domingo, octubre 28, 2007

Salió la Luna





Otra vez mi amiga la Luna se va de viaje y me deja el blog para que se lo cuide. Y a mí, que se me secan los malvones que me dejan en custodia, me genera como una carga de responsabilidad. Y para descargarla un poco le meto en el blog dibujos que acá no me animo y canciones pasadas de moda, o cuentos dedicados de la forma más cursi.

La última vez no salió tan mal el experimento...así que ahora iremos más lejos, seremos más pornográficos en los dibujos y pondremos peores canciones. Total, a la vuelta nos amigamos y listo.


domingo, octubre 21, 2007

Feliz día de las madres


Y gracias, vieja. Por hacerme escuchar desde la cuna cosas como ésta, y haberlas cantado a dúo y a los gritos hoy, entre besos y vinos.



("La niña de Guatemala", poema de José Martí, por 'Los Olimareños')

domingo, octubre 14, 2007

Muzzio Presidente


Urbi et Orbi
Coterráneos:



Se postula cada almóndiga para dirigir el país, que yo en alguna me quiero prender. No digo Presidente, porque eso de andar siempre de traje y besando criaturas con mocos no me gusta nada. Pero de algo voy en alguna lista, si ustedes me apoyan como suelen hacerlo en el 140 y ni me piden disculpas.
Es más: ahora no quiero nada ser Presidente, quiero dirigir el Ministerio de Cosas Pequeñas Pero Que Valen La Pena.
Todavía no tengo la plataforma terminada, porque el zapatero se me cayó de una escalera y en el Durán no tienen yeso hasta diciembre, pero algunos de los temas que abordaré en forma inmediata, tengan ustedes la total seguridad, son los aquí exponidos (esto es para competir con Saá, que escribió “petrolio” y fue Presidente, y dijo que No pagamos más nada, chupala Bush, y lo aplaudieron de pieses) y otros que se sirvan ustedes sugerirme por acá mismo, o me esperan a que sea Ministro y me mandan mail a AquellasPequeñasCosas@MuzzioTeQueremos.gov.ar:

1. Le sacaría un poquito de gas a la Coca Cola, para no tener que andar batiéndola y abriendo despacito la tapita un par de veces.

2. Decretaría que todos los tiros libres contra Chile los ejecutara únicamente el Romy, hasta que tenga setenta años o hasta que Tévez cante bien, lo que ocurra primero.

3. Prohibiría que los mensajes de texto a un teléfono fijo te los vocalice siempre el mismo venezolano: es horripilante que un tipo te diga a la una de la mañana “Sos-el-amor-de-mi-vida” como un Terminator chavista, y encima puto.

4. Castigaría con la pena máxima que me autorice el Congreso al que siga diciendo “quinela”, “diarero”, “crosta” y etc. O sea, no son neologismos: es un castigo justo por necedad, aunque mi madre sufra las consecuencias por éstas y otras que no menciono porque la madre es lo primero y si es de madera qué querés que le haga.

5. Prohibiría el curro fácil de agregarle más hojas a las maquinitas de afeitar descartables. Tiene mucha razón la propaganda esa que muestra una “nueva y mejor” afeitada con una máquina de quince hojas. O inventan algo en serio o por lo menos no hacen publicidad como si hubieran descubierto algo piola.

6.Una medida que tal vez exceda al Ministerio, pero que avalaría con ahínco:Prohibiría la escandalosa unión civil entre gays. Y entre heteros también. Bueno: prohibiría el matrimonio, digamos. Establecería el sistema del serviñaco practicado por nuestros ancestros indígenas para que la mujer demuestre qué tal es durante un año, y si no se la devuelve a la familia y aquí no ha pasado nada, pero no te me llevás ni un DVD o cobrás (el plazo puede modificarse; en todo caso me escriben y vemos).

7. Y cosas así. Por ahora no se me ocurre nada más, aunque ya estoy pensando en enmendar el punto 2, y que Riquelme patee siempre contra cualquier selección, y no sólo los córners y tiros libres, sino hasta el saque de arco y la pelota afuera cuando hay uno moribundo.

Coterráneos: Participen y llévenme al Congreso, o por lo menos me acercan hasta Palermo. Muchísimas gracias.

sábado, octubre 13, 2007

Lluvia en Alchagualasto (*)


Una gota. Otra. Ahora un trueno, pero todavía no se decide a llover. Me dicen los paisanos que no me haga muchas ilusiones, de todas formas. En Alchagualasto la lluvia es más bien un deseo permanente, que pocas veces llega a concretarse. Y la tierra partida y reseca les da toda la razón a los que dudan. Los escasos animales son puros huesos pegados a cuero tirante. En los tres meses que llevo aquí, es la primera vez que cae una gota. Me siento culpable por irme en unos días a lo que ya se me representa como el Paraíso. Vuelvo a Tucumán, para una revisión en Los Menhires.
Pero ahora es Alchagualasto y su aridez acobardante. Y los preparativos de una lluvia que acaso nunca se produzca. Si lloviera, sería una despedida ideal. Me iría dejando a Beatriz Montes un poco más contenta. A esa Beatriz un poco inconciente, vendedora de pan casero y flores secas, que me ha querido a su modo silvestre y asombrado.
Vaya uno a saber qué fue lo que pensó cuando le dije que era espeleólogo: Beatriz toda ojos negros y sonrisa por las dudas; Beatriz tímida al principio y después Beatriz estrenando amores furtivos con espeleólogo viejo y cansado.

