Ejercicio de Taller.
Antes de la cena
- Debo decirte algo importante - dijo la chica.
- ¿Ahora? – preguntó el viejo
- Sí, ahora.
- Pues dilo.
- Me marcho de esta casa.
El viejo la miró y la chica vio dolor auténtico en sus ojos. Y a ella también se le quebró algo dentro y a su pesar se le humedecieron los ojos.
- De modo que era eso – dijo el viejo, tratando de recuperarse -. Sabía que algo planeabas. Si quieres un poco de efectivo…
- No te preocupes que no voy a pedirte dinero.
- ¿Cuándo piensas irte?
- Todavía no lo he decidido, estoy un poco confundida.
- Podrías subir más tarde, un rato, para que charlemos.
- No, gracias, no necesito esa clase de ayuda – dijo la muchacha.
- Me refiero a hablar como amigos, ya sabes.
- ¿Amigos? Tú no eres mi amigo, tú eres sólo basura.
- Escucha, no digas eso…
- No creas que me voy por miedo. Es sólo que ya no aguanto esta casa.
- ¿Y adónde vas?
- Eso no voy a decírtelo. No voy a decírselo a nadie…
- Tu madre…
- Ella no sabe nada, no me dejaría hacerlo, tú la conoces.
- Sí – el viejo se quedó un momento pensativo - ¿Y por qué te has molestado en avisarme a mí?
- No lo sé. Supongo que para que sufras.
- Me hará mucho daño no tenerte.
- Cierra esa boca sucia. No te atrevas a decir cosas así.
- Pero es cierto. – dijo el viejo con voz ronca y bajó la cabeza. Al instante ella pudo oír un débil sollozo.
- Deja eso, viejo. No me conmueven tus lamentos, sé muy bien la clase de basura que eres.
- Amy, por favor, no digas eso.
- Basura, eso es lo que eres.
Desde la cocina les llegaron los ruidos que hacía la madre de la muchacha. Destapaba ollas y estaba golpeando en una tabla mientras tarareaba la música de la radio. Casi anochecía.
- Ella debería saberlo – dijo el viejo.
- No, es mejor así. Mis cosas no le importan, de todos modos.
- Tu madre te quiere, Amy.
- Pues se ha cuidado muy bien de no demostrarlo. Te ha preferido a ti, que eres una basura.
- No, no…
- ¿Ahora dirás que tú también me quieres? Es el colmo…
La madre entró a la pequeña sala secándose las manos en el delantal. Sonreía distraídamente y no pareció darse cuenta de la seriedad de ellos dos.
- Ya falta poco – dijo y se sentó en el apoyabrazos al lado del viejo. - ¿De qué hablaban?
- De béisbol – dijo la muchacha y se dirigió a la cocina. Temblaba sin control y cuando quiso tomar un vaso estuvo a punto de dejarlo caer al suelo. Aspiró profundamente y llenó el vaso con agua de la canilla. Las ollas hervían armoniosamente y las fragancias de la cena la hicieron sentir peor. Las lágrimas corrieron incontenibles y ella sintió deseos de gritar. Él debería irse y no ella. El monstruo era quien debía irse, aprovechar que no había sido delatado, dar gracias por eso e irse. Debería haberle contado todo a mi madre, pensó. Pero lo había intentado y ella nunca quiso escucharla o eso creía Amy. Su madre parecía desviar la conversación o incluso era francamente acusadora cuando ella…
- Debería haberlo intentado mucho más, muchas veces más, ahora mismo…
- Amy, ven aquí inmediatamente – dijo su madre desde la sala. Era extraño, pero la orden tenía un tono de buen humor incomprensible. Se secó los ojos y fue al encuentro de los viejos.
- Amy, ¿por qué no me lo dijiste? – su madre parecía encantada.
- ¿Decir qué?
- Que piensas mudarte, John acaba de contármelo.
- Bueno, eso…
- Es magnífico, te hará muy bien – dijo la madre.
