¿Sabés que ando con gorro de lana acá adentro?
- Sí…no sabía cómo decirte, pero…
- No, si a mí me pasa igual. ¿Querés que lo suspendamos?
- Síííí…
- ¡Me parece bárbaro! ¡Lo dejamos para diciembre!
- Nooo, a lo mejor ma-ma-ña-na…
- ¿Te castañetean los dientes?
- Es que vengo de afuera…
Al final hablaron un rato largo, contentos de poder hacerlo cada uno en su casita y se contaron cosas mientras se tomaban algo caliente (él un whisky, ella juró que un Latitud 33 y putearon a dúo por vivir tan lejos uno del otro), hablaron de cosas que por otra parte, a lo mejor no se hubieran dicho durante la película o la probable huída después del cine.
Y la sensación térmica personal se hizo mucho más agradable, y probablemente terminaron la noche leyendo e imaginando la salida de los cines del centro como una suelta de espectros congelados que seguramente pensarían por qué no se habían quedado en casa viendo la CNN en húngaro o algo así.
Él le prometió que igual, antes de irse a dormir, le haría otro llamado a ver si se le había cortado la luz o le había pegado mal el Latitud.
Pero prefirió no llamar, y escribirlo, y dedicárselo.
Para Sarita C.
Nota: Esto puede ser perfectamente el complemento de ésto, y terminar de convencer a los que quieren irse del país.
sábado, junio 23, 2007
No minado

Allá él y su abyecto Fernet.
1. Sólo y sólo si eres uno de los premiados, escribe un post con 5 links de blogs que te hacen pensar.
Aclarados (más o menos) estos puntos, he aquí mis elegidos:
El Simón dice Lamenté tanto su temporaria ausencia que hasta me provocó escribirle un cuentito donde hablaba de "cadáver virtual". Ahora se toma revancha y me chicanea con lo del "finado Muzzio". Es un blog escrito en forma impecable, capaz de transformar las charlas de bar en reflexiones (que deberá hacer uno, porque el autor así lo prefiere). Te hace pensar, aunque la apología al Fernet creo que está pagada por Branca, y justificada por un sueldo de Maestro.
Lo Feo Antes se llamaba de otra forma y tenía otro formato. Ahora la autora se ha propuesto ser menos explícita, menos personal tal vez, y anda buscando otra cosa. La búsqueda está llena de cosas interesantes y de vez en cuando se le escapan (por suerte) esas cosas tan de ella. Escribe y piensa, no sé bien si en ese orden, pero merece ampliamente esta mención.
Froggies Otra que anda con intermitencias, pero así somos. Saca cosas de todos lados, y además les agrega lo que lleva adentro, que no es poco. Si querés irte con algo para pensar, el lugar es todo tuyo. Hay que esperarla un poco, eso sí, porque de vez en cuando le da por vivir y se ne frega en el blog.
Un milka en mi noche: Tal vez no debería mencionar ésto, pero Andrés es muy joven. No es que se le considere eso al leerlo, y tal vez sería mejor no saberlo. Pero es muy bueno, califica para los que "te hacen pensar", con el envidioso agregado de decir "Cómo puede ser tan joven este turro!"
La tiendita de los escritos malignos Otro que se extraña hace rato, y en el único que además voy a permitirme una simpatía personal por sobre todo. Escribe de todo, a veces es muy gracioso (muy) y otras no tanto: lo bueno es que no sabés con cuál faceta quedarte. Este te hace pensar sobre todo en que vuelva a escribir pronto, en el tono que se la cante.
Actualización: Al Dandy ahora puede encontrárselo también ACA
Agradezco la mención, y algunos cariñosos reclamos que han surgido por ahí y espero a que madure la primera manzana y se las tiro por la cabeza.
lunes, mayo 28, 2007
Desconectado

Lo de Internet por una vieja factura impaga, lo del celular porque ya venía fallando, y lo de la novia seguramente por alguna de las dos razones anteriores.
Miré por la ventana y no había ningún cometa a punto de estrellarse, de manera que no eran signos apocalípticos. Apenas de desconexión.
Un poco demasiado juntos, para mi gusto. Eso hace que uno no sepa bien a quién putear primero, por empezar.
Y lo segundo es con qué, con qué aparato y con qué argumento. Todavía funcionaba el teléfono fijo (casi me sorprendió que así fuera), pero la situación era medio confusa y era probable que terminara diciéndole a la pobre gente de Arnet: “¿Cómo que no me querés más?” o algo así.
De manera que me la pasé desconectado un tiempo y, si bien a priori puede parecer saludable, también puede volverse un proceso creciente, y acabar desconectado de uno mismo, aunque sea por períodos breves. Uno, por ejemplo, no sabe muy bien si hace frío o calor, si iba para el norte o para el sur.
