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viernes, diciembre 18, 2009

Las investigaciones del Profesor Ramírez


Otro interesante artículo del investigador entrerriano, distinguido por la RAE como "un peligroso gilipollas sin nada mejor en lo que entretenerse, y además recontra maricón”.

Civilidad y juegos infantiles
Por el Prof. Ramírez

La tarea de imponer límites en los niños y de formarles idea de autoridad institucional es un tema mal encarado y con metodología que atrasa. Sobre todo porque los pibes vienen con reflejos adaptados genéticamente para la Play III, rápidos para entender lo dicho y para inferir lo sugerido.

Antes les íbamos carcomiendo el cerebro desde los primeros juegos, y nos funcionaba bastante bien.
Un ejemplo precioso es el “¿Dónde tá? Acatááá”. Una verdadera joya subliminal, que mediante la repetición del “acatá” y la repentina aparición del rostro del adulto debía generar en el lactante las siguientes premisas: “Acatá, obedecé, porque siempre hay un botón escondido atrás de un repasador mugriento, o un cartel de la ruta. Aunque no la veamos, la cana siempre está, como el Sol (el Operativo Sol, ¿entendés, pendejo?)”.

«El problema del "acatá"», dice Mario Sokolinksy en un famoso tratado, «, con el adulto apareciendo y desapareciendo, es la evidente intermitencia de la autoridad, que crea en el niño una sensación doble de abandono y falta de control esporádicos, instantes que aprovechará de grande para pasar un semáforo en rojo o violar una anciana»

Brillante y aleccionador, como todo lo de Mario, como lo de la pitina.

Otro ejemplo de juego con instrucción cívica implícita en el lenguaje es: “Juguemos en el bosque mientras el lobo no está, ¿lo votás?”
A lo que el candidato a intendente, representado en la figura del lobo, responderá cosas como “Me estoy poniendo los pantalones porque recién se va mi secretaria” o algo por el estilo.

«Acá tengo otra cosa interesante», dice Sokolinsky acomodándose la pitina. «A nuestros abuelos les funcionó bastante bien para generar conciencia con el voto, que en esa época no era algo muy aceptado, era más bien una obligación pesada . Los homónimos ‘¿Lobo tás? - ¿Lo votás?’ despertaron conciencia cívica e inculcaron la idea de tratar de elegir lo mejor posible, porque a la final el lobo siempre va a querer morfarte, ¿o no?»

Como sea, hoy resulta bastante evidente que el empleo de voces deformadas no sólo no educa socialmente a los niños, sino que después los hace escribir como el orto (y votar peor). Seamos claros con los pequeños, expliquémosles que deben obedecer porque si no vamos a golpearlos salvajemente, no recurramos a mensajes subliminales ni a homónimos oscuros, porque eso no sirve y después los mensaje de texto los entiende Magoya.

Lo que sí es probadamente efectivo y se los recomiendo a todas es “mamá me da la teta, papá no me da nada”: tengo amigas que han ganado juicios por alimentos gracias a la declaración de pendejitos bien enseñados.

Mucha tortita de manteca para todas ustedes, mucho chonguito de Calzada para mí, que tengan un finde super.





Gracias a LULET, que me dio la idea.

miércoles, agosto 26, 2009

Puto del cerebro

Un artículo que marca la vuelta del Profesor Ramírez y sus investigaciones científicas. Recordamos que Emmanuel Ramírez es bioquímico, docente universitario y profesor de reggaetón ad honorem.


Por el Prof. Ramírez

Estoy re contenta (1)
Resulta que estaba leyendo “El cerebro de Leonardo”, del Dr. López Rosetti. El libro en sí es bastante pedorro, pero en la página 109, bajo el título “El cerebro homosexual” encuentro algo que me da pie para imaginar hipótesis de un mundo más feliz.


Dice:

"¿Es diferente el cerebro de una persona homosexual? La respuesta es Sí.
Diversas observaciones lo demuestran. Una de esas diferencias se encuentra en una pequeña parte del cerebro que se denomina núcleo supraquiasmático. Este núcleo es más grande y contiene más neuronas en los hombres homosexuales. Hay también un núcleo o conjunto de neuronas (el núcleo hipotalámico NIHA-3) que es más pequeño en los homosexuales.
Y se ha observado que otra parte denominada 'sección transversal sagital media de la comisura anterior' es mayor en los hombres homosexuales."

Y así, un montón de cosas, todas derivadas de la casi comprobada homosexualidad de Leo Da Vinci y que incluye hasta el análisis de un sueño por parte de Sigmund Freud.
Y Segismundo directamente lo mata, te digo.
Florencia de la Vinci, propiamente.

