jueves, julio 14, 2011
martes, julio 12, 2011
Pongan menos huevos
Hace unos años, Alejandro Dolina tenía un programa en la televisión en el que, al final, jugaba al fútbol con los invitados. Una vez llevó a Miguel Mateos, el de Zas, y el músico jugó espantosamente mal. Luego del fútbol mencionaron el álbum que Mateos acababa de sacar: "Atado a un sentimiento".
Y Dolina reflexionó: «'Atado a un sentimiento'...con razón jugó así...»
El comentario de Dolina tenía una intención netamente humorística, pero puede aplicarse muy seriamente a lo que viene pasando con el fútbol en general y por supuesto con la Selección Nacional. Hay una desorbitada sobreexigencia para con los jugadores, especialmente en el caso de Lionel Messi.
Hace bastante que perdimos de vista que el fútbol se trata, básicamente, de jugar al fútbol (1): las connotaciones viriles y patrióticas están, hoy por hoy, muy por encima del juego. La pasión no es una consecuencia, ni siquiera un componente secundario del juego: es un reclamo por anticipado, una especie de prueba de amor desquiciada, un corte de venas antes del primer beso (Peor todavía: una prueba constante que impide cualquier beso) . Los jugadores, antes de que se les permita jugar, tienen que demostrar que sienten la camiseta, que van a dejar la vida adentro de la cancha, que van a defender el prestigio de la Nación, que no les interesa la plata, que no son putos y que las Malvinas son argentinas. Todo eso antes de que toquen la primera pelota.
Ojo: tienen que demostrar todo eso, pero sin pasarse a la categoría de "Vendehumo". Mascherano promete que va a dejar la vida desde la propaganda de Claro, y después se siente en la obligación de ir con demasiada violencia en todas las jugadas. Y a veces suena como que está exagerando un poco, y que en realidad podría jugar mejor si no tuviera que dejar la vida a cada rato. Dejá de dejar la vida, Mascherano, que la necesitás para jugar. La verdad es que yo quisiera que prometa solamente que va a intentar darle la pelota a uno del mismo equipo. Con eso alcanza y sobra, para mí, en el caso de Mascherano.
Por supuesto, hay otros casos y otras exigencias. Messi, por ejemplo.
La tiene difícil Lionel. Él tiene que demostrar, además, que es el mejor del Mundo (2), y justificar cada uno de los euros que tiene en sus cuentas. Y además tiene que demostrar que odia a España y que ama la Argentina, y que, si fuera por él, jugaría en Newells por el honor y andaría en un Dodge 1500 verdecito.
Lo que no queda muy claro es a quién le tienen que demostrar todo eso los jugadores, y sobre todo qué recibirán a cambio de semejantes demostraciones. ¿Al Pueblo, será? ¿A cambio de Idolatría Popular? ¿Qué es lo que el Pueblo ofrece a cambio? ¿Amor Eterno? ¿Es el mismo Pueblo que ama y odia en idénticas proporciones a Diego Maradona, actualmente técnico en Dubai (¡Dubai!)?
No parece ofrecer demasiadas garantías, este Pueblo. Me parece recordar que el Diego sí cantaba el himno, y algunas cositas ha ganado, y así y todo...
Como sea, a pesar de la falta de garantías y el gataflorismo más absoluto, el Pueblo exige toda una serie de condiciones a sus representantes futbolísticos, y los representantes se sienten en la obligación de demostrar que las tienen bien puestas. Las condiciones, digo.
A propósito: pareciera que el delicado equilibrio que mencionábamos, el punto exacto entre "Pechofrío" y "Vendehumo" es una entidad mucho más deseable conocida como "Huevos". Por supuesto esta entidad es igualmente engañosa, y tan inestable como la antimateria: enseguida podés pasarte a Pecho o a Vende sin darte cuenta, solamente poniendo Huevos de más o de menos. Una mezcla de patriotismo y arte culinario, eso es lo que hay que tener...
¿Y jugar al fútbol? También, pero menos. Parece.
Cuando el equipo está jugando mal, el Pueblo no reclama que se corrija eso, sino que pongan más Huevos. Pareciera que todo se arregla poniendo más Huevos, o que el Pueblo prefiere las huevadas al fútbol.
La verdad es que los famosos Huevos son tan inhibitorios del buen fútbol como la necesidad de demostraciones patrióticas o la justificación de las cuentas bancarias. El jugador ideal no es un extraterrestre heroico y permanentemente apasionado, un guerrero todo corazón con buen cambio de frente o un abanderado de los humildes que va bien arriba. No pueden serlo porque el fútbol es un juego de equipo, y los héroes y abanderados son seres solitarios, a menudo vilipendiados justamente por sobresalir.