Es un período bastante confuso y uno (sin hacer todavía ningún trámite, sin que siquiera se le ocurra hacer un trámite) enciende de a ratos el celular para ver si no se trata de un error. O intenta conectarse a Internet y hasta se enoja de que sigan diciéndole que no puede.
La desconexión principal estriba en descreer de la desconexión.
No puede ser, piensa uno. Si recién andaba fenómeno.
En esas boludeces se pierde un tiempo precioso, que justamente debe emplearse en hacer los trámites pertinentes. Cosas como pagar la deuda y bañarse, o comprar otro celular y acordarse de comer. Esos trámites que hacen que los teléfonos funcionen de nuevo y que uno se abrigue si hace quince bajo cero.
La conexión vuelve, si uno hace los trámites. Un día aparece el celular nuevo (aunque, claro, con la ceremonia de la agenda de la que se habla en el post anterior), otro día vuelve a funcionar Internet y se supone que así sucesivamente, si uno hace los trámites.
Un día vas a un cumpleaños y saludás al que no corresponde, pero es que algunos trámites llevan más tiempo.
Sin embargo, estoy seguro de era JMSlayer el que cumplió el otro día y fui y lo saludé a él con seguridad, y hasta lo reconocí a Seis (aunque es mucho más joven de lo que yo creía) y, por supuesto, a La Luna, y había algunos que, increíblemente, me reconocieron a mí porque habían estado en la presentación de La timidez... hace casi un año. Amigos de JM, claro, pero gente que labura en eso de las conexiones con una eficiencia muy parecida al afecto.
Yo sigo haciendo los trámites. Todavía le pifio de ventanilla de vez en cuando, pero ya me sellaron varias papeletas y eso da cierta confianza de que andamos, por lo menos, por la repartición correcta.
Hoy, por ejemplo, hace muchísimo frío, y uno ya se da cuenta y se abriga y hasta lo puede escribir.
martes, mayo 22, 2007
Agendas
Pero los celulares pueden romperse o perderse o caerse al inodoro (como en mi caso) y dejar de funcionar, y entonces, ya munidos de un aparato nuevo, hay que recomponer los contactos a partir de la propia memoria y de una agenda que puede tener varios años.
El resultado es una experiencia casi sadomasoquista.
Claro que depende bastante del estado personal, pero uno suele meterse con papeles viejos en los peores momentos. O lo que es casi lo mismo, en momentos medio embromados todo se hace un poco más arduo y el caso de la agenda no es ninguna excepción.
Muy por el contrario, la necesaria selección que debe efectuarse tiene momentos de venganza exquisita y otros en los que dan ganas de empezar a armar la hoguera como el pibe de la propaganda del auto.
Armarte una agenda nueva te puede hacer replantear muchas cosas, diría el flaco antes de tirar el calzón por la ventanilla.
Algunos casos más o menos clasificados
La gente de siempre
Aparecen en todas las agendas de, por lo menos, los últimos 10 años y la mayoría de los números los sabés de memoria y los llamás a cada rato. Acá la única duda es si realmente hace falta anotarlos, porque estás seguro de que no vas a olvidarte nunca del número y además es probable que se conozcan entre sí y uno tenga el del otro y puedas hacer la cadena, etc.
Cada número de éstos que se agrega va con una sonrisa y una promesa de llamado para anunciar que ya todo está en orden, por lo menos en cuanto a celulares.
Los desconocidos
Es gente que figura solamente con el nombre o sólo con el apellido o un sobrenombre. Debieron tener alguna importancia en el año de la agenda pero ahora son absolutamente ignotos. Puede suceder también que estén los datos completos, nombre y apellido y hasta dirección, y así y todo no significar absolutamente nada.
Uno se pregunta cómo pudo olvidar tan completamente a alguien, pero pasa.
La primera intención es hacerle un llamado de cortesía y ver qué pasa, pero el buen sentido indica que si pasaron tan olímpicamente al olvido lo mejor es que permanezcan ahí, aunque apodos como “La Loba” tienten a la digitación casi espontáneamente.
Los que no ves ni llamás hace mucho
Aparecen enseguida, casi en el orden que se viene escribiendo esto, o sea en tercer lugar. Primero apareció un hermano tuyo, después “La Loba” que no sabés quién es y ahora…la tía Azucena!
¿Qué hacer con la tía? La última vez que la viste fue en el velorio de un pariente, y de eso hace como 5 años. Nunca hubo demasiada onda con la tía, ni te va a dejar ninguna herencia. Pero es un pariente y ya la última vez se la veía desmejorada y uno siente que si no la anota es como si la diera por muerta y eso genera cierta culpa. Así que a la tía la anotamos, pensando que en la próxima revisión ya sí la sacaremos definitivamente.
