lunes, mayo 28, 2007

Desconectado


Suena medio increíble pero el mismo día, el 30 de abril, me quedé sin novia, sin celular y sin conexión a Internet.
Lo de Internet por una vieja factura impaga, lo del celular porque ya venía fallando, y lo de la novia seguramente por alguna de las dos razones anteriores.

Miré por la ventana y no había ningún cometa a punto de estrellarse, de manera que no eran signos apocalípticos. Apenas de desconexión.
Un poco demasiado juntos, para mi gusto. Eso hace que uno no sepa bien a quién putear primero, por empezar.
Y lo segundo es con qué, con qué aparato y con qué argumento. Todavía funcionaba el teléfono fijo (casi me sorprendió que así fuera), pero la situación era medio confusa y era probable que terminara diciéndole a la pobre gente de Arnet: “¿Cómo que no me querés más?” o algo así.

De manera que me la pasé desconectado un tiempo y, si bien a priori puede parecer saludable, también puede volverse un proceso creciente, y acabar desconectado de uno mismo, aunque sea por períodos breves. Uno, por ejemplo, no sabe muy bien si hace frío o calor, si iba para el norte o para el sur.
Es un período bastante confuso y uno (sin hacer todavía ningún trámite, sin que siquiera se le ocurra hacer un trámite) enciende de a ratos el celular para ver si no se trata de un error. O intenta conectarse a Internet y hasta se enoja de que sigan diciéndole que no puede.
La desconexión principal estriba en descreer de la desconexión.

No puede ser, piensa uno. Si recién andaba fenómeno.
En esas boludeces se pierde un tiempo precioso, que justamente debe emplearse en hacer los trámites pertinentes. Cosas como pagar la deuda y bañarse, o comprar otro celular y acordarse de comer. Esos trámites que hacen que los teléfonos funcionen de nuevo y que uno se abrigue si hace quince bajo cero.
La conexión vuelve, si uno hace los trámites. Un día aparece el celular nuevo (aunque, claro, con la ceremonia de la agenda de la que se habla en el post anterior), otro día vuelve a funcionar Internet y se supone que así sucesivamente, si uno hace los trámites.
Un día vas a un cumpleaños y saludás al que no corresponde, pero es que algunos trámites llevan más tiempo.

Sin embargo, estoy seguro de era JMSlayer el que cumplió el otro día y fui y lo saludé a él con seguridad, y hasta lo reconocí a Seis (aunque es mucho más joven de lo que yo creía) y, por supuesto, a La Luna, y había algunos que, increíblemente, me reconocieron a mí porque habían estado en la presentación de La timidez... hace casi un año. Amigos de JM, claro, pero gente que labura en eso de las conexiones con una eficiencia muy parecida al afecto.

Yo sigo haciendo los trámites. Todavía le pifio de ventanilla de vez en cuando, pero ya me sellaron varias papeletas y eso da cierta confianza de que andamos, por lo menos, por la repartición correcta.
Hoy, por ejemplo, hace muchísimo frío, y uno ya se da cuenta y se abriga y hasta lo puede escribir.

martes, mayo 22, 2007

Sunscreen

Agendas

Antes era más común, pero con el advenimiento de los celulares y otros artilugios electrónicos se perdió bastante la costumbre de mantener actualizada una agenda de papel.
Pero los celulares pueden romperse o perderse o caerse al inodoro (como en mi caso) y dejar de funcionar, y entonces, ya munidos de un aparato nuevo, hay que recomponer los contactos a partir de la propia memoria y de una agenda que puede tener varios años.
El resultado es una experiencia casi sadomasoquista.

Claro que depende bastante del estado personal, pero uno suele meterse con papeles viejos en los peores momentos. O lo que es casi lo mismo, en momentos medio embromados todo se hace un poco más arduo y el caso de la agenda no es ninguna excepción.
Muy por el contrario, la necesaria selección que debe efectuarse tiene momentos de venganza exquisita y otros en los que dan ganas de empezar a armar la hoguera como el pibe de la propaganda del auto.
Armarte una agenda nueva te puede hacer replantear muchas cosas, diría el flaco antes de tirar el calzón por la ventanilla.

Algunos casos más o menos clasificados

La gente de siempre
Aparecen en todas las agendas de, por lo menos, los últimos 10 años y la mayoría de los números los sabés de memoria y los llamás a cada rato. Acá la única duda es si realmente hace falta anotarlos, porque estás seguro de que no vas a olvidarte nunca del número y además es probable que se conozcan entre sí y uno tenga el del otro y puedas hacer la cadena, etc.
Cada número de éstos que se agrega va con una sonrisa y una promesa de llamado para anunciar que ya todo está en orden, por lo menos en cuanto a celulares.

Los desconocidos
Es gente que figura solamente con el nombre o sólo con el apellido o un sobrenombre. Debieron tener alguna importancia en el año de la agenda pero ahora son absolutamente ignotos. Puede suceder también que estén los datos completos, nombre y apellido y hasta dirección, y así y todo no significar absolutamente nada.
Uno se pregunta cómo pudo olvidar tan completamente a alguien, pero pasa.
La primera intención es hacerle un llamado de cortesía y ver qué pasa, pero el buen sentido indica que si pasaron tan olímpicamente al olvido lo mejor es que permanezcan ahí, aunque apodos como “La Loba” tienten a la digitación casi espontáneamente.

