miércoles, febrero 28, 2007

Aviso urgente

De repente apareció la publicación de lo que escribí para las
Vayan y vótenme, o háganse cargo
de mi insoportable malhumor.


Aviso 2:
Ya que estamos promocionando andanzas por otros blogs, informo que me he hecho cargo del blog de LA LUNA durante las merecidas vacaciones de la dueña, así que pueden pasar y comprobar a quién no deben dejar nunca a cargo de sus cosas. Mañana viernes habrá un cuento completo, mucho mejor que los de éste blog.

El regreso del Rey (otra vez)

Ahora que la dio canal 13, vi la saga del Señor de los Anillos. Cine de súper acción, efectos asombrosos y una historia de amistad y lealtad entre otras cosas. Y una gran imaginación, sin dudas, capaz de parir continentes con mapa y todo, monstruos, tramas y hasta historia antigua de cada pueblo. Gran imaginación, salvo por la incapacidad para salirse de los reputos arquetipos de siempre: los buenos lindos y los malos feos, y sobre todo la imagen del Rey, al que hay que servir hasta con la vida, que no nos va a defraudar. Igual que Duna, aunque aquel era un Duque que pasó a ser el Mesías, más o menos todo dentro del canon. Igual a tantísimas historias deslumbrantes, de una imaginación portentosa y sin embargo incapaces de trascender a la Cenicienta en la pedorra estructura monárquica. Que si el que amaba a la Cenicienta hubiera sido empleado administrativo no le probaba el zapatito a nadie. Bueno: no hubiera habido baile en Palacio tampoco, ni carroza, y no se sabe de ningún hada que haya colaborado con una piba para que vaya a un baile en el Unión Vecinal de Villa Adelina, a lo sumo una tía canchera.

Volviendo a Tolkien y a las películas: pareciera que apuntan a volver a confiar, a la esperanza en que el Bien finalmente triunfe, a eliminar las diferencias incluso entre especies (elfos, árboles, hobbits…)
Eso sí: eliminados los orkos y todos los feos, a besarle el anillo al Rey de a uno y sin empujar, negros del orto. Y cabe preguntarse si es falta de imaginación o es que tenemos una innata vocación de plebeyos y una predisposición natural para agachar la cabeza y levantar la cola, movimiento ambiguo si los hay.

Escuchame

“Y de inmediato, con la excusa de querer acostarse conmigo,
comenzó a contarme su vida.”

Abelardo Castillo


En el cuento de Castillo, curiosamente, es una prostituta la que quiere hablar de sus cosas con un cliente ocasional. Seguramente el caso inverso es mucho más frecuente, es decir el pago a señoritas de la vida sólo por un rato de charla y compañía. Pero no tengo estadísticas a la mano para saber si a la señorita en cuestión eso le resulta tan “sólo”. Es decir, no sé si no prefieren el bamboleo impersonal y perfectamente inocuo, a exponerse a escuchar sordideces que en algún punto pueden reflejarlas, amén de que para escuchar es necesario prestar un mínimo de atención y para lo otro no, por lo menos en ese ámbito. Y ni hablar de emitir alguna opinión, porque eso ya requiere como un compromiso. Casi con seguridad deben preferir lo primero, entre otras cosas porque cada servicio tiene su correspondiente tarifa, pero ¿cómo presupuestar un rato de aguante seguramente denso con un perfecto desconocido? Yo supongo que deben maldecir cuando un cliente les dice que es sólo para conversar un rato. Andá a conversar con tu esposa, deben pensar.