Distinto pasa con gente a la que no llamás por resentimiento de alguna de las partes o porque realmente no te interesan.
Con los que tuviste problemas, puede suceder que te replantees por un segundo si sigue existiendo el resentimiento y lo más probable es que te respondas que no, que ya pasó. De todas formas no sabés qué pasa del otro lado, ni dan ganas de llamar para averiguarlo. Pero anotás el número, y dejás que el tema, en todo caso, se resuelva más adelante.
Los que no te interesan y ni siquiera te enojan, directamente no los anotás.
Y he aquí la primera satisfacción.
Gente que sabés perfectamente quién es, pero que ya no te interesa, y la eliminás olímpicamente y sin nada de culpa.
Los que te parece que alguna vez cagaste
Por supuesto es un subgrupo del anterior, pero merece un párrafo. La relación se cortó, y te parece recordar que el otro estaba ofendido, pero no podés precisar por qué.
En general los eliminás igual, porque si no llamaron es probable que les dure y en todo caso que llamen ellos cuando se les pase.
Los que estás seguro de haber lastimado
También podría considerarse un subgrupo, pero éste es mucho más específico. Acá no importa si en realidad los cagaste o no, la cuestión es que sabés perfectamente que los lastimaste.
Con estos empieza el martirio.
Anotarlos sin más en la agenda nueva implicaría que uno da por terminado el asunto unilateralmente, y que piensa reanudar el contacto en algún momento. Eso genera cierto remordimiento y uno quisiera, antes de anotarlos nuevamente, llamarlos y limpiar la conciencia. Pero, por supuesto, hay que estar preparado para eso.
Sin embargo, al primero de estos que aparezca, es probable que los llamemos.
Y que nos vaya muy mal.
Cualquiera de las categorías que siguen, y que podrían ser muchas más, deberían considerarse a la luz de que ya estamos un poco sensibles, y de que es probable que hayamos tenido un despelote con alguno de estos que lastimamos y quisimos curar con un llamado de morondanga y apurados por seguir pasando la agenda.
La que te quiso un poco
Puede ser más de una también, pero con una alcanza y sobra. Es esa chica con la que tuviste algo que no fue exactamente un noviazgo, y que siempre estuvo claro, y la pasaron bien y todo fue lindo. Hasta que la dejaste, justo cuando ella empezaba a sentir algo más.
Hace mucho de esto y además estaba todo claro, y ambos siguieron con sus vidas, pero volver a ver el número te trae buenos recuerdos y hasta dan ganas de llamarla.
Pero el fantasma del mal momento que tuviste recién con el otro llamado hace que dudes, y lo más probable es que ni siquiera la anotes en la agenda nueva.
Hay, por supuesto, suicidas que llamarán de una y hasta se sorprenderán cuando no les reconozcan la voz, o cuando conteste un hombre (probablemente el marido), un niño o que sea número equivocado.
Las opciones que se abren son muchas, pero si de casualidad contesta ella y se acuerda bien de vos y de ese llamado surge algo bueno…habrá que creer en los milagros, definitivamente.
Creo que me inclino por que sea número equivocado.
El resto
Como a toda clasificación, a esta le faltarán muchísimas categorías (Los que te cagaron a vos, La que te encantaría volver a ver, Los que te quedaron debiendo guita, etc) , pero ya se hizo larga y además intentar abarcarlas implicaría entrar, tal vez, en opiniones demasiado personales.
Hay una casi infinita gama de sensaciones que aparecen cuando uno recuerda gente y se ve en la necesidad de decidir, aunque sea simbólicamente, si continúa cargándola o la abandona a lo mejor para siempre.
Tal vez haya que elegir un momento oportuno para rearmar la agenda; tal vez no convenga hacerlo en momentos complicados o con al ánimo un poco cínico.
De todas formas (y probablemente me contradigo con algo de lo que dije antes), creo que ante la duda hay que seguir anotando a la gente, y si te lastimó, pensar que tal vez algún día llame para disculparse o quizás vos mismo un día sientas ganas de llamar y decirle que ya está.
Y si fuiste el que lastimó al otro, a lo mejor un día (y sabiendo a lo que te exponés) tengas ganas de hacer el intento de arrimarle algo de alivio, tardío, pero alivio al fin.
Todo puede pasar con la gente (incluso con uno mismo, por supuesto), y después de todo siempre habrá un celular que se rompa y te obligue a hacer todo el proceso de vuelta, y más vale que te sobren números y no que te falten.