Los que no ves ni llamás hace mucho
Aparecen enseguida, casi en el orden que se viene escribiendo esto, o sea en tercer lugar. Primero apareció un hermano tuyo, después “La Loba” que no sabés quién es y ahora…la tía Azucena!
¿Qué hacer con la tía? La última vez que la viste fue en el velorio de un pariente, y de eso hace como 5 años. Nunca hubo demasiada onda con la tía, ni te va a dejar ninguna herencia. Pero es un pariente y ya la última vez se la veía desmejorada y uno siente que si no la anota es como si la diera por muerta y eso genera cierta culpa. Así que a la tía la anotamos, pensando que en la próxima revisión ya sí la sacaremos definitivamente.

Distinto pasa con gente a la que no llamás por resentimiento de alguna de las partes o porque realmente no te interesan.

Con los que tuviste problemas, puede suceder que te replantees por un segundo si sigue existiendo el resentimiento y lo más probable es que te respondas que no, que ya pasó. De todas formas no sabés qué pasa del otro lado, ni dan ganas de llamar para averiguarlo. Pero anotás el número, y dejás que el tema, en todo caso, se resuelva más adelante.

Los que no te interesan y ni siquiera te enojan, directamente no los anotás.

Y he aquí la primera satisfacción.
Gente que sabés perfectamente quién es, pero que ya no te interesa, y la eliminás olímpicamente y sin nada de culpa.

Los que te parece que alguna vez cagaste
Por supuesto es un subgrupo del anterior, pero merece un párrafo. La relación se cortó, y te parece recordar que el otro estaba ofendido, pero no podés precisar por qué.
En general los eliminás igual, porque si no llamaron es probable que les dure y en todo caso que llamen ellos cuando se les pase.

Los que estás seguro de haber lastimado
También podría considerarse un subgrupo, pero éste es mucho más específico. Acá no importa si en realidad los cagaste o no, la cuestión es que sabés perfectamente que los lastimaste.
Con estos empieza el martirio.

Anotarlos sin más en la agenda nueva implicaría que uno da por terminado el asunto unilateralmente, y que piensa reanudar el contacto en algún momento. Eso genera cierto remordimiento y uno quisiera, antes de anotarlos nuevamente, llamarlos y limpiar la conciencia. Pero, por supuesto, hay que estar preparado para eso.
Sin embargo, al primero de estos que aparezca, es probable que los llamemos.
Y que nos vaya muy mal.

Cualquiera de las categorías que siguen, y que podrían ser muchas más, deberían considerarse a la luz de que ya estamos un poco sensibles, y de que es probable que hayamos tenido un despelote con alguno de estos que lastimamos y quisimos curar con un llamado de morondanga y apurados por seguir pasando la agenda.

La que te quiso un poco
Puede ser más de una también, pero con una alcanza y sobra. Es esa chica con la que tuviste algo que no fue exactamente un noviazgo, y que siempre estuvo claro, y la pasaron bien y todo fue lindo. Hasta que la dejaste, justo cuando ella empezaba a sentir algo más.

Hace mucho de esto y además estaba todo claro, y ambos siguieron con sus vidas, pero volver a ver el número te trae buenos recuerdos y hasta dan ganas de llamarla.
Pero el fantasma del mal momento que tuviste recién con el otro llamado hace que dudes, y lo más probable es que ni siquiera la anotes en la agenda nueva.

Hay, por supuesto, suicidas que llamarán de una y hasta se sorprenderán cuando no les reconozcan la voz, o cuando conteste un hombre (probablemente el marido), un niño o que sea número equivocado.

Las opciones que se abren son muchas, pero si de casualidad contesta ella y se acuerda bien de vos y de ese llamado surge algo bueno…habrá que creer en los milagros, definitivamente.

Creo que me inclino por que sea número equivocado.

El resto
Como a toda clasificación, a esta le faltarán muchísimas categorías (Los que te cagaron a vos, La que te encantaría volver a ver, Los que te quedaron debiendo guita, etc) , pero ya se hizo larga y además intentar abarcarlas implicaría entrar, tal vez, en opiniones demasiado personales.

Hay una casi infinita gama de sensaciones que aparecen cuando uno recuerda gente y se ve en la necesidad de decidir, aunque sea simbólicamente, si continúa cargándola o la abandona a lo mejor para siempre.

Tal vez haya que elegir un momento oportuno para rearmar la agenda; tal vez no convenga hacerlo en momentos complicados o con al ánimo un poco cínico.
De todas formas (y probablemente me contradigo con algo de lo que dije antes), creo que ante la duda hay que seguir anotando a la gente, y si te lastimó, pensar que tal vez algún día llame para disculparse o quizás vos mismo un día sientas ganas de llamar y decirle que ya está.
Y si fuiste el que lastimó al otro, a lo mejor un día (y sabiendo a lo que te exponés) tengas ganas de hacer el intento de arrimarle algo de alivio, tardío, pero alivio al fin.
Todo puede pasar con la gente (incluso con uno mismo, por supuesto), y después de todo siempre habrá un celular que se rompa y te obligue a hacer todo el proceso de vuelta, y más vale que te sobren números y no que te falten.

viernes, abril 27, 2007

Convocatoria de otro Blog


El señor Daniel gentilmente nos convoca a participar de su idea de escribir algo que tenga como tema el siguiente:

Tema: La increible historia de un perro Gran Danés que quería ser Concejal.

y que utilice en lo posible todos estos términos:

Términos: Pochoclos, éter, dominado, estupefacientes, pechugona, nervioso, triciclo, psicodélico, globo aerostático, esternocleidomastoideo, percudido, sintetizar, arpón, alegato, bomba de hidrógeno y fatuo.