- Mamá, aún no lo decido…
- Oh…Bien… - su madre miró al viejo y éste se encogió de hombros. Amy sintió deseos de golpear a ambos. No entendía ese simulacro de charla de familia, esa mala parodia de padres que aconsejan y sobre todo no entendía por qué su madre parecía tan dispuesta a dejarla ir. Más que eso: la estaba empujando para que se fuera. ¿Ella le estorbaba, entonces?
- Creí que te disgustaría – dijo Amy.
- Querida, es lo más natural – dijo su madre.
- Te pedí que no se lo dijeras – Amy miró al viejo muy seriamente
- Creo que sería un error que te marcharas ahora – dijo él y su mirada tenía un brillo de complicidad.
- Tú no decides en mis cosas – dijo la chica. Pero por lo menos él parecía desear que se quedara, no como su madre…
- Amy, tarde o temprano deberás seguir tu camino – siguió diciendo la vieja.
- Aún me faltan dos años para la universidad, madre.
- Es cierto… -dijo el viejo.
- Y tal vez ni siquiera quiera ir a la universidad.
- Bueno, como sea – dijo la madre levantándose – En un rato estará lista la cena.
- Pareces muy interesada en que me vaya.
- Amy, por favor.
- Nadie quiere que te vayas – dijo el viejo.
- Claro, claro – dijo la madre.
- Ustedes me enferman - dijo Amy, saliendo para ir al baño. –Me iré pronto.
- No lo harás - escuchó que decía el viejo a sus espaldas. Y su madre, riendo:
- Déjala en paz, John.
Las ollas hervían y seguían hirviendo, como siempre a esa hora en casa de Amy.
17/10/2006 Durante la cena (*)
Se habían sentado como siempre, su madre en la cabecera y ellos enfrentados. El viejo le dirigía de vez en cuando una rápida mirada y cuando ella se la sostenía él bajaba la vista al plato inmediatamente.
- Deja de mirarme – le dijo Amy al viejo.
- Amy, compórtate en la mesa – dijo su madre.
- Díselo a él. Me molesta como me mira.
- No te he mirado en absoluto – dijo el viejo.
- No discutiremos durante la cena – dijo la madre y enseguida sonrió - ¿Han oído quién vendrá pronto?
Seguramente, pensó Amy, su madre hablaba de algún cantante que haría su pasada por el pueblo. Intentó cerrar los oídos a lo que vendría a continuación.
- Billy White vendrá en junio, y con toda su banda. No como hizo en Denver, que se presentó solo y cantó sobre una grabación. Creo que timaron a los de Denver, eso es lo que pienso.
- Billy White es un timo con o sin banda. Jesús, yo canto más afinado cuando me baño…
- Oh, no hablas en serio, John. Es muy dulce, y tiene esas hermosas canciones, ya sabes, tan románticas… Amy, ¿te gustaría acompañarnos a verlo?
- No – dijo Amy - . Tal vez ni esté aquí en Junio, de todos modos.
- ¿Vuelves con eso? ¿Entonces sí piensas irte?
- Siempre pienso en eso. Desde hace mucho tiempo.
- Niña – dijo la madre - , no seas insolente. Si quieres irte, adelante. Pero no intentes aparecer como una víctima, como si…
- Cálmate. – dijo el viejo.
- Pero es que todo tiene un límite, ¿verdad? – su madre se veía exaltada por demás. Tenía la cara roja y hablaba casi gritando. Le dijo a Amy: - Si lo piensas desde hace mucho ya deberías haberte ido, entonces. Aquí nadie te retiene, ¿me oyes?
- Rose, por favor… -pidió el viejo.
- Es que no voy a soportar esto, John.
- Debí haberme ido hace mucho tiempo, en eso tienes razón. Debí haberme escapado corriendo cuando…
- Guarda silencio, niña – dijo su madre con los dientes apretados. Acercó el rostro al de Amy y algunas gotas de saliva mojaron a la muchacha cuando le espetó: – Todos tenemos cosas que es mejor callar, ¿no es cierto?
Era un comportamiento extraño en su madre. En general rehuía cualquier tipo de enfrentamiento directo, y aunque ahora parecía querer dar por terminado el tema, la violencia del tono le permitía a Amy dejarse ir también, si quisiera, salirse por un rato de los esquemas impuestos y dejar que aflore todo. Sintió que el viejo la pateaba por debajo de la mesa y eso la desconcentró por un momento.