En fin, pero lo que me pareció re loco es eso de que los cerebros de los putos sean distintos.
Consideremos algunas posibilidades, a cual más halagüeña:

1. Diagnóstico precoz. Basta de andar padeciendo hasta los 16 años, los padres suponiendo y el hijo disimulando. Ante la menor duda, una simple tomografía y listo. Y si el médico sale diciendo: “Epa…qué sección sagital para Godoy Cruz (2)”…ya sabemos a qué atenernos. Y cuanto más se perfeccionen los métodos, más rápido sabremos que estamos o estaremos en presencia de un futuro gay:

- ¿Ya te hicieron los análisis? ¿Es nena o varón?
- Es puto como tu tío…


Bueno, las peleas y las culpas también van a empezar antes. Pero van a tener más tiempo para reservar turno con el psicólogo.

2. Nuevas cargadas. Y que permitirán renovar y hasta refinar los cánticos en las tribunas de fútbol, por ejemplo:

Gallina, no seas mesiánico,
Que nos ganen es un sueño:
Tu núcleo hipotalámico
Es mucho, pero mucho más pequeño

3. Excusas para gays. Yo voy a todas las Marchas, me hago cargo, estoy asumido, pero hay veces que no tengo ganas de andar explicando mucho o defendiendo la causa. Suponete que tu sobrinito de 5 años te pregunta por qué te hiciste puto. Es complicado, ¿qué le decís? Pero ahora podés quedar como un duque: Lo que pasa es que de chiquito me ponían torcido en la cuna, y se me llenó de neuronas el núcleo supraquiasmático. Ahora andá a jugar a sacarle la comida al Rottwailler, mi amor…


En fin, a mí esto de tener el cerebro distinto, y encima parecido al de Leonardo, me llena de orgullo, qué querés que te diga.
Y me da la pauta de que hasta los insultos podrían cambiar, y dejar de apuntarnos siempre en el mismo lado.
No sé.
No me digas que no tiene su encanto que en lugar de puto del orto, te griten “¡Puto del cerebro!”

Como que da puto inteligente ¿no?

(1) No sabemos si se trata de un error de tipeo, de un lapsus o de que el profesor está cada vez peor. Imaginamos lo último.

(2) Calle de putos por antonomasia.




sábado, abril 21, 2007

El problema del tránsito en Argentina

Otra investigación (otra más) del Profesor Ramírez
Emmanuel Ramírez es bioquímico y recitador de frases de la escuela de Pichón Riviere, y a veces le sale la nacional- gauchesca.

Los argentinos conducimos nuestros autos de acuerdo a nuestra idiosincrasia. Manejamos con valentía, con imaginación, con un saludable y natural desprecio por el Statu Quo que incluye a las leyes de tránsito, con anhelos de innovación permanente, con el deseo de superarnos y de ser los primeros siempre, con una habilidad innata para despegar de las culpas (1).
Todo argentino frente al volante, tiene como único Manual del conductor válido, a nuestro inmortal Martín Fierro:
Más ande otro criollo pasa
Martín Fierro ha de pasar


Fieles al estilo que nos ha hecho famosos en el mundo entero, salimos a manejar como quien da cátedra, que eso es lo que se espera de un argentino siempre y en toda actividad que emprenda, desde el fútbol inventado por los ingleses hasta el “T” del americano Ford.
El automóvil es una extensión de nuestro sentir, es nuestro Urbi et Orbi a pedales. Uno reconoce a un compatriota en un aeropuerto por la forma de caminar, y también es factible hacerlo en el tránsito de Nueva York; decir con orgullo y nostalgia:

- Ese que dobló sin poner el giro…ese…seguro que es argentino…

Y tras la emoción inicial, es probable que aflore el mencionado espíritu de superación y ahí nomás doblemos en “U” por Fifth Avenue, ante la admiración de los nativos, que nos llenarán de elogios que no entenderemos por estar proferidos en inglés: ni falta que nos hace, ya sabemos que somos los mejores.

Pero el interés de este informe no está centrado en nuestras reconocidas virtudes como automovilistas, sino en algo que de un tiempo a esta parte se ha convertido en un verdadero problema, y que amenaza con disminuir el largo de los laureles tan justicieramente obtenidos. A saber: los peatones.

Esta especie en extinción, estos resabios de otros tiempos que insisten en el desplazamiento bípedo y obstaculizan nuestro camino a la fama, hoy por hoy parecieran competir con perros y sapos en eso de reventar bajo los vulcanizados neumáticos.

