No es que esté siempre cerrado, al contrario: los dos engendros que lo atienden (siempre juntos, hombre y mujer, siempre entreteniéndose con la tele o con algo, pasando el tiempo, porque vender no venden nada, jamás) cumplen puntillosamente un horario para decir casi con alegría, inexorablemente, que no tienen nada de lo que uno busca.
La zona en que está ubicado el quiosco es un filón: a la vuelta del Bingo, casi enfrente de la Corporación Médica, al lado de las varias remiserías 24 horas que están precisamente ahí por el Bingo y por la Corporación. Es un lugar ideal para vender a lo pavote, para cobrar más caros los mentoliptus, para no dar ningún vuelto, para atenderlo bien un par de años y comprarse un campo en Santa Fé, vacas y peones incluidos.
¿Cómo puede ser – me pregunté muchas veces – que estos tipos nunca tengan Marlboro? ¿Cómo puede ser que no tengan Coca-Cola, Rhodesias, pomada Wasington, papas fritas, Beldent de cualquier sabor?
¿Cómo puede ser que los productos por default de cualquier quiosco normal en este antro no existan?
Pero ojo: no te dicen jamás que no traen esas marcas. En el poco probable caso de que te hablen, te dicen (muy mal, con inexplicable rencor: te lo dicen como haciéndote un favor especial) que se les terminaron, que les están por traer, o que no les están entregando en este preciso momento.
Confieso que nunca me detuve a preguntar qué alternativas tenían, y además cada vez entro con menos expectativas y quiero irme más rápido. La razón de no averiguar nada es sencilla: en ese rincón tan propicio hay por lo menos 3 quioscos más, uno a escasos metros del otro.
Recién doblé justo por Ballester para ir a mi casa, y necesitaba cigarrillos. Resignadamente, entré en la tienda maldita.
Ellos se reían a carcajadas, estúpidamente, mirando la televisión. Casi no llegué a terminar la frase “Marlboro box”: ambos la estrangularon a dúo, giraron altivamente los cuellos para decir “No” con asco, con desprecio, con infinita maldad. Y volvieron inmediatamente los ojos a la pantalla, como si en esa misma negativa me hubieran hecho desaparecer.
Los odié.
Los maldije no tan silenciosamente y salí casi corriendo a buscar otro quiosco. Me sentí tan conmovedoramente feliz de obtener los cigarrillos sin tener que vender mi alma al demonio ni rebajarme en forma alguna, que además compré un chocolate, una tira de Cafiaspirina, una cinta para atarme el pelo, cera para depilarme y unas cuantas cosas más.
No es que haya dejado de ser pelado de repente (ni mucho menos que me depile): es que estaba feliz, y hasta resigné las 25 guitas que aún me quedaban de vuelto.
Antes de salir me percaté de que la señora del quiosco tenía la tele sintonizada en el mismo programa de los otros estúpidos.
Bajé la vista a mi bolsita llena de cosas innecesarias y comprendí cabalmente la oscura relación: el otro quiosco es un señuelo, un cazabobos que actúa en connivencia con éstos, un policía malo destinado a lograr el efecto que precisamente lograron en mí, que al toparme con un policía bueno no solamente deje para el café, sino que le pague la cena en Puerto Madero.
Indignado, pero no sin admiración por la jugada, volví sobre mis pasos al quiosco de la Eterna Negación. Antes de que los íncubos detectaran mi presencia observé qué producto asomaba en inocultable cantidad: caramelos “Media hora”.
Cuando el macho de la pareja dirigió su torva mirada hacia mí, señalé los caramelos.
- Todos éstos – arriesgué.
- Están vencidos – intentó.
- Me los llevo igual – dije triunfal.
Mañana voy por los palitos de la selva.