Reseco sería una adjetivación fácil. Diría que me he dejado absorber por el entorno y entonces no. Viejo y cansado, pero todavía húmedo y permeable. Acechando adolescentes lluvias bienvenidas, pero sin tragarlas con avidez, sino dejándolas hacer su labor vivificante de a poco. Que vayan regando los viejos canales siempre sedientos, pero sin apuro.

Yo soy, entonces, como Alchagualasto, pero no enteramente reseco. Y ella es la lluvia.
Tucumán sería entonces mi esposa, adonde tengo que volver siempre.

Si lloviera, se abrirían otras posibilidades. Significaría que a veces las amenazas se cumplen y que las nubes pueden desviar su camino y hacerle perder la apuesta a Don Sixto, tan porfiado como para jugarme un porrón de ginebra a mano de la sequía.
Si lloviera, yo también podría desviarme del Tucumán, tal vez para salir de nuevo en Alchagualasto, como aquella vez en la Cueva del León: 3 horas de camino a cuatro manos para desembocar en la misma galería imponente. Solo que aquella vez fue una frustración y ahora sería como una fiesta.

Tal vez, ni siquiera haga falta que me vaya.
Tucumán es una vieja caverna conocida. Es cierto que uno anda cómodo por sus túneles, seguro de cada pisada y sin nada de riesgo. Las viejas esperanzas de aventura y descubrimiento se fueron reemplazando por terreno sin fisuras, tranquilo. Uno se siente a gusto haciendo inventario en lugar de descubriendo. Renombrando lugares indefinidamente, con la sensación de sentirse a salvo.

Hasta que uno se topa con Beatriz. Y las ansias de exploración afloran sin estorbos. Y uno se da cuenta de que ha estado engañándose otra vez, demorándose en tareas de bibliotecario. Entonces se ve claro que sentirse a salvo era lo más parecido a estar muerto. Reseco (acá sí) como Alchagualasto en enero.

Ahora veo caer otras gotas. Pero parece que son las últimas. De repente la llovizna cesa por completo. Habrá que ver si mañana se decide, o a la noche.

...

Indiecita linda, cuevita nueva, refugio calentito para una noche lluviosa. Pero sigue sin llover. Nos dedicamos afanosamente a la exploración, Beatriz Montes y yo. A conciencia investigamos pliegues y elevaciones curiosas, sin apurar la vuelta a la superficie.
-¿Y cómo es tu esposa?, pregunta por fin.
Me he quedado un rato mudo, no porque me haya sorprendido sino porque me obligo a contestarle la pura verdad.
- Es mi compañera de viaje. Es distinta a mí, más serena. Nos conocemos y respetamos... Los dos sabemos qué le quedó pendiente al otro, adónde quiso y no pudo llegar. Y no jodemos con eso.
- Ah, ya veo –dice Beatriz -. Parece una buena mujer para vos.
La miro directo a los ojos para ver si hay doble intención o algo por el estilo. Pero por supuesto que no hay. La indiecita pregunta desde su rincón de inocencia y dice lo que le parece.
-¿Pero la amas o qué?, dice después de un rato.
Y entonces decidido que ya estuvo bien de interrogatorio. Y que las cuevitas jóvenes no deberían hacer tantas preguntas, sobre todo a los hombres grandes que no quieren contestar algunas cosas. Así que vuelvo a la exploración un poco bruscamente, y ella se resiste apenas pero quiere saber y es una pregunta insidiosa que hoy no tendrá respuesta.

...

- Si no cambia el viento, difícil que llueva, doctor.
Eso me pasa por preguntarle a Don Sixto. Estoy seguro de que me diría que no va a llover aunque el cielo esté por venirse abajo. Lo miro y él sonríe porque me adivina el pensamiento.
- Pero, a lo mejor... quién sabe – agrega condescendiente.
Se termina el trabajo en Alchagualasto para mí. Apenas una recorrida por las casas de los amigos y ya comenzaré a preparar el equipaje y cargarlo en la camioneta.

Dejo para el final la casa de Beatriz. He preferido que no venga ella a la posada, supongo que para empezar a poner las cosas en su lugar. Ella en el suyo y yo en el mío. Que no es ni puede ser Alchagualasto. Haberlo siquiera pensado es irrisorio. ¿Qué vida haría en un lugar así? Me consumiría indefectiblemente, arrinconado por la aridez de la montaña y de la vida monótona en un pueblo abandonado del mundo. Y mi confort y la seguridad al lado de mi esposa...

Beatriz me espera con su carita arrobada en la que hoy aparecen nubes de tristeza. Iguales las nubes en el cielo y en la cara de mi indiecita.
-¿Sabés? Pensé y pensé, y estoy un poco triste por vos. Porque no pudiste contestar lo que te pregunté. A mí me parece que no vas a estar más contento allá. Acá...

Beatriz hace un gesto hermoso en el acá, que incluye al pueblo y a ella misma, y yo le agrego lo que Beatriz no puede saber: cadáveres de sueños que nunca terminaron de inhumarse, mi vida dilapidada por elegir siempre volver a mi caverna conocida.
Pero no es eso. El problema no es mi mujer. El problema es el tiempo que se ha gastado mientras tanto. Los infinitos renunciamientos a lo que me hacía ser en definitiva. El problema es haberse hecho miles de boicots con tal de que los vecinos nos acepten, de que mi mujer me quiera a su manera. Imposible explicarle eso a Beatriz, ahora.
Mejor besarla largamente. Acariciarle el pelo azabache y secarle la única lágrima que derramará Beatriz, porque no se derrochan los líquidos en Alchagualasto.