Hombres y mujeres desaprensivos que con su descuidado accionar quieren echar por tierra con toda una tradición de manejo a la criolla.

Seres retrógrados que hasta forman pueriles asociaciones con la pretensión de limitarnos en el arte autóctono de la pirueta automotriz.

Censores de mentalidad extranjerizante, que nos refriegan por el inmaculado parabrisas (ya que nunca, pero nunca, llegarán hasta nuestros ojos) las estadísticas de otras naciones.
¿Qué nos importa?, les respondemos.
Allá Suecia con sus aburridos bulevares; allá Norteamérica con sus puritanas autopistas; allá Inglaterra y sus decimonónicas calles.

Lo que transita por el asfalto nacional es el grito telúrico de la raza, el alarido desafiante de Moreira, el indómito corazón de Segundo David Peralta, alias Mate Cocido.
Es el galope pertinaz de Santos Vega, que se ríe de las vizcacheras.

Salir arando es reivindicar las labores del hombre de campo.
Cada picada en Panamericana es la montonera de Guemes y los Infernales.
Cada frenada con marcas representa las represiones que sufrimos.
Cada pérdida de aceite, las invasiones inglesas.

El problema del tránsito son los peatones sin conciencia nacional, los que priorizan su seguridad y la de sus niños por sobre el honor de la Patria y las sagradas tradiciones.
Que sepan de una buena vez que fierreros viene de Martín Fierro, y que guarden respetuoso silencio.
Y que dejen de esconderse en esas patéticas asociaciones, que eso no es de gaucho bien nacido.




(1) Valgan estas coplas de Les Luthiers en su “Covadonga de los colectiveros”, tal vez el ejemplo más cabal de argentinidad sobre ruedas:
Corro siempre nunca aflojo, con coraje y con valor
Si el semáforo esta en rojo, acelero sin temor

lunes, marzo 05, 2007

Orientales

Las investigaciones de Ramírez
Por el Prof. Emanuel Ramírez
bioquímico, investigador, docente universitario y reina de Gualeguaychú 1998




De entre los varios mitos que circulan con respecto a los orientales, uno de los que encierran parte de verdad y que se puede comprobar con relativa facilidad es aquel que postula la dificultad para calcularles la edad, sobre todo cuando pasan de los 40. Tomemos por ejemplo al japonés de la tintorería “Mi Okinawa querido”, de Villa Ballester: personaje entrañable, buen anfitrión y pésimo tintorero, cuya apariencia nos hace dudar entre los 50 y los 90 años, o más. Con el propósito de dilucidar la cuestión, y de paso retirar un ambo cruzado, fui al encuentro de Chow Fan Nakamara y confieso que obtuve más respuestas de las que esperaba.
Reproduzco parte del inquietante diálogo:

- Sí, muchos años en Argentina, desde época de Perón – dice Nakamara sin nada de acento.
- ¿Y siempre con la tintorería?
- Siempre – y sonríe mientras me alcanza un té de amapolas bien cargadito.
- ¿No hay demasiado vapor acá? – pregunto, aunque ya huelo a tela chamuscada. El tintorero, hierático, retira de la plancha un vestido de dama blanco con una evidente quemadura, y sin inmutarse lo pone en un canasto etiquetado, obviamente, en japonés, probablemente katakana, cantonés o mandarín antiguo: no puedo distinguirlo porque no sé absolutamente nada de japonés.

- Vapor en Argentina malo – dice Chow Fan, serio -. Muy malo.
- Acá tengo la boleta del ambo que le traje la semana pasada.
- Ah…otro. Vapor malo, muy caliente. – dice, y yo prefiero volver al tema de la edad de Nakamara, por lo menos al intento de averiguarla:
- O sea que usted se vino de joven para acá, en la época de Perón.
- Año ’45…pero no joven ya – dice terminando su té y sirviéndose un vaso de cerveza Quilmes Cristal.
- ¿No era joven? – digo agarrando un vaso diminuto en el que Nakamara me ha servido sake. Me estremezco un poco, porque puede ser la confirmación de mis sospechas.

- Boleta dice “No pagó”.
- No, se lo pago ahora cuando me lo dé.
- Antes no era tintorero – dice él, y por un momento se queda con la mirada perdida en el vacío -. Antes poderoso Samurai – culmina Nakamara. Y se llena su propio vasito de sake.
- ¿El ambo está bien, no? – digo, y enseguida me arrepiento y espero que él no pierda el hilo de lo que estaba diciendo - ¿Usted fue samurai, Nakamara?
El japonés asiente imperceptiblemente con la cabeza, pero se aleja unos pasos y para mi desgracia lo veo hurgar en el canasto donde puso el vestido quemado. Sin darse vuelta, lo oigo murmurar:
- Servicio secreto del Emperador N’sun Tue – escucho mientras lo veo liar un cigarrito de opio.