Al margen de ésto la frase del cuento, por supuesto, juega a invertir los términos normales de algunos acercamientos puramente físicos, donde generalmente la excusa es hablar de algo con el fin no tan oculto de llevarse al interlocutor a la catrera (Gracias por poner la oreja, qué tal si ahora ponés etcétera)
Pensando en lo otro, en lo de pagar por un rato de compañía, podría tomarse al sexo como un medio de pago, también. Inconsciente, si se quiere. Cargado de matices emotivos, si se prefiere. En todo caso, retribuimos con sexo el cariño, la buena onda, la cena apetitosa o la oreja prestada. Sobre todo la oreja: no sólo nos prestaron atención y hasta nos apoyaron o nos aconsejaron, sino que al haber hecho explícitas las ideas, al poner en palabras los pensamientos, seguramente nos hemos aclarado a nosotros mismos. Eso genera placer, una especie de aligeramiento, de carga desplazada que suele favorecer los procesos genitales. Algo de eso hay en el enamoramiento de los pacientes con su analista.
No deben malinterpretarse las palabras “medio de pago” o “retribución”, porque no las estoy usando como transacción económica ni en forma irónica, a lo sumo una pequeña analogía con el ejemplo del principio. Más bien quiero decir que la excitación sexual depende de la estimulación de otras zonas aparte de las erógenas, y que puede darse hasta sin intención previa. Más de cuatro han salido con un/a amigo/a a contarle los problemas que tenía en el trabajo y han terminado de contárselos bajo la ducha de un albergue transitorio, y casi sin darse cuenta, simplemente dejándose llevar. O porque no les parecía suficiente (y con razón, si el cuerpo lo pedía) agradecer tanto bienestar con un simple abrazo.

En el final de la cadena hasta podría hablarse de amor, y entonces es bastante más profunda la supuesta recomendación de “andá a conversar con tu esposa” porque implica que para eso hay que poner en juego algo más que los genitales, y eso hoy por hoy cotiza muy alto en la alicaída bolsa de las relaciones humanas.

miércoles, enero 31, 2007

Blog de vacaciones

Igual, se agradecen las visitas, los comentarios y cualquier pálpito que tengan para la ruleta. Siéntanse como en casa, nos vemos a fines de Febrero.
Muchas gracias.

martes, enero 30, 2007

Grandes mentiras históricas

Pegaso, Rocinante, Bucéfalo, y hasta Tornado. Son casi sinónimos de Zeus, el Quijote, Alejandro y, por supuesto, el Zorro. Son caballos famosos, porque pertenecieron a hombres famosos: Janto a Aquiles, Incitato a Galígula, Babieca al Cid Campeador. Y Plata al Llanero Solitario.

Los héroes, aunque sea “medianamente” ecuestres, siempre han tenido un caballo de batalla, un corcel favorito que terminaba siendo tan símbolo como el amo. A veces eran objeto de una devoción exagerada, como Incitato que fue hasta senador de Roma.
Sin embargo, poco y nada se sabe del caballo del general San Martín. Ni siquiera si era realmente blanco como en las pinturas, aunque es casi seguro que no: el color y la alzada no se corresponden con los del caballo criollo que empleó el Ejército de los Andes; más bien es una convención que tomaron los pintores europeos que después realizaron esas obras.
Se dice que utilizaba varios indistintamente y por eso ninguno se destacó, pero la razón es otra.

La verdad es que San Martín era un pésimo jinete, le daba pavor andar a caballo y se caía demasiado a menudo.
Al mismo tiempo era un estratega fenomenal y un hombre justo, y los soldados lo idolatraban. Pero era imposible concebir un héroe militar que no supiera montar. No sólo a caballo: cualquier animal le resultaba ingobernable, se había caído de media docena de mulas, de un camello mientras combatía a los moros en Africa y de un toro manso en la estancia de Carlos María de Alvear, cofundador de la Logia Lautaro.

En 1812 cae desmañadamente de un burro de paseo en la localidad cordobesa de Ascochinga.