El jugador ideal, el más buscado, debería ser el que mejor juega en equipo, el que mejor hace jugar al equipo. El que ponga un poco menos de Huevos y un poco más de fútbol, tal vez.
(1) Me encanta cuando Riquelme dice "jugar a la pelota" en lugar de "fútbol", o cuando se aleja de las grandilocuencias de "vamos a dejar la vida", etcétera. Pero ya sabemos, por supuesto, que Román es un Pechofrío...
(2) El tema de que Messi sea considerado el mejor del mundo vino a terminar de complicarnos las cosas. Porque ya teníamos uno mejor del mundo, y bastante divididos ya nos tenía ese boludo. Ahora, encima, los tenemos que comparar entre ellos y repartir nuestro Amor-Odio entre ambos. No podíamos quedarnos simplemente con la realidad, que Diego fue el mejor de la Historia y Messi es el mejor actualmente, y alegrarnos de verlos jugar de vez en cuando en nuestro equipo, y separarlo de la vida privada de cada uno y felicitarnos de tener la suerte de ver dos enormes jugadores en la misma vida. No: lo mejor es hacerlos mierda a ambos, subrayar la cocaína de uno y la mudez en el Himno del otro, buscarle la décima pata al gato, decir que ganarle a Costa Rica no merece ni encender la tele, en fin, no disfrutar nunca nada... Por suerte nos sobra Amor-Odio como para 30 generaciones, que si no...
Messi y el Aleph
A Borges tampoco lo quisieron mucho los argentinos, no se crean. Es el escritor más importante de su país, y una de las claves de la historia de la literatura contemporánea y mundial. Una vez Perón, que creyó que era más importante que Borges, lo puso a inspeccionar gallinas, destituyéndolo de la dirección de la Biblioteca Nacional, que parecía más apropiada a la historia de sus conocimientos. ¿Por qué? Por venganza. Acaso porque no se sabía el himno argentino. Él, Borges, iba más por un himno mundial. Por eso escribió El Aleph.
Ahora con Messi se están ensañando porque no es Dios, ni Perón, ni Maradona, ni siquiera Evita. Es que Messi es más como Borges, y eso, claro, es insoportable para los que ven el fútbol, también, como una cuestión de himnos patrióticos. En el Barça Messi ha descubierto el milagro del Aleph; él tiene en la cabeza del funcionamiento de un milagro, que es el juego al que lo ha acostumbrado Guardiola, y con ese artilugio es capaz de inventarse el mundo, y golea, hace diabluras, es feliz.
En Argentina lo han mandado a inspeccionar gallinas, lo han cuestionado porque no se sabe el himno y lo persiguen como si fuera un delincuente, porque, dicen, no cree en la camiseta que le han puesto. Eso es mentira; los que reclaman patriotismo en los genios suelen ser mezquinos. Los genios son por naturaleza universales, no se saben, no tienen por qué, las letras de los himnos; sus letras son de otro signo, y su corazón canta desde la calidad de sus propias intuiciones.
A Messi lo están aburriendo. Un día va a hacer como cuando se enfadó con Pepe, que lo atosigaba, y entonces ya se va a hacer apátrida, como Borges, que era tan argentino como Messi.
lunes, junio 20, 2011
Cenizas
La urna con las cenizas quedó provisoriamente en la casa de mi madre y, cuando se vendió esa casa, me la llevé a la mía.
Puede parecer medio raro. A mí ya no me lo parece, y además la idea sigue siendo hacer ese viaje, hacer alguna especie de ceremonia íntima y respetuosa, algo entre mi hermano, mi madre y yo. De manera que tener las cenizas en casa es solamente algo lógico y temporal, y privado.
Sobre todo, privado.
La urna, por supuesto, no está a la vista, y no le cuento estas cosas a nadie.
Si lo cuento ahora acá es porque nadie de mi familia me lee, y porque las cosas cambiaron, las cenizas volvieron a cambiar de ubicación y ahora puede parecer un relato si uno lo cuenta.
Hace unos meses mi hermano decidió que vendría con su familia a pasar sus vacaciones de invierno en Buenos Aires. Arreglamos que se quedaran en casa y que yo me mudara por una semana a casa de mi novia (mi departamento es muy chico, y ellos son tres, y sobre todo queremos que mi sobrinita de once años esté cómoda)
Justamente, en algún momento salió el tema de mi sobrinita y de las cenizas y de lo chiquito que es mi departamento, y mi hermano me pidió que las ocultara bien o, si fuera posible, las retirara por un tiempo.