- ¿En qué año fue eso? – me tiro a fondo.
- Hmm…22 o 23. Mil setecientos. – creo escuchar. Pero Nakamara ha tosido sobre su última frase, y sobre una camisa blanca. Queda horrible la escupida de opio sobre la camisa blanca, y el tintorero la mete también en el canasto del cartelito extraño, y se sirve otro sake pero en el vaso grande de cerveza. Siento que el corazón me late desbocado, aunque trato de mantener la calma.
- Si debo creer su versión entonces usted debe andar por los 300 años más o menos.
- Mil setecientos hombres: yo tenía 22 o 23 años .
- Ah...
- Me quería mucho Kirchner...
- ¿¿¿Quién???

- El Emperador – dice Nakamara con un eructo, y por un momento parece confundido. Pero sigue -: los del servicio le decíamos “kirchner”…, que en japonés quiere decir “bizco”, así nadie sabía de qué hablábamos… Porque el Emperador tenía un problemita en el ojo...
- ¿Cuántos años tenés, japonés?
- No debe nada del ambo – me dice Chow Fan y me alarga un buen cigarro de opio y otra taza de té de amapola. Lo veo ir hacia otra de las planchas y retirar un pantalón intacto. Nakamara lo mira de un lado y del otro, casi con incredulidad, y luego lo cuelga con aire triunfal. A esta altura el vapor en la tintorería es denso y hay estrías rojas en los ojos del tintorero cuando se da vuelta. Aunque puede ser el vapor, el humo de la ropa quemada, el sake, el té de amapolas o el opio. O la cerveza Quilmes , a la que Nakamara se ha hecho tan afecto que parece argentino, y que ahora bebe directamente del pico.
- ¿Le hago una pregunta? Ese canasto, donde pone esa ropa…
- ¿Sí?
- ¿Qué dice en el cartelito?
- Dice: “Ropa quemada: Hablar del Emperador o cualquier otra boludez”

Y se duerme sobre la plancha. Me retiro en silencio, y definitivamente compruebo que es muy difícil averiguar la edad de los orientales.

miércoles, diciembre 13, 2006

Échale la culpa a La Volpe

Lo siento.
Tenía un post buenísimo para festejar los 100, y pensaba engancharlo con el tricampeonato. Había fotos de Ramírez y un gran danés arlequín, otro poema de jmslayer al ventilador de Gutiérrez, en fin, cosas hermosas.
Pero lo de esta tarde acabó con cualquier ánimo festivo que existiera en mí por varias décadas.
Es de esperar que venga rápido el post 101, y que coincida con el anuncio de la violación alevosa, masiva y reiterada, de La Volpe.
Sean benévolos con los comentarios, porque el fútbol siempre da revancha, porque sé dónde viven y porque mi psiquiatra se rió mucho cuando le pregunté por el alta.

jueves, noviembre 23, 2006

Cómo vencer la timidez

Consejos del Profesor E. Ramírez

Según nuestras estadísticas , algunos llegan hasta este blog por temas relacionados con la timidez. Y lo leen, aunque, claro, nunca comentan. Como Ramírez ha padecido lo que denomina “el flagelo” lo dejamos que escriba él.
Emmanuel Ramírez es Bioquímico y Profesor de danzas folclóricas Focalizadas (sólo la parte de la paisana). Ha escrito varios libros, pero después los borró porque no le dejaba leer lo que estaba abajo.


La timidez no es buena, mi amor.
Es la hija boba de la humildad, la sobrina tonta de la mesura y la nieta pelotuda de la seriedad. Es la que te hace elegir siempre la pollera larga marrón y el saquito cerrado; la que te hace permanecer callada en las escasas reuniones a las que vas; la que te hace ocultar las manos bajo la mesa y ruborizarte si él te mira.
A la mierda con todo eso. Vamos a revisar algunos puntos para que la timidez deje de ser tu problema.
Antes que nada tenemos que saber por qué sos tímida. Muchas pacientes me dicen que es porque se sienten feas, o porque se comen las eses, porque se flatean o porque no saben bailar, o porque no les da la maraca y temen quedar mal si hablan solamente de Luis Miguel.
Y la enorme mayoría tiene razón, son unos bagartos insoportables, pero no importa: todos tienen derecho a una vida digna y a un poco de dunga-dunga de vez en cuando. Yo mismo era muy tímido en Santa Fe, así que sé de lo que hablo. Mi escasa habilidad para los deportes, mi físico esmirriado, mis mini-shorts rosados, todo contribuía para que fuera el blanco predilecto de las bromas. Los chicos me golpeaban en los recreos. Y ahora me adoran, así que prestá atención:

Para las feas
¿Muy fea sos? Digo, ¿no zafamos de arriba, de atrás? ¿Nada?
Okay, vas a hacer lo siguiente:
Me comprás, y te los estudiás de memoria, 3 cassettes de “Lo mejor de Jorge Corona”. Y a la primera de cambio, decís: “Eso me hace acordar…” y arrancás con los chistes. Vas a ser la mimada de los varones, te van a invitar incluso a las reuniones de hombres solos. No garantizo que alguno te quiera dar, pero por lo menos dejás de ser una momia.

Para las estúpidas
No queremos que permanezcas muda, pero ojo con lo que decís. Mejor dejá correr la conversación y poné caritas. Usáme mucho “Puede ser”, “Hmm”, “Y…”, esas cosas que por lo menos dejan la duda de si sos misteriosa o te hicieron una lobotomía. Vos poné caritas y mechá esas frases todo lo que puedas. La gente no sólo va a creer que participaste lúcidamente en la charla sino que va a estar encantada de que siempre coincidan.
Y hasta vos podés creer que participaste, imbécil.


Para las aburridas
Usá siempre ropa interior Victoria’s Secrets. Lo que vas a hacer a partir de ahora es empedarte a conciencia y practicar el baile en el caño. Pero mucho alcohol, mamita, mucha ginebra Bols, mucho tetra antes del evento. Aunque sea una misa aniversario, vos te llevás una petaca llena de Legui y un walkman con la música de “Nueve semanas y media” y me la vas escuchando en el 41. Vas a llegar a la fiesta ya con calor, con ganas de revolear la ropa. Ojo: no te desates con los primeros temas, pero tampoco esperes mucho porque corrés el riesgo de terminar sola, en pedo y en bolas, abrazada a los mozos. A mí me ha pasado. Y éstos son consejos para la timidez, no para mejorar tu récord de penetraciones simultáneas.

Para las feas, estúpidas y aburridas
No, nada. Un 38 y a la mierda.

Para todas y todos en general (*)
El flagelo de la timidez se comporta como la maleza de tu jardín: si no la combates no permanecerá igual, sino que irá creciendo hasta invadir tu vida por completo. Atácala cuanto antes y de todas las formas posibles. Relájate: recuerda que todos tenemos miedos, debilidades y sobre todo espantosos secretos inconfesables. Disfruta y expande tu personalidad sensible y discreta, saca provecho de tu imagen desvalida, no dejes de divertirte aunque se te traben los pies al bailar. Intenta alumbrar con brillo propio: no copies modelos de personas audaces, ni te inventes un personaje que no eres y que no podrás sostener. Ríete de tus defectos, exagéralos. Devuelve las ironías siempre un grado más alto de lo que las recibes, pero procura hacerlo con buen humor. Ruborizarse es signo de que aún conservas la vergüenza; en ningún caso eso puede estar mal. Si no tienes nada que decir, no te sientas en la obligación de hacerlo. Pero si quieres dar tu opinión, hazlo en forma clara y nunca bajes la voz: si lo que dices les parece tonto o inapropiado, te lo harán saber aunque hables bajo. Si no te gustas en el espejo, haz algo para cambiar o cambia de espejo, pero sal a la calle con el testuz enhiesto. Y al que te ofrezca un 38 le dices que se lo pierda en el ojete.

Otras investigaciones del Profesor:
Termodinamia Asimétrica Nocturna
El agua para el mate, esa yegua indomable