El 3 de febrero de 1813, San Martín y sus hombres aguardan escondidos en el convento de San Carlos, a 26 kilómetros de Rosario, cerca de la Posta de San Lorenzo. El cabo Juan Bautista Cabral relee la angustiada nota que le enviara Remedios de Escalada, esposa del general, y vuelve a jurarse que cumplirá lo que la señora le pide. “Son jornadas decisivas, mi querido Bautista”, dice la señora, y tiene razón.
Cuando los españoles desembarcan se larga la persecución hacia las barrancas y Cabral permanece unos metros detrás de San Martín. Sin sorpresa, advierte que el General va muy ladeado y que ya se le han escapado los pies de los estribos. El tordillo se esfuerza por no tirarlo, pero San Martín bailotea como un muñeco de trapo, hasta que Cabral le dispara al caballo y corre a ayudar al jefe. En la maniobra recibe en su pecho la bayoneta realista y adquiere post mortem el grado de Sargento. El hecho se consigna como "rodada por herida del caballo" y San Martín agiganta su figura. A Cabral se le oye musitar: Muero contento, el General no se ha caído, frase que trascenderá hasta los libros ligeramente modificada.

El Director Supremo Juan Martín de Pueyrredón lo nombra General en Jefe del Ejército de los Andes, con la condición única de que no monte, y el 12 de enero de 1817 se inicia el cruce.
San Martín, de acuerdo a lo pactado, se declara enfermo y dirige toda la campaña desde la camilla cerrada que le han adaptado a tales fines, aunque se cae de la misma dos veces, inexplicablemente.






Monumento a San Martín y O'higgins en los llanos de Maipú. Nótese el esfuerzo disimulado de O'Higgins por evitar que el caballo de San Martín lo despida de la estatua.

domingo, enero 28, 2007

Sin título

Le sucedió que su mano derecha tocaba el futuro. Se la había pasado al despertar descuidadamente por la cara, y con espanto la había sentido llena de arrugas, de protuberancias, fláccida y como hundida, desagradable al tacto. Había corrido a verse en el espejo del baño y entonces respiró aliviado, porque todo estaba igual. Había probado a tocarse con la mano izquierda y todo había resultado normal. Después, con cautela, había probado otra vez con la derecha, y la retiró enseguida con asco y con miedo: era como tocarle la cara a un viejo, lo cual no le desagradaría tan locamente si no fuera su propia cara de veintidós años, con muy poca sombra de barba que enseguida eliminaría hasta que no quedara ningún rastro. Todavía no se reponía de la sorpresa cuando apoyó la mano derecha por un segundo en la pared y en lugar de azulejos tocó metal helado. Hasta ahí, sabía que algo raro le pasaba al tacto de su mano, pero ni siquiera intuía de qué se trataba. Lo que podía afirmar era que lo que fallaba era solamente el tacto. Por lo demás su mano se veía enteramente normal y respondía como siempre hasta a sus mínimas órdenes. No había rastros de golpes ni coloración distinta, ni recordaba ningún suceso especial con su mano. Orinó cuidadosamente, sosteniéndoselo con la mano izquierda.
Con cautela se preparó el desayuno como si fuera zurdo, con torpeza, sabiendo que llegaría tarde al trabajo en el bar, pero firmemente decidido a no usar la derecha. Después le ocurrieron otras cosas y entendió lo que le pasaba.

No pudo ni siquiera sentir el papel del boleto en el colectivo: hubo como cenizas que se evaporaron inmediatamente entre sus dedos y después nada. Viajó sentado, y durante el trayecto hizo descansar el antebrazo en el muslo, de manera que su mano derecha colgara en el vacío entre sus piernas, sin posibilidad de tocar nada. De vez en cuando la miraba, y entendía lo difícil que le iba a resultar fingirse manco por el resto del día.
Ya en el bar, la primera cosa que le hizo pensar en el futuro fue una caja de hamburguesas. La extrajo de la heladera con la izquierda y sin querer se la pasó a la mano maldita. Sintió inmediatamente el bloque de carne caliente quemándole la mano aún a través del cartón. Lo pensó durante un rato, y después comprobó lo siguiente: las tabletas de chocolate, en la mano derecha eran líquidas y calientes. Las naranjas igual, pero muy frías, como si le hubieran agregado hielo. Había como un adelantamiento en el tiempo de su mano derecha. Pero totalmente arbitrario, porque su cara aparecía como la de un viejo de ochenta años, en tanto que al chocolate y a las naranjas en un rato nomás iba a pasarle lo que su mano ya sentía.
Confundido, pero ahora sabiendo a qué atenerse, siguió trabajando. Era casi divertido notar la transformación de las cosas de una mano a otra, era un antes y después instantáneo: tenía que tener cuidado porque los huevos se freían en el pase mágico de la zurda a la derecha, y alguno se le rompió al soltarlo. Se le ocurrió que si leyera Braille, con la derecha se enteraría inmediatamente del final del escrito y lo absurdo del pensamiento le arrancó la primera y única sonrisa de ese día de locos.