...

Cómo pude olvidarme de la apuesta de Don Sixto. Demasiado tarde ahora, ya hay treinta kilómetros entre la camioneta y el pueblo. Nunca es tarde, pienso, y me río de la vieja frase absurda mientras tiro la Dodge a la banquina y me preparo a pegar la vuelta. Y además que no me sentiría bien dejando una deuda sin pagar. Demasiadas tengo, como para que una más se haga un peso insoportable.

En cuanto consigo frenar, el primer goterón se hace pedazos contra el parabrisas. Y otro, una docena más. Toda una tormenta entera, que gana fuerza como la Dodge gana velocidad y como gana cuerpo en mí la idea. Un vendaval que se saca las ganas mientras me acerco al pueblo, pasando los cien kilómetros.

Y comprendo que en realidad le gané la apuesta al viejo taimado. Tal vez algún día vuelva a cobrársela, me digo mientras paso de largo el pueblito a ciento cincuenta y sigo, por ahora sin rumbo, pero seguro que no a Tucumán y eso es también como tener un rumbo. O algo como eso, y que se siente muy bien, pienso mientras voy dejando atrás las últimas casitas y me siento feliz por Beatriz, que debe estar mirando como llueve, por fin llueve, sobre Alchagualasto.




(*) No es que estemos refritando ni faltos de ideas. Pero de este cuento ya casi viejo sólo había posteado un pedacito, y volvió
insidiosamente (como dice él mismo) hace unos días, y no me ando autoleyendo cuando hay tantas cosas mejores para leer. Pero volvió y se ganó su espacio completo, si quieren mi opinión.

jueves, octubre 04, 2007

Exclusivamente para el YAYA



"La inspiración es una prostituta que coquetea conmigo, pero se acuesta con Serrat" (Joaquín Sabina)

domingo, septiembre 30, 2007

Los círculos de fuego


Esto no es un cuento.
(‘Esto no es una pipa’ – René Magritte)

El círculo de fuego que me rodea tiene unos seis metros de diámetro, y no es perfecto. Tampoco es uniforme la altura de las llamas: algunas sobrepasan largamente los cuatro metros y otras no llegan a los dos o tres. De todas formas, en cualquier lugar el fuego supera mi estatura. En el centro del círculo es donde reflexiono o desespero; también, es donde me rearmo para intentar otra fuga. Ya lo dije: las llamas son desiguales. Pero no dije: sé que hay huecos entre ellas.
Lo sé porque los he vislumbrado entre el infierno. Hace mucho tiempo hice marcas en el suelo para orientarme, pero los huecos sin fuego (las salidas) nunca permanecen en el mismo lugar. También hice marcas para no ir hacia determinados lugares, pero fueron tan inútiles como las otras: tampoco las llamas permanecen iguales. Todo cambia constantemente. Con desesperación (con miedo, también), intenté borrar todas las señales y ahora el suelo de mi prisión es un caos de huellas sobre huellas. Por suerte, la intensidad de las llamas tampoco me permite ver con claridad esas señales de mis fracasos, que me debilitarían. Así que, en cierta forma, el fuego también me mantiene vivo, y alerta. Debo cuidarme de no caminar enceguecido o me convertiría en una pira humana enseguida. Muchas veces me he acercado demasiado a los lugares nefastos, y las llamas mordieron mi carne y la laceraron malamente, aunque todavía resisto, y quiero salir.

Sólo el centro permanece inalterable. Cuando consigo volver a él, después de un intento especialmente doloroso o cuando no puedo evitar gritarles a las llamas y dejarme arrastrar al desaliento, luego descubro que el centro permanece inalterable. No sin que pase un tiempo, claro está. Pero el centro, que es el punto más alejado de las llamas, tiene propiedades curativas y al cabo vuelven la cordura o la cicatrización. Este centro, con todos sus poderes, tampoco pretende retenerme. Al contrario: él y yo, que somos lo mismo en esencia, sabemos que la misión es atravesar el muro de fuego, descubrir el instante preciso en que las salidas estarán al alcance, y salir.
Ya lo hemos hecho antes, sueño a veces que me dice una voz supuestamente alentadora. Pero al despertar, esos son los días más terribles, cuando no puedo evitar aullar horas enteras ante las llamas más altas, o quemarme tal vez a conciencia, como castigo. Porque si ya he salido, me pregunto, por qué he vuelto. O acaso éste sea otro círculo: me parece recordar otros, pero en esos días no confío demasiado en mi mente.

