Este es y será, probablemente, el post más impopular de este blog. Porque señalar algunas cosas que ya no soporto de los comentaristas de blogs es, por lo menos, una experiencia inédita y antipática.
Pero yo también soy comentarista en otros blogs, en todos los blogs que visito he dejado algún comentario, así que, tal vez, si declaro de movida que me incluyo inevitablemente en alguna de las categorías, pueda obtener cierta consideración de los futuros comentaristas de este panfleto estúpido, intrascendente, chupamedias, hiriente, interesado, despiadado, soberbio y/o malintencionado. Exactamente como los comentarios.
Aclaro: vengo de casi putearme con un comentarista anónimo en otro blog (no lo hice precisamente porque no es mi blog, y yo soy así de modosito), así que cierta temperatura intrínseca del escrito presente debe observarse a la luz de ese hecho. Me saltó la térmica por anónimo, por pelotudo, pero sobre todo porque anónimamente dejó más rápido al descubierto cierto comportamiento que también es observable en los no anónimos.
Y aclaro aún: Yo me considero enormemente afortunado con la gente que comenta acá, apenitas tuve que poner una vez la moderación de comentarios, porque en general me ha ido excelente, ha aparecido una gente impresionante y los comentarios están acorde. Pero esto es como un trabajo sociológico, y podemos opinar de lo que se ve por todos lados, ¿o no?.
No aclaro más, y voy a la clasificación.
Después de 3 años y medio de blog, después de casi 300 posts propios y de infinidad de otros recorridos, he visto que los comentarios pueden fácilmente separase en categorías bien definidas, y que la mayoría no son categorías precisamente virtuosas.
Hay comentarios intrascendentes
Está bien, no siempre se puede comentar algo ingenioso, o al menos gracioso, o quizás afectuoso. A veces el comentario ni siquiera tiene que ver con el post en sí.
Pero decir “Hola, pasé por acá” es de pendejo flogger, no dice nada, o en todo caso dice algo que no es necesario remarcar. Ya sé que pasaste, mató, pero…¿y?
Imaginate a Macaya Máquez, arquetipo del comentarista, diciendo “Acá estoy, en la cancha…”.
No, Enrique, eso ya lo sé.
Hay comentarios interesados
Son los que, con cualquier excusa, te hablan de su propio blog. La mayoría de las veces sin que tenga una verga que ver con nada.
“A propósito de tu post sobre las ballenas, en el mío escribí uno buenísimo…, pero sobre el pie de atleta en los maratonistas nigerianos. ¿Pasás?”
Ahora no paso nada, ahora me da mala espina que hayas puesto eso, me hace pensar que ni leíste el post: es más, no tenía nada que ver con las ballenas, yo hablaba de vallenatos.
No voy nada, sos más interesado que novia de Soldán.
Hay comentarios mala leche
Las 2 categorías anteriores tienen atenuantes: en general corresponden a gente novata, o muy tímida. Son intrascendentes porque le dio vergüenza decir algo más, o te invitan a su blog con cualquier excusa porque lo abrieron hace media hora y esperaban tener ya 400 comentarios, y no pasó nada de eso.
Pero las categorías que siguen se ponen más jodidas, sin atenuantes.
Los comentarios mala leche se dan, inexorablemente, en gente con alguna experiencia, con experiencia en blogs y con experiencia en ser mala leche, porque saben cómo hacer para jugar con ventajas. Gente que bajo las excusas más diversas, por ejemplo, la crítica constructiva (Ay, Casciari, ¿cómo los aguantás?), disfrazando un poquito el comentario, buscan pegarte donde más te duele, bajarte, rebajarte, y por el mismo precio, subirse ellos
¿Desde qué posición alguien que no escribe se arroga el derecho de ser crítico de los que sí lo hacemos?
Ya de movida estamos mal, el mala leche repartió los roles y está convencido de que puede hacernos el favor de criticarnos.
Muchas veces se suben al andamio, erróneamente, basados en el tiempo que hace que leen el blog.