La idea es que los interesados publiquen el material el dia 9 de mayo en sus respectivos blogs, dejando ANTES constancia en el blog de Daniel.

Bueno, en su blog Daniel lo explica mejor, en todo caso dénse una vuelta por allá. Lo que es yo, siempre quise escribir algo sobre un perro concejal que tuviera en el texto la palabra esternocleidomastoideo.
Gracias, Dany.


sábado, abril 21, 2007

El problema del tránsito en Argentina

Otra investigación (otra más) del Profesor Ramírez
Emmanuel Ramírez es bioquímico y recitador de frases de la escuela de Pichón Riviere, y a veces le sale la nacional- gauchesca.

Los argentinos conducimos nuestros autos de acuerdo a nuestra idiosincrasia. Manejamos con valentía, con imaginación, con un saludable y natural desprecio por el Statu Quo que incluye a las leyes de tránsito, con anhelos de innovación permanente, con el deseo de superarnos y de ser los primeros siempre, con una habilidad innata para despegar de las culpas (1).
Todo argentino frente al volante, tiene como único Manual del conductor válido, a nuestro inmortal Martín Fierro:
Más ande otro criollo pasa
Martín Fierro ha de pasar


Fieles al estilo que nos ha hecho famosos en el mundo entero, salimos a manejar como quien da cátedra, que eso es lo que se espera de un argentino siempre y en toda actividad que emprenda, desde el fútbol inventado por los ingleses hasta el “T” del americano Ford.
El automóvil es una extensión de nuestro sentir, es nuestro Urbi et Orbi a pedales. Uno reconoce a un compatriota en un aeropuerto por la forma de caminar, y también es factible hacerlo en el tránsito de Nueva York; decir con orgullo y nostalgia:

- Ese que dobló sin poner el giro…ese…seguro que es argentino…

Y tras la emoción inicial, es probable que aflore el mencionado espíritu de superación y ahí nomás doblemos en “U” por Fifth Avenue, ante la admiración de los nativos, que nos llenarán de elogios que no entenderemos por estar proferidos en inglés: ni falta que nos hace, ya sabemos que somos los mejores.

Pero el interés de este informe no está centrado en nuestras reconocidas virtudes como automovilistas, sino en algo que de un tiempo a esta parte se ha convertido en un verdadero problema, y que amenaza con disminuir el largo de los laureles tan justicieramente obtenidos. A saber: los peatones.

Esta especie en extinción, estos resabios de otros tiempos que insisten en el desplazamiento bípedo y obstaculizan nuestro camino a la fama, hoy por hoy parecieran competir con perros y sapos en eso de reventar bajo los vulcanizados neumáticos.

Hombres y mujeres desaprensivos que con su descuidado accionar quieren echar por tierra con toda una tradición de manejo a la criolla.

Seres retrógrados que hasta forman pueriles asociaciones con la pretensión de limitarnos en el arte autóctono de la pirueta automotriz.

Censores de mentalidad extranjerizante, que nos refriegan por el inmaculado parabrisas (ya que nunca, pero nunca, llegarán hasta nuestros ojos) las estadísticas de otras naciones.
¿Qué nos importa?, les respondemos.
Allá Suecia con sus aburridos bulevares; allá Norteamérica con sus puritanas autopistas; allá Inglaterra y sus decimonónicas calles.

Lo que transita por el asfalto nacional es el grito telúrico de la raza, el alarido desafiante de Moreira, el indómito corazón de Segundo David Peralta, alias Mate Cocido.
Es el galope pertinaz de Santos Vega, que se ríe de las vizcacheras.

Salir arando es reivindicar las labores del hombre de campo.
Cada picada en Panamericana es la montonera de Guemes y los Infernales.
Cada frenada con marcas representa las represiones que sufrimos.
Cada pérdida de aceite, las invasiones inglesas.

El problema del tránsito son los peatones sin conciencia nacional, los que priorizan su seguridad y la de sus niños por sobre el honor de la Patria y las sagradas tradiciones.
Que sepan de una buena vez que fierreros viene de Martín Fierro, y que guarden respetuoso silencio.
Y que dejen de esconderse en esas patéticas asociaciones, que eso no es de gaucho bien nacido.




(1) Valgan estas coplas de Les Luthiers en su “Covadonga de los colectiveros”, tal vez el ejemplo más cabal de argentinidad sobre ruedas:
Corro siempre nunca aflojo, con coraje y con valor
Si el semáforo esta en rojo, acelero sin temor

viernes, abril 20, 2007

Ofrenda


Dentro de escasos minutos ocupará con elegancia su lugar ante el piano. Va a recibir con una inclinación casi imperceptible el ruidoso homenaje del público. Su vestido, cubierto de lentejuelas, brillará como si la luz reflejara sobre él, el acerado aplauso de las ciento diecisiete personas que llenan esta pequeña y exclusiva sala, en la que mis amigos aprobarán o rechazarán – no lo sabré nunca – sus intentos de reproducir la más bella música, según creo, del mundo.