Pero el centro permanece inalterable, y cuando pretendo resguardarme en él y curarme, y tal vez quedarme en ese preciso lugar para siempre, él y yo, que somos lo mismo en esencia, sabemos que la misión es salir. Y que tal vez sólo pasemos al círculo siguiente, pero confiamos en que haya más salidas o menos fragor en los fuegos. Y entonces abandono el centro, y continúo buscando, y las llamas parecen menos pavorosas por un tiempo.
Y he descubierto lo más importante, aunque todavía no he podido llevarlo a la práctica: el verdadero logro sería llevarme el centro (que es mi esencia) conmigo, colgármelo como un talismán indestructible antes de intentar el pasaje, y profetizo que una vez que lo logre los fuegos se mostrarán sumisos, y me enseñarán las salidas con respeto.

martes, septiembre 25, 2007

Una consulta telefónica

- …¿Hola…?
- Buenas noches, Doctor Villafañe, disculpe que lo moleste a esta hora…
- Ah, Santiago…¿Qué pasa? Estaba durmiendo…
- Doctor, le ruego me disculpe, pero tengo un caso que quisiera consultar con usted…
- Está bien, Doctor…dígame…
- Es un paciente masculino, Doctor, que recibió cuatro balazos que al parecer no interesaron órganos vitales, pero no sé cómo evaluar las prioridades, Doctor, es decir: por cuál de los balazos empezar. Salud.
- Doctor, ¿es un trabajo hipotético para su tesis o qué? ¿¿Salud...??
- No, Doctor Villafañe…lo tengo acá…
- ¿¿¿Desde dónde me habla, Santiago???
- Desde el quirófano, Doctor…
- ¿Y el jefe de guardia, Santiago? ¿¿Está usted solo??
- Sip…
- Pero usted…disculpe Santiago, pero usted recién…
- El Jefe se fue, Doctor. Acá es así.
- Bueno, no pierda la calma…
- Noooo, Doctor, me tomé unas pastillas con una cervecita y estoy bár-babaro…
- Ah…
- Me estoy tomando otra bien fresquita, já.
- Santiago, escúcheme…¿Está seguro de que el hombre vive, por lo menos?
- Güeno…hace un rato se quejaba...
- ¿Dónde se alojan los impactos?
- ¿Lo qué?
- Los balazos, Santiago, ¿dónde?
- Tiene uno acá…en el brazo…hmm…derecho. Otro en la gamba del mismo planis…ferio…Uno directamente en el metacarpiano ilíaco…Uuuh, feo.
- ¿¿¿Dónde???
- (¡¡¡Aaagh!!!) Bueno, acá. Este le duele, se ve, porque se lo toqué y se quejó. Disculpe, maestro…Sana, sana…
- Por Dios, Santiago. Sí, lo escuché. Por suerte vive todavía. Yo no llego allá ni en una hora, tiene que concentrarse, Santiago.
- Lo recagaron a tiros, Doctor. El cuarto lo tiene en el mate.
- ¿¿¿Tiene un tiro en la cabeza????
- Sí. Un asco…Corra el melón para el otro lado, maestro, que se le están salien…
- ¡¡Ese es el fundamental, Santiago!!! ¡Detenga la hemorragia, controle la presión!
- Ah, usté lo dice muy fácil. Che, quédese un poco quieto, pelotudo.
- Santiago, ¿hay orificio de salida?
- No le voy a mirar el orto, Doctor…
- ¿¿¿De qué está hab…???
- Me niego, ¿y qué?
- El disparo en la cabeza, Santiago, ¿tiene otro agujero por donde salió la bala?
- Aaah, me tendría que fijar, ¿no?
- Haga eso, por favor…
- A ver… Tranquilo, negro. Tengo que verte la cabecita del otro lado. (¡¡¡Aaaggg!!) No, no, sin caprichos porque me voy a la mierda... ¿Doctor?
- ¿Sí, Santiago?
- Tenemos suerte, no hay ningún aujerito. ¡¡¡Salud!!!! Tomá un poquito, negro, estás bárb…
- ¡Peor, Santiago! ¡La bala sigue en la cabeza y eso le está produciendo presión!
- Ah…No tomés más, negro.
- Santiago…
- Se ve que tan mal no está, porque me afanó la botella.
- (Gracias, tordo)
- ¿¿¿¿Lo escuchó??? Habla y todo… Basta, negro, te va a dar acidez…
- ¿El paciente está tomando cerveza?
- Y cómo…
- No me lo explico, pero tal vez tengamos suerte…
- Te dije basta…(¡Uh!) Ah, ¿te duele? Entonces soltá…
- Tal vez el disparo en la cabeza pueda esperar…No está en shock, evidentemente…Pero hay que detener cualquier hemorragia…Me preocupa el…
- (¡Dejá la birra, puto!) ¡Shhh!…Te voy a meter una piña, no me dejás escurrrchar al Doctor Villafañe. Disculpe, Doctor.
- Decía que…
- (¿Te aguantás los chispazos, gil? Dame la…) ¡¡¡Shhh!!!
- …me preocupa la posibilidad…
- Doctor Villafañe, un momento…
- Es que no debemos perder tiempo…
- Ya está. Se durmió…
- ¡No, no, despiértelo, Santiago!
- Negrito, despertate.
- Santiago, es importante mantenerlo despierto.
- ¿Negro? ¿No querés más?
- Santiago…
- Dale, negro… ¿Doctor? Creo que se murió.
- Revise…
- No, Doctor, se murió: si no reacciona con la botella en la boca, está muerto.
- Qué tragedia…
- Qué hijo de puta…se la tomó casi toda…
- Lo dejo, Santiago…Esto es terrible…
- Sí, ya cerró el bar...Un gusto, Doctor. Y gracias.