Pensé que para una nena curiosa, de vacaciones y por primera vez en casa del tío, mis escasos metros cuadrados no ofrecían ninguna posibilidad de esconder nada. Y pensé que tampoco podía caerle a mi novia con el bolso en una mano y las cenizas en la otra. Por lo menos, no sin impresionarla un poco. Y tampoco podía intentar ingresarlas de contrabando en casa de mi novia, porque he leído mucho a Stephen King y sé que esas cosas terminan de manera horripilante.
De manera que las guardé en el único lugar que todavía me garantiza cierta privacidad: el baúl de mi auto.
Las cenizas están ahí desde el viernes, y todavía no he tenido que decírselo a nadie. No me ha parado la policía ni nadie quiso guardar un bolso por su cuenta, por lo que creo que fue una buena decisión.
Ayer fue un día feo, y mi hermano y su familia se la pasaron encerrados en Unicenter, de manera que hoy, en cuanto vimos que hacía buen tiempo, decidimos ir todos a Temaikén. En mi auto, por supuesto.
A la vuelta pasábamos cerca de la que fue la casa de mi madre y a mi cuñada se le ocurrió mostrársela a la nena. Los llevé, estuvimos unos minutos viendo la casa desde el auto, y comprobamos que le están haciendo muchas reformas.
Cuando nos íbamos, mi cuñada comentó en voz muy baja:
- Ah, cómo extraño a tu madre...
Yo no dije nada, pero mentalmente empecé a tomar notas parecidas a ésta.
Aguante Belgrano

viernes, junio 17, 2011
Devolvé la guita, Waters
Es un engaño, una estafa, es aprovecharse de la buena fe de la gente hacer el concierto y no avisar que iba a aparecer Gilmour.
No se puede jugar así con el miocardio, Roger...
Londres, 12 de Mayo de 2011:
lunes, mayo 16, 2011
Un abuso repetido
sábado, abril 23, 2011
Microondas

Nunca le tuve confianza al microondas. La primera vez que noté algo raro fue cuando quise calentar unas empanadas de pollo. Calentar, se calentaron, pero el gusto no era a pollo: era cualquier cosa menos pollo. Obviamente, la mayoría le echó la culpa a "El noble repulgue" o a las hormonas que le meten a los animalitos. Yo no dije nada, pero para mis adentros pensé en las vibraciones moleculares.
Millones de microondas por segundo, millones de pulsos electromagnéticos bombardeando la carne, calentando seguramente, modificando quizás, penetrando hasta lo más recóndito para agregar energía y tal vez algo más...
Igual me comí las empanadas, y para mí tenían gusto a gremlin.
Así que por un tiempo me acostumbré a meter una cosa al microondas y que saliera otra, a veces un poco parecida al original.
A veces nada que ver.
Cuando me preguntaban qué había para comer yo siempre decía: "Ah, sorpresa".
Estuvimos bien mientras las cosas fueron medianamente comibles. Después el horno fue haciendo cosas más complejas, como si hubiera incrementado su capacidad de transformación. Un día puse unas porciones de pizza y saqué una cosa amorfa, palpitante, que terminó en la basura.
lunes, abril 18, 2011
Oblogo insiste
jueves, abril 07, 2011
¡Llamen a Christopher Walken!

Y por eso decide matarlo...
Cuando me enteré que el moralista Olmedo tiene juicios por trabajo esclavo en sus campos de La Rioja y que usó una foto de Messi de la que Lio no tenía ni idea que le habían sacado ("Qué sé yo...tánta gente se saca una foto conmigo en los aeropuertos...Nunca pensé que la iban a usar para algo así..."), cuando escuché que el diputado estaba "de novio" con Rocío Marengo ("¡Mis compañeras fuman marihuana!"), cuando me enteré que el ídolo de Olmedo es Dios...me acordé de la película.
Y caí en la cuenta de que no tenemos un psíquico como Johnny Smith: convengamos que las predicciones de Lilita Carrió son peores que las de Horangel. Y además que no la veo a Lilita agarrando un rifle. Sobre todo no la veo escondiéndose entre las butacas de un teatro para dispararle: el cinturón gástrico no da para tanto.