(*) Ignoramos por qué Ramírez pasa abruptamente del coloquial al científico, del argentino al venezolano o lo que sea. Pero ignoramos tantas cosas de él, que no nos vamos a andar preocupando justamente por esa.
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La timidez y otras cosas
Este es el cuento que le dio nombre al libro y al blog, y la razón de que incautos timidones se ensartaran viniendo a pispear acá. Va, pues, en versión completa, y por el mismo precio.
Me parece que fue ahí cuando empezó a llover.
Usted todavía no había contestado. Tal vez no escuchó lo que le pregunté porque había mucho ruido en la calle y además a usted le preocupaba que lloviera. Yo me imagino que lo que la inquietaba era la posibilidad de que la lluvia la despeinara o le corriera el maquillaje. Es tan coqueta, usted. A mí no me importaba si llovía o no. En realidad me maltrataban los nervios porque tenía que hacer la pregunta. Lo que pasa es que entre la timidez y el ruido de la calle y como usted parece que no me escuchó, ahora hasta dudo si al final le hablé o no.
A mí me parece que también tengo un poco de mala suerte. Ojo: no digo que siempre, pero muchas veces me pasa algo a último momento y me arruina los asuntos. No es que tenga muchos asuntos, tampoco. Quiero decir, en general. Póngale que quiero organizar una reunión en casa y empiezo a invitar amigas, compañeros del trabajo y hasta familiares. Y siempre me pasa que todos están comprometidos o al final les pasa algo a los que me habían dicho que sí, un dolor de estómago y ese tipo de cosas.
Volviendo a ese día: yo le pregunté y justo se largó la lluvia, dígame si no es mala suerte, Alicia. Más vale, usted se preocupó por el mal tiempo y tuvo que apurarse, no se podía hacer otra cosa. O a lo mejor sí, pero no hubiera sido lo mismo. A lo mejor, justamente por la lluvia, usted hubiera aceptado ir a tomar algo, probablemente al café más cercano. Pero esa no era mi idea, Alicia.
A lo mejor usted no se dio cuenta todavía, pero yo le di algunas pistas. No digo algo muy concreto, pero pistas le di. Yo no sé disimular y entonces a usted tiene que haberle llamado la atención que tartamudee un poco cuando hablo y además me ruborizo tan fácil...
¿A usted no le sorprende que siempre nos encontremos en la puerta de salida? La verdad es que me le estoy insinuando, Alicia. Comprenda, no es fácil para alguien como yo encarar a alguien como usted. Es más: antes de llegar a invitarla, alguien podría analizar por qué me atrae alguien como usted. Usted es joven, tiene personalidad, tiene palabras. Y es tan linda, Alicia. Me duele el pecho cuando la veo, sin exagerarle. Ahora que lo pienso, no hay que analizar mucho por qué usted me atrae, en todo caso por qué me ilusiono inútilmente.
Yo no soy como usted. Pero siento que hay algo que nos une en su interior, Alicia, y a eso le apunto. Es decir, por supuesto que me gusta su melena rubia, y sus piernas son hermosas. Sus piernas son hermosas, Alicia, tuve que tomar aire para seguir pensando. Digo, usted me gusta mucho, no tiene sentido que lo neguemos. Y seguramente no tengo la exclusividad, deben sobrarle festejantes mejores que yo. Pero cómo evitarlo, Alicia, cómo evitarlo. Pienso constantemente en usted, su perfume me persigue, lo percibo hasta en mi café con leche de las mañanas. No que usted huela a café con leche, sino al revés, no sé si me comprende.
Sueño con usted, Alicia, y en mis sueños soy audaz y a usted le gusta.
Por eso ayer había decidido que iba a invitarla a tomar algo.
Lo tenía bastante bien planeado, Alicia. Usted, como siempre o casi siempre (porque a veces usted trabaja hasta muy tarde), iba a tomar el ascensor después que yo. La verdad es que me apuro a bajar. Siempre tengo todo listo a las seis menos diez y entonces consigo bajar en el primer o segundo lugar. Entonces bajo y espero a verla salir. No crea que la espío, lo que hago es esperarla: tengo desde hace rato la intención de poder hablarle sin distracciones, algo imposible de hacer en el trabajo. Además que no me gustaría hablarle y que escuche alguien, imaginesé. Más allá de la falta a nuestras obligaciones la gente podría hablar cosas de usted. Aunque es más seguro que yo salga peor. La gente suele ensañarse conmigo, Alicia.
Me gustaría tanto contarle cosas de mí. Usted seguramente me las sabrá comprender y viceversa; si hay una virtud que tengo es la de saber escuchar. Y sus historias deben ser hermosas como usted, Alicia. Hablamos tanto en mis sueños. Yo encuentro siempre la palabra justa que la reconforta y usted me lo agradece tiernamente.
Así que hace unos días me permití seguirle el recorrido. Usted toma siempre por Corrientes hacia el bajo y en Acevedo toma el subte. A veces mira algunas vidrieras, sobre todo las de ropa, pero nunca se queda demasiado. Lo que no pude saber es si tiene a alguien, Alicia. No me animé a preguntarlo y los comentarios que escuché sobre usted se referían exclusivamente a su aspecto físico. Esto del aspecto físico es una forma suave de decirlo, Alicia, un eufemismo. Los muchachos a veces son bastantes vulgares. Yo creo que por eso me cuesta relacionarme. Ojo: no es que yo me crea superior ni nada de eso. Pero no me gustan las groserías y hoy en día eso es casi un defecto. Y las chicas son peores, Alicia. ¿Escuchó las cosas que dicen? No es que yo tenga demasiados años, tengo cuarenta y siete y sé que las cosas han cambiado; en mi juventud hubieran sido inadmisibles muchas de las expresiones que hoy usan hasta los escolares.
No quiero irme por las ramas. La cuestión era que yo iba a esperarla a la salida y la iba a invitar a tomar un café. No tendría nada de malo, al fin y al cabo somos colegas aunque trabajemos en distintas áreas. Y yo también (aquí le mentiría, pero sólo un poco) iba a tomar por Corrientes. Lo fundamental era no espantarla, Alicia. No quería asustarla, por supuesto, sino que sonara como casual. En realidad, quería que pareciera la cosa más normal del mundo. A lo mejor usted se daría cuenta de que yo estaba estrenando traje, Alicia. Pero para eso tendría que haberse fijado antes en mí y con cierto cuidado y no creo que sea así. A lo mejor me equivoco, me gustaría equivocarme, pero no creo que usted sepa muy bien cómo me visto. Si usted hubiera aceptado, Alicia, yo la hubiera llevado a un bar que encontré en el camino que usted suele tomar. Es un lugar que me parece apropiado para tener una charla que vendría a ser como la primera. Ahora no tiene mucho sentido que le cuente las cosas que había pensado decirle, pero tenía como cinco o seis comienzos de diálogo y después, bueno, una cosa lleva a la otra, cómo quien dice.
Pero ya lo ve, la lluvia complicó todo. Usted no me escuchó o entendió mal y se apuró a llegar al primer refugio. Se detuvo apenas unos instantes y cuando se decidió a salir la perdí entre la gente y los autos. Me pareció que la veía todavía un segundo, antes de que se la llevara definitivamente la lluvia. Me pareció que usted se había dado vuelta para mirarme y tenía una expresión que ya he visto antes, Alicia.
Por eso me quedé un rato en la puerta, mojándome, tratando de adivinar si usted se había ofendido. Me quedé como otras veces, pensando en las cosas que hubiera debido decirle para que usted no se vaya así, Alicia, Para que no me mirara de esa manera. Me quedé sola y triste y descartada, con mi traje nuevo y mis frases que seguramente usted ya no va a poder escuchar, Alicia, porque la próxima vez tendrá compromiso o le dolerá el estómago.