miércoles, septiembre 19, 2007

Interruptus

Entonces entro con mi cuaderno abierto y le digo que no me interrumpa, porque usted siempre me interrumpe y las ideas se me van, le digo. Sí, buenas noches, pero no me interrumpa ni me pregunte nada, porque lo tengo todo escrito, me parece que logré escribirlo todo y así ganamos tiempo, le digo.
Él medio se sonríe y dice como usted prefiera en voz muy baja y me hace un gesto para indicarme la silla, pero yo continúo de pie y dispuesto a leerle, desde el principio, mis escritos, desde la mitad casi exacta de un cuaderno usado que comencé a rellenar hace una semana, desde que tuve la última sesión con él, que ahora se acomoda como quien se resigna pero sin nada de ganas.
Medio cuaderno de los grandes he llenado en estos siete días, pero creo que está todo. No tuve tiempo de revisarlo porque acabé de escribirlo cuando venía para acá en el 343, me quedaba media página y era como una señal de que me faltaba agregar algo, así que en el colectivo la completé. Y ahora, o desde que apreté con violencia la birome sobre el punto final, tengo la sensación de tenerlo todo acá en el cuaderno, todo lo que vengo queriendo decirle a este joven profesional que me escucha desde hace seis meses, pero que siempre me interrumpe, o se empeña en que haga asociaciones en mitad de una frase y yo no funciono así. Me corta el hilo de lo que venía diciendo y me hace asociar y yo digo siempre cosas como pito, tetas, pero ni sé por qué lo digo, no estoy asociando nada, me parece: lo que quiero es que me deje seguir con lo que estaba diciendo.

Así que busco la página marcada y comienzo con un estimado doctor dos puntos. Y explico a continuación que me veo en la necesidad de volcar en el papel algunas cosas, o todas las cosas, que con sus interrupciones no puedo decirle durante la sesión. Culo.
Por ejemplo, hace unos meses le hablaba de unas vacaciones en Azul que me marcaron, cuando ví a mi prima nadando desnuda en el tanque australiano, y usted me preguntó algo y esa pregunta derivó hacia otro tema y el tiempo corre y usted es sumamente estricto con eso. Concha. Así que he empezado a registrar en este cuaderno las ideas que verdaderamente (teta), me gustaría que trabajáramos. Pija. Concha. Aquella vez en Azul yo me toqué, doctor, viendo a mi prima, pero apareció mi madre, que por suerte no llegó a advertir nada, pero yo me quedé muy mal. Paja. Y después vino el problema que le mencioné (tetas), doctor.

Y mientras estoy leyendo advierto que el psiquiatra se está cagando de risa y decido que ya no es una interrupción (concha), es una falta de respeto (pija) y decido no venir nunca más a ver a este pelotudo, pero él hace como que no escucha mi adiós definitivo y cree que voy a volver pronto, porque me saluda con un Hasta los huevos, Pérez.




Nota del 20/9:

Hay un precioso librito de Ariel Arango (que alguien me afanó) llamado "Las malas palabras - Virtudes de la obscenidad" o algo muy parecido a eso. Lo recomiendo encarecidamente. Pérez no lo leyó y así quedó...

lunes, septiembre 17, 2007

Conducta en los conciertos

No vamos por el anís, ni porque hay que ir.
(J. Cortázar – “Conducta en los velorios”)




A toda la familia le interesan las expresiones artísticas, pero sobre todo nos encanta asistir a los conciertos musicales. Claro que hay diferencias entre los gustos de, por ejemplo, mi tío Julio y el de mis hermanitas las mellizas. Sin embargo, la brecha generacional no impide que se respeten a rajatabla todos los géneros y es una delicia cuando los domingos, después de los ravioles, las mellis entonan a dúo “Naranjo en flor”. No ocurre lo mismo, hay que decirlo, cuando el abuelo la emprende pastosa y postizamente con una de Chayanne, y encima se olvida la mitad de la letra.
Tamaña afición musical hace que ir a los conciertos nos encante a todos sin excepción. La posibilidad de ver a nuestros ídolos musicales (a los de cualquiera de la familia, porque vamos todos juntos aunque el artista en cuestión le guste sólo a mi prima la del medio que es un poco sorda), es como la Nochebuena o el cumpleaños de la nona. En cuanto se decide la concurrencia y se ponen en venta las entradas, mi tía la menor, que siempre está embarazada, y mi hermano mayor, el Gordo, se llevan a los once más chiquitos de la familia hasta el punto de venta y consiguen que la dejen adquirir los boletos con preferencia, salvo algunas veces en que debe imponerse mi hermano redondamente a los empujones.
La familia, en todo lo concerniente a un espectáculo al que nos interesa concurrir, funciona como una aceitada máquina que se ha ido perfeccionando con los años.
La tía paridera y mi hermano, entonces, son los encargados de las entradas, acompañados de los más chiquitos. Semejante prole es transportada en el colectivo de mi cuñado, y si coincide con el horario de trabajo, el Cholo saca el autotransporte de su recorrido habitual, pasa a buscar a todos por casa y cambia la ruta en dirección al punto de venta de los tickets. Esto trae algunos problemas con los pasajeros, pero en eso también colabora la enorme presencia y la mirada torva de mi hermano mayor, al cual le desautorizamos sistemáticamente cada propuesta que hace de ir a ver al Doctor Cormillot, y él lo acepta obedientemente. Somos una familia unida, nos encantan los conciertos y cada uno respeta su función.

Eso sí: nos molestan soberanamente las expresiones fuera de lugar y los públicos vesánicos.
Somos entusiastas de la música, pero ya he mencionado el respeto que guardamos por los artistas, y por el resto de los melómanos que asisten fundamentalmente a escuchar. Tararear suavemente, hacer palmas en un estribillo o expresarse al final de un tema, es una cosa. Hacer el tonto es otra, y encima un tonto molesto y guarango, que irrita sobremanera especialmente a mi madre, ex soprano y concertista de cello, ahora dedicada más bien al aero-box.