Tal vez yo debería estar con ella, ahora. Sé que en estos momentos es cuando más me necesita; sé que es capaz de olvidar hasta el camafeo de alcanfor que la devuelve de los ahogos y le estimula el corazón, y sé con seguridad que ha preguntado por mí. Y por supuesto, sé que le han dicho que nadie me vio.
En un rato se apagarán las luces y entonces ya no le quedará ni un minúsculo hueco para pensar en mí: serán solamente ella y la música, y este salto al vacío que nunca debió dar. Que no va a dar.
Mis amigos, desde las primeras filas, advertirán enseguida su rostro demacrado y el leve temblor de sus manos. Y sentirán como propio el vértigo horrible de la pianista, la estrechez de la cornisa por la que camina sola, sin que yo la acompañe. Quisiera poder decirles que no teman, que a pesar de su honda terquedad yo estoy velando por ella, como siempre.
Dentro de apenas unos momentos, madame volverá a dar función después de muchos años, convencida por el peor de sus muchos defectos. Con su arrogancia, manchará para siempre de compasión los sentimientos de todos los que la aprecian. Mis amigos también la quieren, y hasta la veneran como yo misma, y sé que quedarían desolados si la piedad se transformara inexorablemente en asco y volvieran las manos del aplauso convertidas en puños impotentes.
Pero mi propia mano estará ahí, un segundo antes de que las de Madame la Necia tropiecen demasiado con las teclas y nos arrastren a todos en su caída de cisne viejo.
Por eso, nadie debe verme hasta entonces.
Por eso aguardo en la alta sombra de las tramoyas desde la solitaria tarde, y alivio y justifico la espera recordando mejores tiempos.
Recordé, por ejemplo, cuando ella era la mejor concertista de Berlín y yo su joven asistente y su admiradora más cabal. Recuerdo cómo le imploré que no diera por terminada su carrera luego de Boston, y también recuerdo cómo le supliqué que no volviera ahora.
Porque yo soy la dolorida testigo de su ocaso, aunque lo he aceptado hace mucho y con mejor ánimo. Yo la he visto muchas veces quedarse alelada y también le he visto los temblores, y la amnesia. Pero no me escuchó: un nieto ambicioso y un empresario sin escrúpulos acabaron con la poca cordura y dignidad que le quedaba. Y abandonamos Londres y vinimos a París, justamente.
Justamente a París, que no debería verla jamás de esta forma y que no perdona los retornos extorsivos. Hice todo el vía crucis tratando de que recapacitara y me quedé sin argumentos, hasta esta noche.
Ahora, que las luces comienzan a descender como en la antesala del sueño, yo me acomodo en mi atalaya y compruebo otra vez que la pistola está lista.
Debajo de mí refulge el piano negro en el haz blanco, y percibo el rumor del terciopelo de las butacas mientras las ovejas que podrían convertirse en lobos vuelven a acomodarse.
Ella aún no está a la vista, pero ya resuenan los pasos en las tablas como resonaron los míos anoche, luego de la discusión, por las escaleras de la casona.
La abandoné, supone ella. No creí en su persistencia de Fénix o de pájaro espino, piensa.
La desamparé como una hija desagradecida y acaso envidiosa, tal vez imagina mientras saluda.
Y sin embargo aquí estoy, siete metros arriba de su adorada cabeza y absolutamente lista.
Cuando ella desgaja los primeros acordes, yo extraigo mi arma y espero.
Convenientemente he despachado cartas a mi médico en Londres y a mi padre: ellos obtendrán las conclusiones necesarias si todo ocurre como imagino que ocurrirá.
Sobre todo ahora, que ella ha fallado por tercera vez y algunos ya han tosido.

Con el primer murmullo apagado, apoyo el caño aceitoso en mi sien: si algún dedo de ella vuelve a fallar, el mío será preciso.



Ejercicio de taller.
El inicio, la parte en cursiva, corresponde al cuento "El concierto" de Augusto Monterroso. Lo elegí entre varios comienzos por ciertas cuestiones, por ejemplo:
¿Por qué no sabrá nunca lo que opinen los amigos? ¿Por qué lo de la pianista son "intentos", lo que sugiere que no es demasiado buena?
Me dio curiosidad saber cómo lo había resuelto el autor y, después de finalizar debidamente el ejercicio, lo busqué.
Puede leerse acá .

