Cuando yo era chiquito las cosas no estaban tan claras, más bien todo lo contrario.
Antes de incinerar a algunos de mis conocidos de aquella época, quisiera aclarar algunos conceptos. Digo que hoy día está "bastante" establecido, pero no del todo, porque todavía subsisten supuestos atenuantes o excusas casi atávicos, como esto del "rol" desempeñado (pareciera que el "activo" es menos homosexual que el otro, o que hacérsela chupar no cuenta) o del aspecto del gay asumido: parece que si el "puto" se esfuerza por parecer una mujer, eso dispensa al otro y hasta lo justifica plenamente.
De todas formas, lo que voy a contar se refiere a muchachos vestidos de muchachos, sin ningún tipo de maquillaje ni ambigüedades más allá del aspecto infantil en algún caso.
Muchachos que además jugaban al fútbol, y que eran bastante guapos para las piñas y esas cosas.
Cuando yo tenía once o doce años, la placita "San Cayetano" de Villa Adelina era la cancha de fútbol del barrio, el lugar donde convergíamos desde varias cuadras a la redonda, incluso los negros del otro lado de la avenida Alcorta, gente de José León Suárez y alrededores, por lo menos tres tonos más oscuros que nosotros, los negros de Villa Adelina. Yo tenía once o doce, pero había pibes de quince y hasta de veinte años. Modestia aparte, a los que jugábamos más o menos bien nos metían en los partidos de los más grandes sin problemas.
A los que jugábamos bien y a algunos que no tanto, pero por motivos diferentes.
Sé que yo debía tener esa edad porque también estaba Alejandrito Flores, y con él fuimos compañeros solamente en la primaria. Alejandrito jugaba muy bien a la pelota, pero además era rubio de ojos claros, todo rosadito, con una melena larga de rulos, y todavía no se había "desarrollado" para nada, tenía el cuerpo redondito de un nene (o de una nena), sin nada de pelos en las piernas: una tentación irresistible para los negros como Altamirano, el Chino, Capuca o el blanquito pero degenerado Oscar Ibáñez.
También estaba Marotta (nunca supe el nombre), que era muy malo para el fútbol, pero que era alevosamente puto.
A Marotta, que llegaba siempre en una bicicleta, invariablemente, al terminar los partidos, lo metían en alguno de los baldíos que rodeaban la placita en aquella época, bicicleta incluida. Iban algunos de los mencionados arriba y otros que alternaban, un divertido grupo en general de seis o siete, y todos sabíamos a qué iban. Incluso durante el partido, a Marota le decían cosas, le hacían promesas para después o le recordaban cosas de antes.
Ninguno se cuidaba de ocultar lo que pasaba al término del fútbol, en absoluto.
Pero tampoco (creo) lo vivían como una experiencia sexual, o por lo menos no solamente sexual: a Marotta se lo cogían como castigo, por ser puto, porque eso era lo que los muchachos más grandes tenían la obligación de hacer.
Incluso yo creo que se sentían más machos por "castigar" a Marotta de esa forma: al puto se le permitía compartir el ámbito y el juego, pero después tenía que pagar por el privilegio.
Yo no recuerdo que ninguno haya admitido que le encantaba reventar a Marotta en el baldío sórdido, o que alguno dijera que no venía a jugar sino directamente a la partuza.
Incluso estoy casi seguro de que ninguno de los novios de Marotta terminó haciéndose homosexual, y hasta es probable que de grandes nunca hayan ido con un travesti. Cosas de la adolescencia, dirán.
Más allá del aspecto tierno, Alejandrito Flores no tenía ninguna característica como para que lo tomaran por homo: no era amanerado, no hablaba con voz de nena, se bancaba las patadas del fútbol sin una queja.
Pero era muy lindo: algunos de los que venían dándole a Marotta se la tenían jurada, si Alejandro todavía no era puto, ellos se iban a encargar de hacerlo en poco tiempo.
Por lindo, por blanquito, por chiquito.
Porque no los podía cagar a trompadas todavía.
Inexorablemente, cada vez que llegaba Alejandrito, Oscar Ibáñez empezaba a perseguirlo: le tocaba el culo, lo corría y lo tiraba al pasto, y trataba de besarlo, mientras los demás se cagaban de risa o lo tocaban a la pasada.
Alguna vez le toqué el culito yo también, porque los demás lo hacían y porque me daba bronca que mi compañero de grado no se defendiera directamente a las piñas.
Pero (nobleza obliga) a Marotta nunca se me ocurrió tocarlo, se ve que Alejandrito un poco me gustaba, aunque sea por su aspecto de nena, aunque a mí no se me ocurriera besarlo ni tener relaciones sexuales con él.
Pero no me aparto de la cuestión homosexual del asunto, aunque sea por las famosas indefiniciones de la preadolescencia.
Como sea, la mayoría de las veces Oscar conseguía besarlo en la boca, y Alejandro lo puteaba, y a veces alguno de los grandotes le decía a Oscar que se dejara de romper las bolas.
En cuanto terminaban los partidos Alejandrito se iba corriendo, mientras algunos ya encaminaban a Marotta y su bicicleta para el lado del baldío: Alejandrito sabía, supongo, que un día demasiado caluroso podían meterlo de prepo a él también.
Para castigarlo, por supuesto.
Para que los chicos bien machos le dieran su merecido al putito.
Un poco después Alejandrito se pegó un tiro y se mató, aparentemente jugando con un arma del padre. Nunca pudimos comprobar si finalmente se volvía puto como Marotta que, entre nosotros, siguió recibiendo su castigo invariablemente al finalizar cada partido.