A nosotros, justamente, no pueden hablarnos de las distintas expresiones que pueden generar los diferentes artistas. A nosotros, que fuimos los treinta y cinco de siempre (sin excepción ni de mi tía embarazada) a ver a los Guns, y que nos dejamos literalmente descontrolar con los solos de Slash, hasta el punto de que mi hermano el Gordo la emprendió a los tortazos con los que tenía alrededor, a nosotros, digo, que estamos más que curtidos, no pueden venir a enseñarnos qué está bien hacer y qué no.
Fuimos a la despedida de los Chalchareros (a todas) y mis tíos y tías dieron cátedra de cómo deben bailarse la zamba y la chacarera, y sin embargo mi madre, con toda su sapiencia, jamás soltó un Do de pecho las veces que fuimos al Colón. Somos ubicados, respetuosos y tolerantes; soportamos a duras penas los comportamientos antisociales, y si el desubique es demasiado, nos vamos y listo.
Entendemos, además, lo de la identificación con el artista, pero nos pareció riesgoso, por ejemplo, que la mitad del público fumara marihuana escuchando a Calamaro en el Gran Rex. Por las alfombras, claro está.
El riesgo de incendio espantó a mi abuela, quien ordenó la inmediata retirada, a pesar de que se reía como loca y de que se fue gritando Viva Perón, Carajo.

Cuando nos sucede algo así, cuando nos arruinan un espectáculo (y lamentablemente nos ha ocurrido varias veces), entra a funcionar otra parte de la maquinaria que también hemos desarrollado. No es una parte que nos complazca, pero sentimos casi el deber de borrar una ignominia con otra.
Cuando nos vemos heridos sensiblemente en un concierto, vamos y arruinamos otro.

Es de destacar que en ningún miembro de la familia ha prendido la cumbia villera. Casi diría que la detestamos.
Por ese motivo, cuando un público imbécil nos estropea un concierto de Serrat, por ejemplo, averiguamos la fecha de la próxima presentación de Supermerkados. No es que nos parezcan los peores, pero por votación familiar fue elegido como el nombre más feo de la cumbiamba.
Allá van, entonces, mi tía, los nenes y el Gordo a buscar las entradas.
Allá vamos los treinta y cinco, aunque en pequeños grupos que se ubican estratégicamente por separado.
Allá van, muy temprano, mi primo el técnico electrónico y mi cuñado el cerrajero que te abre hasta las cajas de Fort Knox si quiere.

En el recinto, todos los hombres consumimos la cerveza de rigor, todos vestimos pantalón de gimnasia y gorrita, y fumamos echándole el aliento en la cara al de al lado. Varias de las mujeres han ensayado el paso de la semana y están investidas en minúsculas minifaldas y convenientemente sudorosas, listas para largar la coreografía cuando mi prima la mayor lo ordene. La mimetización es perfecta: mi padre, que en sus años mozos hizo dos semanas de teatro con Juan Carlos Thorry, pasa simplemente por un viejo borrachín, y la nona lleva una melliza de cada mano, las cuales se muestran alborozadas y hablan a los gritos comiéndose religiosamente todas las eses.
Cuando la maroma está en su esplendor, cuando nuestras chicas ya van por el paso de murga y varios las rodean babeando, cuando el grupejo tiende a entonar un tema absolutamente cursi y meloso, que llaman de amor, lleno de “fuistes”, “engañastes” y con apropiada música suave, es nuestra hora.

Ahí sí mi madre, en el momento de mayor silencio del público, da la nota, literalmente, e irónicamente hasta suele brindar el tono exacto del bodrio que están cantando, pero inconmensurablemente más alto. Es un delgadísimo pero sobrecogedor hilo agudo, una cuerda de plata tensa y vibrante que amenaza con cortarse y suspender, en el mismo acto, todos los sonidos del mundo para siempre.
Inútil que el inútil cantante pretenda taparla con su patética vocecita, inútiles los murmullos, y además inaudibles ante la espléndida voz de mi madre. Los de la familia, a pesar de estar esperando el momento, no podemos evitar un instante de estupefacción cuando la oímos, y quedaríamos extasiados oyéndola, si no comenzara a funcionar lo que preparó mi primo el técnico electrónico. Sobre el final del prístino solo de mi madre, por los equipos mismos de la deplorable banda, arrancan atronadores los acordes iniciales de “Confortably numb” de Pink Floyd. Eso dura unos quince segundos y corta abruptamente, y, en el silencio que sigue, mi ahijado entona el Ave María desde el centro mismo de la sala, y mi madre se le une inmediatamente. Nadie se ha atrevido jamás a interrumpir esa oración cantada, y es el momento en que mis primos jóvenes suben al escenario, custodiados por mi hermano el Gordo que además porta dos enormes automáticas de cachas relucientes. Despojan a los músicos de sus instrumentos, a veces con violencia, y maravillosamente hacen una moderna versión del principio de “Lunita tucumana”, que es cantada desde otro punto de la sala por mis tíos mayores.
La calidad del espectáculo que ofrecemos confunde a la muchedumbre, y hasta los que al principio pretendían silenciarnos, se ven censurados por algunos que han sabido escuchar lo que es bueno.
Antes del estribillo, las mellizas y el resto de las nenas, desde otro rincón, hacen un popurrí de María Elena Walsh, y ahí sí, vamos preparando la retirada.
Es el momento en que el abuelo arranca frenéticamente con “Provócame”, de Chayanne y eso ni nosotros lo soportamos.
Mientras nos acercamos a la puerta de salida, el último truco de mi primo el electrotécnico acalla los gritos del abuelo, y la Quinta Sinfonía se impone, sublime, despidiéndonos, hasta que alguno de los plomos logre desbaratar el meticuloso trabajo del primo y los cables pelados que ha dejado ex profeso.