Por ahí yo soy un poco paranoico, pero a este país lo gobernó gente con discursos y métodos muy parecido al de Olmedo; tenemos diputados cuyo único mérito es tener guita y slogans ("Votame, votate. Alica, alicate...": los chistes los ponemos de nuestro bolsillo, pretendiendo burlarnos los hacemos quedar simpáticos y los tipos asumen y después van por más); a lo mejor una mina linda al lado, o varias, porque la imagen de ganador garpa. Y un par de frases, o hasta palabras sueltas: inseguridad, droga, orden, moral, Digo lo que dice la gente, No al aborto, Acá hay que volver al respeto...
Olmedo, el príncipe sojero, tiene la suerte de que nadie en los medios lo toma en serio: pésimos periodistas lo invitan sin documentarse, sin poder repreguntar. Pensando, seguramente, que lo van a manejar de taquito. Le facilitan muchísimo la campaña a Olmedo, y el tipo suele dejarlos bastante mal parados.
A mí ya no me hace gracia que lo inviten a esos programas para "burlarse" del tipo.
Yo lo que quiero es que llamen a Christopher Walken.
lunes, marzo 14, 2011
jueves, marzo 10, 2011
El Maestro
- Hoy voy a tratar de darle de comer a la nutria, hace como un mes que no prueba nada, pobrecita.
Y el Maestro preguntaba:
- ¿Usted tiene una nutria? ¿Y aguanta tanto tiempo sin comida?
A veces era desesperante, el Maestro. Algunos no le creían cuando preguntaba cosas así, o cuando era él mismo el que relataba cosas desopilantes y todos tratábamos de descubrirle una media sonrisa, una señal de que estaba jodiendo o buscando complicidad. Como cuando contó que fue a verlo la Cinthia Goretta con unos poemas eróticos que había escrito ella misma. Y todos la conocíamos a Cinthia, sabíamos lo atorrantita que era y cómo se vestía, y que tenía más puestas de espaldas que el Caballero Rojo. Más perforaciones que Texas, decía Luisito, y el Maestro lo miraba sin entender y nos seguía contando que no solamente la hizo pasar y obviamente le escuchó los poemas, sino que le parecieron bastante buenos, muy osados pero bien escritos, intensos.
- Movilizadores – decía el Maestro, y todo el bar contenía la risa, tentadísimos de agregar por lo menos 20 opciones de cosas que podía movilizarnos la Cinthia a cualquiera de nosotros. Pero al maestro Bermúdez no. El Maestro había escuchado de boca de la propia autora que la Cinthia quería que la poseyera un unicornio lúbrico, que quería desintegrarse en un orgasmo como de lava precámbrica, que por las noches gritaba en silencio tu nombre y no sólo con la boca sino con los orificios más diversos y dispuestos. Nos imaginábamos, por supuesto (y el ambiente sórdido del bar ayudaba bastante), a la Cinthia arrebujada en el viejo sofá de Bermúdez, en minifalda y descalza, declarando con evidente emoción que quería cantar a dúo la inefable sinfonía de los cuerpos desnudos.
La ilusión se derrumbaba inexorablemente cuando nos imaginábamos, también, que el Maestro la había escuchado sin que se le alterara el pulso, sin que las imágenes irremediablemente se le transformaran en una invitación, sin verla como a una atorrantita que muy probablemente se le estaba ofreciendo; atento, en todo caso, a una aliteración mal formulada o a una metáfora deslumbrante. Bermúdez nos demolía cualquier ilusión degenerada, pero al mismo tiempo lo admirábamos más.
Porque no era un viejo chocho, lo del Maestro no era reblandecimiento ni cosa por el estilo. Andaría por los 60, pero era un tipo fuerte, de campo, bien cuidado. No era por senilidad o tontería, era inocencia genuina y falta de maldad. En todo caso al Maestro no podía verle otro lado a algunas cosas. No le salía, ni lo divertían esas cosas, y había que aceptarlo así.
- El tipo es un poeta - razonaba Marinelli -, anda siempre en su nube de pedos. Se cuelga de los heliotropos, ¿me entendés? Capaz que se queda extasiado con cosas que para nosotros son pelotudeces, y se le escapan las pelotudeces que a nosotros nos divierten.
- Pero no son cosas tan excluyentes, che. Podés ser poeta y entender los chistes.
- Y además es un tipo de barrio, Marinelli, no es un Lord Byron como para no seguir una conversación de café.