Hacia las once comenzó a renovarse la clientela, el bar se llenó y el trabajo se puso frenético, pero ya casi no preparaba comida. Eran puros cafés, a lo sumo con una medialuna o dos, y notó que con la derecha le era imposible manejar la máquina de café. Los hierros estaban como retorcidos al tacto de su mano rara y lo quemaban invariablemente.
Si no hubiera estado tan atareado, tal vez hubiera previsto que algo funcionaba mal, que la presión se había disparado, y que increíblemente eso podía rajarse como se rajó, casi en su cara de veintidós años, desparramando agua hirviendo y vapor a presión por todos lados, sobre todo en el costado derecho de su cara.

miércoles, enero 24, 2007

Trilogía

La apuesta es así: hacer tres cuentos completos (que todavía no están ni empezados), cerrados y definidos, pero con la misma historia, sólo que con tres narradores distintos. Hay un asesinato, y en cada uno de los dos primeros, un asesino distinto para el mismo difunto. Los cuentos no necesariamente irán a continuación (si hubiera un libro), pero si en orden. Y el tercero vendrá a aclarar la situación, pero el lector debe desconocer la existencia de esos otros cuentos (me viene a la cabeza la palabra aláteres). Claro que podría ser un solo cuento, pero eso es otra cosa.
Como no voy a publicarlos acá, puedo decir tranquilamente que estarán bien escritos y dejar ahora sólo lo esencial de cada historia y algo del mecanismo que todavía ni siquiera sé si funcionará. Entiendo lo amarrete y pretencioso del post, pero uso este lugar también para dejarme señales, cosas sin terminar para ver después, y además tal vez a alguien (ahora o dentro de 10 años) le interese reconstruir parte del proceso y esto pueda ayudarle.

Tema Título: Por supuesto, no es posible nombrarlos como “parte uno”, etc., porque estaría descubriendo el juego. Deben tener títulos individuales y en todo caso anunciar fuera del mismo “viene de” o algo así, pero nunca donde continúa. Y si está bien hecho, lo mejor de todo sería que el lector busque una cuarta parte que no encontrará nunca, pero que tal vez pueda inventar él mismo.

Convenciones: Así, tan temprano, digamos por decir algo que el crimen fue pasional. Que el muerto es hombre y las narradoras son mujeres. Que el primero cuento irá en primera persona, el segundo en segunda, etc. Por joder, nomás.

Primer cuento. Ideas generales: El personaje reconoce de movida que mató a alguien, no hay suspenso con eso. En el segundo cuento, entonces, eso tiene que ir al final, como remate. El tercero, vemos. Es un cuento visceral, en primera, narrado casi al finalizar el homicidio. Va a ser sarcástico. La forma de asesinarlo es con veneno. Andaría por acá:
La tarea de matar a Sergio Muzzio me resultó mucho más fácil de lo que había pensado. Y casi divertida, al final. Es que cuando se actúa con justicia todo se vuelve menos complicado. Y fue justo matar a Sergio, justo para mí y para varios más. Aunque esto de los otros lo pienso ahora; en su momento, hace un rato nomás, en la única que pensaba era en mí. O no pensaba en nadie, pero sentía únicamente por mí, eso es claro.

Segundo cuento. Generales.
Una segunda persona no demasiado cercana, un testigo ocasional, puede ser.
Entonces vi lo que contenía la funda de la raqueta y nos sorprendimos los tres. Él, yo, y vos también. Creo que nunca habías empuñado una pistola antes, porque te miraste la mano dos veces antes de dispararle. Antes de dispararle dos veces, y salir.