La única nota amarga de esta abyecta conducta es que, salvando lo del abuelo, no nos vamos convencidos de haber arruinado el espectáculo, sino todo lo contrario.

jueves, agosto 30, 2007

Joaquín Sabina y Joan Manuel Serrat


La calidad de imagen y sonido (y el público a destiempo) no son de lo mejor. Pero resistí la tentación de ver otros: prefiero sorprenderme el 14 de diciembre en la Bombonera.

Igual, va a ser difícil escuchar en silencio, me parece.

sábado, agosto 25, 2007

Putas


Por pasar el rato o andá a saber por qué, se me ocurrió intentar el recuento de las mujeres de mi vida (sexual), sin contar a las prostitutas.
Sobre la magra cifra de las no profesionales no abundaré en detalles: básteme decir que he ganado y perdido parejamente, y que no está tan mal si se lo mira con cierta esperanza de futuro venturoso.

Pero el revival pasó rápida y astutamente por los amores finiquitados y me dejó, en cambio, regocijarme justamente con algunos efímeros pero intensos contactos con chicas de la vida. Casos un tanto fuera de lo común.

Recordé, por ejemplo, a Betania, una puta que ejercía (y espero que lo siga haciendo) en el barrio Pelourinho de Bahía: hablo de muchos años atrás, cuando no estaba lleno de policías, ni arregladito a expensas del patrimonio de la Humanidad, y a Michael Jackson no se le hubiera ocurrido jamás poner uno de sus delicados pies en esa especie de Babilonia morena. Hablo de cuando había que ser guapos para pernoctar en el hotel Colón y convivir con las ratas de la habitación, y dejar la puerta abierta para que las artesanas francesas o los suecos que hacían música afro (¿en Suecia?) y se drogaban mucho, entraran cuando quisieran. En realidad, creo que nadie cerraba las puertas de las habitaciones: le teníamos mucha más desconfianza al gordo y negro conserje que todo el día cambiaba dinero o compraba oro a personajes más atemorizantes que él, lo cual era decir bastante.
Pero volviendo a Betania: el Peló era en sí un mercado. Apenas pisabas el empedrado te ofrecían artesanías, droga, cambio, amuletos de Iemanjá, acarajés con langostinos…y sexo. Nosotros éramos cuatro, en dos habitaciones, y una noche llevamos a Jacqueline y Betania, con la sana intención de compartir entre amigos. No recuerdo exactamente qué suerte corrió Jacqueline, pero Betania y yo fuimos inseparables. Cuando terminamos mi cajita de tres profilácticos (insisto: hablo de muchos años atrás, y además no hay nada más excitante que una puta excitada), ella sacó otra cajita, y seguimos hasta el amanecer y rehusé la idea de Betania de volver a enrollar alguno de los forros porque estaba exhausto, no porque me faltaran ganas.
Cuando tuve que pagarle ella no tenía cambio, y se ofreció a traérmelo más tarde.

Y esta es realmente la parte interesante del relato: no sólo volvió como a las 10 de la mañana con el vuelto, que yo daba lógicamente por perdido, sino que lo hizo acompañada de varias colegas. Me invitaron a desayunar (recuerdo que aún desconfiaba y que pensé: “Ah…ya sé quién va a pagar el desayuno de todos…”) y fuimos a la Cantina da Lua en alegre grupo, total el cambio me favorecía y las chicas parecían buenas.
Y allí, en el centro mismo de Pelourinho, en la parte exterior de la Cantina da Lua, desayuné con siete u ocho putas, ante la mirada entre atónita y temerosa de turistas y lugareños, porque las chicas resultaron buenas pero un tanto escandalosas.
Y pagaron todo ellas, y no me permitieron que las invitara ni que las tocara ni un poco, aunque creo que esto último era por respeto a Betania, que me tenía dulcemente tomado de la mano.

El otro caso digno de mención es el de Gimena, de la época en que vivía solo en Belgrano y estas chicas, para mi mal, aceptaban Visa y así me sumergí en una deuda con la tarjeta con Veraz incluído de la que salí años después, cuando senté definitivamente cabeza o cuando mi ex esposa directamente me obligó a hacerlo, no recuerdo bien.

Gimena era una muñequita preciosa, bajita, morocha y delgada, de unos 20 años, con los mejores senos que he visto en mi vida, y también el primer tatuaje al final de la espina dorsal que vi, y no usaba bombacha. Lo primero que dijo fue: “¡Qué bueno que sos joven!”, dado que yo no llegaba a los 30 y las chicas eran Nivel Ejecutivo y debían estar acostumbradas a carcamanes adinerados bastante mayores. Claro: después vino el quilombo con Visa, etc., pero Gimena no tenía por qué saberlo.
El primer encuentro fue muy bueno, pero el segundo fue mejor.