sábado, septiembre 30, 2006

Dossier Científico

Las investigaciones del Profesor Ramírez

El presente es un trabajo inspirado en “¿Cómo sabré que estoy de parto?” de Dolores Rovati , “¿Cómo sabré si nuestro bebé tiene un problema auditivo” de Robert C. O’Reilly y “¿Cómo sabré si mi novio deveras me ama?” de Yahoo Respuestas.(1)

Agotadoras guardias hospitalarias, fatigosas reuniones de estudio, tardes de domingo con bizcochitos, ámbitos éstos donde siempre está presente el mate, motivaron la investigación que aquí desarrollo: “¿Cómo sabré cuando ya está el agua para el mate, eh?”
La duda se me planteó en innumerables ocasiones, y siempre debí guardar el silencio de los ignorantes. Me harté de eso, me cansé, me puse mal, ¿okay? (2)

No voy a hacer aquí el relato minucioso de las pruebas realizadas, sino de las conclusiones obtenidas. Tan sólo diré que al principio no me aparté un ápice del método científico, y no obtuve más que fracasos: una y otra vez saqué o bien agua tibia y laxante o bien H2O como para pelar chanchos. Ni el control exhaustivo del tiempo de exposición al fuego, ni la verificación puntillosa de la cantidad de líquido empleado sirvieron para establecer pautas irrefutables.
Me re pudrí de Lavoisier y mandé todo eso al carajo. ¡Eureka!: cuando me dejé llevar por mi instinto santafesino (3) y pensé “Ya debe estar”…¡salió perfecta! Eso me llevó a cambiar el rumbo de la investigación.