Tercero. Éste podría terminar así.
Cuando la mujer terminó de decirle todo, incluso la forma en que el veneno actuaría, dio una media vuelta triunfal y salió del departamento. Bajó lentamente las escaleras, relamiéndose. Si hubiera esperado el ascensor probablemente se hubiera cruzado con la otra, con la rubia de la funda extraña y aspecto de loca.

Sobre el párrafo final se me ocurrió que pueden leerse en cualquier orden. Para algunos serán tres historias distintas y otros las compilarán en la forma correcta, aunque las hayan leído salteadas. Me sigue intrigando si alguno buscará el cuarto cuento, o si algún cuento cualquiera se transformará erróneamente en la cuarta historia. Y otro en la quinta, etc.

domingo, enero 21, 2007

Cómo son largas las semanas

Los asalariados con horario fijo y vacaciones anuales padecemos en carne propia el drama del bolero ese que habla del alargamiento de las semanas. Conforme se acerca la fecha de nuestro descanso periódico vemos cómo el tiempo va perdiendo su consistencia de agenda Citanova subrayada y cafecito de las cuatro en punto para transformarse paulatinamente en un chicle interminable, una sustancia gomosa y aburridora con la horrible capacidad de atraer urgencias y problemas extraños. Gente ordenada y meticulosa como nosotros, que resalta los feriados largos con flúo amarillo y programa sus licencias para aprovechar cada minuto al máximo, se ve entorpecida de pronto por el inexplicable aluvión de cosas que hay que terminar antes de irse.

Un viejo axioma oficinesco recomienda comenzar a desacelerar quince días antes de que se inicie el período vacacional, cosa de llegar lo más desenchufado posible al primer minuto de la libertad condicional. Pero cómo lograrlo, bendito Cronos, como ir relajándose, si todo se vuelve complicado y encima los relojes se declaran en huelga y siempre falta mucho para que sea la hora de irse.

La teoría de la Relatividad podría obviar el espacio-tiempo y concentrarse solamente en estos agujeros negros temporales, estos nefastos espacios oscuros donde caemos cada doce meses. Observar la forma extraña en que se comportan los minutos y el magnetismo de esta época para atraer problemas insolubles debería ocupar a los seguidores de Einstein y al personal de la firma Citizen.

Y que esa misma gente le busque la explicación a la tremenda velocidad con que transcurren, inmediatamente después, nuestros escasos días de solaz esparcimiento.

martes, enero 16, 2007

Lo que viene

Me llegó otra carta de Adulfo Pistarino. Nunca es claro para explicar, pero no voy a discutirle justamente a él.
Parece que me confirman la inscripción en el Primer Campeonato iberoamericano de Discusiones Bizantinas.

Ya mismo me pongo el jogging y empiezo a entrenar.