Hay derecho de piso
Sí, hay. Un apartado especial merecen los mala leche que adscriben a lo anterior y suponen que la antigüedad es un grado. Estos moluscos tienen la particularidad de que no solamente arremeten ocasional y veladamente contra el autor del blog, sino contra otros comentaristas, basados en imaginarios derechos adquiridos.
“Serás mía o de nadie”, parece ser otra consigna. Porque le pegan descaradamente al dueño del blog, pero en cuanto aparece uno nuevo diciendo algo que no les parece o, tal vez, lo mismo que ellos pero con otras palabras, se le ponen inmediatamente en contra. Lo defenestran, lo tratan de minusválido, y hasta tienen la patología de ponerse nostálgicos, y añorar los tiempos en que éramos pocos y nos queríamos tanto.
Ni siquiera lo consultan al autor, a ver si le parece mal que lo lea gente nueva, o que incluso pueda renovarse parte del público, sobre todo los abiertamente mala leche.
Es gente que entendió mal el juego, gente que se comió que un blog es un diario íntimo al que es bueno que sólo algunos elegidos tengan acceso (sobre todo ellos, por supuesto: para leer de quién estás enamorado y ver cómo pueden cagarte la vida. Lo hacen hasta inconcientemente, pero no es excusa, no es atenuante. Cagate la vida solo, pelotudo).
Hay blogs que sí pretenden ser diarios íntimos, y mantener una relativa privacidad. Esos blogs, estimados mala leche, no son los públicos, los de acceso irrestricto. A esos blogs el autor les pone un derecho de admisión.
Los otros blogs se alimentan de gente que los visita, se enriquecen con los comentarios, y a cualquier autor lo reconforta (y le conviene) que lo lea siempre gente distinta.
Hay comentarios chupamedias
Y en general interesados, se entrelazan con aquellos, pero sin el atenuante de la ingenuidad, porque no les chupan las medias a cualquiera. Son comentaristas de blogs consagrados (vuelvo al ejemplo de Casciari), que no intentan aportar nada, sino figurar en el blog del famoso, aparecer siempre y aplaudirle cualquier bosta.
Parece que me contradigo, pero no (por lo menos, no acá): pareciera que esto se contradice con lo de criticar a los que critican, pero no. Una cosa es considerarte con derecho a la crítica malintencionada y como desde un andamio, y otra cosa es aplaudir cualquier bosta, que también es susceptible de aparecer en un blog bueno.
Para mí, no es necesario figurar siempre entre los aplaudidores, no es necesario que todo te guste y mucho menos es imprescindible que mientas sensaciones que ni de pedo sentiste (“Casi me descompongo de la risa cuando dijiste ‘culo’”) Dejá de mentir, eunuco. De lo contrario se empieza a sospechar de la intención de las alabanzas indiscriminadas.
Y está muy bien hacerlo.
Hay anónimos
Ah, los anónimos.
Cómo detesto a los anónimos que se hacen los piolas o que (supuestamente) te quieren pelear, pero siempre con la peor de las intenciones, siempre jugando con ventaja, siempre escondidos en el reputísimo anonimato.
Todas las categorías de malos comentaristas están incluidas en los anónimos malintencionados. Todas. Son un muestrario de patologías, y son pésimos comentaristas, para colmo.
El que se hace el guapo como anónimo debería ser descubierto por Blogger, o por Internet, o por Bill Gates, inmediatamente. Tras el comentario envenenado del anónimo, debería llegarte un mail de Billy diciendo: “Este putou vive acá”, y la dirección.
(Billy pronuncia “putou”, no es un error de tipeo)
Así que, dentro de todo, todavía hay que tener cierta consideración con el que comenta cualquier cosa, pero por lo menos no lo hace en forma anónima.
Se me podrá decir que yo tampoco entendí el juego, y que Internet es el reino de la impersonalidad, y que gracias a eso sarasa.
Mentiras, todas boludeces.
El juego sigue siendo el mismo, aunque algunos lo quieran jugar según sus propias reglas de mierda.
Hay buenos comentaristas
Claro que sí. Hay gente entusiasta, divertida, afectuosa, inteligentísima, hay gente que tiene la enorme deferencia de leer post largos, y encima aportar comentarios.
A las pruebas me remito.