Cada vez que algún gordo conocido adelgaza en forma notoria y lo proclama, genera a todos los de su entorno una serie de inconvenientes que exceden la medida, exceden los límites de la paciencia y exceden la velocidad permitida para las recriminaciones de nuestras respectivas parejas, siempre preocupadas por nuestra desidia y falta de empeño en todos los rubros que hacen a nuestra superación personal.
Es para odiarlos más que si se hubieran sacado el Loto porque aquí no interviene la suerte, y además el ex lechón ya habrá declamado estupideces como: "Cuesta, pero cualquiera puede hacerlo".
Son, y deben tomarse como, insultos deliberados, provocaciones inauditas, críticas alevosas y malintencionadas que se hacen generalmente en reuniones, y en el momento exacto en que llega la pizza a nuestro plato.
De nada valdrán las justas observaciones de que, por ejemplo, el gordo bajó como 30 kilos, pero sigue pesando 187, sigue siendo una ballena franca que no puede ponerse como modelo de conducta ni mucho menos. De nada valdrá decir que es la primera vez en su vida que hace dieta, que siempre comió como un náufrago recién rescatado y que nunca le importó ocupar dos asientos en el colectivo o aplastar a la mujer en sus intentos por aparearse.
Tampoco valdrá que dudemos de la continuidad de la dieta: lo que importa es el hoy, el presente venturoso del Testigo de Cormillot , que nos deja en vergonzosa desventaja aunque hayamos estado en nuestro peso ideal toda la vida (y con esfuerzo digno de un premio Pulitzer) y que hayamos perdido un poco la línea recién ahora, a la vuelta de Santa Teresita.
Algo similar ocurre con los ex fumadores que proclaman haber recuperado su mítico vigor sexual (?), con los ex alcohólicos que afirman haber conseguido un ascenso laboral merced a su abstinencia, y con los ex adictos a cualquier cosa que atribuyen su supuesto bienestar al sacrificio y al renunciamiento…que empezaron hace una semana.
Parecen predicadores recién recibidos en busca de ovejas descarriadas y, como siempre, tocan el timbre en el momento menos oportuno. Por ejemplo, cuando la pizza llega a mi plato.
Por supuesto, es reconfortante que un conocido se saque un vicio o una adicción, o que se vea mejor y más saludable. Es lógico también que se lo reconozca y estimule.
También debe tener sus ventajas tomar como modelo a gente mejor que uno, que fehacientemente se ha superado y sobre todo que ha mantenido una línea de conducta.
Lo que me molesta es que me pongan de ejemplo a cualquier almóndiga porque dejó de comerse los mocos hace un rato, y que encima yo salga desfavorecido en las comparaciones, que ya de por sí son odiosas.
Por suerte, creo haber encontrado la solución.
El otro día fuimos con mi novia a visitar una pareja amiga, Mariela y Daniel. Tanto Mariela como mi Claudia son de esas chicas que se cuidan mucho, van al gimnasio cada 6 horas y aparentan menos años de los que tienen. Divinas, pero muy hinchapelotas.
No lo noté al llegar, pero cuando Claudia deslizó con amargura el tema de mi incipiente gordura, Daniel se puso de pie para dejar en evidencia una panza cervecera de por lo menos el doble del tamaño que recordábamos. Un gesto de una grandeza insuperable, porque no es gratuito exponerse de esa forma frente a hermosos ejemplares de hembras que además, como dije, son muy hinchapelotas.
Ellas lo criticaron, claro, y nosotros nos abrazamos y abrimos un vino blanco helado, transparente y delicioso, y nos fuimos a ver una película de Jim Carrey.
Horrible, la película. Qué nos importa.
De manera que ahora seleccionamos las reuniones a las que acudiremos averiguando primero todo lo que podemos acerca del estado físico de los concurrentes. Mañana, por ejemplo, aceptamos con Daniel ir a la casa de Jorge, que es lo más parecido a
Dany de Vito haciendo del
PINGUINO
Si nos sale mal, si Jorge adelgazó o si alguno de los presentes quiere contar cómo se recuperó del paco hace 3 horas, entrará en funcionamiento la segunda parte del plan.
Va a costarnos un poco, no digo demasiado, pero un poco sí.
Pero confesaremos con Daniel y ante todos los presentes, incluidas (sobre todo) nuestras chicas, que antes éramos muy putos (acá nos tomaremos de las manos), que vivíamos juntos en una choza inmunda de la isla Maciel (esto tal vez amerita un piquito y unas lágrimas), que éramos hinchas de Platense (llanto desconsolado), y que sólo nos rescató de ese infierno el amor de Claudia y Mariela. ¿No es una muestra de superación y del poder del amor? ¿Acaso un abdomen marcado puede competir con eso?
¿Alguien va a ser tan hijo de puta como para fijarse en todo lo que comamos después?