
Ya conté que le tengo
miedo a los vampiros, lo cual no impide que lea o que vea casi todo lo que aparece sobre el tema, y por supuesto fui a ver "Daybreakers".
Porque me dan mucho miedo los vampiros, pero también, como a la gran mayoría, la adrenalina le sienta bien a mi sistema circulatorio. Salgo del cine eufórico, excitado, ver mucha sangre, parece, despierta ancestrales instintos cazadores o algo así, y está bastante bueno eso.
En fin, disfruto mucho de una buena sesión de horror, siempre que esté restringida a una pantalla de cine, y a la salida haya una cena esperando, y por supuesto mucho mejor si es en agradable compañía.
Hablando de buena compañía...
El sábado me di cuenta de lo importante que es elegir bien con quién va uno al cine, o tal vez qué película se va a ver. El sábado comprobé que a mi novia no le gusta para nada el cine violento, y menos aún que yo le haya mentido un poquito diciendo que "Daybreakers" no era muy sangrienta y la haya convencido de ir a verla en lugar de una de amor con George Clooney que quería ver ella.
El sábado, realmente, no pude disfrutar de mi película de vampiros.
Ni siquiera me dio miedo, porque en las mejores escenas (y uno sabe cuando va a venir una buena escena, uno lo presiente o la música se lo va anunciando), en las escenas más asquerosas, decía, tuve que estar más pendiente de que Claudia no se desmayara o directamente abandonara el cine y a mí en él por añadidura.
Me descubrí a mitad de la película rogando para que no venga nada muy horripilante, y yo justamente fui a ver eso...
A la salida del cine (y piloteando a duras penas la situación de cara de traste, ahora no quiero comer nada, nunca más te hago caso, etc) me acordé de algo que contaba Zitarrosa. A don Alfredo le resultaba insoportable escuchar sus propios discos, le daban ganas de romperlos en pedazos, jamás de los jamases los escuchaba.
Salvo que lo hiciera en compañía de alguien que verdaderamente los disfrutara. En esos casos, decía Zitarrosa, el disfrute del otro lo contagiaba, podía gozarlos a través del amigo en cuestión, casi escindido de su propio rol de protagonista.
El placer debía producirse primero en el otro, y entonces le llegaba a él sin problemas.
La situación inversa me pasó a mí en el cine.
Me resultó imposible disfrutar de la película, porque al lado mío mi novia la estaba padeciendo. En definitiva, no me gustó nada la película, porque a ella no le gustó nada, y la cuestión era compartir lo que sea.
Por supuesto, depende del grado de gusto o disgusto. Obviamente es posible que a uno le guste algo y al otro no, o un poquito más o menos, pero si el grado de disgusto de uno es muy elevado (y el de Claudia era elevadísimo. Vomitivo diría) al otro no puede gustarle, es imposible. Si la cuestión es hacer algo con alguien, compartir algo, entonces hay como una máxima de que al otro le va a pasar algo similar, lo que sea pero similar, y de ahí el título del post.
(Dato curioso y revelador: me ha pasado con películas que a ninguno de los dos nos gustaron, y es muchísimo más llevadero. Coincidimos en que es un bodrio, compartimos una crítica altamente risueña y despiadada, y después nos vamos a cenar sin problemas. O sea: antes de elegir algo que al otro no le guste para nada, es preferible elegir algo que no le guste a ninguno.
Parece extraño, pero somos extraños)