Juro que había alegría en la carita de Gimena cuando bajé a abrirle por segunda vez, y que empezamos en el ascensor, y que entramos a mi departamento rodando por el piso, y que es mentira que las putas no dan besos de verdad.
Esa noche Gimena se olvidó del reloj, y hasta aceptó un whisky (ninguna tomó jamás nada que yo le ofreciera, ni agua de la canilla) y tomó un poco, pero terminó tirándoselo encima con hielo y todo, y alguien debiera decir alguna vez que el blend exacto no se obtiene de maltas escocesas, sino de una dura y enhiesta cola veinteañera.

Así que, a juzgar por cómo se manejó mi memoria, me veo en la necesidad de hacer un nuevo recuento y de incluir con alegría algunas verdaderas artistas del viejo oficio, aunque mi corazón vuelva a sangrar copiosamente al acordarme de Visa, otra puta pero de las malas.

martes, agosto 21, 2007

Colectividades

Es cierto que somos un grupo más de acción que de reflexión (1), algo que nos ha valido hasta la artera clasificación de delincuentes, o por lo menos de hinchapelotas. Pero a varios de nosotros nos gusta leer en los colectivos, o por lo menos nos gustaba cuando lo colectivos tenían luces en el interior.
De un tiempo a esta parte, las empresas han optado por encender sólo algunas (o ninguna, como el 430, aunque en este caso es para que no se pueda comprobar el calamitoso estado de las unidades de 1947), en muchos casos mortecinos fanales de color azul o rojo, y tampoco todas las lámparas: más bien una sí, dos no. Lo que confiere al colectivo un aspecto de disco mal iluminada y peor musicalizada: el método que utilizan los micros de larga distancia para que te duermas y, si es posible, ni te pasan la película de Jean Claude Van Damme.
“Dormite, que el viaje se te pasa más rápido”, parece ser la consigna.
A mí se me pasa más rápido si puedo leer, y si me duermo puedo terminar en Claypole, y para los estudiantes puede ser fundamental para un último repaso al examen que van a dar en un rato, pero eso no lo tienen en cuenta.

Ponele que en los micros esté bien, y que seguramente vas a despertarte en la Terminal (en todas las terminales, en realidad) y que a lo mejor ni querías ver la película, y que en las largas distancias puede justificarse o priorizarse el descanso.

Pero hoy por hoy por, a la noche, resulta prácticamente imposible leer en los colectivos. Aficionados a la lectura descartan tenebrosos asientos vacios y se mantienen de pie junto al único asiento sobre el que pende una lamparita de 20 watts cagada por las moscas, lo que genera miradas desconfiadas por parte de la vieja ocupante del mismo, y apresuras agarradas de carteras y otros enseres.
Los aficionados a la lectura colectivesca hemos pasado a ser sospechosos, y además nuestras posibilidades de viajar sentados se han reducido un 75 porciento por esto de buscar los escasos asientos apenas iluminados. Esto afecta también a la vieja si el asiento es doble, porque si se desocupa el de al lado e, inmediatamente al acomodarnos, rebuscamos algo en el portafolios, es probable que la señora se asuste y cambie de asiento o por lo menos contemple con terror nuestros movimientos hasta que vea aparecer un simple libro, por ejemplo Sexus de Henry Miller (bueno, no es el mejor ejemplo: ahí seguro que se muda de asiento a toda velocidad)

En la última reunión del grupo (1), se trató el tema de la falta de luz, y de la casi exclusividad de Ricardo Montaner en un sitio que solía ser como un anexo de biblioteca popular. Estelita la Bomba Formoseña no es de leer mucho, pero se ofreció a darle charla y a convidar con mate dulce al conductor, en tanto el resto de los muchachos subiremos munidos de libros y pequeños faroles de noche, que en época invernal, se ocultan fácilmente bajo los abrigos.
Estelita (estamos seguros) convencerá rápidamente al chofer de que baje la musiquita, cuestión de poder hablarle de cosas más interesantes. En ese momento, casi simbólicamente, el autotransporte se verá invadido de luz, doblemente iluminado por los farolitos y por ejemplares de Borges, de Unamuno, algo de Ray Bradbury a exigencias del Pollo, y sonará brevemente en la voz del Guille una frase de los “Twist” que dice “Estudiantes, estudiantes a estudiar”, con lo que se alentará a los jóvenes a que saquen sus apuntes bajo la radiante iluminación de los 16 farolitos. Convertiremos a ese colectivo en un pozo de luz y sabiduría, incluso se armarán charlas debate en los asientos del medio a cargo de Miguelito Lezama, se analizará “Rayuela” de punta a punta, y los estudiantes deberán dejar sus conclusiones antes de que se les permita bajarse.
Es probable que la movida nos tome varias vueltas del mismo colectivo, pero Estelita ha estado practicando el arte de la oratoria y el baile del caño de colectivo, así que no prevemos un problema con el chofer, que seguirá vendiendo boletos, pero solamente al que porte al menos un diario. De lo contrario, que el despreciable sujeto espere el próximo bondi en tinieblas y no joda.

Sobre el final, entonaremos todos juntos “Dónde iremos a parar si se apaga Valderrama” y bajaremos con los faroles aún encendidos, y tal vez el Guille declame algo de Bécquer mientras el colectivo se aleja, ahora sí con todas las luces encendidas, e inexorablemente ganado para la causa.
Sobre este punto, Estelita ha sido explícita y aclaró que si le va la bocha, ella sigue con el colectivero hasta la terminal y no se baja nada.




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