- El que esté libre de pecado que arroje la primera piedra, dice el Evangelio. Y no creo que ese sea tu caso precisamente, Amy.
- No tienes idea de lo que hablas – dijo Amy conmovida. – Eres tan horrible… - Ahora el pie del viejo había dejado de patearla y jugaba a pisarla suavemente. Por un instante se subía a su pie y salía de ahí enseguida, y volvía a subirse al momento siguiente. Era enloquecedor.
- Todos somos pecadores – dijo el viejo mirando a la madre. No dejaba de tocar el pie de Amy y ella parecía no poder moverlo.
- Así es, querido.
- Ahora cálmate, Rose.
- Lo haré, sí…
- Amy no pretendía desafiarte.
- Lo sé, tal vez fui muy brusca. Pero sabes que no me he sentido bien últimamente.
- Debes descansar más, ya te lo he dicho.
- Me siento muy cansada a veces.
- Es por tu problema, deberías ver al médico.
- Iré la próxima semana.
- Eso estará muy bien. – El viejo pisó a Amy con fuerza y ella tuvo que contener un grito. La miró directo a los ojos. – Amy se ocupará de todos tus quehaceres.
- No lo haré – dijo la chica al borde del llanto.
- Será sólo hasta que el doctor diga que tu madre se encuentra mejor, Amy.
- ¡Ella no tiene nada, y lo sabes!
- Por supuesto que tengo, qué clase de locura…
- Amy, estás siendo impertinente y mentirosa.
- Es una bruja, John… - dijo la madre.
- Cerdos – dijo Amy con suavidad, y comenzó a llorar silenciosamente.
- ¿Qué es lo que has dicho? – su madre se levantó con el brazo en alto.
- Rose, siéntate – dijo el viejo tomando la mano de la mujer -. Por favor, querida. Siéntate.
- John…- la madre también sollozaba.
- Ya cálmense. Todos estamos un poco nerviosos hoy. Y se me ha enfriado la cena, ¿alguien escuchará mi queja? – el viejo le sonrió a la mujer y ella se levantó de inmediato tomando el plato de él. Miró a la hija por un instante, pero luego tomó su propio plato y se fue hacia la cocina.
- Amy, ¿qué intentas hacer?
- Voy a decirle todo lo que se me ocurra, todo es cierto y ella no está enferma. Está loca, y tú también. Ambos están locos y ya no sé quién es peor.
- Pero sí está enferma.
- No, lo hace para darte lástima. Se hace la enferma cuando no quiere escuchar o para que le tengan lástima. El médico no le encuentra nada, ¿verdad?
- Hay enfermedades así, Amy…
- Ella no está enferma, tal vez esté loca pero no tiene nada en su maldito cuerpo.
- Escucha, debemos cuidar de ella, los dos.
- Eres tan bondadoso, John – dijo Amy con ironía -. Eres un encanto, en serio.
- Amy, no sigas diciendo que te irás.
- Pero lo haré, John – Amy pronunció el nombre imitando a su madre -. He estado pensando que buscaré a mi padre, ¿qué te parece eso, John?
- Tu padre. Estaría muy mal eso, Amy.
- ¿Según quién, John? ¿El Evangelio de mi madre?
- Tu padre las abandonó a ambas, Amy. Ya lo sabes.
- No me extraña que abandonara a mi madre. Yo lo haré también.
- Voy a suicidarme si lo haces.
- Me gustaría ver eso. Procura matar antes a mi madre, ¿quieres?
- Lo digo en serio.
- Sí que eres desagradable, John. Me gustaría que Rose escuchara las cosas que dices cuando estamos solos.
- Podría matarla, si me lo pidieras en serio.
- Hazlo - dijo Amy, y ambos quedaron callados. Al cabo de un rato, ella se levantó –. Maldito seas.
(*) Agarrada definitivamente la canaleta, esto puede continuar con Después de la cena, A los postres, Con el cafecito, etc.