sábado, abril 14, 2007

El amor en tiempos de osecac

Juan entra rengueando a la casa. Todavía tiene el ojo derecho inflamado y comienza a amarillear en la zona un hematoma negro y violeta. También tiene dos delgados tajos en la mejilla del mismo lado que no sangran pero que tienen un aspecto húmedo de recién hechos, sin nada de costra.
Antes de buscar a su mujer pasa por el baño, se lava la cara y se peina. Retira del peine un gran mechón entrecano y lo tira a la pasada en el tacho de la basura de la cocina. Después va hasta el patiecito de atrás y la encuentra a Paula colgando ropa. Ella lo besa en la mejilla derecha y le pregunta qué tal le fue en el trabajo. Juan dice que bien y cuenta algo gracioso que lo tiene como protagonista, y juntos vuelven a entrar a la cocina y se reparten sin decirlo las tareas del mate. Al rato llegan los chicos de la escuela: un pequeño terremoto de besos pegajosos y gritos con asalto de heladera que hace sonreír a Juan y enojar a Paula, que los manda sin excusas a cambiarse y a lavarse las manos. Él aprovecha para ir a cambiarse también y cuando vuelve uno de los tajos ya ha cicatrizado y casi no renguea. Paula le mira amorosamente el abundante cabello gris y le dice tomá el mate, Marty Cósens.
A mitad de la cena a Juan le entra sueño y Paula lo disculpa del arreglo del ventilador que estaba programado desde el día anterior, pero como esa noche no hace tanto calor queda automáticamente pospuesto para la tarde siguiente.
- Sin excusas – dice Paula -. Mirá que para mañana anuncian 37 grados.
- Mañana en cuanto llego.
- ¿Y el botón del baño, Juan?
- También.
Cuando Paula llega a la cama Juan está dormido de costado con la luz encendida, aunque todavía no ronca. A pesar de la noche fresca Paula ve que él está transpirando, y lo destapa hasta la cintura, justo hasta la mancha púrpura encima de las nalgas. Ella dice buenas noches y él suspira y empieza a roncar.
Al otro día Juan llega con el labio inferior partido y un diente menos. Tiene el pelo blanco, revuelto, y un dedo quebrado en la mano izquierda. Antes de entrar a la casa se alisa el pelo hacia atrás y se pone una pastilla de menta en la boca.
Paula está limpiando el piso de la cocina y cuando lo oye entrar corre a pararse sonriendo al lado del ventilador que está al lado de la heladera. Tiene el ventilador abrazado cuando él entra a la cocina.
- ¿Vos me querés decir algo? – dice Juan también sonriendo.
- ¡Hola, mi amor!
- Hola, ¿habrá mate?
- Enseguida.
Mientras Paula le cuenta cómo se ha salvado por un pelo del robo al almacén, Juan va componiendo como puede el ventilador. El dedo quebrado lo entorpece bastante pero para cuando ella termina el relato él le dice que ya está, y que todavía no ha visto un mate. Paula dice:
- Falta el baño.
Así que Juan se va a arreglarlo y para cuando llegan los chicos hay mate, leche chocolatada y funcionaba el botón y Juan tiene todos los dientes.
Esa noche hace calor de veras y en la oscuridad y desnudez de la cama a Juan igual se le notan de tan negros los latigazos de la espalda.
El día siguiente es sábado y se levantan muy tarde, y el domingo también y Juan arregla las bicicletas sin ninguna molestia en la mano, y se toma unos vinos. A la tarde viene la suegra con escones y después a Juan le da mucho sueño y se va a dormir la siesta.
El lunes Juan llega de su trabajo muy flaco, unos 25 kilos menos: se le caean los pantalones y con el saco puesto parece un espantapájaros. Tiene caspa y algo le palpita entre los nudos del cuello.
El martes llega con un puñal en la espalda y el miércoles mide 70 centímetros si se para muy estirado.
Por las mañanas se siente casi bien, y se va a trabajar.
Pero el viernes pide médico, porque hace mucho que no pide, y siempre, mientras llega el facultativo, aprovecha para hacerle el amor a Paula y entonces dicen qué bueno es esto de tener obra social.

martes, abril 10, 2007

Despistado

De puro despistado y prejuicioso vengo a enterarme recién de la existencia de este canal. Seguramente debo ser de los pocos que no lo conocen, pero nunca se sabe, así que aviso, porque como dice mi hermano Tati haciéndose el que sabe portugués: "Quem avisa amigo é".
Una cosa rara, ese canal. Recién, en un ratito, pasó un programa excelente sobre la evolución humana, un texto de Eduardo Galeano leído por él mismo y un programa que, básicamente, eran reflexiones y canciones de Atahualpa Yupanqui. Todo tan bueno que no parecía televisión.
Hasta las propagandas son buenas, por ejemplo la de los ex-chicos de la calle hablando de su reinserción escolar.
El otro día vi apenas un pedacito de "El monitor" y lo conduce Lalo Mir y dan ganas de seguir viéndolo.
Ya sé que depende del Ministerio de Educación, y que se les debe caer la ficha de vez en cuando, pero yo no vi nada de eso y, en todo caso, supongo que debe ser soportable. Me mantendré alerta, porque pienso seguir investigándolo.
Ampliaremos (espero).

A propósito, el texto que leyó Galeano era éste:


¿Qué tal si empezamos a ejercer el jamás proclamado derecho de soñar? ¿Qué tal si deliramos, por un ratito? Vamos a clavar los ojos más allá de la infamia, para adivinar otro mundo posible: el aire estará limpio de todo veneno que no venga de los miedos humanos y de las humanas pasiones; en las calles, los automóviles serán aplastados por los perros; la gente no será manejada por el automóvil, ni será programada por la computadora, ni será comprada por el supermercado, ni será mirada por el televisor; el televisor dejará de ser el miembro más importante de la familia, y será tratado como la plancha o el lavarropas.
La gente trabajará para vivir, en lugar de vivir para trabajar; se incorporará a los códigos penales el delito de estupidez, que cometen quienes viven por tener o por ganar, en vez de vivir por vivir nomás, como canta el pájaro sin saber que canta y como juega el niño sin saber que juega.
En ningún país irán presos los muchachos que se niegan a cumplir el servicio militar, sino los que quieran cumplirlo; los economistas no llamarán nivel de vida al nivel de consumo, ni llamarán calidad de vida a la cantidad de cosas; los cocineros no creerán que a las langostas les encanta que las hiervan vivas; los historiadores no creerán que a los países les encanta ser invadidos; los políticos no creerán que a los pobres les encanta comer promesas; la solemnidad se dejará de creer que es una virtud, y nadie tomará en serio a nadie que no sea capaz de tomarse el pelo; la muerte y el dinero perderán sus mágicos poderes, y ni por defunción ni por fortuna se convertirá el canalla en virtuoso caballero.
Nadie será considerado héroe ni tonto por hacer lo que cree justo en lugar de hacer lo que más le conviene; el mundo ya no estará en guerra contra los pobres, sino contra la pobreza, y la industria militar no tendrá más remedio que declararse en quiebra.
La comida no será una mercancía, ni la comunicación un negocio, porque la comida y la comunicación son derechos humanos; nadie morirá de hambre, porque nadie morirá de indigestión; los niños de la calle no serán tratados como si fueran basura, porque no habrá niños de la calle; los niños ricos no serán tratados como si fueran dinero, porque no habrá niños ricos.
La educación no será el privilegio de quienes puedan pagarla; la policía no será la maldición de quienes no puedan comprarla; la justicia y la libertad, hermanas siamesas condenadas a vivir separadas, volverán a juntarse, bien pegaditas, espalda contra espalda; una mujer, negra, será presidenta de Brasil y otra mujer, negra, será presidenta de los Estados Unidos de América; una mujer india gobernará Guatemala y otra, Perú; en Argentina, las locas de Plaza de Mayo serán un ejemplo de salud mental, porque ellas se negaron a olvidar en los tiempos de la amnesia obligatoria.
La Santa Madre Iglesia corregirá las erratas de las tablas de Moisés, y el sexto mandamiento ordenará festejar el cuerpo; la Iglesia también dictará otro mandamiento, que se le había olvidado a Dios: "Amarás a la naturaleza, de la que formas parte"; serán reforestados los desiertos del mundo y los desiertos del alma; los desesperados serán esperados y los perdidos serán encontrados, porque ellos son los que se desesperaron de tanto esperar y los que se perdieron de tanto buscar; seremos compatriotas y contemporáneos de todos los que tengan voluntad de justicia y voluntad de belleza, hayan nacido donde hayan nacido y hayan vivido cuando hayan vivido, sin que importen ni un poquito las fronteras del mapa o del tiempo; la perfección seguirá siendo el aburrido privilegio de los dioses; pero en este mundo chambón y jodido, cada noche será vivida como si fuera la última y cada día como si fuera el primero.