Al final siempre lo justificábamos de alguna forma, porque lo queríamos al Maestro y además porque nos dolía pensar que en otros ambientes tal vez fueran menos piadosos. Porque hay que reconocernos que jamás, en los años que frecuentamos al maestro Bermúdez, jamás alguno de nosotros le faltó el respeto o se abusó de su inocencia o lo tomó de punto. Y nos imaginábamos que no en todos los grupos le harían esa deferencia, menos todavía en algunos círculos intelectuales donde tal vez lo vieran como a un inferior o como una vieja reliquia que convenía descartar. Entonces lo analizábamos a veces mientras él no estaba, lo criticábamos un poco, pero en cuanto lo veíamos aparecer le dábamos el lugar que se había sabido ganar, a pesar de la ingenuidad del Maestro.
Contemporizábamos, y hacíamos bien. En el fondo nosotros nunca lo vimos como a un boludo, y yo creo que por eso nos sentimos tan contentos al final de esa noche que había empezado tan mal. Ni me acuerdo quién lo trajo a Goretta esa noche, porque realmente no era amigo de ninguno: lo más probable es que no haya venido invitado, que Goretta anduviera de casualidad por el bar y como era el mecánico de los autos de varios, simplemente habrá saludado y se quedó en la mesa. El Maestro llegó más tarde ese día, como todos los jueves, y estaba particularmente distraído, contento por algún motivo desconocido, soñador. En su nube de pedos, digamos.
El mecánico lo sacó de entrada a Bermúdez, le advirtió la ternura y en cuanto pudo lo cacheteó. El Maestro dijo en un momento "Qué linda noche, ¿no?" y Goretta dijo muy bajito: "Pa' culearlo". Alguno se rió inevitablemente, pero sólo hasta que cayó en la cuenta de que era Bermúdez el destinatario, y al maestro no se le hacían ni siquiera esos retruques de primaria. Al rato Marinelli contaba que le habían pasado un dato para la cuarta de Palermo, pero no tenía mucha confianza, decía, porque el datero era una máquina de generar sapos, pero Marinelli nos avisaba de todas formas por si alguno quería jugar unos boletos. Él mismo iba a anotarse con 50 nacionales, porque si el burro llegaba a ganar y él no se había prendido iba a tener que cercenarse la poronga a la altura del codo, más o menos. Unos cuantos dijeron que querían participar y Marinelli los anotaba en una libretita.
- A mí me gustaría prenderme, Marinelli - dijo el Maestro.
- Cómo no - dijo Marinelli - pero mire que no hay garantías, maestro. El último caballo que me datearon todavía está corriendo...
- Y bueno, pero el que no arriesga no gana, ¿no?
- ¿Cuánto le anoto, maestro?
- ¿Cómo se llama el caballo?
- Se llama Blue Insider, es un nieto de Potrillazo...¿le interesa el pedigree, Maestro?
- No, es que si no me gusta el nombre le juego poquito.
- Ah, no, es un boludo importante - dijo el mecánico y después directamente le gritó a Bermúdez:- Señor, acá hay otro que se llama Mitripazo, ¿le gusta?
- Bueno, sí...
- ¿Le gusta Mitripazo? - y se cagaba de risa Goretta, se le saltaban las lágrimas y le decía al de al lado: - ¡Es un tarado!
- Pero igual - le explicaba el Maestro - ya me comprometí con el señor Marinelli, y entonces...
Lloraba de la risa, el mecánico, y nos hacía sentir bastante culpables.
Muy pronto, antes de que verdaderamente la sangre llegara al río, los poquitos que todavía le hacían un coro mínimo al mecánico se llamaron a silencio, y el mecánico debe haberse aburrido. En cuanto llegó la noticia de que el caballo de Marinelli había entrado noveno, Goretta se levantó para irse.
- ¿Se da cuenta? - le dijo al Maestro al saludarlo- tendría que haberse prendido de Mitripazo.
- La verdad que sí - dijo el Maestro con tristeza, y el otro se fue aguantando la risa.
El Maestro preguntó al rato quién era este muchacho que se acababa de retirar, y le dijeron que era Goretta, el mecánico.
- Es el padre de la Cinthia, Maestro, ¿se acuerda? ¿La chica que le fue a leer poemas aquella vez?
- Ah - dijo el maestro, y enseguida empezó a reírse. Trató de contenerse un momento y después estalló en carcajadas enormes, incontenibles - Sí, sí, ¿cómo no recordarla si viene todos los jueves a casa? Por eso llego más tarde los jueves.
- ¿Le sigue llevando poemas?
- No, le viene a dar de comer a mi nutria - dijo el Maestro estrenando una sonrisa cínica - Y hay que ver el cariño que le ha tomado.