Artistas callejeros

Para Fontanarrosa, humildemente


De los artistas de la calle Florida, pocos han gozado de la popularidad de Juan Carlos Pacheco, “El hombre del pene de acero”, y ninguno ha tenido un final tan trágico.
Artista dotado, Pacheco ejecutaba un acto de alto voltaje erótico realizando pruebas increíbles con su órgano viril. El espectáculo se anunciaba como no apto para menores de 18 años con reservas, aunque era tal el virtuosismo de Juan Carlos que muchos padres llevaban gustosos a sus hijos pequeños, y hasta a sus hijas educadas en colegios como el Sagrado Corazón, a que contemplaran las acrobacias fálicas del artista de San Fernando.
Hijo del cantor de tangos Eusebio Pacheco y de la artista circense Miriam Ayala, Juan Carlos mamó desde chico, además de la lactosa tradicional, el gusto por las pruebas riesgosas y la actuación en vivo. En algún momento del destape fue que decidió experimentar con su pilín, y rápidamente saltó a la fama.
Originalmente intentó realizar su acto totalmente a la vista del público, cubriendo apenas su falo con un delicado tul amarillo. Pero diversas Asociaciones primero, y la policía después, lo convencieron de trabajar detrás de una sábana iluminada, de modo que sólo su sombra era visible para el público que, cada vez en mayor número, se amontonaba para presenciar su show.
Tras un comienzo algo dubitativo, Juan Carlos fue agregando pruebas cada vez más asombrosas, obteniendo lo mejor de su pequeño instrumento, como un músico que extrayera las mejores notas de un violín ordinario. Porque en aquella primera época, y por lo que podía apreciarse al contraluz de la sábana, Pacheco no contaba con un miembro superdotado; en realidad se lo veía concentrarse tenazmente antes de la función, y en ocasiones hojear una revista supuestamente erótica, para que su disoluto partenaire cobrara un tamaño tal que le permitiera ejecutar la rutina.
Con el correr de los meses, sin embargo, fue notorio para los habitués que el miembro de Pacheco había crecido y era capaz de realizar pruebas donde se le exigía una fuerza y destreza muy considerables. Por ejemplo: había comenzando haciendo jueguito con una pelotita de tenis, y ahora ya andaba por una de vóleibol La explicación más aceptada era la que adjudicaba el crecimiento al ejercicio constante a que lo sometía el artista, aunque se comentaba también acerca del uso de cierta pomada china, y de un brebaje correntino con propiedades casi milagrosas.
Es decir, que al público tradicional que iba a ver el acto de Juan Carlos, pronto se le sumó otra especie, conformada por hombres y mujeres que aspiraban sobre todo a descubrirle el secreto del desarrollo peneano. Cada acto empezó a convocar una multitud, y Pacheco redujo las presentaciones a una función diaria más dos de los sábados, y desestimó los pedidos de shows particulares, bar mitzavs y festejos de divorciadas que le llegaban a montones, aunque aceptó el auspicio del Boston Medical Group.

Para la gente de los comercios aledaños al lugar donde actuaba, se hizo notoria la presencia diaria de cierto caballero de edad, un arreglado evidente pero carismático que a veces usaba anteojos y a veces tenía barba o bigotes, pero que siempre llevaba la voz cantante en las expresiones admirativas hacia Juan Carlos, y era el primero en poner plata cuando Pacheco pasaba la gorra. Algunos hablaban también de cierta dama que solía acompañarlo hasta unas cuadras antes del “escenario”, aunque nunca se la veía durante el show. El misterio crecía en torno a la figura del artista, casi en la misma proporción que su pito.

Durante la etapa final de su corta carrera, el acto duraba una media hora, y ya tenía una producción considerable: la humilde linterna original que remarcaba su figura sobre la tela había sido reemplazada por un reflector de cuatro colores; había una máquina de humo y un minicomponente Aiwa que reproducía lo mejor de Vangelis. De una gran caja a sus pies, Pacheco iba extrayendo la pelota de vóleibol, un pequeño hula-hula, ladrillos que luego eran partidos con su miembro, un oso de peluche para hacer equilibrio y un gong bastante considerable.

El 7 de julio de 1986 tuvo una tarde por demás ventosa y marcó el fin del mito de Juan Carlos Pacheco. En un alarde de superación constante, el artista callejero se hallaba haciendo malabares con una Tango número 5, cuando un ventarrón violentísimo voló la sábana que lo cubría y dejó el fraude en evidencia: escondida en la gran caja, Miriam Ayala, la madre de Pacheco, manipulaba entre las piernas de su hijo una especie de títere con inequívoca forma de pene. Resultó evidente que el viejo de la voz melodiosa no era otro que Eusebio el cantor, y la gente arrinconó a los 3 en cuestión de segundos.
La policía consiguió evitar milagrosamente el linchamiento que quisieron hacerle los admiradores estafados, las esposas desencantadas y la gente del Boston Medical Group.