sábado, marzo 31, 2007

Encuentro imaginario

entre Giuseppe Baldini y Antoine Pélissier, perfumistas


Ejercicio autoimpuesto de imitación creativa (?), no recomendado por ningún taller y sin otro objetivo que el entretenimiento propio, y tal vez ajeno.
Los citados son personajes de la novela “El perfume” de Patrick Süskind.


Dice el autor:
“En aquella época vivían en París una docena de perfumistas. Seis de ellos vivían en la orilla derecha, seis en la izquierda y uno justo en el medio (1), en el Pont au Change, que unía la orilla derecha con la Íle de la Cité…”
“…Baldini se quitaría la levita impregnada de agua de franchipán, se sentaría ante su escritorio y esperaría una inspiración. Esta inspiración no llegaría. Entonces se dirigiría a toda prisa al armario donde guardaba centenares de frascos de ensayo y haría una mezcla al azar. Esta mezcla no daría el resultado apetecido. Con una maldición, abriría de par en par la ventana y tiraría el frasco al río. Haría otra prueba, que también fracasaría, y entonces empezaría a gritar y vociferar y acabaría hecho un mar de lágrimas en la habitación de ambiente casi irrespirable. Hacia las siete de la tarde bajaría desconsolado, temblando y llorando, y confesaría: ‘Chénier, ya no tengo olfato, no puedo crear el perfume…”
“…y entonces Chénier le propondría enviar a alguien por un frasco de ´Amor y Psique´de Pélissier, y Baldini accedería con la condición de que nadie se enterase de semejante vergüenza; Chénier lo juraría y por la noche perfumarían el cuero del conde Verhamont con la fragancia ajena…”
“…¡Ah, qué triste resultaba para un hombre cabal verse obligado a seguir caminos tan sinuosos! ¡Qué triste manchar de aquel modo lo más valioso que el hombre posee, su propio honor! Pero, ¿qué hacer, si no? El conde de Verhamont era un cliente que no podía perder. Ya casi no le quedaba ninguno…”
“…Y si Baldini, finalmente, experimentando durante noches enteras averiguaba la composición de ‘Amor y Psique’, Pélissier creaba ‘Noches turcas’ o ‘Fragancia de Lisboa’ o ´Bouquet de la corte’ o el diablo sabía qué más. Aquel hombre era, en todo caso, con su irrefrenable creatividad, un peligro para todo el gremio.”

(1) A mí me da 13, pero así dice.

El dilema de Baldini, en la novela, se ve resuelto con la aparición de Jean-Baptiste Grenouille, el asesino del olfato más fino del mundo. Pero supongamos que no fue así, y que tampoco envió a otro a conseguir el perfume del odiado Pélissier.
Acá voy:

Baldini desembocó finalmente en la Rue Saint-André-des-Arts y se detuvo frente al toldo esmaltado de Pélissier. Echó una rápida mirada al mostrador distante y vio que se hallaba vacío. Si sus cálculos eran correctos, Pélissier no se rebajaría a atenderlo en persona. Hasta él mismo, el arruinado Baldini, conservaba aún las formas y mantenía en el mostrador a Chénier, y sólo bajaba de su estudio cuando se trataba de un cliente demasiado importante.
Vio su reflejo en el oscuro vidrio del escaparate y le pareció que el bigote falso se había despegado un poco del lado derecho. Lo apretó firmemente, contuvo la respiración y entró en el local.
Cuando volvió a respirar, lo asaltó un remolino de olores más vertiginoso aún que el de su propia perfumería, que de inmediato le llenó los ojos de lágrimas e hizo que su nariz, congestionada por los intentos fallidos de imitar el “Amor y Psique”, comenzara a gotear. A su paso un carillón anunció la entrada y automáticamente se puso en funcionamiento un dispositivo mediante el cual un ángel de oro comenzó a verter desde su cántaro una famosa creación de Pélissier llamada “Fuego español” en una enorme fuente en forma de concha, también de oro macizo. Baldini lo comparó con sus tristes garzas de latón que escupían la vieja agua de violetas cuando (cada vez más espaciadamente) un cliente trasponía las puertas de su negocio, y no pudo evitar sentirse descorazonado.
Más aún cuando vio que el propio Antoine Pélissier bajaba pomposamente las escaleras de ébano para atender el llamado.
- Sea usted bienvenido, monsieur… - dijo Pélissier ubicándose detrás del mostrador. Había hecho la pausa justa para que su interlocutor se presentase, pero Baldini no había previsto eso y dijo lo primero que acudió a su mente.
- Frangipani…Giuseppe Frangipani, maître Pélissier…
- ¡Caramba! ¿Acaso sois descendiente del famoso Mauritius Frangipani, el descubridor de la solubilidad en alcohol de…?
- No – cortó Baldini -, me temo que no. Soy apenas un comerciante de sedas de paso por vuestra ciudad, monsieur.
- Vaya. Frangipani es el inventor del perfume tal cual lo conocemos hoy, de ahí mi…
- Conozco la historia, gracias. Pero os repito que sólo es una coincidencia.
- Estimado señor Frangipani…¿en qué puedo serviros? Mi local está enteramente a vuestra disposición.
- Muchas gracias. Bien, desde que llegué a París no he escuchado hablar más que del “Amor y Psique” de Pélissier.
- Es lo último que he creado, claro.
- Lo he sabido también.
- Y naturalmente lo queréis - dijo Pélissier con un brillo de triunfo en los ojos. La seguridad del hombre joven y la displicencia con que Baldini percibía que lo atendía hizo que se sintiera súbitamente enojado.
- En realidad no, maître Pélissier.
- ¿No?
- Verá (2): no ha terminado de gustarme. Lo hallo un tanto tosco y vulgar. - dijo Baldini mientras volvía a secarse la nariz.
- Ahá…- dijo Pélisier fingiendo interesarse y controlando a duras penas su deseo de tomar al otro por las solapas.
- En efecto. Tuve ocasión de experimentarlo y me pareció una fragancia común. ¿Por qué París se rinde frente a esto?, me pregunté.
Baldini se escuchaba a sí mismo como en distintos planos. En uno estaba simplemente siendo Baldini, diciendo lo que en verdad le parecía y olvidando el motivo de su visita al negocio de Pélisser. En otro (pero este era un plano más alejado, casi un susurro inaudible) se preguntaba adónde quería llegar y se imploraba abandonar esta tontería.
- ¿Y qué habéis descubierto, maître Frangipani? – preguntó a su vez Pélissier, cambiado con sorna el “monsieur” por el “maître”, cosa que a Baldini le pasó inadvertida.
- Pues no lo sé, francamente. Supongo que son los tiempos que corren, mi estimado Pélissier, donde la novedad tiene más predicamento que las cosas verdaderamente buenas. Pero no he venido a deciros eso…
- Espero que no – dijo Pélissier mirando al otro directo a los ojos – Ahora, si quisiérais ser más espécifico…
- No os he dicho toda la verdad, antes.
- Señor – dijo Péllisier irguiéndose en toda su elevada estatura -, hace apenas dos minutos que habéis ingresado a mi local. Y ya habéis insultado una de mis fragancias y ahora confesáis que también sois un mentiroso. Debo pediros que…
- En realidad sí soy descendiente de Mauritius Frangipani.
- Pues…
- Aunque no me he dedicado al arte de la perfumería…
- Entonces no sois quién para…
- Pero conozco todo lo que es menester, maître Pélissier…
- Lo dudo bastante…
- Y tengo una inmensa fortuna. Escuchad: hay en esta ciudad alguien que sí mantiene las sagradas tradiciones de vuestro arte, alguien a quien mi ancestro elegiría sin dudar como su digno sucesor…
- ¿A quién os referís?
- Sin embargo es un hombre viejo y enfermo, y además está en bancarrota y pronto se verá obligado a cerrar sus puertas.
- ¿Baldini?
- Alguien que en otros tiempos creó verdaderas obras de arte como la “Rosa del Sur”.
- ¡Baldini! ¡Estáis hablando del decrépito Baldini!
- Esta es mi propuesta: deberéis conseguir las fórmulas de Baldini, de cualquier manera. Luego, en secreto, os financiaré para producirlas a gran escala.
- ¡Salid inmediatamente de mi negocio!
- El esplendor de las grandes fragancias de Baldini será nuestro…
- Maldito loco…¿por qué no vais directamente a ver al viejo Baldini…?
- Ya os he explicado que agoniza: mejor vos, mejor alguien joven aunque sin talento…
- ¡Fuera de aquí!


Y así sucesivamente. Pélissier terminaría echando al atrevido y Baldini se quedaría sin el perfume, pero con la satisfacción de haberle dicho unas cuantas cosas al rival, y encima tentándolo por saberlo ambicioso. Y si Pélissier no lo echara y aceptara robarle las fórmulas al “otro”, aunque después todo quede en nada, ¿no sería fantástico para el viejo Baldini?


(2) ¿Verá? ¿Veréis? No importa mucho, y supongo que me equivoqué en varios.


jueves, marzo 29, 2007

Dueño de un apéndice solitario

Desde que el primer mentiroso con diploma inventó lo de los virus, el gremio de los médicos y afines no ha cesado de burlarse de nosotros. Todos los días descubren alguna cosa importantísima (según ellos) y que casualmente se da de patadas con lo que predicaron hasta hace dos semanas. Semejantes contradicciones, que en otro rubro harían rodar cabezas, en medicina se aplauden como un logro, como un nuevo avance de la ciencia, y a toda velocidad se difunden por cadena nacional.
Por ejemplo: hasta hace un mes el apéndice no servía para nada, te lo sacaban incluso a la pasada de otra operación. Muchos marineros se lo extirpaban por las dudas antes de irse a pescar el calamar, para evitar el riesgo de que les reventara en alta mar que, según los tránsfugas de guardapolvos, era lo único que podía esperarse del apéndice.
Y ahora resulta que no, que viene a ser casi el órgano principal. Es el colmo.