Realicé 17.328 “retiros por corazonada” y en una sola oportunidad salió fría, pero esa no cuenta (4).
En ese momento pasaba una temporada en casa un íntimo amigo alemán, y de las 35 veces que lo intentó nunca sacó el agua como corresponde. Casi lloro: creí que una vez más el fracaso golpeaba a mi puerta, y eso que tengo un timbre precioso (5).
Pero no me amilané: unas semanas más tarde se alojó en mi casa-laboratorio un conocido Juez de San Isidro y tuvo éxito 743 veces al hilo.
Una idea comenzaba a tomar forma en mi cabeza (un extranjero no pudo, dos criollos sí) y para confirmarla invité a pasar el finde conmigo a un joven cordobés que atiende la rotisería del barrio.
Nuevamente obtuvimos un éxito rotundo: 118 retiros en el punto justo. Festejé como loco. Lamentablemente el chico no quiso quedarse un par de días más, pero yo ya había arribado a la conclusión que ahora les presento: los argentinos hemos desarrollado un gen que nos advierte el momento culminante sin necesidad de otros artilugios.

Años y años de sabiduría gaucha han logrado mutarnos genéticamente para conseguir el agua justa que nos permite preparar en forma exacta nuestra infusión predilecta; millones de fogones con rondas de mate y “Canción para mi muerte” de fondo, pudieron por fin mejorarnos racialmente para saber con absoluta certeza cuando es el momento de sacar la pava del fuego.
Hay como la sensación de un silbido que precede al temido hervor, pero es sólo eso, la sensación. El supuesto silbido no existe: lo que percibimos como tal es la señal que envía el gen al hipotálamo y éste, excitado, estimula a su vez los huesitos yunque y martillo del oído. El silbido, señores, corresponde al vientito que produce el martillo al ir a estrellarse contra el yunque, como si fuera un gozoso llamado que dice “Chicas, a tomar el maaate!” (6)

Para poder identificar el gen todavía me falta un poquito, pero continúo investigando y procuro cubrir todo el espectro de materos.
Es proverbial el apego que sienten los uruguayos por el mate. Sería muy provechoso si me pudiera traer unos días a casa a Osvaldo Laport y no parar hasta concluir todas las pruebas, aunque nos lleve mucho tiempo.



(1) Poné “Cómo sabré” en Google y aparecen esas maravillas (Nota del Autor)
(2) Se ha respetado el estilo visceral y aputosado del Profesor (Nota del Editor)
(3) Emanuel Ramírez es oriundo de Villa Cañás, como la Chiqui Legrand (N. del E.)
(4) El Profesor había olvidado encender el fuego. Cosas que pasan. (N. del E.)
(5) No podés ser tan puto (Nota de Sergio Muzzio)
(6) ¡¡¡Por Dios!!! (Nota de Dios)

viernes, septiembre 22, 2006

Hemisferios

Sufro de lo que todos vulgarmente llamamos "Termodinamia Asimétrica Nocturna" y que los científicos pomposamente denominan "Bolas calientes", lo que significa que durante el sueño la parte inferior de mi cuerpo, de la cintura para abajo, es el Africa ardiente en tanto de la cintura para arriba se convierte en un páramo de la Siberia. Podría precisar aún más algunas zonas y decir que por mi espalda campean señoriales los vientos de Alaska, mientras los pies se abrasan en la arena del Sahara. Convivir con semejante diversidad de paisajes todas las noches me está arruinando la vida, por lo menos la de pareja.

Porque a la larga yo he aprendido a tolerar e incluso a subsanar este problema: me abrigo arriba y me desabrigo abajo, y listo. Tengo unos buzos gruesos con la cara de Tweety (que combino con gorros de lana al tono) excelentes, frizados, y pongo las colchas atravesadas, de manera que sólo cubran la parte superior y me dejen al aire del pito para abajo. A los pies de la cama coloco un pequeño ventilador que apunta al centro de mi ser, y más o menos la vengo llevando.
Ignoro por qué se produce esta diferencia de climas en mi epidermis, y ninguno de los facultativos que consulté supo explicármelo. El profesor Ramírez estaba casi seguro de que se producía porque, al dormirme, yo movía mucho las piernas y nada de nada el torso, pero la teoría naufragó: durante 4 noches dormí en la camilla del profesor Ramírez, en su consultorio de la calle Martina Céspedes, y comprobó que yo tenía (como dice en su informe) "el mismo ritmo brasileño, la misma cadencia sensual e insinuante en todo el cuerpo, desde el ancho pecho hasta las torneadas pantorrillas". No viene al caso, pero creo que Ramírez se la come.

Como decía, yo me he acostumbrado a esta situación, pero ninguna de mis novias pudo adaptarse. Vérselas con el (los) microclima(s) apropiado(s) para cada uno de mis hemisferios les producía aprensión, además de resfríos o sudoración según fueran hacia el norte o hacia el sur.
En mi defensa puedo decir que nunca le pedí a G que me hiciera cositas en los pies, de manera que si se enganchó los pelos en el ventilador fue por su propia lujuria.