lunes, enero 15, 2007

Tango

Mientras hablo con un compañero de trabajo, otro, de unos veinte años, me observa asombrado y me pregunta si yo iba a esas milongas que menciono, si lo conocí a Virulazo. Le digo que no, y me quedo pensando por qué me pregunta esas cosas, qué clase de despiste tiene este pibe como para suponer que yo, con cuarenta y dos años, pueda haber pertenecido a los habitués del Marabú o del Chantecler. Cómo puede ser que me confunda con alguien que podría ser mi viejo, si en la música que sale de mi pc lo que predomina siempre es el rock, y de pinta tan avejentado no estoy. Me indigno un poco, de verdad, y me prometo dejar de usar esos términos antiguos que tanto me gustan, no sea que los otarios como éste me empiecen a espiar a ver si uso polainas.
Considero también si debiera dejar de pasar algún tanguito de vez en cuando, pero eso está fuera de discusión. Qué le voy a hacer: me gusta, no desde siempre, pero me gusta.

Los domingos de mi infancia amanecían con tangos y milongas, y yo los detestaba. Hice cuanto pude por despegarme de ese lastre que, según yo, me querían imponer a la fuerza. Me reía de algunas letras para molestar a mis viejos, que hacían lo propio con las de Sui Generis, y así todo iba perfectamente, cada generación con lo suyo y nada en común.
Prescindí del tango hasta los treinta, más o menos, hasta la Década Infame II. En tiempos del uno a uno me fui a Brasil, y antes del viaje pasé por Florida y me compré una remera con la cara de Gardel. No necesité pensar por qué lo hacía.
En el tiempo que va desde que odiaba el tango hasta el día que compré la remera, habían pasado algunas cosas, aunque en ese momento no me diera cuenta. Había crecido, Baglietto había empezado con tangos y folclore viejo, yo había empezado a pensar y a sentir este país de otra forma, hasta el Diego reconocía que le gustaba esa música, y descubrí a Goyeneche y a otros de esos tremendos corazones, y todo encajaba armoniosamente.

Mi banda es Pink Floyd, me crié con Serrat y con Charly, etcétera; nací cuando ya a la Mireya nadie le formaba rueda pa’ verla bailar, y el lenguaje está cambiando siempre, como el mundo, y ahora le pusimos muchos términos cibernéticos. Sin embargo se me transparentan cada vez más los bandoneones y Homero Manzi, y no me suena para nada mal decir que un soft es berreta, me sale decirle berreta y no otra cosa.
Creo que somos, todos nosotros, inexorablemente tangueros aunque no lo llevemos en ningún iPod. Ni falta que nos hace.

Por eso entiendo que a estos chicos medio se le quemen los papeles cuando digo cosas como si hubiera vivido esa otra época, y sospecho que a ellos les irá pasando lo mismo: un día se sorprenderán silbando una melodía distinta o leerán algo que les entrará por el pecho sin esfuerzo, como por un camino natural, y lo reconocerán como propio aunque a palabras conocidas como “cana” y “reo” le agregue otras no tan conocidas como “shusheta” y “mishiadura”.
Será gracioso para mí (y penoso para ellos pero por un tiempo, nomás) que los inevitables tarambanas que tendrán alrededor les pregunten si iban a las milongas esas, o si lo conocieron al Polaco.




Muchas gracias a todos los que contestaron algunas preguntas sobre el particular. Forman parte de un trabajo más largo sobre la misma idea, y me han sido de gran utilidad.

domingo, enero 14, 2007

Que lo parió


Lo veníamos temiendo desde hace algún tiempo: Fontanarrosa está enfermo y justo le tocó una enfermedad que afecta su inmensa capacidad de ilustrador. Hoy, en la revista Viva, apareció una carta del Negro anunciando que finalmente la mano derecha claudicó, y que van a dibujarlo Crist y otros. Me imagino lo que debe sentir un dibujante cuando le pasa algo así, y no necesito imaginarme lo que sienten los que lo admiran desde hace tanto tiempo.

Conociéndolo, es casi seguro que haya intentado dibujar hasta con las patas, pero se ve que es patadura como todos los Canallas. Así que habrá que resignarse a que ya hemos visto los últimos Inodoros dibujados por su creador, y sumarnos con justicia a la frase del Mendieta.