Nadie duda de que hay una ciencia seria y formal, y que incluso es refrescante que de vez en cuando los Doctores se saquen el corsé con alguna noticia simpática y estrafalaria (es como el aggionarmiento de la religión, como un acercamiento de la ciencia dura a los legos), pero esto del apéndice suena más a pavada de Hollywood, a estupidez mediática para la mayoría mononeuronal.
Es que ellos saben que tienen impunidad: si algunos protestamos demasiado, dentro de un mes dirán que una nueva investigación invalida todo lo antedicho y demuestra que en realidad el apéndice sólo sirve para juntar los hollejos que te tragás sin querer.

El artículo, publicado el mes pasado por la National Academy of Medicine and Medical Research decía casi textualmente:
Un estudio realizado en la Universidad de Massachussetts demuestra que el apéndice es un órgano directamente relacionado con las emociones y los afectos, incluso el amor.
Según la Dra. Susan Leigh, coordinadora del equipo de investigadores “Sex, drugs and rocknroll” , el hipotálamo del cerebro está íntimamente relacionado con el apéndice a través de la vena cava superior (1) y tal relación es bidireccional (y no unidireccional desde el cerebro, como se suponía), siendo el apéndice el sitio donde se originan los Sentimientos Humanos Altos (HHF por sus siglas en inglés), como la piedad, la amistad y el amor a la camiseta .
El resultado es francamente revolucionario, por varios motivos: se comprueba que no estaban tan errados los que antaño le atribuían esa particularidad a un órgano (N. De la A: el corazón) y se establece por primera vez la función específica del apéndice humano.
Entre los testimonios recogidos se destaca el caso de apendicitis aguda sufrida por el cantante melódico Lou Dennis mientras veía a su novia flirteando con otro en el reality “Big Brother”.

(1) Esquema altamente lisérgico presentado por los investigadores:



Después el artículo se divaga hacia consideraciones mucho más técnicas, seguramente incluidas con el objetivo de confundir y rellenar. Lo importante era dar esa noticia, anunciar que es el apéndice el que se te inflama cuando la ves pasar a Gabriela en minifalda o cuando Goyeneche canta “Naranjo en flor”.

Hablando de artistas, la noticia causó más bien indiferencia. Ya se habían ne fregado cuando la ciencia destituyó al corazón y de todas formas nadie, ni cantautor ni plomero, dejó de usarlo metafóricamente (y no tanto) como el centro vital de los sentimientos.
Mucho menos se harán fanáticos del apéndice, que es una cosa antiestética con forma de ají en vinagre, y que ni siquiera late.
De todas formas, algunos que se la dan de transgresores y de modernos, ya han cometido desatinos como Owner of a lonely apén, una cosa espantosa que, aunque mantiene la fonética, remite más a tenia saginata que a algo romántico (ver post siguiente).

De todas formas, la última pavada de la Medicina tiene poco futuro: está a punto de colapsar el sistema jurídico entre las demandas de mala praxis y los pedidos de habeas corpus.
A ninguno le pasó desapercibido que la oportunidad era increíble: entre los que protestan por haber sido privados del órgano y los que se amparan justamente en eso, a la Doctora Susan Leigh la deben tener escondida para que no la fajen.

Efectivamante: ministros corruptos, asesinos despiadados, violadores de cuises, incluso menemistas…todos pueden alegar ser inimputables, siempre y cuando demuestren que carecen del apéndice. Porque ¿cómo podrían ser culpables, si les robaron quirúrgicamente la posibilidad de ser altruistas y piadosos?
- ¿Cómo pudiste, Bush? ¿Acaso no tienes corazón?
- Corazón sí, lo que no tengo…
Y casi con orgullo el sátrapa mostrará la lívida cicatriz del costado.
La otra cara de la misma moneda son los apáticos operados, que también reclaman aunque con menos efusividad (tal vez lo hacen a propósito, justamente para reforzar su caso).
Dice Fernando de la Rua, extirpado en 1951:
- Yo antes era un cascabel, un canto a la vida y un miura en celo. Ahora ni siquiera fantaseo con mi nuera.

El lado positivo es la esperanza que se les brinda a muchos con lo del transplante de apéndice o el Apéndice Artificial que ya sacó la Fundación Favaloro, que es mucho menos riesgoso y más barato que un corazón.
Aunque sea psicológicamente, el impacto es fuerte y seguramente traerá secuelas. Legiones de recién injertados llenarán las calles recitando a Becquer y ayudando a cruzar la calle a cieguitos y ancianos.
Matrimonios desapasionados dejarán el Viagra y los disfraces de Gatúbela, y optarán por un apéndice joven, preferentemente latino, y un chequeo a tiempo evitará las recaídas y también los crímenes pasionales por exceso de irrigación.Por lo menos hasta la primavera, cuando los farsantes del estetoscopio nos distraigan confirmando las propiedades adivinatorias ubicadas en el ojete, y entonces acierten con los horóscopos, como siempre, los astrólogos que lo tengan más desarrollado.

Dueño de un apéndice solitario

Yes!